Domingo 20.09.2020 - 13:01

Los tiempos estéticos y poéticos de Vladimir Cora*

Los tiempos estéticos y poéticos de Vladimir Cora*
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El poeta francés Charles Baudelaire decía que para descubrir si un cuadro cantaba “habría de observarlo lo suficientemente lejos para no entender cuál es su tema ni cuáles sus líneas. Sí es melodioso, tendrá un sentido y ya habrá tomado el lugar que le corresponde en el repertorio de los recuerdos”.

1 En su obra actual Vladimir Cora (Acaponeta, Nayarit, 1951), lleva a los límites su creación pictórica, no sólo su paleta pictórica, sino también su propia memoria. Esto es, su serie más reciente titulada Pasarela, 2016, Cora deja claro que la su obra resiste como pocas contemporáneas el paso del tiempo. Las circunstancias de su evolución hacen de su pintura un género nuevo, una sensación diferente, llena de poesía y de un juego memorístico poético. El crítico e historiador del arte Berenson sostenía que el arte de la pintura es un arte del tacto en mayor medida que de la visión, ya que aísla en la mente objetos sensibles que después recompone visualmente en el espacio plástico a voluntad del pintor. Da igual: todo surge de la memoria y está produce todo, por ello Paul Valéry la llamó en cierto momento un acto “musical”…2

Cora tiene una de las trayectorias más sólidas y comprometidas de su generación: serenas, serias y contundentes. Se dio a conocer en la década de los setenta y que, más de cuarenta años después, sigue en constante evolución creativa. En este sentido, habiendo fijado Cora su identidad artística inicial en una concepción analítica de la pintura, no ha dejado de evolucionar, en primer lugar, durante los años de 1970, afrontando una dimensión más figurativa y barroca de lo pictórico, de atmósfera muy romántica, y, más tarde, durante la de 1980, depurando sustractivamente su lenguaje hasta transformarlo en una visión cada vez más, la define el propio artista, como más "concreta y sintética". Cada una de sus obras es una aventura estética: encuentro y desencuentro. En realidad, desde hace más de diez años, Cora ha alisado la superficie pigmentada, no sólo convirtiendo las figuras y los gestos en apenas una impronta patinada, sino neutralizando los campos de color, que parecen como barridos cromáticos poéticos. La influencia que en este proceso ha tenido la experimentación de la escultura y de otros materiales, como las técnicas gráficas, y desde luego, el dibujo, ha sido clave para encontrar su propio territorio estético.

Señorita de Tecuala mirando a las tres gracias y Las tres gracias con autorretrato, ambas del 2016, son parte de su serie Pasarela, donde vuelve a la fascinación por el color que indaga en una confrontación con la pintura romántica, menos difusa que la de los paisajistas del movimiento: particularmente a partir de Delacroix y la vertiente germánica de Runge, por ejemplo. De aquí arrancan las decisivas series pictóricas de las últimas décadas - series como Torsos, Cabezas o Señoras de Tecuala o su ya famosa serie de Los Apóstoles-, en efecto, una decantación, que se extiende y gotea como algo que se precipita al cabo de un tiempo largo para quedarse tan sólo con la esencia-; soberbios ejercicios de pintura- pintura sin incómodas derivaciones abstractas ni sobrepuestas sintonías figurativas presuntuosamente críticas y reivindicativas de una figuración “mexicana” a la manera de Rufino Tamayo y Alfonso Michel. Los trazos y las veladuras escenográficas en tizas y pigmentos recientes de la pintura de Cora, nos indican un arduo proceso de opciones figurativas y visuales a menudo silenciadas en la invención de la figuración propuesta por Vladimir: como una marea arenosa que arrastrara consigo la bulliciosa memoria del mar. Como una piel tatuada por los frutos de la tierra. Terrenal, literalmente excesiva como lo es la veracidad de la vida. Pero también con una espiritualidad esencial y austera. En este sentido, su forma de trabajar la superficie y su riquísima materia, así como la reducción minimalista del motivo, que funciona con una manera silenciosa de ahondamiento, nos permiten relacionar armónicamente toda su evolución desde comienzos hasta su obra más reciente, como las infinitas series de cabezas y rostros, que son escenarios y enigmas constantes en su obra.

