De la credulidad a la psicosis compartida

Entrevista con el doctor Francisco Javier Mesa Ríos

Por Ari Volovich

9 de noviembre

05:45 Lo primero que me viene a la mente al despegar los párpados es
la sospecha de que el poodle de la vecina del tres goza de una salud sexual nula mientras barajo las maneras de lograr sofocar sus ladridos sin ser presentado ante los tribunales de YouTube; como tampoco viéndome obligado a incurrir en la zoofilia. Lo segundo que sale a flote es esa frágil seguridad de que el status quo del orden mundial sobrevivió intacto bajo el predecible sello de los Clinton y del establishment de la política estadunidense.

La conmoción disloca mi mandíbula al exponer mis retinas a los titulares. Me quedo largo rato frente a la pantalla con la ilusión de que el resultado cambie con cada abrir y cerrar de ojos; con la esperanza de que lo que estoy leyendo se debe a una fisura corneal desatendida y no gracias a otra faena catastrófica de la democracia.

Conforme imagino un mundo liderado por la batuta dorada de Trump (no pienso aburrirlos con calificativos gastados para describir a ese Homo floresiensis vestido de macaco inconexo; a esa bancarrota seudohumana del calibre de Hitler y Mussolini y que habita ya la Casa Blanca, en gran medida gracias a la cobertura de los medios de comunicación —consagrados a ordeñar el rating—, al obsoleto sistema electoral estadunidense, a la postura antisistema del electorado, a la injerencia rusa en las elecciones estadunidenses y a un discurso que cabe en menos de dos tweets, entre un sinfín de factores que no excluyen la infinita estupidez humana; como tampoco quiero atosigarlos con la bien sabida amenaza que representa el referido neofascista para México y para el mundo entero), me asaltan presagios apocalípticos cada vez más nítidos. Experimento cuatro de las cinco primeras etapas del duelo ideadas por la doctora Elisabeth Kübler-Ross mientras espero que el café se disuelva en el agua. No tengo la más mínima intención ni mucho menos la capacidad de conciliar la aceptación. La sola idea de que los próximos cuatro (a ocho) años estaremos sometidos al capricho de un septuagenario capaz de borrar a Chihuahua del mapa con un solo poke no lo permite.

08:15 El cielo obstruido, la llovizna y el frío se antojan más como una premonición que una simple manifestación atmosférica. Mi desasosiego se ve multiplicado una vez que afianzo ambos pies sobre la calle. Cabezas gachas, quijadas tiesas y miradas aturdidas surcan mi campo visual mientras me integro al flujo de transeúntes que desemboca en la estación del Metrobús.
Observo a través del cristal los pocos hilos de luz que perforan las nubes y que apenas permiten distinguir los tristes contornos de carne y hueso, del gris profundo que tiñe al paisaje citadino. De no ser por la tipografía de los rótulos y los espectaculares que pululan a los costados de Insurgentes, juraría que estoy recorriendo alguna avenida principal de Piongyang.

“¿Qué más da? Nuestros gobernantes son astillas del mismo palo”, musito a modo de consuelo sin conseguir el efecto deseado.

14:15 Heme de vuelta en casa, pero la aceptación sigue brillando por su ausencia. Los lamentos del embutido neurótico del tres logran sustraerme del documento Word que permanece en blanco. Vuelvo a sopesar las cualidades curativas de la zoofilia.

14:30 Se me ocurre llamarle a mi amigo Francisco Javier Mesa Ríos, psiquiatra y psicoterapeuta, docente en la Facultad de Medicina de la UNAM y médico en el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, para agendar una entrevista con el objetivo de despejar algunas dudas en torno a la psicosis colectiva y al perfil psicológico de quien ahora funge como el líder del “mundo libre”, entre otras cuestiones.

7 de diciembre

18:06 “No me salgas con esas mamadas, Manuel. ¿Sientes culpa o miedo?”, oigo a la vecina del ocho reprocharle a su media naranja mientras me alisto para la entrevista.

18:15 Me encuentro con Javier y echo a andar la grabadora.

¿Has notado un aumento en los casos de ansiedad a raíz de la victoria de Trump, ya sea en tu consulta privada o en el Fray Bernardino?

