Las pasiones fotográficas de Diane Arbus

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Diane Arbus (Editorial Circe, Barcelona) de Patricia Boswoeth es un reportaje documentado sobre la obra y vida de la fotógrafa Diane Arbus (1923-1971), valioso testimonio acerca del arte fotográfico y, en definitiva, de la compleja y peligrosa experiencia de indagar la realidad por medio de una cámara. Desde el comienzo del libro se hace patente la tensión que gravitará a lo largo de un relato por cuyas páginas desfilan algunos de los autores cruciales de la historia de la fotografía: Berenice Abbot, Walter Evans, Lisette Model, Robert Frank, Richard Avedon, Bruce Davidson, los cuales formaron parte, en un momento determinado, de la vida de Arbus.

Su trabajo- que explora obsesivamente la frontera de la normalidad, la grieta de las apariencias, la ambigüedad de las identidades sexuales y sociales – lleva a cabo un prodigioso escrutinio de transexuales, inadaptados, mendigos, nudistas, moribundos, artistas de circo y retrasados mentales, pero incorpora también a personajes como James Brown, Norman Mailer, Borges o Mastroianni. La cruda frontalidad de su estilo, tan extrema que crea un efecto de realidad en las figuras, trastorna las distinciones entre monstruos y gente corriente, triunfadores y perdedores, ya que Arbus experimentaba en el interior de sí misma esa dolorosa ambivalencia.

¿Cómo conciliar la alineación, el pánico y la anomalía con el ámbito museístico, las becas del Guggenheim y las revistas de gran tirada, sin cuya concurrencia resultaba inimaginable sobrevivir como fotógrafo? Diane Arbus investigó a fondo ese margen incierto, ese espacio contradictorio donde comenzaba a producirse además una paulatina sustitución de las imágenes impresas por las televisoras. El contexto histórico en el que cristalizaba su obra delimita las postrimerías de la fotografía documental clásica, de la que sus retratos- vehículos de una mirada llevaba hasta el límite, representan tal vez el último gran hilo.

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Habitada desde la infancia al ambiente de la moda – su familia polaca de ascendencia judía era propietaria de los grandes almacenes Russek, principales compradores de pieles del mundo- , cursó estudios, como su hermano, el Premio Pulitzer de Poesía Howard Nemeron, en las Ethical Culture School, cuyos postulados hacían hincapié en el valor del arte como método de aprendizaje. Lectora implacable y visitante constante de galerías, museos y salones de pinturas, la huella de algunos de sus escritos y artistas plásticos preferidos – Le Carroll, Frank Kafka, Goya, El greco, Grosz- aparece impresa en su visión fotográfica. La brillantez intelectual y la independencia moral de Arbus se verían ensombrecidas por dos hechos decisivos: una tendencia a la depresión, común a toda su familia y una constante precariedad económica. Criada como una niña mimada en el esplendor rococó de la Quinta Avenida, pasaría la mayor parte de su vida adulta al borde de la bancarrota.

A los 24 años descubre al que sería no sólo su marido y padre de sus dos hijas, sino también su primer maestro de fotografía. Dichosa con el papel de madre, aguardó hasta los 38 años, según confesión propia, para tomarse en serio la cámara. Pero desde entonces, impulsada por la necesidad casi patológica de registrar el “acontecimiento”- ese instante, nada complaciente, que desenmascara la realidad y otorga autenticidad a la experiencia artística -, hacer fotos se convirtió para ella en una aventura inusitada. En 1958 asiste a clases de Lisette Model, otro espíritu apasionado por lo raro, discípula de Schönberg en Viena y estudiante de fotografía en Parí. Celebre desde 1941, a raíz de su exposición en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), pero decepcionada por la hipocresía del mundillo cultural de la época, abandonará la práctica fotográfica para dedicarse de lleno a la enseñanza artística: “No disparéis hasta que el sujeto - dice Arbus- que enfocáis os provoque dolor en la boca del estómago”.

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A juicio de Walker Evans, quien no entendió cómo lograba frecuentar con tanta libertad el submundo neoyorquino, Diane Arbus era una cazadora natural o como llegó a describir su trabajo Normar Mailer que, afirmaba: “Darle una cámara Diane Arbus es como darle una granada de mano a un bebe”. Ella misma declaró a la revista Newsweek: “La fotografía no está hecha para que nadie se sienta cómodo, ni el fotógrafo ni los modelos”. A través de la turbadora intimidad que estableció con ellos, la hija del pelotero Davis Nemerov llegó a sus semejantes un retrato inmisericorde del género humano, saturado por una atmósfera de conflicto psicológico.

Años después por una retrospectiva en el MOMA y de la publicación del libro editado por Aperture, refrendaron desde ese momento su influencia como una de las más importantes figuras de la fotografía contemporánea. Las creaciones de Arbus, que revelan una de las sensibilidades estéticas más importantes de su tiempo, aspiran a lograr una suerte de comunión con el mundo. Dice Arbus: “Creo sinceramente que hay cosas que nadie habría visto nunca so yo no las hubiera fotografiado”. Y, desde luego, un legado que ha enriquecido el ideario estético de nuestro siglo. Me gustaría imaginarla electrizada por cierta visceralidad, deambulando por Nueva York a todas horas – entablando conversaciones con seres más raros, desconocidos, en los lugares más insospechados como los depósitos de cadáveres, hoteles, estaciones, bares- hasta encontrar un rostro capaz de intrigarla, una fisonomía marcada por esa rareza que sus ojos percibían como un atributo de belleza. Y que mejor definición final que sus propias palabras: “Nunca me detenía ante nada con tal de sacar la foto que quería, y a ello me ayudaba el hecho de ser mujer. Hacer un retrato un como seducir a alguien”. Gracias Diane Arbus porque nos sedujiste a todos tus amantes. Fuiste y serás es poesía dura y pura.

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