De carnívoros y vegetarianos

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Hace tiempo recibí una carta del neurólogo estadunidense Mario F. Mendez, quien me invitó a escribir el caso de una paciente atendida en los servicios clínicos de la Universidad de California. Publicamos el artículo en el año 2011 en la revista Psychosomatics, bajo el título Cotard Syndrome in Semantic Dementia, y trata acerca de la señora A., una mujer de 56 años de edad, quien se presentó en la consulta del Dr. Mendez con la creencia persistente de que ya estaba muerta, y con dificultades progresivas para encontrar las palabras cuando intentaba comunicarse.

El síndrome de Cotard, descrito desde la segunda mitad del siglo XIX, se refiere a un conjunto peculiar de alteraciones del pensamiento y la afectividad, caracterizados en la psiquiatría francesa como “delirios nihilistas”: podríamos decir que se trata de una negatividad extrema llevada al estado delirante: los pacientes niegan estar vivos, pero también pueden afirmar la imposibilidad de estar muertos, y con frecuencia realizan intentos de suicidio, o automutilaciones de gran severidad. Afirman que no existen o que son inmortales y eternos: esta contradicción evidente es incómoda para los estudiosos del síndrome, pero no debe olvidarse que toda contradicción es posible en los padecimientos neuropsiquiátricos que socavan las capacidades racionales. Desde el punto de vista neurológico, el síndrome de Cotard podría ser el resultado de un fenómeno de desconexión cognitivo-emocional, es decir, de una interrupción en el flujo de información entre las estructuras cerebrales que procesan las emociones (el sistema límbico) y aquellas que se dedican a las funciones cognoscitivas (la corteza cerebral).
Para evaluar estos posibles fenómenos de desconexión, la mejor posibilidad científica aparece cuando el síndrome de Cotard ocurre en personas con enfermedades neurológicas, pues el daño estructural que producen estas enfermedades puede concebirse como un rastro, una huella o pista hacia la resolución del enigma neuropsiquiátrico. Así fue como iniciamos el estudio de la señora A., que nos llevó, sin embargo, por territorios intelectuales que no planeábamos transitar.

A los 53 años, el comportamiento de la señora A. se hizo gradualmente rígido, repetitivo, estereotipado: por ejemplo, empezó a alimentarse solamente a base de burritos en el desayuno, el almuerzo, la cena. En el aspecto intelectual, perdió progresivamente la capacidad para entender los sustantivos y los verbos, lo cual afectó progresivamente su habilidad para conversar y para realizar algunas acciones; su esposo puso como ejemplo la palabra lavandería: la señora A. dejó de entender esa palabra, pero también perdió la capacidad para lavar la ropa.

El estudio neurológico de la señora A. reveló una enfermedad progresiva, degenerativa, irreversible, conocida como “demencia frontotemporal”, dentro de la variante clínica llamada “demencia semántica”. Las imágenes de su cerebro, obtenidas mediante resonancia magnética de cráneo y tomografía por emisión de fotón simple, mostraron una grave atrofia del lóbulo temporal hacia su parte anterior, particularmente en el hemisferio izquierdo, así como disminución del flujo sanguíneo cerebral en esta región.

Los pacientes (como la señora A.) con lesiones de las áreas 38 y 21 de Brodmann, localizadas en la zona anterior y lateral del lóbulo temporal, pierden el acceso a los conceptos desde la fuente visual, desde la fuente auditiva, o desde cualquier entrada sensorial: esta zona de la corteza cerebral se designa a veces región transmodal, porque al parecer funciona como un enrutador capaz de conectar la información de una modalidad sensorial con información que pertenece a otra modalidad sensorial, lo cual impide el acceso a la memoria de conceptos, designada en el ambiente científico como “memoria semántica”.

En el contexto de las neurociencias, ¿qué es un concepto, y dónde se encuentra su base de datos física, si es que tiene alguna? ¿O se almacena más bien en una base de datos extracerebral, en la multitud de libros, bibliotecas, instituciones, archivos, redes de cómputo, en fin: en la prótesis cultural que Roger Bartra designó como “exocerebro” cuando escribió la estupenda conjetura titulada La antropología del cerebro? Todo indica que la prótesis cultural debe interactuar con las regiones transmodales de la corteza para generar una organización cerebral de los conceptos.

En 1907, el neurocientífico alemán Korbinan Brodmann dibujó un mapa citoarquitectónico que sintetizaba los esfuerzos de una vida académica. Su estudio de la microestructura nerviosa, que discrimina decenas de regiones en la corteza cerebral, permanece vigente todavía como referencia anatómica en las aulas del siglo XXI. La muerte de neuronas en las regiones designadas, con sobriedad transcultural, como áreas 38 y 21, indica también la localización probable de redes biológicas dedicadas a conectar información de diferentes modalidades sensoriales, para activar los mapas mnemónicos que dan soporte a la evocación, manipulación y génesis de los conceptos: la activación fluida de mapas semánticos. En la época de Korbinan Brodmann, no se tenían datos clínicos para formular el cruel constructo de la demencia semántica, y los métodos para relacionar el cuadro clínico con la patología cerebral eran precarios. Con el rigor (¿y la modestia?) del anatomista, Brodmann modeló el espacio tridimensional del cerebro: ignoraba de qué manera su diseño científico de la arquitectura viva aportaría, en otra época, una clave indispensable para comprender la geografía del pensamiento.

Los pacientes con demencia semántica pueden escribir la palabra lavandería al dictado, pueden repetir la palabra perfectamente, pueden incluso leerla en voz alta, pero no pueden explicar qué significa, no pueden nombrar una lavandería cuando la ven, y son incapaces de seleccionar el dibujo de una lavandería entre muchos otros dibujos. La señora A. llevaba mucho tiempo siendo vegetariana. Al pedirle la repetición, la escritura al dictado, la lectura en voz alta de la palabra vegetariana, podría hacerlo sin dificultades. Pero perdió la capacidad para entender o explicar el significado de la palabra: más aún, se volvió carnívora.

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