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Foto: independent.co.uk
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Pensilvania es un pequeño estado del oriente de Estados Unidos con una mayoría de población blanca (87.6 por ciento). Aunque su capital, Harrisburg, apenas alcanza los 50 mil habitantes, las ciudades más pobladas y conocidas son Filadelfia y Pittsburgh. La primera, por sus raíces etimológicas, significa “ciudad del amor fraternal” debido a su carácter de tolerancia religiosa. La segunda es considerada una de las ciudades más habitables de la Unión Americana. Entre ambas poseen dos equipos de las grandes ligas de beisbol, otros dos de la NFL, uno de basquetbol, otro de futbol soccer y dos más de hockey, con varios títulos ganados en cada deporte.

Ahora Pensilvania posee un reconocimiento vergonzoso: gracias a las investigaciones de la Corte Suprema del estado, se sabe que más de mil niños fueron abusados por trescientos sacerdotes católicos en los últimos setenta años. Aunque el Vaticano tenía noticias de dichos actos desde 1963, según nota de Joan Faus en El País (20 de agosto), la Santa Sede se mostró tolerante, no solamente con los curas pedófilos sino con las autoridades eclesiásticas que los encubrieron. Días después de darse a conocer el informe, el Papa admitió el problema que enfrenta la iglesia desde hace décadas, no sólo en Pensilvania sino en muchas otras partes del mundo: “Con vergüenza y arrepentimiento como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde debíamos estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y gravedad del daño que se estaba causando con tantas víctimas” (El Clarín, 20 de agosto). ¡Setenta años después! Los agresores convencían a sus víctimas de que su comportamiento no sólo era normal, sino sagrado. Muchos de ellos están ya muertos. Los vivos, por supuesto, no penan sus castigos tras las rejas y algunos siguen escondidos debajo de sus sotanas al acecho de más víctimas: saben que serán protegidos por la Iglesia.

A finales del año pasado salió a la luz otra investigación de pederastia en Australia: “Decenas de miles de niños fueron abusados sexualmente en las instituciones australianas. Nunca sabremos la cifra, pero cualquiera que sea, supone una tragedia nacional perpretada por generaciones dentro de nuestras más respetadas instituciones” (El País, 15 de diciembre de 2017). ¿Cómo no nos dimos cuenta de algo que estaba pasando frente a nuestros ojos?

“Más de mil niños fueron abusados por trescientos sacerdotes católicos”.

En México no faltan ejemplos de  estas prácticas. Quizás el más conocido es el caso de Marcial Maciel, un miembro de alto rango del catolicismo, con un pasado delictivo fuera de dudas. A pesar de las múltiples acusaciones en su contra, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana no sólo lo protegió sino que le permitió seguir al frente de los Legionarios de Cristo y continuar con sus prácticas sexuales, sus fraudes y sus extorsiones. En vez de expulsarlo, el Papa Ratzinger, alias Benedicto XVI, quien conocía bien los crímenes que le imputaban a Maciel, sólo le pidió que se abstuviera de seguir al frente de la congregación que fundó y “llevara una vida de oración y penitencia”. Las cárceles de todo el mundo estarían vacías si la justicia castigara a los delincuentes con la misma sentencia: orar y arrepentirse de sus crímenes-pecados. Y por supuesto, el pederasta fue protegido por el entonces cardenal Norberto Rivera, que lo defendió diciendo que las acusaciones eran falsas, pagadas y que se daban en el contexto de “un gran complot para atacar a la misma Iglesia y al Papa Juan Pablo II”. La separación de Iglesia y Estado parecería haber tenido el efecto inesperado de colocar a la primera más allá de la justicia.

A propósito de Ratzinger, su hermano Georg dirigió durante treinta años el coro Domspatzer de Ratisbona, perteneciente a una escuela católica. Gracias al imperio de una “cultura del silencio”, se facilitó que 547 niños sufrieran abusos de distinta índole por parte, fundamentalmente, de curas que fungían como maestros en dicho colegio.

Las preguntas son: ¿quién protege a los niños?, ¿quién protege a las víctimas?, ¿quién protege a los delincuentes?, ¿se lo habrán cuestionado alguna vez los legisladores y los miembros de la SCJN? Eso sí: que nos les toquen a un hijo suyo porque entonces se enfurecerían y reclamarían ¡JUSTICIA! Aunque el victimario sea un cura incurable.

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