Trump no es Hitler ni es (todavía) Trump

Trump no es Hitler ni es (todavía) Trump
Por:

Si la estupidez no

se asemejase perfectamente

al progreso, al talento, a la esperanza,

o al mejoramiento, nadie

querría ser estúpido.

Robert Musil, Sobre la estupidez

Por Naief Yehya

Podemos comenzar afirmando que no hace falta un artículo más sobre Donald J. Trump. Su carrera política completa depende de incontables periodistas, editorialistas, comentaristas, analistas, propagandistas y bravucones de la pluma o el micrófono que a fuerza de denuncias o elogios han colaborado en la construcción de su mito. Sin embargo, estamos en un momento histórico, al cual muchos jamás imaginamos que llegaríamos: Trump, un millonario, narcisista, demagogo, provocador, con síndrome de déficit de atención agudo, mitómano e ignorante en materia de política internacional ha sido nominado candidato a la presidencia estadunidense por el Partido Republicano y está a un paso de llegar a la Casa Blanca.

Quizás lo que resulta más preocupante es que el carisma, la fanfarronería, fatuidad ostentosa o como quiera que llamemos al temperamento, a menudo irascible, que ha vuelto inmensamente popular a este hombre, ha logrado seducir a algo así como la mitad de la población votante de Estados Unidos. Cuando esto se escribe, de acuerdo con los censos de opinión, Trump se encuentra empatado o rebasa a su rival Hillary Clinton entre los votantes. Si bien podemos decir que otros presidentes republicanos como Ronald Reagan y George W. Bush padecían de defectos semejantes a los de Trump, su comportamiento era muy distinto. Ambos eran políticos profesionales, que a pesar de ser populistas e ignorantes, escuchaban a sus asesores y personal que se encargaba de evitar en la medida de lo posible errores con consecuencias graves, peligrosos exabruptos y cualquier otro tipo de traspiés. Esto es algo que Trump no parece entender. Bush y Reagan seguían en gran medida las normas elementales de las apariencias: la proyección de una imagen presidencial dignificada, así como el discurso de respeto a las minorías y al sistema político. Trump, en cambio, ofrece lo que Robert Kagan describió como: “Una actitud, un aura de fuerza y machismo, una ostentosa falta de respeto por las delicadezas de la cultura democrática que él asegura, y sus seguidores creen, ha producido incompetencia y debilidad nacional”.

Trump es un hombre arrogante y carente de curiosidad que ha logrado entusiasmar con su discurso de creación de empleos, reconstrucción

de la infraestructura, ridiculización de la “corrección política”, rechazo de la guerra de Iraq y promesas de éxito a una enorme base de seguidores fanáticos, principalmente obreros, agricultores, trabajadores de bajos recursos y desempleados, muchos de ellos anglosajones con serios resentimientos sociales, raciales y una profunda desconfianza de un sistema político que los ha abandonado, o peor aún, los ha traicionado. Trump también tiene impacto entre una clase media pauperizada y entre ciertas élites del poder político y corporativo que en su mayoría han optado por esperar.

“HAGAMOS

QUE AMÉRICA SEA GRANDE OTRA VEZ”

El principal problema de Trump no es su ideología, quién sabe si tenga una, sino su personalidad, la cual Tony Schwartz, el autor fantasma del libro The Art of the Deal, considera patológicamente impulsiva y egocéntrica. Trump llega en un momento en que el Partido Republicano se ha transformado por la inclusión del Tea Party, lo que lo ha convertido en un caldo de cultivo para una diversidad de visiones políticas de extrema derecha, paranoicas, racistas y repletas de ira que recibieron con entusiasmo los alegatos de Trump, quien habla de nostalgia y progreso, de victimización y agresión, de miedo a las amenazas ominosas que destruirán al país y de triunfalismo vociferante. El hombre de negocios ofrece una vuelta a un estado de pureza original, de integrismo racial, social y religioso, en el cual, como antaño, cada quien debe estar en el lugar que le corresponde, y a donde se accede siguiendo sus esbozos de políticas o más bien sus intuiciones, siempre cambiantes, siempre a medio cuajar,

siempre en busca de culpables. El núcleo de la campaña consiste en la

noción de “recuperar América”, es decir rescatarla de la manos de un presidente negro, una mujer candidato a la presidencia, un senador socialista de Vermont, huestes de homosexuales, hordas de mexicanos y ejércitos de terroristas-yihadistas musulmanes.

