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Ramón
Ramón "el Ratón" Castillo. Foto: Francisco Ramos

Para don Lucio Martínez Sandoval, el Alacrán, por esas noches de sábado
de boxeo por televisión narradas por Toño Andere y Jorge
Sonny Alarcón.

 

Para quienes visiten Juchitán en estos tiempos, hay ciertos detalles que influirán en sus apreciaciones como una densa ensoñación deslumbrante: las fatigosas temperaturas de más de treinta grados a la sombra la mayor parte del año, a tono con el temperamento sandunguero de la población, briosa ante la adversidad; y las calles invadidas de cascajo y materiales de construcción. ¿Están demoliendo o reconstruyen su identidad arquitectónica, vernácula, de casitas de adobe con techos de dos aguas y edificaciones decimonónicas como el palacio municipal y su legendario mercado? Enormes grietas en los edificios históricos amenazan con derrumbar para siempre el pasado del orgulloso municipio. El temblor del 7 de septiembre de 2017 dejó un manto de destrucción en toda la zona del istmo. Las secuelas: miedo soterrado e incertidumbre trasminan la cotidianidad de los lugareños, que aprovechan cualquier oportunidad para hablar del desastre reciente que afectó a varios cientos de familias.

De pronto, las oleadas de brisa caliente dan un atisbo de lo que apenas ocultan esas construcciones modestas, muchas de ellas viejas y de adobe. La sombra de los árboles cachimbos y guayacanes frondosos poco ayuda para mitigar los efectos del ardiente sol de mayo de 2018: 38 grados promedio a la intemperie. Graznan los zanates desde las alturas sin nubes, como agoreros de lo incierto.

Estoy en el centro de Juchitán. Fui invitado a impartir un taller de testimonio escrito, tres horas diarias durante tres días, dirigido a estudiantes de la secundaria pública Rufino Tamayo, ubicada en la Novena Sección, que recién inauguró su biblioteca con un acervo de donaciones provenientes de organismos públicos y privados. Reviso los libreros aún sin clasificar, atiborrados de temas politécnicos y enciclopedias anacrónicas. De pronto me topo con tres ejemplares de una voluminosa biografía de los Rolling Stones. A mis espaldas, adolescentes bromean a gritos quizá como reacción a la descarga hormonal estimulada por el clima exuberante. Previo al inicio del taller, los estudiantes se alinean en unos escalones de pared a pared al extremo de la biblioteca, para cantar en cuatro ocasiones el himno nacional en zapoteco, bajo la dirección de un maestro mulato que se acompaña de un pianito eléctrico ya en las últimas. Si algo distingue a Oaxaca es su fuerte orgullo regional.

Sudo como si estuviera entrenando para un interminable combate de campeonato contra la indiferencia general a la lectura. Las deficiencias educativas y la pobreza parecen confabulados con los desastres naturales que azotan al istmo cada dos por tres. Mis puntos débiles son la edad, los achaques y una sed crónica. Por no hablar de mi pesimismo. He tomado cerveza como para reclamar una tarjeta de descuento a Grupo Modelo.

Mi recorrido por este infierno delirante guarda sorpresas y hallazgos en sus calles vapuleadas por un terremoto trepidatorio de 7.2 y sus interminables réplicas. Pasado el mediodía del jueves 25 de mayo, en la cantina Pichoy’s, el fotógrafo Francisco Ramos me comenta que conoce a un exboxeador juchiteco. De inmediato le pido que me lleve con él y tome fotos, con la idea de publicarlas con esta crónica. Abordamos uno de los mototaxis que circulan por todas partes como dueños absolutos de las calles; parecen eritrocitos en la sangre derramada por la delincuencia, casi siempre cómplice del magma conocido por los mexicanos como crimen organizado. Por las noches, la ciudad vive un toque de queda informal y una atmósfera sórdida hace ver amarillentos a los pocos peatones debido al reflejo del disparejo alumbrado público: las calles lucen vacías, hay poca actividad y gran parte de los restaurantes y bares cierra temprano. Sobran las advertencias para tomar precauciones. Los taxis son un medio más o menos seguro para desplazarse y, desde mi asiento, Juchitán parece vivir los estragos de una guerra civil. En algún momento conoceré un terreno al final de un oscuro callejón a las orillas del centro, donde una anciana sirve caguamas y botana las veinticuatro horas. La piquera de doña Socorro es un remanso donde los parroquianos, iguanas esteparias de la madrugada juchiteca, se burlan de los temores y las convenciones de un municipio donde la noche es tierra de nadie.

