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Alberto Ruy Sánchez. Foto: Especial

Para Margarita, cómplice absoluta

 

1. ANTES

Recibir el Premio Nacional es un gran honor que agradezco. Permítanme añadir a esta obviedad una más grande. Es también la responsabilidad de pensar que quien recibe esta distinción adquiere una especie de reto: merecerlo mejor y nunca acabar de merecerlo.

Es un premio de trayectoria, como se llama a los que distinguen toda una obra realizada, no tan sólo a un libro. La trayectoria de los creadores, como la de los proyectiles, lleva implícita una mirada al futuro. Se me impone la pregunta: ¿Hacia dónde voy considerando de dónde vengo? Se me impone la exigencia de seguir pensando mi oficio, de nuevo cada vez, en cada obra. En cada una ejercer eso que antes se llamaba “un deber de lucidez”.

2. HORIZONTES COMPARTIDOS

Algunos, llenos de dudas y obsesiones vivimos intensamente nuestro presente cargado de pasados y de posibilidades. Es decir, un presente lleno de lo que en cada uno de nosotros sigue vivo, está latiendo, nos impulsa, nos lanza, nos da fuerza. Que otros deduzcan dónde terminará por caer mi esqueleto, a mí me toca por lo pronto tratar de comprender qué llevo ardiendo dentro. ¿Qué tipo de fuego alimenta mi manera de ejercer mi oficio de escritor? Que es finalmente una parte importante de mi manera de estar en el mundo. Con ustedes, entre ustedes.

Antes de entrar en esos ardores personales, vueltos públicos por las formas del arte, quiero abrir un paréntesis para señalar algo que, me parece, es importante mencionar porque no para todos es evidente. El Premio Nacional es una distinción de Estado, por lo tanto es transexenal. Existe desde 1945, cuando lo recibió Alfonso Reyes. No es por azar que sólo tres años después, en París, México sería uno de los firmantes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En esa década la cultura pasó de ser la dimensión que nos define, tal y como la pensaba Vasconcelos, a formar parte, además, de los derechos fundamentales de todos nosotros. Entre otras implicaciones profundas, esto sitúa al reconocimiento a la creatividad en la misma línea que la batalla del Estado mexicano por otros derechos, entre ellos el de la paz, que llevó a México a ser líder en un hecho histórico del que goza nuestra región y que dio al protagonista de aquella lucha mexicana vuelta universal con el tratado de Tlatelolco de 1967, el Premio Nobel de la Paz en 1982. América Latina es una zona sin armas nucleares gracias a Alfonso García Robles. Él supo convertir su tenacidad, desde los años cuarenta, en una política de Estado transexenal que sigue viva y sigue rindiendo frutos.

Fuente. Fotos: Archivo de Alberto Ruy Sánchez

García Robles había vivido como embajador, el golpe de Estado en Brasil, que fue detonador de una poderosa corriente de pensamiento conocida como Ideología de la Seguridad Nacional: la idea de que existen crisis de seguridad que justifican el dominio de los militares sobre las leyes y los gobiernos civiles fue una puerta abierta para volver permanentes los estados de excepción. La ideología de la Seguridad Nacional, difundida por las academias militares sudamericanas, y con influencia norteamericana, se volvió viral en el continente. Dio sostén ideológico a varias dictaduras, al plan Cóndor que las conectaba en una red y a una buena parte de los horrores que azotaron a nuestro subcontinente por décadas.

Así como cualquiera que oiga el término “Nacional Socialismo” puede estar seguro de que se trata de la ideología que alimentó al fascismo hitleriano, el que escuche los términos “Seguridad Interior” o “Seguridad Nacional”, si conoce la historia de las últimas décadas, puede estar seguro que se trata de las ideologías que nutrieron a los militares golpistas de la segunda mitad del siglo XX en América Latina. México fue excepción, hasta ahora, teniendo como brújula esta otra cultura estatal del desarme internacional. Una cultura de respeto a políticas de Estado que están por encima de las políticas de cada gobierno. Eso implica darse cuenta de que las primeras pueden nutrir y dar una fortaleza excepcional a naciones y continentes.

No por azar, García Robles y Octavio Paz, Premio Nobel de la Paz y de las Letras, son dos mexicanos distinguidos por ese sistema internacional de reconocimientos. Tanto la diplomacia del desarme mundial como la poesía y el espíritu crítico están entre lo mejor que tiene México y lo mejor que puede ofrecer al mundo: son zonas de convivencia excepcional para todos los humanos. Son reinvenciones del mundo, o más bien, creación de ciertos ámbitos que, de otra manera, no existirían en este planeta. El tercer Nobel mexicano, Mario Molina, es también guardián de nuestro ámbito primordial, donde respiramos y por eso todo lo demás es posible. Su ejemplo y obra va delineando ya una política estatal mexicana de primer orden. En los tres ámbitos late la necesidad de una sensatez mundial. Son tres horizontes compartidos.