Por fin la memoria encontró lo que buscaba.

Me halló a la madre, me dejó ver al padre.

Para ellos soñé una mesa, dos sillas. Se sentaron.

De nuevo me eran míos, de nuevo me vivían.

Las dos lucernas de sus rostros en el crepúsculo

relucían como pasando para Rembrandt.3

Como en este poema de la poeta polaca Wislawa Szymborska, donde la memoria rastrea el pasado y el futuro, Vladimir Cora recrea la evocación del tiempo que es “naturaleza y sensualidad”, ciertamente, o “serena belleza” en el que el dibujo constituye un síntoma diríamos recurrente: la búsqueda de un orden que la plástica someterá a una aventurada concreción visual: nada es explícito. Su propuesta presente se sostiene sobre una profunda investigación formal que arranca hace un par de años y se centra narrativamente en la reelaboración imaginativa de la mitología helénica: figuras filiformes que destacan sobre planos horizontales al óleo y adelantan así de improviso los severos campos de color definidos. Cora entiende que la pintura debe nacer de la memoria “ancestral, - dice Vladimir Cora - de los viejos mitos de la humanidad y transformarse en la presencia de lo sublime que habita el cuadro”.4

Es difícil, en cualquier caso, no ponerse a lucubrar con cada una de sus mujeres y sus cabezas, sus desnudos femeninos, pero sin distraerse del sentido que le da Cora en su pintura. Él lo explica, pero salta a la vista en sus cuadros: inicialmente bien manchados de colores, cuyo brillo va enterrando en su masa la figura, obligándola a destellar por entre las profundidades. Su técnica – óleo, escultura, dibujo-, no es sofisticada, ni apanadamente elegante, sino expresionista, voluntariamente tosca, muy sentida y urgida, como “dictada por una pasión sin contemplaciones”, como diría Antoni Tápies.5 Y el efecto logrado es dramáticamente contundente. Quizá nos sorprenda esta última época de Cora, pero no en su pertinaz labor creativa, que avanza y se desarrolla lentamente. Un arte que revela la diversidad de las cosas engañosamente iguales – como el cuerpo femenino- y la traduce a sensaciones visuales. Ese es el gran acierto estético de Cora, hacer que el milagro de las figuras y de los cuerpos femeninos adquiera en él una nueva dimensión estética, al convertirlo en la imagen analógica de un nuevo credo, aquel en el que el hombre y la tierra forman una única criatura, que puede ser sus Pasarelas de mujeres de Tecuala…La obra de Vladimir Cora lo demuestra con creces. ¿Hay mayor lección para descubrir el arte? No lo creo. Es una lección que sólo Cora nos puede descubrir…

Ciudad de México, 2016

*Texto del catálogo de la exposición Vladimir Cora: Pasarela que se exhibe en el Centro Cultural Jardines de México, en Cuernavaca, Morelos.

1 Charles Baudelaire, Salones y otros escritos sobre arte, Editorial Visor, Madrid, España, 1996. Traducción de Carmen Santos

2 Valéry Paul, Cuadernos (1894- 1945), Círculo de lectores- Galaxia Gutenberg, Barcelona, España, 2004

3 Wislawa Szymborska, Por fin la memoria, en el libro El gran número, Fin y principio y otros poemas, Editorial Hiperión, Madrid, España, 2008.

4 Entrevista personal con Vladimir Cora, Acaponeta, Nayarit, 2012

5 Tápies Antoni, En blanco y negro, Círculo de lectores- Galaxia Gutenberg Barcelona, España, 2010