Juchitán, 2018. Foto: Francisco Ramos
Juchitán, 2018. Foto: Francisco Ramos

SÓLO EN 2017 hubo cuarenta asesinatos en este municipio, el noveno más violento del país. Según el fiscal general de Justicia del estado de Oaxaca, Rubén Vasconcelos Méndez, los grupos criminales están muy organizados y tienen objetivos concretos. El sábado por la mañana, poco antes de entregar las llaves de mi habitación de hotel, escucho disparos en la calle y poco después, en una de las habitaciones en el extremo opuesto de la mía, golpes, gritos e insultos de una mujer. Cuando salgo a recorrer el pasillo de camino a la recepción, veo de reojo a un hombre gordo en camiseta, pantalón y descalzo, sentado cabizbajo en una silla, de espaldas a la ventana que da al edificio de enfrente.

A las afueras del bar Jardín, sobre la calle Cinco de mayo, donde paré a comer los tres días de mi visita, la madrugada del sábado seis de junio acribillaron a Pamela Zamari Terán Pineda, de 28 años, regidora con licencia y candidata a concejal por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la alcaldía de Juchitán. La mataron con su chofer —identificado como Adelfo Guerra Jiménez— y la fotógrafa María del Sol Cruz Jarquín, jefa del área de comunicación social de la Secretaría de Asuntos Indígenas. Al parecer, María del Sol fue obligada por su titular, Francisco Javier Montero López, a cubrir las actividades de su hermano, Hegeo Montero, candidato a primer concejal de Juchitán por la coalición Todos por México. La fotógrafa cumplía con su trabajo prácticamente sin cobrar, según declaró su madre, la periodista Soledad Jarquín, al periódico Noticias el día de la ejecución:

En este país donde no hay oportunidad para las y los jóvenes, si María del Sol no aceptaba que la comisionaran a Juchitán perdía el trabajo. Yo le insistí en varias ocasiones en denunciar esa situación, pero no quiso. No, mamá, aguantemos —decía.

Según una crónica publicada por el medio digital Tres Grados Streaming, durante el funeral de María del Sol en la ciudad de Oaxaca, el domingo 3 de junio, Soledad Jarquín relató al reportero Rodrigo Islas Brito que el cuerpo de su hija olía a sangre y que retiró de
su rostro un amasijo de plasma y tierra en el momento en que fue a reconocerla al Servicio Médico Forense de Juchitán.

María de Sol murió acribillada por siete disparos de armas largas, al igual que Pamela Terán Pineda y su primo y chofer. Cuando los tres abordaban el vehículo de Pamela fueron atacados por un grupo de desconocidos. Un video difundido en redes sociales muestra cómo los cuerpos de Pamela y Adelfo fueron retirados del lugar de los hechos pocos minutos después de la ejecución para ser velados, por personas que se identificaron como sus familiares y amenazaron con tomar venganza. Pamela es hija de Juan Terán, supuesto cabecilla de una banda criminal en el Istmo de Tehuantepec, actualmente preso. Hasta el momento no hay detenidos.

Muerte y destrucción marcan el presente juchiteco en un año de elecciones presidenciales empañadas por la presencia del narcotráfico en la vida nacional.

Aún así, los juchitecos no tiran la toalla ni piden parar el combate contra la adversidad.

SUENA LA CAMPANA DEL PASADO

Ramón el Ratón Castillo vive en la Quinta Sección, al poniente del centro. Su domicilio es modesto, de techos altos y habitaciones alrededor de un patio central con hamaca, como el de muchos otros juchitecos. Nos recibe Elia de la Cruz, esbelta, de pelo cano y mirada curiosa. Amable, nos advierte que su marido está un poco mal de salud y le preguntará si puede atendernos. Lo vemos sentado, columpiándose en la hamaca más allá del quicio de la estancia por donde se accede al patio. Nos ha visto ya; estamos expectantes de su respuesta pues no sabía de nuestra visita. Apenas nos anuncia doña Elia, nuestro personaje sale a recibirnos con algunos problemas para incorporarse de su asiento pendular. Nos da la mano un tanto desconfiado. Siento la fuerza desmedida de su apretón.

