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Foto: Especial
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pesar de que, como dice Gilberto Guevara Niebla en alguna parte, desde los primeros días en La Ciudadela la policía (a la que se sumó luego el Ejército), por sus excesos represivos, actuó como el principal provocador del movimiento estudiantil, desde entonces el gobierno armó una verdad con la que se lavaba las manos y le permitía, además (puesto que se trataba de salvar a la Patria), la represión directa. Eso que ahora llamaríamos fake news o mentira histórica fue en los meses siguientes el pan diario para lectores de periódicos y revistas, audiencias de radio y televidentes. Lo señala también Juan García Ponce: se vivía en dos realidades: una era la de las calles y las escuelas; otra, la de los medios de comunicación y el Estado… Esto creaba en la sociedad, y supongo que esa era la intención, espacios para el desconcierto y la duda. ¿Quién dice la verdad? ¿A quién creerle, a la prensa, a los políticos, o a estudiantes y maestros?

Escribe Luis González de Alba:

La versión oficial de los hechos era muy clara y no admitía réplica: todo el conflicto lo causaban los comunistas y otros agitadores profesionales que habían iniciado otra campaña de desprestigio contra México; los estudiantes “fósiles” y algunos golfos se prestaban a los planes de los agentes internacionales que vagan por el mundo para la perdición de las almas.

En los primeros libros sobre el 68 volvió a circular esa versión. Notablemente, en ¡El Móndrigo!, supuesta bitácora del Consejo Nacional de Huelga, un libelo surgido desde los sótanos de la Secretaría de Gobernación y, según Carlos Fuentes, obra del filósofo Emilio Uranga. También ocurre en Juegos de invierno (1970), novela de Rafael Solana.

Hubo que esperar a que Díaz Ordaz dejara la presidencia, a finales de 1970, para que dos grandes obras testimoniales, La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, y Los días y los años, de Luis González de Alba, pudieran aparecer, esto ya en 1971. Poco antes, Carlos Monsiváis incluye un par de momentos del 68 (la Manifestación del Rector y la Manifestación del Silencio) en Días de guardar (1970, impreso en diciembre), considerándolos ya parte de la historia nacional. Además agrega aún un relato triste del duelo en la Plaza de las Tres Culturas el 2 de noviembre de 1968, Día de Muertos, a un mes de la masacre, que le sirve de paisaje para recrear el mitin.

En las siguientes décadas aparecieron obras testimoniales o ejercicios analíticos de los líderes estudiantiles o de los profesores (Gilberto Guevara Niebla, Raúl Álvarez Garín, Eduardo Valle, Heberto Castillo y otros). Aun así, en La Plaza (1972) Luis Spota insistió, quizá un poco a destiempo (pero con efectividad narrativa, con un grupo de deudos que secuestran a un alto funcionario diazordacista y lo someten a juicio), en la defensa del Estado y sus instituciones.

Aunque ¡El Móndrigo! sea ficción, labor de un cronista enmascarado, como diría Federico Campbell, no es una novela. En sentido estricto, la primera novela sobre el 68, inicio de un largo ciclo, es Juegos de invierno, de Solana (el colofón da la fecha del 22 de marzo de 1970), escrita desde el oficialismo, y donde uno de los personajes reflexiona:

Me gustaría que alguien escribiera sobre esto, que alguien relatara estas jornadas; pero objetivamente, sin partido… uno del gobierno, ya sabemos lo que diría: que eran desórdenes, alteraciones, tumultos, que la policía o el ejército tienen la obligación de aplastar, en defensa de las sociedades y de las instituciones; y uno de ellos mismos lo pintaría como una cruzada, como algo inspirado en las más altas miras, como un maravilloso impulso… y, la verdad, tampoco…

Luego de barajar y descalificar los nombres de José Revueltas, René Avilés Fabila y María Luisa Mendoza como posibles relatores del movimiento estudiantil, ese personaje de Juegos de invierno se define por Wilfrido Cantoral, posible alter ego de Rafael Solana, por aportar, asegura, “algún punto de vista centrado, sin pasión, sin ira”. Lo que no ocurrió. La metaficción falló el tiro.

