POR EL BIEN DE LOS NIÑOS

POR EL BIEN DE LOS NIÑOS
Por:
  • raul_sales

Le dolía el día, siempre fue así y el paso de los años no había mitigado en lo más mínimo el dolor, hoy ya no era la niña manchada de tierra que ponía ojos tristes y extendía la mano ganando una buena cantidad de pesos por jornada, en ese entonces, tres cuartas partes iban al bolso de “mamá Caridad” y la cuarta parte restante se usaba en mordidas o el pago de uso de cuadra, de ambos lados, dependiendo de quien te agarrara primero, era el que te metía las manos en los bolsillos y te dejaba en ruinas... otra vez... si tenías suerte.

Le dolía el día, lo hacía desde que esquivó a los buenos y a los malos y le compró una cadena de oro a su “mamá Caridad” que, si bien no era su madre biológica, era quien la alimentaba y cuidaba por las noches, en otras palabras, tenía las credenciales para ser considerada su mamá pues, mamá no es quien engendra sino quien cría... o eso creía.

Mamá Caridad le sonrío antes de darle una bofetada y decirle que ahora tendría que encontrar un lugar donde empeñarla, que si quería darle un regalo del día de las madres, le diera más dinero constante y sonante y que por su “cariño no pedido” ahora podía dormir sin cenar. El peor castigo posible pues desayunaban un trozo de pan y un refresco de cola con azúcar para tener energía y cenaban lo que se conseguía en el día y a veces, algunos locos les pagaban en las tiendas de conveniencia todo lo que pudieran comer y en esas ocasiones, los niños se hartaban comiendo, claro, después de que Caridad escogiera lo mejor para ella.

No tenía madre, eso ya estaba claro pero, ahora, a sus 11 años, aún recordaba ese último clavo del ataúd de su ilusión hacía 6 años. Hoy, Caridad lo pensaría dos veces antes de hacerle un desplante y ella probablemente, también lo haría pues, ya extender la mano no era suficiente, antes daba ternura y eso generaba buenos billetes, ahora solo daba lástima que, si bien también daba dinero, no lo hacía tan a menudo y conforme creciera, sería aún más complejo y con cada día se acercaba a la edad fatídica de 12 donde Caridad le diría las palabras que había dicho cada cumpleaños doce “Ya eres un hombre, ya no necesitas que mamá te cuide. Ya te enseñé mucho, así que consíguete un callejón, roba a un peatón, agarra tu semáforo y que te vaya bien... ¡shuuussssh!... ándate mijita... ¡LARGO!

Ver los espectaculares, los anuncios en la radio, las tiendas con ofertas por el 10 de mayo siempre le habían provocado un dolor profundo, como si le clavaran clavos de anhelo y ausencia en el alma, era quizá, el único día del año que hubiera cambiado toda por ser abrazada por su mamá, fuera quien fuera, estuviera donde estuviera, hoy le habría perdonado el que la abandonaran, que la dejaran tirado como un cachorro, como un objeto no querido... dolía... dolía mucho.

Cuando empezó a costarle conseguir su cuota inició en el robo a pequeña escala a los transeúntes, como preparación para lo que tendría que hacer después y eso si le iba bien, así era su vida, no la consideraba mala o buena, así había sido siempre, al menos ella había tenido la fortuna de que alguien, estuviera pendiente de enseñarle a leer y escribir, aunque fuera solo para utilizarla con recados, y supiera leer los nombres de las calles para dar aviso de las patrullas.

En vísperas de su doceavo cumpleaños el ambiente era distinto, la contingencia había disminuido el número de peatones y ni siquiera los más pequeños obtenían su cuota, al contrario, en estos tiempos, cuando un peatón veía a uno de los “chicos ternura” buscaba a un uniformado para que el pobre infante no estuviera expuesto, ellos, por supuesto, en el momento en que veían aquello, salían corriendo. Mamá Caridad cada vez se desesperaba más, les gritaba, los golpeaba, les escupía y por supuesto, los dejaba sin cenar. 10 de mayo, día de la madre, su cumpleaños 12, esta vez no había grandes aspavientos por el día y si, muchas patrullas para que las personas se quedaran en casa, obligadas si así era necesario, a ellos no los tomaban en cuenta, eran invisibles mientras Caridad pagara su parte pero, si no había incautos generosos, viejitos cansados, señoras “socialité maternal”, conductores distraídos o arrogantes transeúntes, ¿de dónde sacarían para darle a “mamá”? Más apremiante aún ¿ella cómo pagaría la cuota de unos y el permiso de otros? Todo se estaba yendo al carajo y terminó de estarlo cuando Caridad se enfermó del famoso virus y con ella, todos los “ternura”.

Las toses y el ahogado llanto hacían imposible que durmiera, aunque los nervios de que mañana se iría y que no tenía claro a donde, también podrían ser causa de su insomnio, el hecho era de que no dormía, la luna iluminaba los huecos de la vieja construcción donde dormían en esos días, el calor era otra cosa, un calor húmedo que redoblaba el hedor de la basura que los vecinos dejaban ahí por creerlo abandonado. Al no tener nada que hacer se amarró un trozo de jerga alrededor de nariz y boca y se fue al final del galerón. Sobre una cubrecama fino extendido sobre unos colchones raídos y deformes, yacía Caridad que parecía un pez fuera del agua tratando de jalar aire como podía y con una debilidad que le impedía incluso hacer algún ruido, caridad se moría, ese era un hecho indiscutible y no obstante hizo una seña para que se acercara. Se maldijo por ir a verla, si hubiera estado dormida, al despertar ella seguramente estaría muerta y no tendría que escuchar lo que le diría que seguramente sería el esperado lárgate. Se acercó, pegó el oído y escuchó apenas un silbido, dejando de lado las precauciones, aflojó la jerga y liberó un oído para escuchar mejor “Cuídalos... ssss... madre”.

Se levantó de golpe, corrió hacia su cama, un mat de yoga que había visto mejores tiempos antes de que lo robara, agarró de golpe su mochila y siguió corriendo por las destartaladas escaleras. Madre, ¿ella? Apenas podía con su vida, no era su obligación cuidar a un montón de niños y la mitad enfermos, sabía que lo mejor era irse pero entonces las caras de los ternura se colgaron de sus recuerdos. Lloró hasta el amanecer en un rincón.

Hizo lo que tenía que hacer, llamó pidiendo ayuda y colgó un letrero pidiéndola, no tenía esperanza pero, lo que hace una madre, una buena, es cuidar a su familia y ella sabía que la ciudad es cruel hasta que está en necesidad y que puede caerse el cielo sobre nuestras cabezas o abrirse la tierra bajo nuestros pies pero, siempre, la ciudad provee.

Quizá fuera un 10 de mayo diferente, al menos este día estaba preocupada por otros, ocupada al pensar en un futuro que nunca había pensado, tratando de esbozar acciones, llamar a un vecino que le llamara a prensa, en generar empatía, en buscar ayuda para los ternuras y si tenían suerte alguien que los adoptara, preocuparse por otros hizo que este día doliera pero, por ellos, extrañamente, en ella, por primera vez desde que tenía memoria, el día de la madre, este que era su primero y tal vez, rogaba fuera el último para bien, por el bien de los niños, para que no vivieran lo que ella vivió, para que no dejaran sus ilusiones atrás, quizá en estos tiempos raros, alguien abriera su alma y los acogiera, sí, muy extrañamente... dolía menos.