Trump no comparte los ideales conservadores dominantes en los republicanos: reducción del gobierno (eliminar programas sociales, culturales y ecológicos entre otros), desregulación de las leyes del mercado y reducción de impuestos (a las grandes fortunas y las corporaciones a través de subvenciones y tratados internacionales), conservadurismo moral y fe en el excepcionalismo estadunidense (que dicta que este país es distinto a cualquier otro, por lo que las leyes internacionales no deben de aplicársele de la misma manera). A Trump no le preocupan realmente estos dogmas, aunque de cuando en cuando los menciona para complacer a ciertas audiencias. En esencia, el magnate está a favor del proteccionismo comercial y de la eliminación de tratados mercantiles o su reformulación para el beneficio de grandes empresas domésticas. Trump quiere abandonar la otan o condicionar su participación a que los demás miembros “paguen su justa parte”. El dueño de una fraudulenta universidad que llevaba su nombre ha tenido una conversión religiosa exprés con la que ha tratado de atraer a los evangelistas y a una variedad de fanáticos cristianos. Inicialmente anunció que prohibiría la entrada al país a los musulmanes y más tarde corrigió, diciendo que prohibiría la entrada a gente de regiones comprometidas por el terrorismo y sólo aceptaría a aquellos que aprobaran una escrupulosa verificación. Y como bien sabemos, ha lanzado una cruzada en contra de los inmigrantes mexicanos, quienes según él son violadores, narcos y asesinos. Su promesa de construir un hermoso muro que divida a su país de México, es uno de sus eslóganes más populares, así como también lo es el anuncio de que expulsará de su país a once millones de inmigrantes mexicanos indocumentados. Además ha prometido confiscar las remesas que envían estos trabajadores a México. Es imposible saber si un tipo tan impredecible y errático podría concretar propuestas tan ambiciosas, extremistas, controvertidas, costosas y con repercusiones sociales, éticas y económicas gigantescas, como escribió recientemente Enrique Krauze en Letras Libres.

Trump no se doblegará al Partido

Republicano: al contrario, es el partido el que se ha doblegado a él. Trump trajo consigo a nuevos votantes: demócratas, independientes, neonazis y miembros del Ku Kux Klan entre otros. La estrella del programa El Aprendiz conquistó a estos seguidores desde que se unió y se convirtió en un líder de facto del movimiento birther, que cuestionaba el sitio de nacimiento de Barack Obama, con el fin de descalificarlo de la presidencia. Trump anunció en varias ocasiones que gente a su servicio estaba buscando la verdad y habían descubierto revelaciones increíbles. Nunca se supo qué fue lo que encontró, sin embargo se dio por vencido en esa misión ridícula.

Trump derrotó a 16 precandidatos de manera avasalladora, en unas elecciones primarias complicadas y tumultuosas, y lo hizo en sus propios términos, de manera que es muy improbable que intente cambiar sus modos. Desde sus primeros debates mostró la efectividad de su estrategia de atacar a sus rivales añadiendo adjetivos insultantes a los nombres de sus enemigos: “Lying Ted”, “Little Marco”, “Pocahontas Warren” y por supuesto “Crooked Hillary”. Aparte de mofarse y agredir a sus contendientes se dedicó a prometer soluciones instantáneas para todos los problemas, sin el menor temor de ser cuestionado con seriedad. Se vanagloriaba de sus triunfos en los negocios (hasta sus numerosas bancarrotas resultaban conquistas en su imaginación), se burlaba de los discapacitados y denigraba a las mujeres, sin que nada tuviera consecuencias. Asimismo, rompió con buena parte de los líderes de su partido, desde los Bush hasta John McCain, pasando por Mitt Romney y media docena de senadores y representantes, y así puso en evidencia que no los necesitaba. Trump logró ganar haciendo exactamente lo opuesto a lo que los jerarcas del partido esperaban de esta elección, que era dejar de ser un partido mayoritariamente masculino y blanco al integrar más mujeres, latinos, negros y miembros de la comunidad lgbt. Si bien el número de votantes que lo llevaron a la nominación era algo así como 13 millones, Trump cuenta ahora con la devoción de entre el 30 y el 50 por ciento de las bases republicanas, y el número puede seguir creciendo.