Esta serie narrativa del 68 subraya en sus comienzos ese contraste entre el sostenimiento de la mentira histórica y el relato de los hechos contado por sus protagonistas. Podría asegurarse, en este caso, que la visión de los vencidos terminó por imponerse.


¡EL MÓNDRIGO!

Libelo

Bueno, ya soy un personaje.

Si las cosas marchan viento en popa como van, formaré parte del gobierno socialista de México que sustituirá al reaccionario y burgués de Gustavo Díaz Ordaz. En esto no hay duda porque el empuje del poder juvenil es irresistible y el pueblo se nos une a borbotones y engrosa filas a la manera en que los arroyos bajan de la sierra en las grandes tempestades a fundirse al río caudaloso que arrasa árboles, rocas, casas, seres y alimañas.

Los maestros, los rieleros, los petroleros, los electricistas, los escritores, los campesinos y los padres de familia están con nosotros en plan revolucionario, en entrega total; y juntos, bajo la dirección del Consejo Nacional de Huelga, haremos tabla rasa de las condiciones de injusticia, represión, mediatización, conculcación de libertades y apolilladas estructuras, y en un plazo breve instauraremos la República Popular que será el anticipo de la República Socialista Mexicana.

Será el comienzo, porque la dictadura obrero-campesina dirigida por los estudiantes iniciará un periodo de transformaciones en etapas que culminarán el proceso revolucionario. La edificación socialista sólo es posible a base de lucha de clases en el ámbito nacional e internacional porque en las condiciones actuales de predominio del régimen capitalista en el mundo, nuestra pelea conducirá inevitablemente a la guerra civil y de allí a la contienda mundial revolucionaria.

Quedé incluido en el Consejo Nacional de Huelga. […]

“La dictadura obrero-campesina dirigida por los estudiantes iniciará un periodo de transformaciones que culminarán el proceso revolucionario”.

En las asambleas del CNH he advertido la facilidad con que se desvanecen los datos y se tuercen y deforman al antojo de los representantes de las tendencias que afluyen. Cada quien tiene una manera caprichosa de ver, haciendo bueno el adagio: “en este mundo engañoso nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. En nuestro CNH, en los comités de escuela y Facultad, y en la dirección de los partidos cada quien tiene su vidrito y ve la lucha según sus particulares conveniencias.

Un relato cronológico resuelve este punto que es vital porque al triunfo de la causa surgirán los oportunistas y se colarán los enemigos al amparo del río revuelto para hacerse de posiciones, unos; y mediatizar los logros, los otros. Frente a este peligro, y como tengo el propósito de escribir la historia de la actual lucha, y en vista de que ningún camarada con acceso a la verdad tiene la costumbre de anotar en la confidencialidad de un diario cuanto sucede y hace, decidí echarme a cuestas la tarea.

Llevaré un diario de la lucha hasta su culminación triunfal.

Habrá páginas en blanco porque no todo amerita líneas; o porque no pude hacer el reporte el mismo día en razón de la comisión que desempeño; o porque no tuve el dato correcto o hay que verificarlo. No escapará ningún acontecer relevante que marque jalones, o errores que pongan en peligro su destino. La crítica será severa; y yo mismo escribiré mi autocrítica.

Pretendo que a su tiempo se publique en forma de libro, previamente purgado de lo que pueda ser inconveniente por tratarse de apreciaciones muy personales o porque hay tácticas que no deben revelarse. Soy inmune a los afectos.

Mi formación marx-leninista impide que me arrastren los sentimientos burgueses que son hipócritas y dañosos. Seré implacable. Quien de buena o mala fe incurra en error,
en provocación, en oportunismo, o en traición, quedará marcado en este relato, que servirá de coadyuvante del Fiscal del Pueblo llegada la hora de fincar responsabilidades.


