• Tamaño de fuente: A  A  A  A  

Gerardo de la Torre (Oaxaca, 15 de marzo de 1938) se ha resistido sistemáticamente a los homenajes, “una palabra excesiva”, explica. Desde que cumplió sesenta años, cada lustro recibe una invitación del Instituto Nacional de Bellas Artes con la intención de festejar su obra; cada lustro la tentativa se diluye en el hilo telefónico: “He aceptado y seguiré aceptando premios, becas, güisquis; todo eso sin lo que resulta difícil vivir. Dejemos los homenajes para los próceres”. A los ochenta años, al fin ha accedido a participar en el ciclo Protagonistas de la Literatura, probablemente porque, a sabiendas de la intrascendencia del asunto, el reconocimiento se ha convertido en justa celebración de su literatura con la presentación de un nuevo libro de cuentos, La vida rápida —título que desemboca en Jorge Manrique y la fugacidad del vivir, aunque también evoca a Charlie Brown en el montículo, “el lugar más solitario del mundo”.

Bajo el sello de la editorial Lectorum, La vida rápida es una muestra diversa, exhaustiva y feliz de lo que ha sido De la Torre en más de cincuenta años de trabajo literario. Selección personalísima de su narrativa breve (relato, cuento, minificciones) que representa todas sus etapas: “La primera, muy breve, en el taller de Arreola, donde escribí malas imitaciones del maestro. Luego la etapa del petróleo, de
alguna manera siguiendo los pasos de escritores estadunidenses que cultivaban la novela social (Theodore Dreiser, Sinclair Lewis, John Steinbeck, Upton Sinclair, Dos Passos) y entre nosotros los de Pepe Revueltas. Luego, sin abandonar la cuestión social, una tercera etapa más diversa, con mayores preocupaciones formales”. En efecto, no ha quedado fuera ninguno de los Gerardo de la Torre que ha sido desde que comenzó a escribir. Allí se advierte al fabulador bajo la guía de Juan José Arreola: el rabioso autor que denuncia las bajezas de la política entre la clase obrera; el drama cotidiano de los trabajadores del petróleo; el resentimiento de clase; el enamorado que de una u otra forma pierde ante la mujer; el que se ríe constantemente de su condenada suerte; el hábil tejedor de misterios y, sobre todo, al autor comprometido con una escritura que explora la condición humana, y siembra bombas de tiempo esperando cosechar… nadie sabe qué. Una sólida obra construida desde la grandeza de la derrota.

Su primer libro de cuentos lo publicó el Instituto Nacional de la Juventud a principios de 1968; El otro diluvio, a finales de 1967, tal vez principios del 68. Luego vinieron Ensayo general (Joaquín Mortiz, 1970), que lo etiquetó como “narrador social”, La línea dura (FEM, 1971), hilarante y sarcástica narración sobre las causas perdidas que por cuestiones de embargos editoriales quedó como mera referencia hasta que, en el 2008, la rescató y volvió a circular en formato electrónico e impreso. Además, un excelente libro de cuentos, El vengador (Joaquín Mortiz, 1973), que contiene algunos de sus relatos más distintivos, como el que da título al conjunto. Más adelante, muy a pesar suyo, vino la consagración —si se le puede llamar así—, su afirmación como uno de los grandes narradores mexicanos: Muertes de Aurora (Cultura Popular, 1980), cuya temática es el movimiento estudiantil desde el ángulo de los trabajadores; Los muchachos locos de aquel verano (Joaquín Mortiz, 1994), sobre el desencanto de una generación que vio sus ilusiones de un mundo mejor desmoronadas; De amor la llama (UNAM, 2001), una variada colección de relatos, amorosos la mayoría, y La muerte me pertenece (2015), sobre la eutanasia, por citar algunos títulos relevantes.

Sobre su vida, su formación literaria y cómo se percibe a los ochenta años, él mismo lo relata a partir de un largo cuestionario que, con la generosidad que lo caracteriza, ha respondido pun-
tualmente. Sólo optó por dejar al margen un tema de carácter personal que permea su literatura —el conflicto amoroso—, y se quedó perplejo ante la posibilidad de un encuentro borgiano entre el joven Gerardo y el viejo De la Torre: no tiene idea de qué podrían decirse el uno al otro. A continuación nos comparte un breviario autobiográfico.

1. EL SIGNO DEL PETRÓLEO. De no ser porque en 1938 se libraba la batalla del petróleo mexicano y había mucha turbulencia en las regiones productoras del aceite, yo hubiera nacido en Minatitlán, donde mi padre trabajaba en la petrolera inglesa El Águila. Mi madre, oaxaqueña, decidió dar a luz en la ciudad de Oaxaca y allí nací en marzo de 1938, a tres días de que se decretara la expropiación. A los dos meses volvimos a Minatitlán, donde viví hasta los siete años. Luego, la Ciudad de México.