Entramos al modesto salón principal, amueblado con dos bancas de madera para tres ocupantes, una de ellas acojinada; una vitrina con algunas fotos de Ramón en su etapa como entrenador de boxeo y algunas figuras decorativas de cerámica. En un rincón junto a la ventana que da a la calle se apretujan contra la pared tres costales de boxeo. Ramón es bajito, compacto, de pelo cano abundante, peinado hacia atrás y rasgos duros pero amables. Expresan orgullo y su mirada mantiene esa habilidad para estudiar al contendiente y mantenerlo a prudente distancia. De inmediato y con ciertas dificultades para expresarse, nos conduce al patio donde conserva algunos recuerdos de su pasado como noqueador.

—COMENCÉ A PELEAR desde niño, jugando, aunque hacía llorar a mis rivales. Mi padre me vio aptitudes y me compró mis primeros guantes, pero fue hasta la secundaria, allá por 1962, cuando me inscribió en un gimnasio en la calle Doctor López Robles, frente al parque Revolución, que dirigía don Jeremías Mendoza Orozco, quien se convirtió en mi entrenador. Iba todos los días. Éramos unos doce chavales. Poco después el señor Mario Bustillo abrió una arena en Juchitán, ahí se celebraban funciones de boxeo casi cada sábado. En ese lugar empecé, a los 13 o 14 años, como peleador de cuatro rounds y luego luego destaqué. Pum pum y al suelo, algo rápido porque siempre tuve una buena pegada. Nos conseguían peleas en otros lugares del estado y nos daban un dinerito como incentivo. No me acuerdo cuánto, pero salía pa’ mis dulces y ayudaba a mi familia, aunque para entonces a mi papá ya no le agradaba mucho la idea. Primero me animaste a entrarle a los catorrazos y ahora quieres que lo deje, no te entiendo, rezongué; nomás se rio y me dejó seguir. Debuté profesionalmente en 1965. Primero fui peso mosca, luego gallo, después pluma, ya como profesional. Me favoreció mucho el apoyo de nuestra gente. En algunas ocasiones llegué a entrenar en la Ciudad de México, por el rumbo del Centro, no me acuerdo ya de los nombres de los gimnasios pero había muchachos con mucho futuro. Cuando entrenas, no hay distinciones entre unos y otros. Todos queremos lo mismo: destacar. Íbamos de paso a otras arenas del centro del país. También me iba con mi manager en su coche, un Chevy automático muy traqueteado, a las arenas de otras ciudades. Era cuando el dinero valía, ganaba hasta cinco mil pesos por pelea.

En total sostuve 74 peleas, unas 38 como profesional. Mi mejor golpe era la derecha noqueadora con la guardia natural.

“Debuté profesionalmente en 1965. Primero fui peso mosca, luego gallo, después pluma, ya como profesional. Me favoreció mucho el apoyo de nuestra gente. En algunas ocasiones llegué a entrenar en la Ciudad de México”.

EL HABLAR PAUSADO y parco del Ratón, apodo ganado por su estilo y talla parecidos a los de Raúl el Ratón Macías, el ídolo nacional nacido en Tepito, pareciera dosificar sus recuerdos para llegar de pie a la recta final de su vida. No hay asomo de fanfarronería o resentimiento por no haber llegado más lejos.

Don Ramón se pone en guardia frente a mí. Me mira fijo a los ojos y marca un par de combinaciones derecha-izquierda a mi mentón y al cuerpo. Capto el riesgo que significaría recibir un golpe de alguien entrenado para sacar provecho de su furia contenida y disciplinada. Escucho el resoplido. ¡Fu! ¡Fu! Mi acompañante deja de tomar fotos, asombrado por la habilidad y rapidez del Ratón Castillo, que ha transformado momentáneamente la expresión impasible de su rostro por otra, fiera y decidida; parece que la demostración va en serio.

Respiro aliviado cuando se relaja y sonríe divertido. No se lo digo pero sentí miedo de que se le fuera a pasar la mano. No puedo quitar la vista de una impresión colgada de uno de los muros del patio, a un lado de la ventana de la cocina. Reproduce en blanco y negro una foto del púgil con los brazos en alto, luego de noquear a un contrincante. Viste pantaloncillo blanco satinado y luce una expresión de euforia que no le quita la vista a su rival en la lona. Recordé la imagen de Muhammad Alí luego de noquear a Sonny Liston en 1964.