 

JUEGOS DE INVIERNO

RAFAEL SOLANA

Nadie pudo explicar si aquello fue casual o fue premeditado, organizado por alguien; y en ese caso con qué fin. Los alumnos de una escuela salieron a pelear con los de otra; hubo una refriega, en la que intervinieron algunos palos y algunas piedras; se registraron algunas descalabraduras, ninguna de grave importancia; pero, en vez de los bomberos, que siempre en el pasado habían hecho el oficio de apaciguadores de estudiantes exalta-
dos, además del de apagadores de fuegos, esta vez intervinieron los granaderos, más bruscos, menos simpáticos, más oscuros y torpes. Empujaron a los muchachos, hasta reducir a cada grupo a su propio edificio; posiblemente lastimaron a algunos.

Sembró rencor esta intervención policiaca, y para algunos días más tarde se organizó una manifestación, cuyo principal objetivo era aparentemente protestar contra la brutalidad de los gendarmes y defender la autonomía universitaria, una de cuyas formas es la inviolabilidad, por parte de los guardianes del orden, de los edificios escolares; pero ese propósito fue ampliamente rebasado en los textos de las mantas y en los letreros pintados en las paredes y en los camiones, así como en los discursos que se pronunciaron; las alusiones ofensivas para el gobierno, particularmente para el presidente de la República, eran mucho más agrias, y estaban en mayor número, que las dirigidas a la policía o a sus jefes; inclusive se llegó a las mentadas en coro, como suelen oírse, dedicadas al juez, en las plazas de toros; se puso letra lépera a algunas canciones conocidas, y todos la cantaban: “Sal al balcón, chango hocicón, para…”, con música de la “Rondalla”, de Tata Nacho; letreros amargamente humorísticos, otros simplemente enojados, insultantes: “GDO asesino” y “Prensa vendida $$$” eran los más populares, mal dibujados, a brochazos, en los vehículos, que eran desviados de sus rutas, como los aviones llevados a La Habana, y el pasaje bajado, y los choferes obligados a conducir gratuitamente a los manifestantes. Algunos autobuses fueron volcados en esquinas predeterminadas, por ejemplo en las calles de la Argentina, e incendiados; fueron rotas a palos las vidrieras de algunas casas comerciales; los expendios de armas, especialmente en las calles de Donceles y en las de Argentina, cerraron tempranamente sus cortinas de hierro, temerosos de ser asaltados; la violencia creció, de pensamiento, de palabra y de obra; transportes de la policía vomitaron centenares de granaderos en las proximidades de la zona más agitada, la de la Preparatoria Número Uno, en San Ildefonso; los estudiantes se refugiaron en sus edificios, que juzgaban inviolables, y… disparaban. Vino entonces el ejército. Una puerta de la Preparatoria, la que da a las calles de Justo Sierra, fue derribada con un disparo de bazuca; los soldados entraron en la casa y a punta de bayoneta hicieron salir, con las manos en alto, a los jóvenes que allí habían ido a concentrarse; se les condujo en camiones a los lugares en que serían interrogados.

“¿Qué querían? ¿Por qué habían empezado? ¿Deseaban vacaciones? ¿La sustitución del director de alguna escuela? ¿Nuevo reglamento de exámenes? ¿Qué? Nada, nada concreto. Todo: sí, otros directores, otro sistema de exámenes”.

Pero nada era posible sacar en claro de sus declaraciones. ¿Quién los movía? ¿Quién los pagaba? Todo era rumores: que si habían sido vistos, repartiendo billetes de cincuenta pesos, en una cantina, individuos que habían figurado en los desórdenes de mayo en París. ¿Pero a quién le daban dinero? ¿A los estudiantes? No, sino a gente vestida más pobremente, a boleros, a gente del pueblo. ¿Y para qué? ¿Con qué consigna? Los informantes no habían oído ninguna. Al parecer ni siquiera hablaban español quienes repartían dinero: nada decían, ningunas instrucciones daban. Mantener la inquietud, nada más. Gritar, desfilar, volcar camiones, quemarlos.