Espero que esta anotación dé una idea de la dimensión de responsabilidad que implica recibir esta distinción y la trayectoria que sus exigencias trazan. Ser Premio Nacional es cuidar esos espacios de excepción, los ámbitos donde la creatividad y la reflexión, la convivencia y lo mejor de cada uno es posible, aunque llegue a ser en contra de ocasionales políticas específicas de cada gobierno, de cada institución o de cada mercado en los que nos toque vivir.

3. CUATRO ESCUCHAS DE ALTERIDAD

Un hecho muy significativo de los Premios Nacionales de Artes y Literatura del 2017 es que las cuatro personas que lo hemos recibido al mismo tiempo somos todas y cada una, exploradoras de una gran alteridad y diversidad:

Mercedes de la Garza, que lo recibió en Ciencias Sociales, es la gran conocedora del mundo maya más antiguo, pero también del contemporáneo en sus dimensiones más misteriosas, sobrevivencias y reinvenciones. En el campo de las Artes, el cineasta Nicolás Echeverría ha dedicado su vida a filmar las dimensiones rituales del mundo indígena tarahumara, cora y huichol, entre otras cosas. Y en Artes Populares, el chamán seri Francisco Barnett, practica el arte tradicional de convocar las fuerzas invisibles que afectan a cada uno en su comunidad. Y al convocarlas preserva esa dimensión ritual excepcional.

Yo me he dedicado a escuchar a cientos de mujeres para explorar esa alteridad fundamental que es el deseo femenino y comunicar en mis libros esas voces poderosas con la fuerza de la poesía. Sin mencionar que la actividad de Artes de México, ese trabajo colectivo con Margarita De Orellana al frente antes que nadie, es explorar, estudiar y difundir el otro México, el más profundo, el que algunas veces nuestras élites gobernantes no ven o no quieren ver o no saben cómo pensarlo ni qué hacer con él.

Estos cuatro grandes esfuerzos de diversidad fueron premiados por cuatro jurados distintos, decidiendo por separado que es importante y urgente ver y reconocer a la alteridad con la que convivimos. La alteridad que somos. También los Premios Nacionales de Ciencias se vieron impregnados por ese carácter. Sobre todo el de Ciencias Naturales. María Elena Álvarez Buylla se ha dedicado a luchar contra los transgénicos para preservar la diversidad biológica de nuestro país. Es una sabia campeona del maíz, entre otras cosas. En el Premio de Tecnología tal vez era más difícil dar un reconocimiento al mundo tradicional (aunque quién sabe: en el libro Saberes enlazados, publicado hace poco por Artes de México, vemos cómo la señora Irmgard Weitlaner Johnson descubrió en los tejidos tradicionales de México innovaciones tecnológicas únicas en el mundo). El doctor Emilio Sacristán lo recibió por haber creado innovadores corazones artificiales. Su alteridad es radicalmente tecnológica: inventar otro corazón. Salvar vidas con una otredad mecánica en tu cuerpo.

La invención de estos corazones tiene una dimensión de ciencia ficción. Imaginemos un país donde los nuevos corazones artificiales se enamoran de los cuerpos a los que se conectan. Adoran sus pausas, sus ritmos. O lo contrario, vivos fascinados hasta la locura por sus corazones mecánicos. ¿No es esa la mejor imagen de nuestros políticos o sus hijos enamorados con ostentación de relojes de brillantes? Sin saberlo, nuestro científico inventó también una metáfora de los tiempos políticos modernos.

En nuestro primer encuentro, en una comida, discutimos “seriamente jugando” si el cuerpo todo, de pronto afectado por otro cuerpo, es decir, enamorado, no podría forzar a su sofisticado corazón artificial a perder el ritmo. Por lo tanto, a fallar en la función reguladora para la cual fue creado. Y recordamos entonces aquella adivinanza creada por el escritor Miguel Zacarías, hijo del cineasta clásico, para leer una de las cartas de la lotería tradicional: “Cuando pasas se me para, aquel que no entiende razón… el corazón”.

El oficio del escritor, y sobre todo del poeta, obliga a estar siempre atento a las transformaciones del corazón de quienes lo rodean. Escucharlas, hacerlas suyas, convertirlas en sus propias palabras. En “la música íntima” que según el poeta López Velarde es “el son del corazón” donde se escucha “el estrépito / de los que fueron y de los que son. / Mis hermanos de todas las centurias / reconocen en mí su pausa igual, / sus mismas quejas y sus propias furias.”

