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Corona Capital 2017. Foto: Especial

La peregrinación

Varios amigos me confesaron que el Corona Capital ya no les entusiasma como antes, en parte por el cartel del 2017, no tan atractivo como años anteriores. Creo coincidir con eso, es decir, a pesar de la presencia de nombres que encumbraron el así llamado rock alternativo en su mejor momento, PJ Harvey, Green Day, Foo Fighters y algunos más recientes como Elbow o los Japandroids, el resto de los nombres sonaban a fermentados en la levedad del indie más forzado, a diferencia de otras ediciones en donde los pesos pesados te obligaban a tomar sádicas decisiones, Air o Pet Shop Boys, Warpaint o Grimes, The Libertines o Muse (desde luego gana Pete Doherty, ¿a quién puede gustarle Muse?). Bookean las bandas según algunas coyunturas, bandas con disco nuevo o en la gira de un nostálgico reencuentro.

Pero también por lo complicado de la entrada, que implica una larga caminata, aún cuando se tenga la suerte de estacionar el auto dentro de las instalaciones del Autódromo Hermanos Rodríguez o en alguna cuadra de la Ramos Millán, la colonia frente al autódromo, o saliendo de la estación del metro Ciudad Deportiva de la línea 9, donde apenas las puertas de los vagones se abren, los susurros de los vendedores empiezan a colarse entre el bullicio de la muchedumbre que desciende para empezar la peregrinación hacia la curva cuatro del autódromo, la meca de lo que para muchos es el mejor festival
de música de México, o el más influyente:
Te sobran, te faltan boletos, dicen ansiosos tratando de hacer contacto, fijar la mirada y hacerse de un posible comprador. El sábado 18 de noviembre me acerqué a uno por curiosidad, el señor grande y obeso con un chaleco azul eléctrico pareció respirar aliviado, esperando que fuera la primera carnada del día con quien se haría la cruz. Apenas Circa Waves debe estar saliendo al escenario Corona, el principal, deben ser las cuatro de la tarde y el revendedor ofrece los boletos a 700 pesos, casi 60 por ciento abajo del precio normal en su primera etapa. Con el anuncio del cartel del Corona Capital también salen a la venta los boletos cuyos precios aumentan según la fecha se aproxima: en la fase 1, allá por el verano, la venta de abonos por los dos días era de 1,700 pesos; en la fase 2, el boleto por día era de 1,150 pesos y el abono de dos días 1,900 pesos, y así sucesivamente hasta llegar a la fase 6 días antes del evento, cuando el boleto por día costaba 1,950 pesos y el abono de dos días 2,900 pesos. Con esta tarifa, el precio del revendedor podría ser una ganga, si es que los boletos fueran derechos; un riesgo que se corre al comprar con los revendedores es que te den boletos hechizos, hay algunos consejos para detectarlos, como los sellos de agua o rayarlos con la uña, si la línea negra se marca es bueno, pero con todo no deja de ser un volado. El revendedor me dice que el negocio está de la chingada y que le urge que se vayan todas las entradas: Ha sido el peor Corona de todos, dice. Me siento mal por sacarle información sin comprarle nada. Los boletos de reventa van de los 700 y no rebasan, hasta donde pregunté, los mil pesos. También veo gente emulando los modelitos de Lana del Rey, M.I.A. y Beirut, alzando cartulinas donde ofrece boletos del Corona que les sobraron.

Foto: Especial

Si mis amigos creen que es cansado caminar todo ese trayecto, aproximadamente media hora por el asfalto pavimentado para los autos de carreras, hacerlo con los pies engarruñados como de geisha con polio y con una botellita lastimándote los nudillos como una rebanadora de tocino es como caminar desde Copilco hasta la Basílica de Guadalupe de rodillas. Suelo esconder mis frasquitos de poppers en la punta de los zapatos. No es que sea una droga recreativa que explote mi experiencia musical como si de LSD se tratase (aunque, aquella vez que el Carlos Velázquez y yo jalamos del popper hasta machacarnos la masa encefálica con Primal Scream haciendo gala de su talento screamadélico, el popper me descubrió una nueva forma de disfrutar los conciertos), pasa que me impuse un lujurioso ritual en el que a güevo debo tener sexo después de una serie de toquines intensos y bueno, en muchos sentidos los nitratos de anhilo me ponen como varias dosis de Viagra.

Hasta ahora, no he tenido problemas con el brutal cuerpo de granaderos que se impone a la entrada de los filtros de seguridad con todo y escudos, como si fuéramos contingentes dispuestos a romper cristales de tiendas de conveniencia. Espero no darles ideas con esta confesión. Los poppers no le hacen daño a nadie.