Los detenidos eran cientos, y no se descubría que se moviesen con un solo fin, con un interés común. La mayor parte de ellos eran estudiantes que sólo habían salido a gritar, ofendidos porque la policía interviniese en sus asuntos. ¿Pero qué querían? ¿Por qué habían empezado? ¿Deseaban vacaciones? ¿La sustitución del director de alguna escuela? ¿Nuevo reglamento de exámenes? ¿Qué? Nada, nada concreto. Todo: sí, otros directores, otro sistema de exámenes; pero eso además. ¿Además de qué? Además de… y no era posible saberlo.

Algunos gritaban mueras a los Juegos Olímpicos. “Olimpiada del hambre”, decían algunos letreros. “No queremos Olimpiada, queremos justicia”, otros; o también: “Queremos libros, no palos”. Fuerzas del ejército se apostaron frente a algunas de las instalaciones olímpicas; se llegó a temer un asalto a las obras de la piscina, una destrucción de lo ya construido; se habló de un plan para tomar el tablero electrónico del estadio de la Universidad e inutilizarlo. Se trataba de llamar la atención del mundo sobre el descontento en México, de hacer que el país se pusiese en ridículo; eso traería la renuncia, la caída, tal vez la muerte del presidente, y un nuevo gobierno.

Pero, ¿qué gobierno? ¿Quién sería el nuevo presidente? ¿A quién apoyaban? ¿Un gobierno semejante al cubano? ¿Era desde Cuba desde donde se agitaba, desde donde se animaba
la ebullición?


 

LA PLAZA

LUIS SPOTA

–¿Sabe usted para qué se le ha traído?

—Para “juzgarme”. Uno de ustedes lo dijo.

—Así es. Para juzgarlo, dicho sin ironía.

—¿De qué?

—Del dolor, del terror, de la sangre, de la muerte de los que murieron en Tlatelolco, de los que murieron antes de ese día también.

—Yo estaba al servicio del Gobierno. No era todo el Gobierno.

—¿Por qué, en lo que a usted se refiere, se optó por la violencia y no por la reconciliación?

—Intentos de conciliación los hubo de parte nuestra. Fueron los estudiantes, ¿o diré: los que manejaban a los estudiantes?, quienes los rechazaron…

—Eso no es verdad. El gobierno siempre rehuyó el diálogo.

—Es muy fácil decirlo; difícil probarlo… Usted, el que ha hablado, ¿sabe lo que fue el Movimiento Estudiantil, lo que hubo detrás?

—¿Lo sabe usted?

—Creo saberlo mejor que ustedes, que sólo lo conocen de oídas. Las circunstancias, muy a mi pesar, me comprometieron en él… El Movimiento Estudiantil del 68 fue un acto preparado, criminalmente, para alterar la estabilidad política de México, para sabotear las Olimpiadas, para…

—Es el mismo argumento tan manido que el Gobierno ha estado usando…

—¿Puede ser negado, dígame, que hubo intervención de “manos extrañas” en el Movimiento?

—Díganos usted, ¿puede ser probado eso?

—Un recuento de lo que pasó a partir, no del 26 sino del 22 de julio, podría ayudar… Según me lo dicen las cintas que me han obligado a oír, ustedes sólo conocen un lado de la cuestión…

—El de la verdad…

—El de su verdad, quizá; pero no el de toda la verdad.

—Los muertos existen, los muertos no pueden ser olvidados.

—Pretendo explicar lo que, a su vez, explicaría a los muertos.

—¿Qué es eso?

—La maquinación preparada, la conjura…

—¡Otra vez el viejo cuento: la conjura!

—Sí, otra vez. No podremos comprender Tlatelolco si no conocemos cómo se gestó.

—Dígalo.