4. UN CORAZÓN ARTESANAL

En la “nota múltiple” del corazón de otros creadores mexicanos reconocemos varias claves para sortear los retos de nuestro oficio. En su breve discurso al recibir el Premio Nacional hace algunas décadas, nuestro gran fotógrafo del cine, Gabriel Figueroa, hizo lo que llamó su Declaración de oficio. (Publicado por cierto en el segundo número de Artes de México):

Contar historias, evocar historias, inventar historias: mi vida no ha sido más que un incidente en ese universo poblado ya de seres intemporales. […] Estoy seguro de que si algún mérito tengo es saber servirme de mis ojos, que conducen a las cámaras en la tarea de aprisionar no sólo los colores, las luces y las sombras, sino el movimiento que es la vida.

Los premios de trayectoria invitan y casi obligan a este tipo de reflexión: declinar la manera personal en que un oficio se ejerce.

Al recibir el mayor premio internacional de arquitectura, el Pritzker, Luis Barragán hizo una reflexión similar sobre su oficio que comienza como una crítica a sus colegas arquitectos. (Está en el número 23 de Artes de México). Lamentaba alarmado (es la palabra que usa, alarmado) la desaparición en los textos arquitectónicos de las palabras belleza, inspiración, embrujo, magia, intimidad, silencio, religión, mito, soledad, serenidad, alegría, muerte, jardines, fuentes. Y como está seguro de que esas palabras siguen vivas en su alma, se dedica a describir cómo cada una de ellas está presente en sus obras. Inventa todo un vocabulario para nombrar su manera tan personal de ejercer su oficio.

“Cada uno de mis libros, de mis textos, se alimenta abiertamente de las técnicas artesanales, de sus soluciones creativas. Son tejidos, son composiciones cerámicas, son imágenes en movimiento, son ámbitos que pretenden dar sentido a la vida.

En el pueblo de Metepec (Artes de México número 30), uno de nuestros más grandes ceramistas, Tiburcio Soteno, ante la pregunta de si consideraba a su oficio un arte o una artesanía, respondió sin dudarlo: “Yo sólo soy un amante del barro”. Más allá del arte y más allá de la artesanía, distinción banal, lo que él hace es otra cosa. Es una pasión transformadora.

Gustavo Pérez, nuestro gran maestro de ese oficio, dice que cada vez que descubre un nuevo camino creativo en su cerámica lo considera un regalo del barro, como un secreto que el barro le revela por su persistente dedicación a conversar con él. Y cita al poeta Rilke: “El barro necesita mucho amor”.

Esta frase que por muchos años ha permanecido en mi cabeza —dice Gustavo— me parece una verdad incuestionable, al barro no se le debe usar, hay que dialogar con él, hay que amarlo porque el barro sabe responder, corresponder.

Gustavo cuenta (en Artes de México número 74) que una de sus más poderosas crisis del oficio la tuvo una vez que todas las piezas que metió al horno le salieron bien. Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía que cambiar. Se había acabado un desarrollo de su creatividad y comenzaba la certeza de la repetición. Tenía que retomar todo de nuevo, reinventarse. Su pasión transformadora lo vuelve otro cada vez.

Otro gran artesano del barro, uno de los más grandes del Japón, Kichizaemon Raku, afirma: “Mi vida consiste en enfrentarme a la fuerza de indeterminación del fuego: cada vez que hago una pieza y la meto al horno, me enfrento a los poderes transformadores de la llama.”

Cada una de éstas son declaraciones de oficio. Ninguno de ellos era lo que se llama un profesionista. Parecían ilustrar a contracorriente ese antiguo lugar común del siglo pasado que en nombre de la modernidad distinguía entre las carreras sancionadas por una universidad (médicos, abogados, etcétera) como superiores y los oficios, aprendidos en la práctica artesanal, considerados inferiores. Pero los cinco están entre los más grandes creadores del mundo. Y son fieles al tipo de pasión que definen los ceramistas. Cada uno es un amante de la materia con la que ejerce su oficio: la imagen en movimiento que atrapa a la vida (Figueroa), el espacio convertido en ámbito que da sentido trascendental y cotidiano a la existencia (Barragán), el barro modelado por sus manos para desafiar los poderes del fuego transformador (Pérez, Soteno y Raku). Son sobre todo amantes de sus oficios. Y para mí, cada uno de ellos es un gran ejemplo. Al pensar en ellos, la palabra oficio, para mí, se aleja de la idea de reglas de construcción y se acerca a la acción de oficiar. Como se hace en las religiones. Cada uno de estos creadores efectúa un ritual trascendente: los lleva más allá de sí mismos y da sentido a sus vidas. Y, si tenemos la fortuna de que su ritual nos toque, da sentido también a la nuestra.