—NOCAUT EFECTIVO en el tercer round. Era por un campeonato regional. Fue en la arena de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, yo tenía 17 años y era peso gallo. Había mucha algarabía en las gradas para apoyar al favorito, que era de allá. Empecé la pelea manejando jabs para medir la distancia. A partir del segundo round lo fui siguiendo, puse atención a su manera de moverse y en un descuido suyo, en el tercero, le pegué en la punta de la barba. Púmbale, que lo tiro. Te das cuenta cuando el contrincante se descubre y entonces conectas.

Me fui a mi esquina y comencé a oír que me gritaban insultos por todas partes. Le provoqué conmoción cerebral en primer grado. Tardó en pararse pero nos dimos un abrazo. De todos modos se puso medio feo cuando anunciaron mi triunfo. ¡Te vamos a matar!, gritaban los fanáticos, pero no pasó a más. El réferi me aconsejó que bajara del ring cuanto antes y no respondiera a las mentadas. Pudimos llegar al vestidor y ahí mismo nos pagaron. No me bañé. No fuera a ser la de malas. Esa misma noche regresamos para acá en el Chevy. El réferi nos pidió un aventón hasta una gasolinera a las afueras de la ciudad. Traía un revólver 22 en el maletín. A veces los aficionados se ponen muy difíciles, nos dijo. Durante el trayecto me quedé dormido y soñé con el nocaut. Es algo muy bonito pero siempre se te queda la idea de que pudo ser al revés. Uno sabe cuándo puede ganar, cuándo pega un golpe efectivo y cuándo ya tiene dominado al rival. Lo sabe tanto el que pega como el que recibe el golpe. Calculan hasta dónde pueden llegar. Y el entusiasmo del público también influye incluso cuando no te apoyan, te creces. Uno llega a la esquina preguntándole al manager, ¿cómo voy? Y te contesta: cálmate, vas ganando, maneja tu derecha y combínala con gancho izquierdo. Repite. Vas bien, ya ganaste.

El Ratón me sorprende fintándome con el golpe con el que ganó la pelea y se ríe de mi reacción tardía, tratando de cubrirme.

DOÑA ELIA se ha recostado en la hamaca y pone como almohada un pedazo de polín para construcción. Cruzada de piernas, con la nuca reposando entre el viejo madero y su brazo derecho, escucha atenta y sonriente a su marido. Mira al cielo de donde se filtra un rayo de luz encandiladora. Le pregunto a él si tiene más fotos como boxeador y responde que todas se las han llevado sus dos hijos, que han formado sus respectivas familias y no se dedicaron al boxeo. ¿Llegó a sentir miedo?

—Nunca, era muy entusiasta —responde—. Casi no perdí por nocaut, ahí es cuando se siente la quijada tambaleante, en ese momento uno sabe en qué está, pero lo superas con una actitud fuerte. Me caracterizaba por mi juego de piernas y el bending. En aquello años, las peleas de campeonato eran a quince rounds y las otras, a diez. Calculo que la mitad de mis combates llegué por piernas hasta el último round de diez. Nomás imagínate como acabas. Peleas rápidas, como ésa, en Tuxtla, tuve unas 19. Y de 15 rounds, ninguna.

Sudamos. Cae la tarde bochornosa sin nubes y lamento no haber comprado unas cervezas, pero sin venir a cuento, o quizá porque delato mi antojo, doña Elia me dice que su marido dejó la bebida.

—YO ERA MUY INOCENTE en aquel entonces —dice ella—. Una vez casados, la gente me decía que los boxeadores eran muy peligrosos y broncudos. Y sí, Ramón se ponía agresivo cuando estaba tomado, pero bendito sea Dios que dejó el vicio hace ya treinta
años. Hasta eso, no le gustaban las fiestas y no era de muchos amigos.

—Era muy feo —confirma él, y se ensimisma por un momento, quizá recordando la pelea más dura de su vida. Doña Elia aprovecha para aplicar una cuenta de protección al pasado de ambos:

—Nos conocimos aquí en Juchitán —continúa—. Estudiábamos en la misma secundaria y él comenzó a ir a entrenar al gimnasio de mi papá, ahí nos hicimos novios. A principios de 1967 me fui a estudiar a la capital y Ramón me escribía seguido. Era muy romántico. Estudié enfermería y poco después comencé a trabajar en un centro de salud, pero mis papás estaban solos acá y me regresé. Soy hija única. Nos casamos cuando Ramón regresó, años después. Ya había dejado de boxear. Me hizo caso, a mí no me gustaba.