LA CONVENCIÓN

Y EL ESPERPENTO

A pesar de su supuesta fortuna, la campaña de Trump parece amateur e improvisada. De hecho la convención republicana en Cleveland fue un espectáculo caótico, esperpéntico, hasta

cierto punto grotesco y en muchos sentidos aterrador que reflejó el desorden e inexperiencia de la campaña. Cuando apenas comenzaban las actividades del primer día, algunos delegados del movimiento #nevertrump intentaron una insurrección en contra del magnate para proponer a otros candidatos. Este esfuerzo fue suprimido de la forma más antidemocrática posible: ignorándolos. La autora del discurso de Melania Trump, la esposa del candidato, plagió varias frases del discurso de Michelle Obama de 2008, lo cual se volvió un escándalo que hizo estallar las redes sociales y ocupó los titulares del mundo. El ex precandidato a la presidencia, Ben Carson, no dudó en establecer un vínculo entre Lucifer y Hillary por un ensayo que ella escribió en la universidad. Otro ex precandidato, Ted Cruz, subió al estrado, dio su discurso y se negó a respaldar a Trump, volviéndose la noticia del día, trending topic y opacando nuevamente el mensaje de los republicanos. Trump rompió el récord de duración de un discurso de aceptación y pintó una imagen de Estados Unidos como un país al borde de la ruina, victimizado por enemigos, falsos aliados y traidores, que tan sólo podía ser rescatado por Donald Trump. Pero estas distracciones y obstáculos, así como el hecho de que el gobernador de Ohio, John Kasich, los Bush, John McCain y Mitt Romney, entre muchos otros notables del partido, se negaron siquiera a hacer acto de presencia, trataron de ser ocultados con la idea de que Trump es un outsider, un hombre que no ha sido corrompido por la política y por tanto sus eventos son un tanto “artesanales”. De ahí surgió la ilusión aberrante y desquiciada de que Trump (quien inició su carrera con un modesto préstamo de un millón de dólares de su papá) es un blue collar billionaire, es decir, un multimillonario proletario.

INTRODUCCIÓN

AL FASCISMO

Si Trump no tiene una ideología definida, ¿cómo puede ser un fascista? El ex dueño de casinos fracasados se ha autonombrado el candidato de la ley y el orden. El autoritarismo nacionalista que llamamos fascismo siempre está asociado a un culto sórdido de esas dos palabras. Fascismo es un término que se lanza para descalificar a cualquiera con demasiada ligereza, pero debemos tomar en cuenta que de entrada no es una forma de política sino que es anti política. Es una forma extrema de imponer ideas, anular el debate y destruir la democracia desde adentro. El hombre que obtuvo la nominación republicana al explotar el miedo, los prejuicios y la paranoia anunció que eliminaría por completo el crimen y la violencia sin decir cómo lo haría: eso es un ejemplo de grandilocuencia fascista desproporcionada.

Los fascistas tienden a hablar en generalidades, sugieren soluciones fulminantes sin dar detalles ni explicaciones ya que sus métodos no requieren de aprobación popular. Trump promete que hará que “América sea grande otra vez”, que erradicará al Ejército Islámico, que eliminará tratados internacionales (como el tlc y el tpp) y que “ganará” tanto que la gente se va a aburrir de ganar. Y todo esto sucederá “verdaderamente rápido”. Más que promesas en vano, esto pone en evidencia su incapacidad de entender las complejidades de una sociedad moderna y de un mundo globalizado, así como su deseo de aplastar voluntades. Sus dogmas no son planes ni políticas sino ataques, denuncias y amenazas en contra de una variedad de minorías.

El fascismo requiere de la indignación y el miedo, de ahí el énfasis de presentar visiones apocalípticas de un país en ruinas, devastado por los bárbaros, que es objeto de abusos y burlas de parte de otros países menos poderosos. En una elección entre dos candidatos desoladores como Trump e Hillary Clinton, sólo triunfará el que logre provocar más miedo. Y si bien el temor de un régimen fascista trumpiano es preocupante, los republicanos a su vez están aterrados ya que en su imaginación Clinton impondrá un régimen socialista, requisará sus armas, lanzará más guerras, se rendirá ante Rusia y China, sucumbirá frente al yihadismo, y convertirá al país en una máquina de billetes al servicio de su familia y cómplices.