5. SER EL LABERINTO

Desde hace varias décadas ya, tal vez desde que comencé a escribir, pensé que mi oficio es el de un artesano. Uno que en cada obra tiene sobre todo la meta esencial de crear lo mejor de lo que es posible. Poner en el mundo algo inusitado que sea de verdad una obra. Cada uno de mis libros, cada uno de mis textos, se alimenta abiertamente de las técnicas artesanales, de sus soluciones creativas. Son tejidos, son composiciones cerámicas, son imágenes en movimiento, son ámbitos que pretenden dar sentido a la vida. En cada uno me he enfrentado a la indeterminación del fuego de la palabra y el fuego de la vida. En cada uno me he tenido que reinventar porque además creo que cada cosa que se tiene necesidad de contar requiere una forma que es la suya. Una forma nueva que sea sólo suya. Todo esto lleva implícita la enorme distancia con escritores, muchos que quiero y admiro, que conciben cada uno de sus libros como se piensa la producción de una película en el mismo formato. Para mí eso sería un borrador. Para ellos un proyecto se planea, se realiza, se acaba y al siguiente. Yo no soy un escritor profesional en ese sentido. Lo soy en cambio en el sentido de asumir los retos de mi oficio y enfrentarme a ellos para solucionarlos de la mejor manera de la que cada vez soy capaz. Cada libro es un reto de vida que por muchos años cuestiona y pone al borde del abismo todo lo que creo que puedo hacer y toda la relación de mi quehacer con el mundo. “Toda la carne al asador”, decía Fernando Benítez, “no dejar nada para después”. Todo lo que soy y lo que creo que puedo, debe estar en cada nuevo libro.

Mandala marroquí. Fotos: Archivo de Alberto Ruy Sánchez

Pero el proceso de hacer cada uno es para mí, literalmente, entrar a un laberinto distinto y buscar a tientas la salida. Es más, diría que es como entrar a un laberinto y elaborar con mis manos la salida, moldearla y hornearla. Lo que implica en el proceso fracasar y tratar de nuevo. Cada libro una aventura vital de horizonte incierto. Es una meta extraña, laberíntica necesariamente, pero no de espaldas al mundo, todo lo contrario. En el laberinto de mi soledad llevo al mundo conmigo. Y en la salida del laberinto yo mismo soy algo del barro modelado por el mundo. Laberinto de barro afuera y laberinto de barro adentro.

HACE MUCHOS AÑOS, yo había publicado un solo libro y me invitaron a  conversar con jóvenes en una universidad. Uno de ellos me contó que él quería ser escritor para ganar el Premio Nobel y ganar mucho dinero con sus libros. Y me preguntó para qué escribía yo. Me di cuenta de que mi meta artesanal le parecía muy pobre. Hacer lo mejor que puedo en cada libro. Hacer que cada libro sea una pequeña joya sigue siendo muy poco para otro tipo de ambiciones.

Qué bueno si además se logra éxito económico. Una cosa no debería estar peleada con la otra. No es un valor la falta de reconocimiento, ni la falta de remuneración. Todos queremos vivir mejor, ser autosuficientes y ser apreciados por nuestro arte. Pero desde mi concepción de la realización de la obra como meta primera, lo demás, incluyendo este premio mismo, es una consecuencia lateral de haber tratado de hacer lo mejor. No su meta. Lo mismo se aplica a becas y otros apoyos, deben ser medios para lograr la obra, no son su finalidad. Para mi interlocutor, había algo de suicida en mi actitud. Ese joven me hizo una pregunta muy pertinente: ¿De verdad se puede considerar un oficio esa actividad de la que difícilmente se vive y que no necesariamente tendrá reconocimiento? Mi respuesta fue afirmativa. Pero explicárselo de manera convincente no fue tan fácil. No todos los oficios se vinculan de la misma manera al mundo del dinero.

La aventura de la vida se enriquece para el que ejerce este oficio. Y, con suerte, también enriquecerá la vida de los demás. Yo he tenido la suerte de encontrar una audiencia, lectores y sobre todo lectoras de mis libros en varias lenguas y en horizontes inesperados. He tenido la suerte de tener reconocimientos, éste tan importante entre otros. Y aún así, en cada nuevo libro tengo que reinventarme, correr el riesgo de no encontrar eco alguno, pero de cualquier modo hacer lo mejor que puedo como artesano, como explorador ritual del sentido de la vida.

Después, ya realizada la obra, vendrá el trabajo de difundirla en otros horizontes y el de venderla lo mejor posible. Pero es un segundo trabajo. El tema del dinero y la creación literaria es enorme. Y digno de atención sin duda. Por lo pronto, mencionando apenas su complejidad dejo sobre la mesa tan sólo la idea de que el oficio de escribir es anterior a las formas que vivimos ahora de productividad económica y entre sus funciones hay varias que son rituales y que conectan a la poesía con sus orígenes más antiguos. Escribir era obra de chamanes. Oficio con funciones múltiples y muy variadas maneras de ejercerse.

