Un autor fundamental de la lengua espanola del Siglo XX

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Foto Cortesía Rogelio Cuéllar

Escribo estas líneas aturdido aún por la noticia de la muerte de José Emilio Pacheco. Estoy convencido de que ha muerto un hombre de letras de principio a fin, uno de los más grandes escritores de México y, no exagero, uno de los autores fundamentales de la lengua española del siglo XX. De ese tamaño.

Tuve la suerte de conocerlo y de ser su seguidor, no me apena: fui su seguidor siempre, y lo sigo siendo. Hace tiempo, no sé cuánto, de verdad, Enrique Serna, Héctor de Mauleón y yo participamos en una mesa en homenaje a José Emilio en la UAM. Recuerdo que mi hermano, que admiraba tanto como yo a José Emilio, me pidió asistir. Llegamos en silla de ruedas, no los dos, sólo mi hermano. José Emilio y Cristina fueron generosos y solidarios con mi hermano. José Emilio estaba cansado de tanta lectura, pero vino a oírnos. Tiempo después encontré a José Emilio en algún asunto de la vida pública y hablamos de la muerte de mi hermano. Quedamos de vernos, pero la cita ha quedado pendiente. Si no mal recuerdo, nunca publiqué el texto que sigue, créanme, no he puesto ni quitado una coma.

Ayer a estas horas tenía frente a mí un altero de libros que he conservado a través de mudanzas, diversos anaqueles, polvo a mansalva y el taladro de los años. Han sobrevivido también al robo, a los préstamos con que vuelan para siempre los libros, incluso al olvido. No ha sido fácil sacarlos de los entrepaños, me subí en un banco. Tardé un buen rato buscando un título que se escondió detrás de otro escritor, como si de verdad quisiera ser anónimo. Son los libros de José Emilio Pacheco. Regreso ahora a uno de ellos que representa para mí una época, un tiempo que subía un telón detrás del cual asomaba en la escena una visión del mundo, una forma de vida. Me refiero a No me preguntes cómo pasa el tiempo. No hablo de ese libro contenido en la poderosa reunión de la poesía de José Emilio Pacheco, Tarde o temprano. Poesía 1956-2000 (FCE, 2000), sino del ejemplar de portada verde con las letras caladas que publicó Joaquín Mortiz en el año de 1977.

Ahí estaba uno de los volúmenes del tiro de 2 mil ejemplares que ordenó el editor para una segunda edición, la primera se publicó en 1969. El tiraje salió de la imprenta en paquetes que fueron puestos en un camión propiedad de los talleres Litoarte, situados en Ferrocarril de Cuernavaca. El tiro se entregó en las oficinas de la editorial, Tabasco número 106. Desde luego, esa ciudad ha desaparecido, sólo queda algo de ella en nuestra memoria. Somos las ciudades que hemos perdido. Ahora me doy cuenta de que también somos en parte algo de esos poemas leídos en voz alta en la noche, detrás de la cortina de humo de cigarrillos Del Prado y de nuestros primeros sueños de juventud. Si uno dobla la tapa verde puede leerse lo siguiente:

Pertenezco a una era fugitiva, mundo que se desploma ante mis ojos.

Piso una tierra firme que vientos y mareas erosionaron antes de que pudiera

Levantar su inventario

Atrás quedan las ruinas cuyo esplendor mis ojos nunca vieron.

Ciudades comidas por la selva, y en ella nada puede reflejarme, Mohosas

Piedras en las que no me reconozco.

Como no puedo traer aquí al joven que leyó No me preguntes cómo pasa el tiempo tengo que recordarlo leyendo esas páginas de poesía. La vida pública había irrumpido por primera vez con toda su fuerza en la vida privada de aquellos jóvenes que se acercaban a los 20 años y que despedían al régimen de Luis Echeverría y escuchaban por primera vez las palabras devaluación, inflación, crisis. Al mismo tiempo, esos pliegos de papel cosidos y pegados con hot melt reproducían las imágenes de una visión del mundo cuyo centro afirmaba que la literatura no aceptaba menos que la entrega de la vida. José Emilio Pacheco fue el emblema de esa idea. Pasaron los años y esa idea se convirtió en una realidad: Pacheco es nuestro hombre de letras por antonomasia.