“Uno sabe cuándo puede ganar, cuándo pega un golpe efectivo y cuándo ya tiene dominado al rival. Lo sabe tanto el que pega como el que recibe el golpe. Calculan hasta dónde pueden llegar. Y el entusiasmo del público también influye”.

EL RATÓN retoma su historia para evitar indiscreciones de su mujer, la mira impasible y habla dirigiéndose a ella.

—Mi ídolo era el Ratón Macías, por eso me apodaron así. Hoy ya no sigo las peleas pero he visto pelear al Canelo y no me gusta su estilo, algo le falta para considerarlo igual o mejor que los grandes de aquellos tiempos. Yo escuchaba las peleas por radio. Recuerdo bien la de Howard Winstone contra Vicente Saldívar y la del Ratón frente a Antonio Halimi.

La derrota del gallo mexicano más popular de todos los tiempos frente al franco argelino Antonio Halimi, el 6 de noviembre de 1957, en Los Ángeles, California, noqueó las esperanzas de millones de mexicanos. Macías es el primer ídolo nacional de la era de la televisión. Quienes tenían posibilidades de comprar el novedoso aparato con pantalla de bulbos cobraban un peso por dejar ver las peleas con una torta y refresco como pilón. La Catedral Metropolitana y las iglesias de todo el país se mantenían abiertas mientras duraban los combates del púgil nacido en Tepito. La multitudinaria fanaticada encendía veladoras y cirios para rezar por el Ratoncito. Sólo Pedro Infante le hacía sombra,
pero el 15 de abril de ese mismo año había muerto en un accidente aéreo. Sin duda, como el Torito, el inmortal personaje carpintero y boxeador tepiteño interpretado en el cine por el ídolo de Guamúchil, Sinaloa, el pueblo mexicano estaba condenado a vivir para siempre un melodrama.

Ramón "el Ratón" Castillo. Foto: Francisco Ramos
Ramón “el Ratón” Castillo. Foto: Francisco Ramos

Antes del combate, el Ratón Macías tuvo severos problemas con el peso. Sometido a una rigurosa dieta casi toda de líquidos, una semana antes del combate le sobraban tres kilos. Para la ceremonia del peso había dejado de comer veinticuatro horas, que pasó mascando chicle y metido en un sauna durante una hora, forrado en un traje de buzo. Don Ramón se recuerda a sí mismo llorando al escuchar el desenlace entre su epónimo y Halimi; escuchaba el combate por radio en compañía de sus padres y algunas amistades. Para el sufrido populacho, a duras penas gobernado por Emilio Portes Gil, fue su segunda Noche Triste. Raúl Macías Guevara falleció de cáncer el 23 de marzo de 2009. Para entonces, don Ramón ya radicaba en Juchitán, sin ejercer la medicina, que estudió en la Ciudad de México, y viviendo de lo que saliera. El alcohol lo tenía contra las cuerdas.

—EN 1968 llegué a boxear en una ocasión en la Arena México y otra en la Coliseo, poco antes de retirarme. Era una promesa que le hice a Elia. Un año después me casé. Antes de eso me fui a la capital del país a estudiar medicina. Mi musa inspiradora se fue primero y tenía que seguirla, aunque luego se regresara a Juchitán. La extrañaba mucho y andaba un poco desanimado por mis estudios, pese a que era secretario general en la Escuela Superior de Medicina del Politécnico. Participamos en el movimiento estudiantil y estuve en
Tlatelolco el 2 de octubre. Fue muy difícil, recuerdo esa tarde en la explanada, olía a disparos, a sangre y muerte. Busqué la forma de escapar hacia edificios cercanos. Todo era muy confuso, era un caos y gritos. Me escondí varias horas en uno de los negocios en la parte baja de los edificios que estaban a espaldas de la plaza. Creo que era una tortería. El dueño bajó la cortina y ahí nos quedamos con su mujer y su hijo apenas más chico que yo; el muchacho no paraba de sudar. Casi no hablamos por temor a que nos oyeran los soldados. Ya entrada la noche, el señor me pidió que me fuera y ellos se quedaron dentro bajo llave. Logré llegar a la calle Manuel González. Agarré un taxi y me dejó en casa de unos compañeros en Azcapotzalco. Cuando todo se calmó un poco, ya no pude regresar a la escuela. Venían las Olimpiadas y se decía que el gobierno había pactado una tregua con algunos líderes del movimiento para guardar las apariencias. Pero había empezado la cacería de brujas y tuve que esconderme. A principios de 1969, la policía me detuvo en un operativo allá donde vivía, en el mismo rumbo de Azcapo. Estuve un tiempo en los separos de Tlaxcoaque pero me soltaron, no sé ni por qué. No me golpearon, hasta eso. Por último, viajé junto con otros compañeros a Sidney, Australia. El gobierno y algunos negociadores del movimiento buscaban grupitos para sacarlos del país, como exiliados, pero decían que íbamos como estudiantes de posgrado. Estuve un año y dos meses, haciendo deporte y no aprendí el idioma. Tampoco estudié nada, ¿pus cómo? Me sentía desanimado, aunque el gobierno de Australia se hizo cargo de nosotros y nos trataba muy bien. Pero vivíamos con miedo, sin saber lo que pasaría a nuestro regreso a México.