CADA UNO de mis libros me permitiría hacer una crónica de sus retos y las maneras que encontré para lograr su existencia. Podría hablar horas de cada uno. Ya en otro texto, escrito como respuesta a una pregunta de Delia Juárez (para ser publicada en Nexos y luego en el libro Así escribo) conté el proceso por el cual primero, entre todo lo que me rodea y voy encontrando día a día, hago una Recolección de asombros. Después, durante mucho tiempo trato de ordenarlos de una manera lúdica y estética en un cambiante Laboratorio de montajes. Y en una tercera etapa, el collage de collages se va convirtiendo en un objeto artesanal ritual. Un objeto que pueda ser fiel a la vez al delirio naciente de la obra y a la exigencia de perfección de la forma. Una experiencia comunicable, compartida que nace de un Ritual de composición.

Hoy quiero compartir con ustedes, a partir de este tercer momento, un vocabulario mínimo, un ramillete de imágenes e ideas que vienen con el oficio pensado de esta manera. Y finalmente, mi última respuesta a otra pregunta ya no sobre el cómo sino el por qué.

“El barro de mi oficio está hecho de palabras, de sueños, de visiones, de hechos y desechos. Ese barro en mis manos tiene una diversidad explosiva que pide una forma. Hay una erótica de la materia.

6. LA MATERIA PIDE UNA FORMA

El barro de mi oficio está hecho de palabras, de sueños, de visiones, de hechos y desechos. Ese barro en mis manos tiene una diversidad explosiva que pide una forma. Hay una erótica de la materia. Una escucha de la materia de la cual saldrá la composición final.

Una periodista en la India me preguntaba: ¿Qué tipo de mandala son sus libros? Le respondí que yo no los pensaba como mandalas. Que ella me respondiera cómo los ve como mandalas. Me dijo:

Un mandala es una forma estética bella y fuerte que nos ayuda a pensar y por lo tanto nos ayuda a vivir. Sus libros son así. ¿Cómo logra esa forma? ¿Cómo llegó a la composición geométrica de su Quinteto de Mogador?

Agradecido de entrada por su manera de ver la obra le dije que yo siempre tomaba ejemplo de las técnicas artesanales. Y que sí, el conjunto del Quinteto se inspira en las técnicas de combinación de lo distinto que ejercen los maestros del arte del azulejo o zelije que construyen sobre los muros árabes o sobre las fuentes tableros que pueden ser pensados como mandalas. Para mí es un principio de composición: una técnica para poder combinar armónicamente todo lo que es muy diferente.

CADA FRAGMENTO distinto de mi libro es como una de estas piezas diversas. Imagínense si esto tiene que ver con escribir en un solo tipo de género. Mis libros están llenos de poemas, de cuentos, de novelas dentro de las novelas. De formas mixtas que en el mundo árabe se llaman Adab: relatos poéticos reflexivos: poemas narrativos de ideas: iluminaciones, asombros, historias. Pero son todos piezas de esta composición de composiciones cuyo diagrama es un mandala y a la vez el mapa de un laberinto. Su clave es el número nueve, que permite construir una retícula común. Ya que cada pieza surge de unir los números que son iguales dentro de eso que los maestros zelijeros llaman un cuadrado védico.

7. LA ESCUCHA, LA JALCA, LA CALIGRAFÍA

En uno de los libros del Quinteto el narrador es un contador de historias en una plaza pública. Lo que él hace ahí es un ritual geométrico y está descrito como tal. Incluye uno de los principios fundamentales del ritual, estudiado por la antropóloga Maraini: la existencia de una audiencia, una jalca, que se inmiscuye con el relato y con frecuencia lo transforma. El contador de historias escucha y mezcla, entreteje siempre lo suyo con lo que sucede mientras cuenta. De la misma manera, después de la reacción del público lector femenino a la aparición de Los nombres del aire, yo tuve que tomar en cuenta lo que estaba sucediendo, lo que las lectoras me contaban, lo que en ellas suscitaban los libros e incluir esa energía en el libro siguiente. El ciclo del Quinteto de Mogador fue así una especie de bola de nieve que creció y tomó forma con su audiencia, con su jalca, de muchas maneras.

Extrañamente, el efecto se multiplicó geométricamente cuando surgió un narrador que es también un calígrafo. Y las caligrafías de Hassan Massoudy primero y de Caterina Camastra después poblaron los libros.