La memoria hace con nosotros lo que le da la gana. Si no mal recuerdo ese libro verde llegó a la casa por la vía rápida del entusiasmo que José María Pérez Gay y Héctor Aguilar Camín habían puesto en los libros de Pacheco. Yo lo hice mío. Compré varios ejemplares en la librería Hamburgo, que pachequianamente ya no existe, y los regalé tantas veces que durante un tiempo me quedé sin ese libro verde. Cuando leí No me preguntes cómo pasa el tiempo, desde luego Pacheco ya era un poeta en toda la forma, su aventura poética se inició en los años sesenta con dos libros: Los elementos de la noche (1963) y El reposo del fuego (1964), una poesía borgeana, un lugar en el que las metáforas aspiraban a que la sonoridad transmitiera emociones. Con ese poeta convivían un narrador hecho y derecho, un periodista cultural de fuste, un traductor de día y de noche. Los setenta fueron una década desaforada para Pacheco. Después de ese libro leí la segunda edición de Irás y no volverás (FCE, 1976) y subrayé entre otras estas líneas:

El tiempo entero es muda mutación

Celebremos

El peso de los años

El que fui

tenazmente

repite sus palabras en un teatro sin nadie

Ya no hay nada que pueda alimentarte poesía

Muérete de ti misma

o por favor

ya cállate

Luego leí y releí este primer poema de la primera tirada de Islas a la deriva (Siglo XXI, 1976):

En esta hora fluvial

hoy no es ayer

y aún parece muy lejos la mañana

Hay un azoro múltiple

extrañeza

de estar aquí

de ser

en una hora tan feroz

que ni siquiera tiene fecha

¿Son las últimas horas de este ayer

o el instante en que se abre

otro mañana?

Se me ha perdido el mundo

y no sé cuándo

comienza el tiempo

de empezar de nuevo

Vamos a ciegas en la claridad

Caminamos a oscuras

En el fuego

Así llegué a la segunda impresión de Morirás lejos (Joaquín Mortiz, 1977). En ese tiempo me encargaron para el número seis de la revista Nexos una reseña de esa novela. Me apena decirlo, pero en el centro de mi admiración me di el lujo de enmendarle la plana a Pacheco, no recuerdo por qué, quizás porque aquel joven juzgaba excesiva la idea de la reescritura de los libros publicados.

Días más tarde, cuando la revista hacía su camino en los puestos de periódicos, recibí una carta de José Emilio Pacheco en la que comentaba amablemente mi nota. En esa líneas, Pacheco me contaba su más reciente descubrimiento, que nuestro segundo apellido, Abreu, se desprendía de la palabra hebreu y que su origen quizás se encontraba en las antiguas familias judías de Portugal. Gasté esa carta hasta que casi la desintegré. La estoy viendo: está dentro de mi vieja edición de Morirás lejos. Me gusta recordar así esta pequeña historia: una mañana José Emilio pasó por la casa para hacer el camino junto con mi hermano rumbo al Castillo de Chapultepec donde estaba el Centro de Investigaciones Históricas al que Pacheco perteneció durante muchos años. José Emilio tocó a la puerta y esperó en la calle. Mi madre lo vio y antes de que mi hermano saliera a encontrarse con él, le dijo: ese muchacho debe ser un Abreu. Ese día nos enteramos de que nuestra abuela Hermilda Abreu Cladera y su madre doña Carmela Berny Abreu fueron primas hermanas, parte de un tronco campechano del cual descendemos. A mi madre, por cierto, le encantaba la poesía de Pacheco.

Leí El principio del placer en una edición del año de 1972 publicada por Joaquín Mortiz. Esas páginas guardan uno de los grandes temas de Pacheco: la infancia, no tanto como un paraíso perdido sino como el principio de aquello que hemos perdido para siempre. Ese tema aparece también en un libro de cuentos contiguo: Viento distante (ERA, 1963). Muchos años después, Pacheco logró una breve novela, una nouvelle de gran calidad y éxito mediante una trama ceñida, de reconstrucción de época, de primer amor y de aliento melancólico por una Ciudad de México desaparecida: Las batallas en el desierto (1981).