—Es lo que trato de hacer: explicarlo según yo lo miro, según me tocó, dentro de mi campo de acción, relacionarme con el Movimiento. Ustedes saben que el 22 de julio…

—Sí, dos pandillas de estudiantes se pelearon y volvieron a pelearse el día siguiente…

—Exacto: interviene la policía y se lleva a los revoltosos a una delegación. El orden es restablecido.

—Brutalmente, con granaderos y gases y todo…

—La policía debe intervenir en todos los casos que sea necesario. Para eso existe. Si no lo hace, es censurada; si lo hace, también. El dilema es, pues, irreductible…

—En el ataque a los estudiantes, gendarmes y granaderos se excedieron. […]

—¿A quiénes podría favorecer eso que usted llama conjura…?

—La pregunta podrían responderla los dirigentes del Partido Popular Socialista que acusaron, y ellos sabrán por qué, a la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos de meter la mano en el asunto… Podría contestarla, si aún viviera, el entonces rector que reconoció que la autonomía de la Universidad de México estaba amenazada por agentes de “dentro y de fuera”…

—Decirlo no prueba nada.

—Prueba, pienso yo, que se trataba, a como diera lugar, de crear un conflicto, de echar a andar la violencia.

—El Gobierno fue responsable de esa violencia. Usted, como parte que fue de él, lo sabe.

—El Gobierno sólo respondió a la provocación. […] Yo no provoqué la violencia; tampoco la provocó ningún miembro del Gobierno. Vino a nosotros… El Gobierno, digan ahora lo que digan los fabricantes de Memorias del Movimiento Estudiantil, estuvo siempre abierto al diálogo.


LOS DÍAS Y LOS AÑOS

LUIS GONZÁLEZ DE ALBA

La manifestación del 13 de agosto salió del Casco de Santo Tomás, cruzó hasta el Paseo de la Reforma, continuó por él hasta el “Caballito” y dio vuelta por la avenida Juárez. Al cruzar San Juan de Letrán y entrar en Cinco de Mayo nos esperaba una grata sorpresa: los pesados edificios de esta avenida, su altura y disposición, la convierten en una maravillosa caja acústica. Si alguien ha estado hablando una hora frente a un gran auditorio, y sin micrófono, conoce el especial placer que produce, cuando llega la luz o logran conec-
tar el alambre que faltaba, el escuchar la voz propia amplificada por bocinas en todo el auditorio. Al entrar en Cinco de Mayo sucedía lo mismo: escuchábamos, retumbantes, las porras de los contingentes delanteros. La sorpresa producía un breve silencio que no duraba más de algunos segundos. En seguida se desencadenaba una explosión de alegría, porras, gritos y, por supuesto, insultos. De muchas cuadras adelante, rebotando por encima de nosotros, de un lado a otro de la calle, empezó a llegar rítmico, sonoro, producido por decenas de miles de gargantas, el grito de entrada al Zócalo, al intocado Zócalo: “¡Sal al balcón, hocicón! ¡Sal al balcón, hocicón! ¡Sal al balcón, hocicón!” Las banderas rojas, que algunos ya arrastraban sin muchas ganas, volvían a flamear entre el aplauso de la multitud aglomerada en las aceras. Estábamos en el corazón de México, no sólo de la nación que ahora es México, sino de la colonia llamada Nueva España y del Imperio anterior a ella. Hace setecientos años que esta explanada es un centro ceremonial. Ahora nos encontrábamos exactamente frente al gran Teocalli y al palacio de Moctezuma.

Durante el desarrollo del mitin con que finalizó la manifestación un grupo de personas trató de forzar la puerta de Palacio Nacional, hecho que, por fortuna, se evitó a tiempo.
Éramos cerca de trescientos mil pero, si no contábamos los palos de las bandas entre nosotros no había más armas que las de los eternos policías secretos y judiciales vestidos con suéter o chamarra. Una cosa era hacer un mitin frente a Palacio y otra pretender “tomarlo” con muchos palos y algún tubo.

“Estábamos en el corazón de México, no sólo de la nación que ahora es México, sino de la colonia llamada Nueva España y del Imperio anterior a ella”.

