De perfil:
50 años

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Se podría decir que este es el año de José Agustín. Ciudades desiertas se acaba de estrenar en cines con el título Me estás matando, Susana y la novela De perfil cumple un toleco, un tostacho, una manita de león, es decir: cincuenta primaveras. Pero más correcto sería precisar que este es el año de José Agustín desde que le entregaron el Premio Nacional de Literatura. Y más exacto aún es reconocer que desde la publicación de La tumba (1964), cada año es el año de José Agustín.

Si tras su segunda novela José Agustín hubiera reconvenido enderezar el rumbo, renunciar a la literatura y dedicarse al cine (a cuántos escritores no les habrá pasado por la mente sentar cabeza), la sola publicación de De perfil bastaría para ingresarlo en el panteón de las letras nacionales. Este año con cinco décadas a cuestas la novela se ha convertido en toda una señora. Y el domingo pasado en la sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes Juan Villoro, Rosa Beltrán y Enrique Serna la homenajearon. Beltrán hizo un emotivo recuento de su relación con el autor. Serna atacó las similitudes existencialistas entre la obra y los motivos que atiriciaban a Jung. Y Villoro confe-só que desde morrito, en un tranvía (so romantic), José Agustín lo raptó. No sean mal pensados. Lo raptó para los huesos de la lectura. A partir de tal punto, Juan recalcó que a raíz de la satisfacción que obtuvo de De perfil le cayó el veinte de que jamás podría dejar de leer.

A lo largo de la mitad de siglo desde su publicación se ha escrito guato sobre De perfil. Fue la novela que partió en dos a la literatura mexicana. Y no por ser chairo, pero en la actualidad un rasgo que sobresale de la noveluca es su carácter rabioso como obra de arte escrita por un morro de 22 años. Mientras que en el presente las carreras literarias se edifican a partir de becas, en el 66 José Agustín a base de puros güevos, con una inteligencia imberbe pero prodigiosa, se aventó uno de los tour de force más aterradores de nuestra tradición. No digo que no tuviera becas. A lo largo de su vida tuvo dos o tres.
Pero su vocación era la escritura. Que fue lo que lo convirtió en escritor. Sí, De perfil es ante todo un triunfo del espíritu. Ese espíritu chocarrero que se sobrepuso al tedio del mundo y empujó a José Agustín a empuñar el teclado de la máquina de escribir. Una de las cosas más chingonas de la novela es que en la página legal no está estampada la leyenda: “esta obra se escribió con el apoyo tal”. Es una lección. La prueba de que la literatura puede vivir sin el apoyo institucional.

De perfil fue un escupitajo a la noción de la literatura en los sesentas. Las letras las producían ancianos. Y él fue el primer joven en tomarse en serio su papel. Estoy seguro que desde que sembrara la primera palabra de De perfil él ya se asumía como un renovador de la lengua. Obvio que si lo hubiera dicho todos lo habrían calificado de pendejo. Mantuvo la boca cerrada y asestó el chingadazo. Y el resultado fue una novela joven. Y el cliché apunta a decir que no ha envejecido. Pero De perfil va más allá de eso. Como ya lo he mencionado. La misión de José Agustín en este mundo fue, es, esgrimir el lenguaje como un estado de gracia. Que la novela sea, fue, es joven, poco importa. Lo que cuenta es que con esta novela José Agustín estaba chaqueteando a Dios.

Sólo existe una novela más importante para mi generación que On the Road, y es De perfil. Y es también la que más he releído después de la de Kerouac. En parte por cariño, daría lo que fuera por un raite en la máquina del tiempo y volver a ese mágico momento en que la leí por primera vez. A mí no me raptó como a Villoro, pero me cargó el futuro de promesas. Algunas se han cumplido, otras no. En parte por sus portentosas páginas, su lectura me hizo ver a la literatura no como un afectación, sino como un regodeo. Como el nombre de la heroína de la trama: la Queta Johnson. Cuántos de nosotros no nos enamoramos de ella. Sobre todo por su ludismo encriptado. Queta = toque. Quiero mi toque, Queta.

En un tiempo en que la literatura estaba conformada por una élite política y social, el hijo de un piloto aviador cambió el rumbo de la literatura mexicana.
Sí, era proclive, sobrino de un bolerista, pero se formó solito. Al amparo de su colección de discos. Esa fue la educación que le dio su padre. Una lección que todos debemos aprender. A los hijos hay que darles música. Y ella atraerá a los libros.

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