La paradoja es que las falacias reaccionarias de Trump prometen un orden nuevo, mientras que Clinton ofrece una especie de estabilidad al seguir el curso de Obama, de tal forma que ella se convierte en la conservadora mientras él aparece como el radical. Como señala

Richard Moser, Trump es un producto del orden dominante engendrado durante el periodo de Obama. Para llegar a un Estado fascista es necesario que individuos o corporaciones se apoderen de las instituciones del Estado. Esto es lo que ha sucedido a partir de la segunda mitad del siglo xx en Estados Unidos y en buena parte del mundo, donde se sigue este modelo.

Trump está rodeado de incondicionales, de gente servil que se desvive por complacer y ser reconocida por el líder. Y si bien podemos pensar que muchos políticos y sujetos poderosos hacen lo mismo, Trump ha añadido a eso instalar a su hijos en puestos determinantes y aparentemente con autoridad para tomar decisiones, con lo que prepara un gabinete nepotista, una dinastía que encapsulará el poder y lo marginará de la influencia popular, del partido e incluso de las fuerzas que lo llevaron hasta donde se encuentra ahora.

Para que exista el fenómeno Trump ha sido necesario que los medios (quienes le regalaron más de dos mil millones de publicidad) normalicen sus alegatos incoherentes y los presenten como si se tratara de propuestas legítimas o acaso como si fueran ideas que tan sólo necesitan madurar o pulirse para volverse políticas aceptables. Para nadie es un secreto que Trump miente, exagera y distorsiona la realidad sin el menor pudor y sin embargo los medios tratan a cualquier precio de perpetrar el fraude de que Trump se amoldará a la situación y será un candidato y un presidente digno. Como si el poder pudiera ser una fuerza purificadora y generosa capaz de redimir la ambición y la mezquindad humana.

Trump es un candidato fascista o por lo menos suena peligrosamente como uno por su obsesión nativista y nacionalista, cimentada en el miedo a los extranjeros (musulmanes y mexicanos por ahora) y el uso de estereotipos étnicos. Es un populista que celebra su ignorancia y miente respecto a los orígenes de su fortuna y sus privilegios. Es un provocador que incita a la violencia tanto en sus mítines como al proponer una limpieza étnica del país y

al anunciar que usará la tortura, el asesinato de los familiares de terroristas y “cosas peores”. Como todo fascista, su plataforma está llena de contradicciones y lamentos por el estado de deterioro de la nación y la promesa de renovarse volviendo a un pasado glorioso. Trump cree en muchas conspiraciones, desde que el padre de Ted Cruz participó en el asesinato de John F. Kennedy hasta que el sistema electoral completo está corrompido por Hillary. Por tanto, si pierde no aceptará la derrota y las consecuencias pueden llegar a ser sangrientas, dado el gran número de seguidores armados y miembros de milicias fanáticas que podrían responder a sus llamados a la violencia. Trump no es Hitler, pero como dijo Garry Kasparov recientemente, tampoco Hitler era el monstruo que ahora reconocemos como Hitler hasta la década de los cuarenta, cuando tuvo el poder y el control de la población alemana.

TRUMPISMO

SIN TRUMP

La población ilustrada y con inclinaciones liberales percibe a Trump como un líder esperpéntico, ignorante y aislacionista, sin embargo sus seguidores comparten una visión muy distinta de él, la de un líder carismático, rico y triunfador, alguien que sabe cómo ganar dinero y crear empleos. Como escribieron Ross Douthat y Reihan Salam: el trumpismo es un culto de la personalidad basado en la celebridad y forjado por el atractivo del líder y su estatus como estrella de un

reality show. Es probable, alarmantemente probable que Trump gane la elección y entonces veremos si la república puede sobrevivir a los caprichos del tirano. Pero de cualquier forma es importante considerar si el trumpismo sobrevivirá como una auténtica fuerza política si gana Hillary Clinton en noviembre. Muchos piensan que Trump eventualmente se aburrirá y abandonará su breve carrera política para dedicarse a otra cosa. Pero si las masas de sus seguidores logran organizarse en un movimiento nativista coherente que luche por mejores sueldos, expulsión de minorías étnicas, acceso a seguros médicos, leyes de “protección religiosa” (es decir anti lgbt), quizás aparezca otro Trump que podría ser un político más agudo, comprometido y con menos escrúpulos. De cualquier manera, en un sistema democrático, la masa dispuesta a votar por el déspota es mucho más preocupante que el déspota mismo.