Al finalizar el mitin cantamos el Himno Nacional y emprendimos el regreso por una ciudad desconocida: una ciudad nuestra. A pesar de que estamos siendo juzgados por todo lo que sucedió durante los meses de julio a octubre: teléfonos rotos, camiones quemados, tranvías volteados, etcétera, ningún parte policiaco menciona destrozos, robos o cualquier tipo de excesos cometidos después de una manifestación. Trescientos mil manifestantes nos dispersamos por todas las calles y avenidas del centro de la ciudad sin que se presentara queja alguna, hasta ahora, por parte de los comerciantes. El único disturbio a la vida normal de la ciudad se provocaba en el tráfico, pues si la marcha se realizaba por una ruta definida, no sucedía lo mismo durante el regreso. No sé con qué objeto apagaban el alumbrado público; pero, el caso es que, después de esta manifestación y de las siguientes, siempre nos encontramos las calles a oscuras; y se trataba, precisamente, del centro de la ciudad. Era un espectáculo como de un sueño. Caminábamos por la avenida Juárez y por el Paseo de la Reforma como si fueran callejuelas de los suburbios. Por ninguna parte se encontraba un policía, ni siquiera un agente de tránsito. Y aquella oscuridad. 


LA NOCHE DE TLATELOLCO

ELENA PONIATOWSKA

Todos los testimonios coinciden en que la repentina aparición de luces de bengala en el cielo de la Plaza de las Tres Culturas de la Unidad Habitacional Nonoalco-Tlatelolco desencadenó la balacera que convirtió el mitin estudiantil del 2 de octubre en la tragedia de Tlatelolco.

A las cinco y media del miércoles 2 de octubre de 1968, aproximadamente diez mil personas se congregaron en la explanada de la Plaza de las Tres Culturas para escuchar a los oradores estudiantiles del Consejo Nacional de Huelga, los que desde el balcón del tercer piso del edificio Chihuahua se dirigían a la multitud compuesta en su gran mayoría por estudiantes, hombres y mujeres, niños y ancianos sentados en el suelo, vendedores ambulantes, amas de casa con niños en brazos, habitantes de la Unidad, transeúntes que se detuvieron a curiosear, los habituales mirones y muchas personas que vinieron a darse una “asomadita”. El ambiente era tranquilo a pesar de que la policía, el ejército y los granaderos habían hecho un gran despliegue de fuerza. Muchachos y muchachas estudiantes repartían volantes, hacían colectas en botes con las siglas CNH, vendían periódicos y carteles, y, en el tercer piso del edificio, además de los periodistas que cubren las fuentes nacionales había corresponsales y fotógrafos extranjeros enviados para informar sobre los Juegos Olímpicos que habrían de iniciarse diez días más tarde.

Hablaron algunos estudiantes: un muchacho hacía las presentaciones, otro de la UNAM, dijo: “El Movimiento va a seguir a pesar de todo”, otro del IPN: “… se ha despertado la conciencia cívica y se ha politizado a la familia mexicana”; una muchacha, que impresionó por su extrema juventud, habló del papel de las brigadas. Los oradores atacaron a los políticos, a algunos periódicos, y propusieron el boicot contra el diario El Sol. Desde la rampa del tercer piso vieron cómo hacía su entrada un grupo de trabajadores que portaba una manta: “Los ferrocarrileros apoyamos el Movimiento y desconocemos las pláticas Romero Flores-GDO”. Este contingente obrero fue recibido con aplausos; el grupo de ferrocarrileros anunció paros escalonados desde “mañana 3 de octubre en apoyo del Movimiento Estudiantil”.