Cuadrado védico. Fotos: Archivo de Alberto Ruy Sánchez

La caligrafía también lleva una geometría implícita. Por lo tanto también admite integrarse a la composición de cada libro y del conjunto de ellos. Lo más sorprendente para mí fue ver cómo mi jalca, o más bien la jalca de mis libros comenzó a tatuárselos. Surgió así una edición viva del Quinteto de Mogador sobre la piel de sus lectoras principalmente pero también de muchos lectores. La pasión mogadoriana de Caterina Camastra la llevó más allá de tatuarse, y de traducir los libros al italiano y escribir sobre ellos, a ir a Marruecos y convertirse en calígrafa. Lo cual es mucho más que un aprendizaje cualquiera, es una iniciación a una práctica a la vez espiritual y manual. Su trabajo de iniciación fue hacer las caligrafías que faltaban en los 81 párrafos de Nueve veces el asombro. Ahora ella, su trabajo caligráfico figura en la nueva edición de ese libro: entre mis palabras, las suyas.

8. LOS ÁMBITOS DEL DESEO

Mis libros están hechos de ámbitos, no los guía el suspenso sino la plenitud de estar dentro de un libro como se está dentro de los espacios que creamos en el mundo y que habitamos con todos los sentidos. Con entrega y con duda. Contra la intriga y la trama tradicionales, la sensualidad del asombro y la poesía del instante. Contra las ilusiones del siglo, un constante deber de inteligencia.

Los ámbitos de mis libros son el tradicional baño público de vapor o hammam, la plaza, el salón de baile, el jardín como paraíso, el torno del ceramista como súbito centro del mundo y ámbito de los amantes y del tacto, la noche insomne, creadora de su propio ámbito de evocación y fantasía, el amanecer, reinventor de los amantes viajando hacia su luz. Y en el último libro, la celda hospitalaria del que trata de recuperar o reinventar su memoria, pintada y escrita por él, donde surgen las ilusiones de un siglo. Un ámbito de encierro abierto hacia los abismos del tiempo personal y el tiempo colectivo. Mis ámbitos son o quisieran ser, en la noche de los tiempos, entre las páginas del inevitable memorial de los agravios, islas de luz. Como Lawrence Wescheler, citado en Los sueños de la serpiente, habla de lo que hizo Vermeer en una época de crueldad y de guerra. Cuadros que aún alimentan a esta época con luminosidad renovada en medio de nuevas crueldades, nuevos crímenes contra la humanidad y nuevas guerras. Ámbitos de luz compartible, contagiosa, lúcida si se quiere y si se puede, ámbitos del deseo.

“Escribo dándole a cada frase todo el espacio y todo el tiempo. Como si invocara y prepara un fuego lento que prenderá en cualquier momento y, si lo quieren sus lectores, durará ardiendo.

9. RAZONES Y SINRAZONES

La pregunta, ¿por qué escribes? no deja de llegarme por todos los medios. Cada vez la respuesta crece. Reescrita aquí por enésima vez más una, publicada por todas partes en partes, quisiera compartirla con ustedes este día.

ESCRIBO DESDE LA DUDA con dudas, desde el desconcierto con desconcierto. Escribo desde el deseo, no sobre el deseo, muy lentamente y con los labios llenos de los sabores de las palabras, como quien come tomándose todo el tiempo para hacerlo. Escribo porque siempre un nuevo sabor vendrá a mi boca y podré compartirlo.

Pero también escribo como si algo adentro me fuera comiendo y me llenara de una tensión que sólo escapa luego en palabras, en frases escritas como si cantara. En páginas armadas como composiciones musicales o collages inesperados. Nunca cuadros realistas, previsibles o emocionalmente chantajistas, atados a intrigas y suspensos cómodos.

Escribo buscando una música disonante, alternativa, es decir una escritura sensorial.

Escribo como trabajan algunos de esos artesanos mexicanos o marroquíes que pacientemente buscan la mejor forma para su obra.

Escribo sobre todo como aquellos que quieren sentirse orgullosos de lo que hicieron. Más orgullosos si ellos sienten que su pieza está cargada de un aspecto de su alma y las almas de su entorno.

Escribo muy lentamente, creando un tiempo dentro del tiempo. Un instante pleno, extrañamente detenido.

Escribo dándole a cada frase todo el espacio y todo el tiempo. Como si invocara y preparara un fuego lento que prenderá en cualquier momento y, si lo quieren sus lectores, durará ardiendo.

¿A QUÉ SE PARECE está sensación de llevar algo expansivo dentro, algo que sólo fluye cuando poco a poco lleno una superficie de esas manchas que llamamos palabras?