El petróleo ha signado mi vida. Mi padre fue trabajador petrolero, como ya dije, y yo trabajé casi dieciocho años en la refinería de Azcapotzalco; después del 68 y de que en 1969 hicimos un periodiquito, los amigos comenzaron a distanciarse de mí, por temor a los líderes, y en una de ésas dije adiós a la refinería. De allí salieron muchas historias, muchos incidentes, muchos personajes, un gran telón de fondo.

 

“Como Stendhal, me considero nada más un observador del comportamiento humano. Y escribo lo que quiero, no lo que quiere el mercado”

 

Por otra parte, he vivido cerca de cincuenta años en Narvarte (“el Brooklyn de México”, decía Parménides García Saldaña) y he frecuentado la Roma y la Doctores. Trato de aprovechar esos territorios que conozco muy bien, ámbitos reales en los que puedo desplegar la imaginación. Lo curioso es que los personajes de Ensayo general, mi primera novela, crecen en Tepito.

En el medio literario comenzaron a decirme “obrerito mundial”. Algunos con cariño, digamos, condescendientes otros, con sorna los más. Percibí el desprecio, era yo una anomalía, el mono vestido de seda. Sólo un crítico (Sergio Gómez Montero) señaló con seriedad, en las páginas del suplemento cultural de Siempre!, los grandes defectos y las pequeñas virtudes de la novela.

2. BEISBOL. Nació con nuestros primeros antepasados. Lanzaban piedras y se valían de palos para defenderse de los depredadores. Picheo y bateo, ¿no crees?

En Minatitlán, donde transcurrió mi primera infancia, poco se practicaba que no fuera beisbol. A los cinco años ya sabía lanzar y usar el guante y el bate. En 1949, ya en la colonia Narvarte, a unas calles del parque Delta, vi jugar a grandes estrellas del beisbol latinoamericano y de las ligas negras. En 1955 derribaron el maderamen del viejo Delta y levantaron el parque del Seguro Social; allí, hacia 1956-1957, jugué los domingos por la tarde en una liga llamada de nuevos valores. En 1980, tras la huelga de los peloteros que posteriormente fueron despedidos, dejé de ir al beisbol.

3. LA MILITANCIA. Ingresé al Partido Comunista Mexicano (PCM) en 1959, sin duda bajo la influencia de la Revolución Cubana. Como muchos otros seres humanos de buena voluntad, soñaba con un mundo mejor (con menos miseria y más solidaridad) y pensaba que la vía para edificarlo era una revolución encabezada por la clase obrera. Hoy, aparte de que la clase obrera ya no me parece factor, creo que en este mundo globalizado una revolución socialista es imposible. Juzgo más viable una evolución que desemboque, con la participación de amplios sectores sociales, en la instauración de sociedades equitativas como la sueca y la noruega. Un buen comienzo sería desterrar o fusilar a todos los profesionales de la política.

4. TOLSTOIEVSKI. Leí mucho a Hemingway y Faulkner. Luego me diversifiqué, leí españoles y franceses, Baroja, Juan Goytisolo, Camus, Sartre, Aragon… Y no sé en qué momento leí a Twain, Dickens, Stevenson, Chéjov, Tolstoi, Dostoievski. Y en qué otro momento me sumergí en la literatura latinoamericana: Carpentier, Rulfo, Asturias, Cortázar, Borges, Arreola, Onetti, Fuentes. Luego aparecieron Günter Grass y Heinrich Böll. Don Quijote lo frecuenté desde muy pequeño gracias a un hermoso ejemplar que tenía mi madre, de esos ilustrados por Gustavo Doré. En fin. ¿Lecturas formativas? Todas.

Pero el libro que sin duda más ha influido en mi formación es Tolstoi o Dostoievski, de George Steiner. Siempre le dije a los alumnos: “No me interesa literatura alguna que no esté cruzada por un viento épico o por un aliento trágico”. Desde hace cincuenta años leo y releo el ensayo de Steiner, cuya clara conclusión es Tolstoi y Dostoievski (Tolstoievski).

5. ARREOLA Y EL CME. Considero a Juan José Arreola mi maestro. En su taller no me prestó especial atención, pero su prédica sobre el amor a las palabras era una lección permanente que además él llevaba a la práctica mediante el discurso. Por el taller pasé sin pena ni gloria y publiqué en la revista Mester un par de cuentos mediocres de inspiración arreoliana. El Centro Mexicano de Escritores fue otra cosa. Aparte de que Arreola, Rulfo y el doctor Francisco Monterde eran los sinodales, la generación de becarios 1967-1968 la formaba gente talentosa y dura: Nancy Cárdenas, Monsiváis, José Carlos Becerra, Miguel Capistrán, Roberto Páramo, el peruano Edmundo de los Ríos. Me sentía intimidado y me exprimía los sesos y revisaba y pulía mis textos una y otra vez. No me fue tan mal. Salí con un libro: El vengador, y en ese lapso escribí buena parte de mi primera novela.