Cuando un estudiante apellidado Vega anunciaba que la marcha programada al Casco de Santo Tomás del Instituto Politécnico Nacional no se iba a llevar a cabo, en vista del despliegue de fuerzas públicas y de la posible represión, surgieron en el cielo las luces de bengala que hicieron que los concurrentes dirigieran automáticamente su mirada hacia arriba. Se oyeron los primeros disparos. La gente se alarmó. A pesar de que los líderes del CNH, desde el tercer piso del edificio Chihuahua, gritaban por el magnavoz: “¡No corran, compañeros, no corran, son salvas!… ¡No se vayan, no se vayan, calma!”, la desbandada fue general. Todos huían despavoridos y muchos caían en la Plaza, en las ruinas prehispánicas frente a la iglesia de Santiago Tlatelolco. Se oía el fuego cerrado y el tableteo de ametralladoras. A partir de ese momento, la Plaza de las Tres Culturas se convirtió en un infierno.


“¡NO DISPAREN, AQUÍ BATALLÓN OLIMPIA!”

EDUARDO VALLE

Era un ambiente tenso, de negros presagios. Varios compañeros, en los últimos segundos antes de la balacera, subieron preocupados a informarnos: “Compañeros, cuidado, hay muchos militares vestidos de civil alrededor de este edificio… Compañeros del CNH, vengo de Plaza de la República, donde se encuentra la Dirección Federal de Seguridad, vi que docenas de agentes subían a camiones urbanos, se dirigían hacia acá, armados hasta los dientes…”

Pusimos algunas medidas de control —ahora me doy cuenta de cuán banales eran—: dos cordones frente a los pasillos de las escaleras con compañeros del Consejo cuidando que gentes extrañas no pasaran al sitio donde se encontraba el presídium. Tratamos
de calmarnos y de calmar a los que nos rodeaban con frases como: “no acepten provocaciones” y, personalmente, pensé: “Soy el último orador, haré mi intervención lo más corta posible e inmediatamente disuelvo el mitin y nos vamos lo más pronto que se pueda. Habrá que decirles a los muchachos que se disuelvan rápidamente con cuidado y prudencia”.

Me acerqué al barandal del edificio y bajé la mirada hacia la masa de los manifestantes; enseguida, por casualidad, miré hacia arriba y vi dos bengalas surcar el cielo. Una voz en el micrófono exclamó, al acercarse filas de soldados por abajo de un puente que está al final de la plaza: “Cálmense, esto es una provocación”. En ese mismo instante fui empujado. Me volví mirando hacia los lados y observé que, a tres o cuatro personas de distancia, un individuo siniestro, muy fuerte, alto, cubierto con una gabardina gris oscuro, disparaba contra la multitud indefensa una carga de su pistola. Un maremágnum de gente y disparos me envolvió, a empujones y golpes me acerqué a la escalera que quedaba a mi izquierda, mirando cómo una masa de militares subía por el cubo de la misma con pistolas en la mano, algunos disparando a mansalva y otros sólo golpeando. Los compañeros que estaban en el barandal fueron sustituidos, en fracciones de segundo, por estos hombres y por los policías de la Dirección Federal de Seguridad que, asomados al balcón, disparaban, vaciando su pistola contra la gente del mitin que se encontraba abajo, desarmada, indefensa, sorprendida y que, a pesar de ello, se acercaba al edificio Chihuahua gritando: “El Consejo, el Consejo”.

Alguien —fue un compañero de mi escuela— me gritó a los oídos: “Arriba”, y seguramente al percatarse de que yo no traía mis anteojos, a empujones me hizo subir los tres primeros escalones, perseguidos los dos desde ese momento por los disparos hechos —segundos después lo sabríamos— por los soldados del Batallón Olimpia.

Subí las escaleras a saltos y en el quinto piso miré una puerta que se cerraba. A empujones me colé y tras de mí violentamente se cerró la puerta por la que acababa de entrar a saco. Un disparo sonó a través de la hoja y, después, en las escaleras, muchos otros. Al primero de ellos me tiré intempestivamente al suelo de la habitación; una cruenta balacera se había desatado, cientos de disparos nos aturdían y nos impedían movernos. Los cristales de la ventana saltaron destrozados por los disparos de los soldados que, desde abajo, tiraban contra las ventanas y muros del edificio. Por la trayectoria de las balas —de abajo hacia arriba— la mayoría pegaba en el techo, en las más cercanas a la ventana, cubriéndonos de los pedazos de cielo de la habitación que caían desprendidos. Algunas balas rebotaban hasta nosotros hiriendo levemente a algunos compañeros, que se encontraban junto a nosotros pegados literalmente al suelo.