En México aún no se han registrado casos de ansiedad desde que anunciaron los resultados electorales, creo que es demasiado temprano para saberlo.
Aunque en Estados Unidos sí se ha visto un alza significativa en lo que se refiere al estrés y la ansiedad secundaria relacionada directamente con la victoria de Trump y de lo que depara el 2017. Ya existe un registro de personas con desbordamiento emocional.

(Según una encuesta llevada a cabo por la Asociación Americana de Psicología, 52 por ciento de los estadunidenses padecen de estrés y ansiedad a raíz de las elecciones presidenciales).

¿Podríamos decir que el triunfo electoral de Trump es fruto de una psicosis colectiva?

Más o menos. Técnicamente
hablando, la psicosis colectiva se refiere a un grupo de dos o más individuos —generalmente en espacios compartidos o quienes están expuestos a situaciones similares­— que comparten una idea delirante o un tipo de pensamiento aberrante o anormal
y que manifiestan síntomas psicológicos similares detonados por
una razón específica. Por ejemplo: la madre que llega a casa y les dice a sus
hijos que se encuentra poseída y
los hijos empiezan a creerlo y a vivenciar la idea delirante impuesta por la madre. A eso se refiere la psicosis compartida, a una persona de mayor poder en ese sistema jerárquico que transmitió una idea asimilada por los más sumisos y obedientes de ese micro sistema, que no dudan de lo que les dice la madre y asumen su psicosis.

¿Y si lo pasamos al ámbito político?

Tendré que hacer la comparación entre los espacios menores y los macro espacios. En los espacios menores era más fácil medir la psicosis colectiva ya que los síntomas de las personas eran muy similares y fáciles de comparar. Para ello tenemos el ejemplo clásico de las denominadas tarantelas medievales, cuando llegaba alguien medio poseído y entonces todos de pronto manifestaban los mismos síntomas, ya que lo veían, lo vivenciaban, y sus contextos culturales les permitían compartir esos síntomas. En el macro sistema, personas en distintos lugares muestran síntomas o maneras de confrontar el fenómeno de un modo distinto. No son lo mismo, pero igual la gente sufre de malestar, ansiedad, preocupación y miedo. Recordemos que en los fenómenos políticos las emociones son compartidas por multitudes. Entonces, si tienes a un líder mesiánico estilo Donald Trump, Hitler, etcétera, lo que va a suceder es que las personas se van a quedar empapadas de su energía emocional y van a vibrar con ella hasta creerse el producto que les están vendiendo. No se categoriza propiamente como una psicosis colectiva, pero los procesos son similares ya que la gente no razona, no hace juicios, no discierne, no piensa por sí misma y cree lo que dice un determinado grupo crítico; por lo que podría parecerse a un fenómeno psicótico compartido. Insisto, la función es similar, salvo que no se trata de una idea delirante ya que tiene fundamentos reales.

¿Crees que la Asociación Americana de Psiquiatría (apa, por sus siglas en inglés) debería de alertar al público cuando un presidenciable muestra síntomas claros de trastornos mentales?

Un año previo al 8 de noviembre —el día de la elección—, uno de los dilemas de los psiquiatras estadunidenses era si estaban autorizados a emitir juicios clínicos de la salud mental de Trump. Esto nos remite a la Regla Goldwater.
(El doctor Mesa Ríos se refiere a una ley impulsada por la propia APA en 1973, a propósito de un incidente que comprometió al candidato republicano a la presidencia de 1964, Barry Goldwater: la revista Fact hizo una encuesta a unos 12 mil psiquiatras para establecer si el susodicho estaba en su sano juicio para asumir la presidencia; 1,189 de las 2,417 respuestas dictaminaron que no era apto para el cargo. Goldwater terminó por perder las elecciones y demandó a la revista. La APA decretó que era poco ético emitir diagnósticos sin el consentimiento de un individuo y sin evaluarlo personalmente, además de sembrar desconfianza en la psiquiatría).

¿Cuál sería tu diagnóstico clínico del presidente Trump?

