Todos somos sospechosos

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Ciertamente la segunda fuga del Chapo Guzmán de una prisión considerada de máxima seguridad fue un golpe fuerte al sistema carcelario del país y a la supuesta voluntad de combatir la corrupción. Y lo es más porque la evasión no fue que digamos muy inventiva o novedosa: hasta en las caricaturas puede aparecer el escape del calabozo de un ladrón con antifaz a través de un túnel escarbado con una cuchara. En cambio, las estrategias que tienen los cárteles para cruzar su mercancía de un lado al otro suelen ser más imaginativas. Desde el menudeo en el que se utiliza a un niño como mula (peluches rellenos de cocaína) hasta el mayoreo, que supone una mayor inversión en tecnología de punta (submarinos indetectables capaces de transportar grandes cantidades de droga).

El poder del narcotráfico, aunado a las medidas tomadas después del 9-11, han hecho que la vida en los aeropuertos se haya transformado: todos somos sospechosos. El primer filtro de seguridad es distinto según el país, la ciudad y el aeropuerto. Aunque haya muchas coincidencias, las reglas no son iguales. Entre los objetos que se prohíben subir en el equipaje de mano en la terminal 2 del AICM, por ejemplo, estaba hasta hace poco un molcajete —arma con la que se pueda matar a alguien a molcajetazos, práctica prehispánica que precedía al acto de comerse el corazón de la víctima. En Houston o París nada impide llevar uno consigo. No pasa una cinta adhesiva, un sacacorchos o un cortaúñas; en cambio sí puede entrar el cable de la computadora o del celular. En algunos aeropuertos hay que sacar la laptop de su estuche y deshacerse del saco y los zapatos, en otros no. A un niño de cinco años lo pueden obligar a quitarse el mameluco para comprobar que no está siendo utilizado, y a alguien que tiene una prótesis le pueden pedir que se la retire para que circule por la banda. Sólo hay una cosa que no puede ponerse en una bandeja y pasarla por los rayos X: la determinación de cometer un delito. Quienes llevaron a cabo los atentados del 9-11 pasaron por los controles de seguridad sin ningún objeto que los delatara como terroristas.

En un viaje reciente fui dos veces sospechoso: de ida, al entrar a un aeropuerto de los Estados Unidos, el agente de aduanas vio en mí algo que no le gustó y me pidió abrir la maleta: la trató como un homeless que busca latas vacías en un basurero. Y de regreso me enteré de que mi equipaje había sido inspeccionado en mi ausencia por una cinta que me daba el aviso y porque el candado había sido cortado. Transportar productos de origen animal o vegetal también está sujeto a la interpretación del inspector en turno: me han quitado una bolsa de arroz y otra de couscous (“son alimentos”, me dijeron), han desconfiado de un títere hecho de madera y se han descontrolado cuando los rayos X detectan que llevo conmigo una bolsa de taguas, que son semillas muy duras de una palma, cortadas en delgadas láminas y teñidas de colores, que sirven para hacer piezas de orfebrería y que se consiguen en Colombia, Panamá o Ecuador. A propósito: regresar de un país de Centro o Sudamérica presupone un mayor sospechosismo y por lo tanto un largo tiempo de revisión: los perros entrenados para detectar drogas o explosivos recorren una y otra vez las maletas depositadas en la banda en pos de aquello que haya hecho el viaje ilegalmente.

Ciertamente no pueden relajarse las medidas de seguridad en los aeropuertos. A pesar de las incomodidades para los usuarios, siempre será preferible detectar una mula o un delincuente entre diez mil que no hacerlo.

Sin embargo, mientras cientos de miles de pasajeros son sujetos de revisión diaria en todo el mundo, el tráfico de armas, narcóticos, personas, órganos, dinero y obras de arte no se detiene porque el crimen camina varios pasos adelante y porque los filtros no pueden detectar la corrupción.