Protegía mi nuca con las manos entrecruzadas; la mejilla, el estómago y las piernas estampadas en el suelo de la habitación. Era el último de las filas, casi pegado a la puerta de entrada al departamento. Los estallidos de las armas de todas clases me hicieron reaccionar y les pedí a los compañeros de piso que se corrieran lo suficiente como para permitirme gozar de la mínima protección que brindaba la pared lateral que dividía la primera parte del departamento donde nos encontrábamos. Escuchaba por la puerta: “Aquí Batallón Olimpia. No disparen. Aquí Olimpia”.

*En Escritos sobre el movimiento del 68 (1984), de Eduardo Valle.


DÍAS DE GUARDAR

CARLOS MONSIVÁIS

de noviembre de 1968: La recuperación litúrgica de la fecha. En la ciudad de México el drama y el patetismo de lo irremediable se representan, no en el Panteón de Dolores ni en el Panteón Jardín, sino en un espacio insólito. Tlatelolco es el lugar del retorno. Desde muy temprano, ante la inextricable y vigilante reserva de los granaderos y la policía, la Plaza de las Tres Culturas se va poblando con los vecinos del lugar y los amigos y los familiares de los desaparecidos un mes antes. Allí fue: todos lo saben y algunos lo repiten como una hipótesis, quizás para aminorar el estupor, tal vez para convencerse a sí mismos de que no ha sido cierto, de que la pesadilla es un vacío resplandeciente. Hace un mes, hubo un mitin en Tlatelolco. […]

A lo largo y a lo ancho de la trágica superficie se van formando con flores letras de la victoria, letras pequeñas y grandes que homologan causa y sacrificio, decisión y martirio. Los letreros (“No los olvidaremos”, “La Historia los juzgará”) y los rezos y las veladoras y los llantos y la concentración y la tensión y la gravedad de los asistentes urden un vaticinio, un rito intenso de soledad que ni los escudos pueden proteger. En Tlatelolco, sin interpretaciones ontológicas, sin intervenciones del folklore, sin tipicidad ni son et lumière, la obsesión mexicana por la muerte anuncia su carácter exhausto, impuesto, inauténtico. La Historia condena las tesis literarias y románticas y en Tlatelolco se inicia la nueva, abismal etapa de las relaciones entre un pueblo y su sentido de la finitud.

Ante Tlatelolco y su drama se retiran, definitivamente trascendidas, las falsas costumbres de la representación de Don Juan Tenorio y el humor de las calaveras y los juguetes mortuorios de azúcar que llevan un nombre. Se liquida la supuesta intimidad del mexicano y la muerte. Ante lo inaceptable, lo inentendible, lo irrevocable, la respuesta de la familiaridad, la resignación o el trato burlón queda definitivamente suspendida, negada. Más aguda y ácida que otras muertes, la de Tlatelolco nos revela verdades esenciales que el fatalismo inútilmente procuró ocultar. Permanece el Edificio Chihuahua, con los relatos del estupor y la humillación, con los vidrios recién instalados, con el residuo aún visible de la sangre, con la carne lívida de quienes lo habitan. Hay silencio y hay el pavor monótono
del fin de una época.
Los rezos se entrelazan con la vibración de otra liturgia, la de una interminable tierra baldía donde octubre siempre es el mes más cruel que mezcla memoria y rencor y enciende la parábola del miedo en un puñado de polvo. El Edificio Chihuahua se erige como el símbolo que en los próximos años deberemos precisar y desentrañar, el símbolo que nos recuerda y nos señala a aquellos que, con tal de permanecer, suspendieron y decapitaron a la inocencia mexicana.

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