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Gujjarappa B. G., Man Reading. Fuente: mojarto.com
Gujjarappa B. G., Man Reading. Fuente: mojarto.com

Los lectores asiduos del escorpión (donde los haya), sabrán de su gusto por el ejercicio crítico del pastiche, la apropiación creativa y el tono paródico; así pues, comprenderán su debilidad por trastocar la letra de una canción de Rigo Tovar y, desde el fondo de su nido, entonar: “De qué sirve leer, si la luz ya perdí y no encuentro la paz”.

Los fans del cantante notarán la sustitución de la palabra querer, de la pieza original, por la palabra leer, lo cual revela el estado de ansiedad del alacrán ante las innumerables lecturas pendientes (libros y libros amontonándose día con día en los estantes, la mesa y la banca de la entrada), más la angustiosa sensación de que el tiempo se agota. En síntesis: lo dicho por Platón sobre Sócrates, simplificado en el lugar común “Yo sólo sé que no sé nada”, en la versión del arácnido dice: “Yo sólo leo que no leo nada”, o bien, “Mientras más leo, más me percato de mi falta de lecturas”.

El tormento del venenoso sobre la utilidad de la lectura viene a cuento alentado por un incidente menor pero emblemático y por personajes orgullosos de su falta de lecturas. El reciente affaire marxiano de Chumel Torres simplifica la demostración: 1) El muy seguido “youtuber” cita mal a Marx; 2) Las redes lo hacen pedazos; 3) En respuesta, el “influencer” se mofa del filósofo alemán y tira uno de sus libros a la basura… A pesar de todo, el escorpión no generaliza ni asume el desprecio a los libros y la lectura como algo común y extendido a la mayoría de los jóvenes, pero el caso es sintomático: ¿Para qué le serviría a Chumel leer a Marx?

El tormento del venenoso sobre la utilidad de la lectura viene a cuento alentado por un incidente menor pero emblemático.

Las distopías literarias más conocidas proponen sistemas opresivos en los cuales se prohíbe la lectura por su carácter subversivo y disidente. Orwell, por ejemplo, en su célebre novela 1984 describe al personaje de Winston Smith, inmerso en un sistema de control de las conductas y las ideas de sus ciudadanos. No obstante, Smith descubre los libros a escondidas de la omnipresente telepantalla y se inicia en
la libertad de la lectura ocultándose en un clóset (¡!).

Ray Bradbury, en su novela Fahrenheit 451, lleva a su protagonista, el bombero quemalibros Montag, a descubrir por accidente la lectura y convertirse en un disidente, un revolucionario encargado de preservar los libros por la vía
de aprendérselos de memoria.

Estas novelas han sido rebasadas por las postdisopías. Si bien aún hay gobiernos censores de libros, lo preocupante es la no-necesidad de la lectura. Cuando las muchachas y muchachos se preguntan “¿De qué sirve leer?” y, como en la canción de Rigo, no hallan la luz ni la paz, algo ha cambiado en nuestros procesos de aprendizaje y conocimiento. El alacrán se retira con la vista cansada. 

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