Los pleitos entre hombres de letras

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Por Gerardo de la Concha

Los pleitos entre escritores (como el famoso puñetazo de Mario Vargas Llosa a Gabriel García Márquez) son anécdotas en sus biografías. Me interesan más los enconos expresados en la literatura, pues frente a una diferencia personal veleidosa son más profundos o por lo menos forman parte de una creación.

Por ejemplo, Aristófanes representa una comedia, Las nubes, escrita para satirizar a Sócrates y sus métodos de enseñanza, según lo anunció. El público, expectante, ve sentarse al filósofo, quien asiste a la obra. Durante la escenificación, Sócrates se desternilló de risa a pesar de los dardos del humor aristofanesco. No varió luego un ápice su pensamiento, pero el teatro universal ganó sin duda.

¿Cómo olvidar también los versos de Francisco de Quevedo —un gran insultador— contra Luis de Góngora, muy bien correspondidos por éste? Son majaderos y bellos los de ambos poetas. Quevedo haría el epitafio adelantado de Góngora: Este que en negra tumba, rodeado / de luces yace muerto y condenado / vendió el alma y el cuerpo por dinero / y aun muerto es garitero /... Fuese con Satanás, culto y pelado / Mirad si Satanás es desdichado.

En toda gran época literaria hay riñas de escritores trascendidas en sus páginas. Los griegos antiguos, los españoles del siglo de oro, los rusos clásicos. Estos últimos no se soportaban, un caso emblemático: Tolstoi, Turgueniev, Dostoievski. Los dos primeros, además de enfrentarse entre sí, escribieron en su correspondencia conceptos hirientes para el autor de Los hermanos Karamazov y un tema típico de conversación suya con cualquiera era denostarlo, a él y a sus novelas.

Dostoievski siempre respetó a Tolstoi —aunque envidiaba fuera un conde rico y pudiera dedicarse a escribir tranquilamente—, pero no lo hizo con Turgueniev —otro escritor pudiente—, a quien convirtió en un personaje de Los endemoniados: el tonto y vanidoso Karmazinov.

Este retrato dostoievskiano es parte de su lucha contra el occidentalismo representado por un Turgueniev liberal, quien prefería París a Moscú y estaba alejado, a su parecer, de los sentimientos y el drama del pueblo ruso; en su novela profética —auguraba el advenimiento apocalíptico de la Revolución rusa—, este tipo de intelectual prohijaba a los nihilistas.

Había un detalle: el eslavófilo le debía dinero a Turgueniev, el cual se sintió agraviado por doble partida; nunca perdonó por ello a Dostoievski, al grado de secundar las calumnias de Strájov, un supuesto biógrafo en busca de fama; mediante chismes, uno especialmente infame, pues aseguraba que la violación de una niña en la historia de Stavroguin —uno de los endemoniados novelísticos— había sido cometida por el genial escritor en su juventud.

La viuda Anna Grigorievna confrontó esa difamación a un hombre muerto y demostró era una mentira, como lo han compartido todos los biógrafos serios del autor de Crimen y castigo

—Henry Troyat, Joseph Frank y E. H. Carr—. Tolstoi escuchó al calumniador y concluyó de manera críptica: “Turgueniev sobrevivirá a Dostoievski”.

Si bien las bajezas son inadmisibles, los pleitos de escritores a veces surgen de manera inevitable; lo mejor es si hay un conflicto de ideas o si la disputa se transforma en literatura. Al final, Dostoievski le regaló a Turgueniev —un buen escritor— una inmortalidad en Los Endemoniados y, por cierto, antes de morir le pagó el dinero prestado.

 Aristófanes representó una comedia, Las nubes, escrita para satirizar a Sócrates y sus métodos de enseñanza.

 El eslavófilo le debía dinero a Turgueniev, el cual se sintió agraviado por doble partida; nunca perdonó por ello a Dostoievski.