6. LIBROS ESCOGIDOS Y REJANO. La librería de Polo Duarte (Libros Escogidos) estaba en avenida Hidalgo casi esquina con Soto. Todos los edificios de esa zona fueron luego demolidos (y la calle de Soto fue borrada) para construir el edificio de la Secretaría de Hacienda. La librería ocupaba un local estrecho, alargado, los muros cubiertos de piso a techo con anaqueles atestados de libros polvorientos. Y entre los dos muros se levantaban, en madera tosca, otros dos grupos altos de estanterías que apenas dejaban sitio para los pasillos donde sólo podía circular un cliente a la vez. A la entrada, tras un pequeño mostrador que contenía las novedades, despachaba Polo. La tertulia (esto sucedía hacia 1969, 1970) transcurría los sábados de doce a dos de la tarde. Se hablaba de libros, de música, de cine y, sobradamente, de la guerra de España. Simón Otaola, el alma de la reunión, llegaba temprano y recibía a los demás chisporroteando. “Mira qué título: La gallina de los huevos de zurcir calcetines... Es bueno, ¿verdad? O este otro: El jardín de los gerundios”. O nos distraía con los refranes que distorsionaba. “No hay peor sordo que el que no puede ver… ¿Qué te parece? Y este otro: Es mejor ser saludable y rico que enfermo y pobre”.

Cada sábado veinte o treinta amigos nos apretujábamos en Libros Escogidos. Entre otros José de la Colina, Emilio García Riera, Francisco Hernández y el amargo Francisco Cervantes, Óscar Oliva, Jaime Turrent… A las dos de la tarde Polo bajaba la cortina metálica y buena parte de los tertulianos partíamos a la cantina El Golfo de México, en avenida Hidalgo y Soto, donde llovía y relampagueaba y hacía sol y soplaba el viento hasta las diez de la noche, cuando nos echaban.

Juan Rejano, además de conducir el suplemento cultural de El Nacional, era dirigente de los comunistas españoles del exilio en México. Rejano, poeta y crítico de arte, era un tipo moreno y vigoroso, con el porte altivo de un gitano. Durante dos etapas dirigió la Revista Mexicana de Cultura y en la segunda acogió en esas páginas a la multitud de jóvenes aprendices periodistas que nos acercamos. Ocasionalmente Juan se tomaba una cerveza con nosotros y hablábamos más de política que de arte y cultura.

7. EL OFICIO DE ESCRIBIR. Desde que tenía quince o dieciséis años comencé a escribir cuentitos y versitos muy malos. Era un juego, lo hacía para entretenerme, sin intención de publicar. Creo que en el taller de Arreola comencé a imaginar que podría ser escritor. Era un sueño jabonoso, nada más. Reuní una docena de cuentos, me puse a trabajar en una novela (hice cinco versiones) y de pronto la beca del CME y Mortiz publica la novela. La locura de escribir, asumo, consiste en insistir, en perseverar.

Como Stendhal, me considero nada más un observador del comportamiento humano. Y escribo lo que quiero, no lo
que quiere el mercado, aunque no desdeño ningún tema.

8. MAESTRO. Como profesor, nunca me guardé secretos, dije todo lo que sabía en todos los temas y materias que abordamos. Otra cosa fue mi eterno y en general inútil discurso sobre la verticalidad, la integridad, vivir con apego a los valores éticos, etcétera. Por último, elegí comportarme como un amigo y un confidente de los alumnos. Y, bueno, conversábamos todo el tiempo de libros y autores, jugábamos dominó, compartíamos un par de cervezas (a veces más), cantábamos en el karaoke, asistíamos a ferias del libro y otras actividades artísticas y literarias. La pasábamos bien. La mayor parte de mis amigos, por mucho, son mis exalumnos.

9. EL BALANCE DE LA VIDA RÁPIDA. Como cualquier cuentista, tengo cuentos buenos, regulares y malos. Los elegí sencillamente porque me gustan, me dicen o me dijeron algo en su momento. Eso sí, hay presencia, mínima en un caso, de los nueve libros de cuentos que he publicado. Y además añadí un puñado de inéditos.

10. LA AVENTURA DE LO INESPERADO. En repetidas ocasiones he mencionado que aprendí a hacer novelas viendo cine. Puede que esto sea exagerado, pero sí es verdad que en un principio mis modelos para escribir una novela fueron cinematográficos. Dos películas en particular: Ocho y medio y Salvatore Giuliano, ambas estrenadas en México a mediados de los años sesenta. Se trata de filmes de personajes, no de historias; rompen el orden cronológico y en el discurso realista irrumpen fantasías, delirios, remembranzas; ofrecen diversos puntos de vista.

Me gusta eso de colocar bombas de tiempo. Y juro que no hago nada con mala intención. Quizá lo que pasa es que soy de gustos retorcidos. Me gustan filmes como los mencionados. Me gustan esos cuadros de Picasso donde los ojos van por un lado y la nariz por otro. Me gusta la realidad deformada de Van Gogh. Me gustan los seres voladores y las arbitrarias banderas rojas de Chagall. Las aventuras de lo inesperado, en fin.

Latest posts by Gerardo de la Cruz (see all)

Compartir