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Foto: Especial

Thanos (Josh Brolin) es un poderoso guerrero espacial, cuyo nombre evoca a la personificación griega de la muerte sin violencia: Tánatos. El gigante morado quiere conquistar el universo entero para salvarlo de sí mismo, de su sobrepoblación y escasez de recursos. Su plan es simple: exterminar a la mitad de los seres vivos para que la otra mi-
tad pueda gozar de una vida de plenitud. Para ello no va a lanzar una campaña militar exhaustiva, con tropas que invadan todos los rincones del cosmos, sino tan sólo va a adquirir las seis piedras del infinito con las que Thanos puede dominar todos los aspectos del universo. Esta lógica malthusiana, con tintes genocidas, que ha demostrado ser errónea debido a que no toma en consideración el progreso tecnológico, podría tener seguidores en un sistema cerrado pero a nivel universal simplemente parece absurda. Sin embargo, la preocupación del filme, entre referencias pop y éxitos musicales de ayer, refleja ansiedades del cambio climático, escasez de agua, la sexta extinción y la degradación de los litorales.

Avengers: Infinity War (A:IW), de los hermanos Joe y Anthony Russo, expande las preocupaciones terrenales de agotamiento de recursos y sobrepoblación a un contexto infinito. Después de dieciocho películas en una década, en las que Marvel ha definido su “universo”, la empresa ha decidido arrasarlo todo en una exuberante y estrambótica guerra contra un enemigo indestructible. Este es un filme de colecciones, por un lado de las piedras del infinito y por el otro de superhéroes: una treintena (simplemente enumerarlos ocuparía buena parte del espacio asignado a esta crítica) que trata de destacar en los pocos minutos que les toca a cada uno de las dos horas y media de esta primera entrega del medio apocalipsis cósmico.

Thanos completa la colección de piedras multicolores con asombrosa facilidad (aunque pretenda que la piedra del alma le cuesta lo más preciado en la vida). Esto recuerda inevitablemente a El señor de los anillos, y a la manera de un inmenso Golem prognata, Thanos procede a eliminar a trillones de seres vivos. En un parpadeo vemos a buena parte de nuestros personajes de cómic favoritos y aquellos que apenas descubríamos, convertirse en polvo y desaparecer, en una muerte “sin violencia”, contra la que sus poderes son inútiles.

“A:IW es una cinta expansiva, impaciente, espectacular y a la vez monótona, desensibilizadora y cínica.

Marvel y DC se han erigido en constructores de mitos populares, han logrado saltar de las páginas de las historietas a la pantalla, en donde las aventuras que antes tan sólo interesaban a miles de nerds y fanáticos, se han convertido en algo parecido a un patrimonio cuasi místico universal. A:IW rompió la barrera de los mil millones de dólares recaudados en once días, estableciendo un nuevo récord. Podríamos asumir que cualquier cinta con tal colección de estrellas, presupuesto, propaganda y expectativas tendría un éxito comparable, sin embargo no existe tal garantía. En cambio este crossover pone en evidencia que las historias de superhéroes han conquistado el Zeitgeist. Sin duda, hay momentos de humor bien logrados, así como un brillante uso minimalista de gestos y señales para comunicar pasiones frustradas, rivalidades y manías de los personajes. Visualmente el trabajo es atractivo pero los efectos especiales nos remiten a una década de clichés y gráficos computarizados un tanto reiterativos, e incluso hay momentos que evocan la simpleza de los artificios de la serie original Perdidos en el espacio.

A:IW es una cinta expansiva, impaciente, espectacular y a la vez monótona, desensibilizadora y cínica. La narrativa tiene una lógica pornográfica: una vez que se ha mostrado la destrucción de una urbe, lo que sigue tiene que ser la evaporación de un continente y después el desmoronamiento de un planeta. Y así sucesivamente, hasta la explosión del universo entero en un orgásmico antibigbang. No hay marcha atrás. Las peleas y explosiones se repiten coreográficamente como los actos sexuales del porno mostrando un apetito insaciable. No obstante, aquí el exceso no se traduce en una acumulación de emociones exaltadas, ni en un vertiginoso crescendo de estímulos. Tenemos un entretenido crucigrama multidimensional de trivia, un mosaico de anécdotas diestramente sembradas, un collage de peleas desproporcionadas (hay una variedad de niveles de poderes y capacidades entre los superhéroes, lo cual hace que las campañas de esta guerra sean heterogéneas y a veces incoherentes) y una marejada de “huevos de pascua” para los fans. Pero desde hace mucho conocemos y aceptamos las reglas del juego de Marvel. La fórmula deja de funcionar cuando la narrativa se desliza hacia lo sombrío y la tragedia, características que se vuelven paródicas en un universo donde hay una piedra que permite reordenar el pasado y el futuro, por tanto convertir a la muerte en un tropiezo insignificante y reversible. Las escenas emocionales, como las dos ocasiones en que vemos a alguien pedirle a su ser amado que lo/la mate o a un padre putativo sacrificar a su hija por ambición de poder, pierden impacto porque sabemos que no serán definitivas.

Es obvio que el título tiene resonancia con la guerra sin fin que lanzó George Bush con sus vengadores neocones, tan solo para ser continuada y extendida por Obama y sus guerreros recalcitrantes, para ser perpetuada por Trump y su beligerante diarrea verbal. Pero la metáfora se tambalea ya que por momentos su perspectiva es liberal (Thanos es un colonialista imperial) y a veces conservadora (por el culto de las armas). La saga del superhéroe se basaba originalmente en personajes ególatras que luchaban por los débiles, ignorando las leyes, autoridades e instituciones, de ahí su carácter límite entre justicieros y criminales, así como sus complejos dilemas morales.

En los filmes crossover, el ego y la enajenación deben dejar su lugar a la cooperación y la solidaridad. Lamentablemente los valores humanos y la esencia del cine se convierten en daño colateral en la explotación de franquicias, contratos, fusiones y planes de crecimiento corporativo que hacen que la palabra fin signifique cualquier cosa menos fin.

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