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Foto: Especial

Según el Diccionario de la Real Academia, debatir significa “discutir un tema con opiniones diferentes”. Y discutir quiere decir “contender y alegar razones contra el parecer de alguien”. En todas partes se debate y discute: en la casa, en el bar, en el trabajo, en las redes sociales. A veces se exponen argumentos y se confrontan. Otras, se cae en el insulto o en el diálogo de sordos.

En el ámbito literario cada tanto hay debates que se generan en distintos medios. Los motivos suelen ser extraliterarios: por qué a alguien le dieron una beca, con qué criterios se define a los que seleccionan textos para una antología, quiénes manejan la cultura cobijados por el poder, cómo debe gastarse el presupuesto asignado a cultura. Los diálogos entre intelectuales suelen poner por delante las ideas. Habrá que recordar el que tuvieron Paz, Vargas Llosa, Krauze y otros más en el que el peruano llamó al sistema mexicano priista de actuar como dictadura perfecta y de cooptar a la inteligencia del país, a lo que el historiador trató de matizar como “dictablanda” y que el poeta suavizó aún más como “dominación hegemónica de un partido”. Estemos de acuerdo o no con uno u otro, la confrontación de ideas se dio desde el conocimiento de la historia, la realidad del país, la civilidad y la razón. El debate del mismo Vargas Llosa con Fujimori, cuando ambos contendieron por la presidencia del Perú, partió de propuestas muy concretas, aunque encontradas. Y si bien se refirieron el uno al otro con desacuerdos respecto a sus posturas y su concepción de la nación, la batalla no cayó en el insulto ni en las amenazas. No sabremos nunca cómo hubiera sido el país andino bajo la administración del novelista. En cambio sí conocemos el desenlace que tuvo el gobierno del peruano-japonés: terminó en la cárcel acusado de delitos graves, aunque fue indultado por el actual presidente. También sabemos que de haber ganado su contendiente nos hubiéramos perdido de varias de sus obras importantes, aunque eso no nos ha salvado de enterarnos de su postura sobre nuestra contienda electoral actual. Caso distinto al de Hillary-Trump, que también cayó en la descalificación e incluso en el ultimátum: prometió el del copetín enviar a la prisión a su rival, mientras él sigue acumulando y evadiendo acusaciones de todo tipo: desde la trama rusa hasta su irrefutable misoginia, homofobia y racismo.

Luego de ver los debates en pos de la candidatura para ocupar la presidencia, me quedo con la idea de que se trata de pleitos callejeros.

Luego de ver los debates que ha habido en México en pos de la candidatura para ocupar la presidencia, como ciudadano me quedo con la idea de que se trata de pleitos callejeros. Poner sobre la mesa el tema de la corrupción y la impunidad les dio a los candidatos la oportunidad de acusarse mutuamente de corruptos o de autodefenderse como honestos. Todos coludos y todos rabones. Las ideas y los programas pasan a un segundo sitio: lo importante es desacreditar a los otros contendientes para ganar, no para proponer. Si fuera un deporte triunfaría el mejor preparado. Pero aquí están las cámaras de la televisión enfrente para exhibirlos ante una audiencia masiva: hay que convencerla para que emita su voto a favor de uno de ellos, a pesar de que sabemos por experiencia histórica que lo que se promete en campaña se cumple en un porcentaje muy reducido.

Es un tema serio, que está por delante de los otros lastres que nos aquejan: inseguridad, combate a la pobreza, desarrollo, inequidad y añádanse todos los que se quieran: a la cabeza estará siempre la corrupción y la impunidad, que se ha prometido combatir desde hace varios sexenios con resultados muy poco efectivos.

Y mientras tanto el desfile de los millones gastados, de los spots en la radio y la televisión y de la propaganda que llena las calles con espectaculares y bardas. Los partidos políticos han ido a la baja. La izquierda, el centro y la derecha hacen acuerdos clientelistas con tal de ostentar el poder. En cambio la sociedad civil cada vez está más indignada y más dispuesta a exigir a sus gobernantes que cumplan con lo prometido. Que conste.

Votaré por yo sé quién, con escepticismo, pero también con la esperanza de un cambio de verdad. C

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