Caligrafía. Ingle. Fotos: Archivo de Alberto Ruy Sánchez

Cuando escribo siento que dejo surgir en mí algo animal. Hace un tiempo estuve frente a un jaguar en el zoológico de Chiapas. Caminaba con pasos extrañamente graves y ligeros a la vez, de un lado al otro de la colina cercada que es su encierro. A diferencia de los otros animales, podía sentirse la enorme tensión que animaba al jaguar. Cada paso, cada gesto era como una amenaza. Daba la impresión de estar habitado por obsesiones: pensamientos o sueños que lo desbordaban, que iban a brotarle por la piel. De pronto se me quedó mirando desde los veinte metros que nos separaban y, casi volando, corrió hacia mí. Dio un salto enorme. Sin un rugido y mucho antes de que yo pudiera parpadear asustado, hizo temblar violentamente la malla de alambre que nos separaba. Me mostró sus garras largas y sus colmillos. Me dejó asustadísimo. Luego, como si nada, continuó su paseo alejándose de mí. Se me había cortado la respiración por un instante que me pareció infinito. Mi corazón latía mucho más rápido. Mi espalda fue recorrida por un escalofrío y luego, al verlo, se me erizaba la piel. En un mundo invisible, pero no fantástico, donde sucede más de lo que se ve, mi corazón alterado era ya su presa. Me tenía latiendo al tiempo por él marcado. Me había cazado. Algunos libros también me hacen eso y, sin duda, escribo también para atrapar corazones y dejarlos temblando.

Tuve conciencia además de que, mucho antes de su ataque sorpresivo, este animal creaba un ámbito a su alrededor: un área invisible pero que podía ser percibida por mi piel, donde su tensión reinaba como bajo una cúpula precisa y cerrada. Como bajo un amplio capelo de cristal. Y ese ámbito era más grande que el espacio de su encierro.

Yo había entrado ahí y percibía la extrema tensión de su cuerpo. Y dicen que ese ámbito que se siente, es creado por la presencia del jaguar en cualquier rincón de la selva. Que no se debe exclusivamente a su encierro.

Pensé que cuando escribo me siento lleno de algo que me desborda. Como si fuera a explotar. Como uno de estos animales cautivos, que se mueven habitados por la volatilidad de sus sueños y por la tensión de sus deseos. Un escritor es a veces un animal que crea un espacio sensible a su alrededor, que no se ve pero que es perceptible para los iniciados: para los lectores que se dejan atrapar en su reino de lo invisible. Los que permiten que la poesía atrape su corazón y lo acelere al ritmo de las palabras contadas y cantadas, de los asombros dichos ritualmente en un poema, como el trote y el salto devorador de un jaguar.

En un mito maya muy antiguo, unos guerreros acampaban en la selva y encendieron un fuego inmenso para protegerse. El jaguar que los acechaba decidió atacarlos. Como no conocía el fuego, al acercársele quedó hipnotizado por él y en vez de ir sobre los hombres saltó sobre las llamas.

El mito insiste en que la fuerza de su espíritu lo convirtió en un quetzal. Y voló esquivando el peligro. Pero ya para entonces estaba tan fascinado por eso tan desconocido y atrayente que dejó de ser ave y se convirtió en libélula enamorada de la llama. Y regresó al fuego.

Dicen que, en la unión con la llama, en su último instante, volvió a ser jaguar. Y que sus manchas son las que siempre hacen crepitar al fuego. Que ahí está todavía, en el corazón cambiante de la llama. Y que devora a quienes atrae y atrapa. Entonces, escribo como un jaguar prisionero o enamorado o listo para saltar sobre su presa.

Comprendí por qué, en los bajorrelieves y las estelas mayas, la piel de jaguar sobre la que se sientan los poderosos simboliza a fuerzas invisibles. Y, además de ellos y de los guerreros, los únicos que pueden estar sobre esa poderosa piel manchada son los que escriben. Poetas y escribas. En el mundo maya el que escribe participa del universo secreto y la fuerza invisible del jaguar. Una cualidad involuntaria hacia la cual algunos escritores contemporáneos tendemos y muy difícilmente alcanzamos.

Isla de luz: Vermeer. Fotos: Archivo de Alberto Ruy Sánchez

Y como las mil manchas en el cuerpo del jaguar siento que escribo y reescribo por mil y una razones y sinrazones en movimiento.

Buscando siempre esa composición armónica de lo vivo que podemos admirar en esa combinación de zonas claras y obscuras sobre la piel de un jaguar.

Esta es una lista parcial de las manchas que cubre una parte de mi piel de animal que escribe.

Debo decir entonces que escribo obsesivamente: sin disciplina pero sin parar. La obsesión me ayuda a sustituir lo que me falta de disciplina e inscribe mi oficio más cerca del reino del placer que del deber.