EN ESTE MOMENTO don Ramón se retrae, a la defensiva, y evita dar más detalles. Carga una innecesaria paranoia de contar algo que lo ponga en riesgo. Por más que insisto, guarda silencio y mira de reojo a su mujer. Ella parece distraída, meciéndose en la hamaca. El Ratón me encara y sin bajar la guardia cambia de tema:

—Nos asustamos mucho con el terremoto, no habíamos vivido nada similar. Nuestra casa no se cayó como las de nuestros vecinos, mire, no hay cuarteaduras, pero se sintió horrible. A ver qué pasa, la situación está difícil en todas partes. Ya no tengo energía para seguir entrenando jóvenes. Mi salud es delicada. De todos modos les aconsejo que se cuiden mucho y busquen a alguien que los oriente, porque a veces quedan atrapados cuando tienen talento. No es fácil reconocerlo, para mí es algo intuitivo. Te puedes dar cuenta por cómo reacciona un prospecto cuando comienza a pelear.

“Andaba un poco desanimado por mis estudios, pese a que era secretario general en la Escuela Superior de Medicina del Politécnico. Participamos en el movimiento estudiantil y estuve en Tlatelolco el 2 de octubre”.

CON APOYO DEL MUNICIPIO, don Ramón estuvo al frente de un gimnasio de boxeo para jóvenes, que lleva su nombre. Cortó el listón inaugural en septiembre de 2012, pero en 2017 tuvo que retirarse por motivos de salud. El gimnasio ya no funciona. El Ratón forma parte de una estirpe de boxeadores juchitecos que le han dado lustre a la región en diferentes categorías, casi todas ligeras: Rolando Ventarrón Mendoza, Raciel Ray Mendoza, Zurdo Suárez, Johnny Rasgado, Kid Maracas, Lunarcito Mendoza, Kid Dinamita y David el Macetón Cabrera, quien llegó a ser tres veces campeón nacional semicompleto. Un año antes, en marzo, tuvo lugar una sencilla ceremonia de reconocimiento de parte de las autoridades municipales y de la Comisión de Box y Lucha regional. El Ratón Castillo no estuvo entre los homenajeados.

—ESTA PROFESIÓN es muy dura, muchas de las personas del ambiente son unos bandidos, lo he visto aunque nunca me relacioné con los grandes personajes. No tuve interés aunque sí oportunidades, uno es como es. No tengo recuerdos tristes como boxeador. Cuando perdía me quedaba con ganas de desquitarme, de entrenar más, pero no perdía el ánimo y ganaba la revancha.

El Ratón nos indica con la mirada el camino a la calle. Ya no quiere hablar. Insisto en lo de su experiencia como activista en 1968. Silencio. Ha terminado el combate contra sus recuerdos. Doña Elia nos despide con una sonrisa y una vigorosa seña de mano desde su hamaca indicándonos la salida.

Regresamos al Juchitán atrapado entre escombros y materiales de reconstrucción. Abordamos, rumbo al Zócalo, uno de los cientos de mototaxis que se escurren entre el tráfico pesado como plaga de insectos rodantes.

El boxeo de sombra se antoja como un espejismo adormecedor bajo el ardiente sol que no da tregua.

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