Hay quienes a pesar de la Regla Goldwater han emitido sus diagnósticos, los cuales son muy cercanos al mío. En mi opinión Donald Trump padece un trastorno de la personalidad. Básicamente es un trastorno narcisista de la personalidad. El narcisismo es necesario en los seres humanos, pero en ocasiones se vuelve patológico, e incluso hay quienes lo clasifican como narcisismo maligno. Ese Yo en contra de todo tan característico de Trump ya empieza a rayar en esta clase de narcisismo.

También hay quienes lo han diagnosticado como un psicópata. La psicopatía tiene tanto grados funcionales como disfuncionales. Un ejemplo de los psicópatas funcionales son los empresarios, las personas poco afectivas, poco vinculadas emocionalmente, pero que son trabajadoras, ganan dinero y obtienen resultados. Donald Trump ha sido clasificado con esa psicopatía funcional. Así que está entre el narcisismo maligno y la psicopatía funcional: ése sería mi diagnóstico.

¿Internarías a alguien con los síntomas de Trump?

Sólo internamos a un individuo cuando sus actos, conductas o pensamientos ponen en riesgo su vida o la vida de los demás. En consecuencia tendríamos que preguntarnos qué de lo que ha hecho Trump pone en riesgo la vida de los demás. Y sí, sin duda alguna pone en riesgo la vida de millones de personas a través de los mecanismos regulatorios a su disposición; sin embargo, éste no es un criterio de hospitalización. Por ejemplo, si yo tengo un paciente con una idea delirante o una alucinación auditiva que le está diciendo que mate a todo aquel que vista una chamarra de cuero, entonces tendría que internarlo hasta que se le quiten los síntomas psicóticos. La diferencia radica en que Trump, como no es un psicótico, va a echar a andar una serie de mecanismos regulatorios que sean afines a sus objetivos. Nuestra preocupación es que dichos mecanismos le obedezcan y cumplan sus caprichos. Si alguien va de acuerdo con las leyes y el orden impuesto por la mayoría, no se le puede calificar de psicótico aunque esté loco.

Va otro ejemplo para esclarecer las diferencias entre una persona psicótica y una psicopática. En los trastornos bipolares hay una fase conocida como “manía” en la que la dopamina inunda el cerebro. Durante la fase maniaca las personas suelen tener ideas delirantes que se denominan “megalómanas”. En estas ideas delirantes, megalómanas, las personas se piensan más de lo que son. A diferencia de éstos, los psicópatas son personas que presumen sobre lo construido. Claro que exageran y sobrevaloran sus logros, pero también pueden sustentarlos con hechos.

20:02 “Vaya que esa ameba fosforescente lo puede sustentar. Logró transportarnos a la Alemania de 1931”, pienso después de despedir a Javier y me recargo sobre el mostrador de una Farmacia Similares. El boticario me barre con la mirada para luego ofrecerme un catálogo de cremas antiarrugas. Pregunto si tiene opiáceos genéricos y ante la negativa me retiro de mala gana para retomar mi camino de vuelta a casa.

“En un mundo en el que la locura parece ser la norma, el sentido común debería ser catalogado como un síndrome de abstinencia”, me convenzo y acerco mis fosas nasales a las axilas para constatar que huelo a una ruina filistea.

20:20 “Reír o llorar, ésa es la cuestión”, concluyo en la ducha e inmediatamente me veo doblegado por una risa que comunica más nerviosismo que bienestar anímico. Pienso en las futuras visitas conyugales de Putin a la Casa Blanca y los desenlaces apocalípticos de dicha unión en un futuro escalofriantemente cercano; en que estamos ante un momento histórico, lamentablemente. Experimento una saudade bronca por Bernie Sanders y su legado hipotético a la vez que tallo mis partes nobles con shampoo. Imagino el Medio Oriente como una cuenca humeante; a un México sumido en una depresión irreversible.

La ventana del baño no logra opacar del todo los chillidos del caniche casto que se unen al alud de fantasías catastróficas concentradas en mi nuca. Me encuentro lejos de conciliar la tranquilidad que sigue a la aceptación; no obstante, recuerdo que el sentido del humor es lo último que se pierde y me aferro a esa máxima inmaculada. Los poodles ladran, pero la caravana avanza.

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