Escribo como un artesano terco se concentra en su materia. Un ceramista que ve nacer entre sus manos formas que parecían haber estado esperando durante décadas entre sus dedos. Formas que, ya cuando estén alejadas de mí y sean tocadas por otros, me llevarán a tocar las manos de amigos —o enemigos— que aún no conozco.

Escribo también como esos otros alfareros que plasman en los muros cuadros geométricos asombrosos en forma de mandalas, con piezas muy distintas que forman un rompecabezas que es al mismo tiempo proyecto e invención: plan e improvisación rigurosa.

Como los artesanos de la orfebrería tengo que forjar mis propios instrumentos a la medida de mis manos.

Como las tejedoras, en hilos de colores caprichosos y significativos contaré mis sueños y mis mitos y los de quienes van conmigo en esta vida.

Y escribo como el alfarero que entrega al horno el blando objeto de barro que surgió de sus dedos esperando que eso, el fuego, en última instancia incontrolable, lo mejore o por lo menos no lo destruya. Escribo enfrentándome a la indeterminación del fuego.

Escribo para conocer, para explorar dimensiones de la realidad que sólo la literatura penetra.

Escribo también para recorda. Pero, no menos, escribo para olvidar.

Escribo para extender mi cuerpo, mis sentidos. Comprobar día a día la sensualidad del mundo.

Escribo por placer.

Escribo por deseo.

Escribo por rabia.

Escribo para señalar la falsificación de los íconos, el abuso de los poderes públicos.

Escribo para ser odiado y ser amado: más aún, para ser deseado.

Escribo para proponer nuevos ámbitos en este mundo.

Escribo para provocar la aparición ritual de la poesía.

Escribo para bailar. Bailar es la otra escritura mágica del cuerpo.

Escribo para dialogar con los muertos. Especialmente con mis muertos: vivos en su literatura, en su arte, en sus obras.

Escribo para escuchar a los vivos.

Escribo para ejercer el placer inmenso de comprender.

Escribo para dibujar.

Escribo para borrar.

Escribo para sonreír con otras bocas en la mía.

Escribo para ejercer la vitalidad de la lengua y del sexo. Escribo para seducir a mi amada, de nuevo y siempre otra vez, ganar su paraíso.

Escribo para acercarme al fuego y dejarme tentar por su presencia.

Escribo para viajar. Y mis pasos escriben con mis ojos: y adentro de mi cuerpo lo de afuera va dejando sus letras caprichosas. Las letras del asombro.

Escribo para alcanzar eso que me rebasa. Aquello que está más allá y que en su unión conmigo me mejora.

Viajo de mil maneras cuando escribo.

Y también escribo para no moverme.

Escribo para ir hacia adentro. De mí y de mi amada y de los rincones explorables de este mundo.

Y para explorar en un cuerpo deseado, hasta el fondo, sus castillos concéntricos. Y perderme para siempre en ellos.

Escribo sabiendo que hacerlo es una metáfora de amarte.

Escribo para convocarte: eres aparición ritual cuando te escribo, no sólo recuerdo vivo.

Escribo en ti y contigo en la punta de la lengua.

Escribo para desnudarme.

Escribo para disfrazarme.

Escribo para inventar un carnaval.

Escribo cantando.

Escribo hasta cuando no escribo.

Y aun así busco, o sin buscar presencio, la aparición ritual de esa súbita existencia: la excepción que podemos o no llamar poesía.

Escribo como amo, tú lo sabes, escribo como te amo, como te escribo.

“Debo decir que escribo obsesivamente: sin disciplina pero sin parar. La obsesión me ayuda a sustituir lo que me falta de disciplina e inscribe mi oficio más cerca del reino del placer que del deber.



Texto leído en el Palacio de Bellas Artes con motivo del Premio Nacional 2017.

Agradezco a quienes me propusieron al Premio: Marisa Trejo desde la Universidad Autónoma de Chiapas. Andrés Fábregas desde el CIESAS Jalisco. Caterina Camastra y María Ana Beatriz Massera, desde la UNAM, Morelia. Pilar Galindo de Cordero, rectora del Centro Univeristario de Integración Humanística, del Estado de México, que además de haber sido la primera institución que hizo un homenaje a mis libros, hace veinte años, me entrega un doctorado Honoris Causa el próximo 21 de junio. Al jurado: Aurelio González y Rafel Olea del Colegio de México, a Hernán Lara Zavala y Evelina Castillo Gil, los maestros Mariano Morales y Martín Ramos, desde las Universidades de Quintana Roo y de Puebla. Y a quienes gestionan el premio profesionalmente desde la Secretaría de Cultura y desde el FONCA, sobre todo a Adriana Camarena de Obeso, a Juan Melía. En el INBA a Lydia Camacho, Geney Beltrán y Rosalba Velázquez. Y por supuesto a María Cristina García Zepeda y a Jorge Gutiérrez.

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