Vuelvo a aquel libro de tapas verdes. No me preguntes cómo pasa el tiempo reunía una buena parte de lo que ese escritor había sido y sería en el porvenir de su obra. En sus páginas se imprimió uno de los más populares poemas de José Emilio Pacheco: “Alta Traición”. Leo otra vez y pienso en la profundidad expresiva de una poseía clara, capaz de conmover y revelar, una poesía desprendida de otras tradiciones, la inglesa o la francesa, una poesía en mucho sentidos pionera de temas y tonos poéticos mexicanos y, al mismo tiempo, deudora de una frondosa tradición desprendida de las obras de Carlos Pellicer o Salvador Novo. Pienso desde luego en las conexiones entre autores clásicos, en el orgullo libresco, en la invitación a la lectura y en la adaptación (siempre con referencia) de otros escritores. Pienso en los centros temáticos de esa poesía: la desolación, la ironía, el paso del tiempo y la destrucción de todas las cosas. En ese libro se reunían un pesimista con un toque visionario, un solitario que sabe que nada dura, un autor, en fin, disputado por la novela, el cuento, el periodismo, la difusión y la poesía misma.

Pero Pacheco no sólo ha ejercido la poesía, la novela y el cuento. Su trabajo y profesión han producido a uno de los grandes reconstructores de nuestra tradición cultural. No hay un autor del siglo XIX mexicano sobre el que Pacheco no haya ensayado un comentario novedoso y muchas veces único, con un rigor y un conocimiento infrecuentes en un mundo paralizado por la burocracia y la falta de imaginación. La Antología del modernismo es, años después de su publicación en 1969, una lección de fuerza crítica e interpretación literaria. Esa misma pasión lo ha llevado a introducir, reseñar y comentar innumerables autores, clásicos y modernos; su información y sus lecturas han sido una ventana al mundo. De ese esfuerzo notable de difusión se desprende un traductor diestro, libre y talentoso de poesía. Su versión de los Cuatro cuartetos es uno de los mejores lugares que T.S. Eliot ha encontrado en español. Una parte de esa obra se encuentra reunida en el libro Aproximaciones, publicado en el año de 1984. Es mucho más que un conjunto de traducciones, se trata de una forma de leer y, por lo mismo, de proponer un gusto literario.

Supongo que Pacheco no me tomará a mal si cuento aquí que no hace demasiado tiempo nos reunimos con Delia Juárez y Héctor de Mauleón a comer en el bar Nuevo León de la colonia Condesa. Hablábamos del siglo XIX; mejor, le preguntábamos a José Emilio sobre el XIX mexicano. Pasaron por la mesa los viejos ríos que la ciudad perdió convirtiéndolos en viaductos, la llegada de la luz a las oscuras calles en el cambio de siglo, los viejos nombres de calles del centro histórico, en fin, el caudal de la memoria de nuestra historia urbana. El paso del tiempo y las ciudades perdidas persisten en la obra de Pacheco. De pronto, José Emilio interrumpió el curso de la conversación y dijo: “Qué barbaridad. No puede ser, qué horror. Mira nada más cómo lo dejó”. No entendimos a qué se refería, pero cuando volteamos en busca de la escena vimos que en la mesa contigua, un hombre le había reventado a su compañero de tragos un servilletero cantinero y de metal en la cabeza. Los paramédicos de la Cruz Roja se llevaron a aquel hombre bañado en sangre mientras su alcohólico agresor lamentaba sus impulsos indomables. Pacheco fue el primero que vio el acto de esa obra. Su pesimismo le reveló el porvenir. En eso también se adelantó a todos. Esa capacidad de anticipación proviene de un tema recurrente en su obra: siempre somos dos, a veces como sombras, otras como bocetos del destino. Esos dos alguna vez se cruzan en el tiempo. Leyendo los poemas que aparecieron en la revista Nexos y que forman parte de Como la lluvia, el nuevo libro de Pacheco, compruebo esta insistencia en la duplicidad en un poema, “Aquél otro”, que me gusta y quiero repetir en voz alta:

Hoy vino a verme el que no fui

Aquel otro

Ya para siempre inexistencia pura,

Ardid verbal para el hubiera sido,

Forma atenuada de decir no fue

Ahora lo entiendo:

Quien no fui ha triunfado,

La realidad no lo manchó, no tuvo

Que adaptarse a la eterna sordidez,

Jamás capituló ni vendió su alma

Por una onza de supervivencia.

El que no fui se fue como si nada.

Ya nunca volverá, ya es imposible.

El que se va no vuelve, aunque regrese.

Ayer a estas horas estaba frente a un altero de libros. No fue fácil reunirlos. He descubierto que me faltan ediciones que juraba y perjuraba que tenía sin duda alguna. También es verdad que presté uno que otro en una tarde de entusiasmo absurdo, no lo vuelvo a hacer. Voy a dejar el altero en ese lugar un tiempo, como una torre.