Presupuesto musical

Hay que llevar una buena cantidad de efectivo al Corona, sobre todo si eres alcohólico, como yo. Es un festival caro, las cervezas dobles cuestan cien pesos y este año los vasos no tenían impresos los nombres de las bandas y sus respectivos horarios como en ediciones pasadas. Tampoco vi a esas personas obsesionadas con coleccionar vasos hasta formar torres dignas de algún récord. Todos los precios rondan los cien y de ahí para arriba, incluyendo la comida de los food trucks. Vivir la experiencia Corona Capital con una saludable dosis de alcohol y sin el estómago vacío requiere una inversión de quinientos a mil pesos por día. No es que me queje y no tengo derecho a hacerlo. Fui privilegiado, entré gracias a mis colaboraciones con TimeOutMéxico y Vans y esto no es comercial o sí, y la verdad me vale madres, porque como buen joto a veces soy fashion victim y Vans es una marca que no me ha traicionado desde que era adolescente y me la jalaba pensando en skaters.

El festival de las vanidades

¿Llegaste en metro? ¿No usas Uber? ¡Pero si esto no es el Vive Latino!

Me dijo una chica alegre de verme (creo) en la carpa que concentra los artistas orientados a la electrónica pero indignada por mis anécdotas en el Sistema de Transporte Colectivo. En el escenario cantaba Lido, el músico noruego que hace una especie de hiphop-trap para adolescentes vírgenes. De hecho, lo que más sonó en esta carpa durante los dos días fue trap. La conocí en un Bahidorá, el festival neo hippe que se lleva a cabo en el parque de Las Estacas en Morelos alguna quincena de febrero y donde los asistentes usan coronas de flores y penachos cherokees, suelen acampar cerca de un lago, compran mucho pero no hacen orgías (yo una vez se la mamé a un tipo en un arbusto del Corona Capital mientras M.I.A hacía girar mandalas no muy lejos de esta carpa) y siempre me pide que la lleve a cantinas chacas, como si fueran un parque temático en medio del África Subsahariana. Me estoy mordiendo las uñas y los pellejitos por balconearla pero no, soy joto pero no chismoso y sí caballero. Como decía mi abuela, se dice el pecado, pero no el pecador. Es linda, con un look bien logrado, medio pin-up con vestidos a lo Courtney Love, los labios rojo sangre y una actitud de urgente exclusividad, dice que quiere ver a los artistas menos conocidos porque ella es más Nrmal, el festival de música ecléctica que empezó en Monterrey y ahora sucede en el Deportivo Lomas Altas de Constituyentes, más o menos sincronizado con la llegada de la primavera y que supuestamente propone un lineup alejado de lo comercial. Sus organizadores me comentaron en una entrevista que lo que suena en Nrmal será la sensación del Corona Capital de los próximos años, como sucedió con Grimes. Reconozco que los de Nrmal han traído bandas que amalgaman con mis gustos más clavados y radicales, musicalmente sí es un paraíso noise, como los Swans o Pshychic TV, pero no puedo con la cerveza que ahí venden, sabe más a perfume que quitar la sed. Será que mi paladar es muy guarro para las cervezas artesanales. Y la pose de buena parte de los asistentes suele desesperarme, prefieren invertir en outfits extravagantes, circenses, exóticos e incómodos, que en discos de Brian Jonestown Massacre o drogas; en el Nrmal del año pasado tuve que amenazar con mi puño cerrado a tres tipos barbones y labios con chispitas y uñas negras para que cerraran la puta boca y dejaran de hacer voeguin pues no me dejaban escuchar a Genesis P-Orridge, la gran transexual vocalista de Pshychic TV.

 

“la pose de buena parte de los asistentes suele desesperarme, prefieren invertir en outfits extravagantes, circenses, exóticos e incómodos, que en discos de Brian Jonestown Massacre o drogas.”

 

Esto no es el Vive Latino, pinche naco.

Me gritó uno de ellos después de la retirada y detrás de unas tres o cuatro hileras de personas. Un darki me sugirió que no les hiciera caso pero me habían arruinado la cercanía al escenario y me moví a encontrarme con grandes amigos cerca de la consola.

Por lo visto hay una velada rivalidad entre el Vive Latino y el Corona Capital y el resto de los festivales que cada vez se multiplican con mayor facilidad en la Ciudad de México y sus alrededores, y que se hizo más evidente con los reclamos en redes sociales, en las que usuarios acusaron al Corona Capital de racista, pues en las fotos que registraban la actividad del festival en tiempo real sólo aparecían personas de piel blanca.

De qué se quejan, si quieren ver prietos vayan al Vive Latino. Contestaban otros.

A pesar de que el Vive Latino es el primer festival de música de dimensiones masivas hecho en México, emulando algunas referencias internacionales como Coachella en Indio Valley, California, o Glastonbury en Inglaterra, a punto de llegar al vigésimo aniversario, su identidad de rock iberoamericano le ha generado una retorcida fama, la del festival de los del barrio, los banda y los cholos cumbiancheros. Ojalá les llueva champú y jabón a los del Vive, escribió una vez la chica pin-up. Los boletos para la edición 19 del Vive Latino del 2018 que se llevará a cabo los próximos 17 y 18 de marzo oscilan de los 1,100 pesos en la fase 1 a los 1,400 en la fase 4 y el abono por los dos días cuesta 2,050 pesos en todas las fases. En el cartel se encuentra un buen número de bandas en español, la Banda Bastón, Chicano Batman, Cartel de Santa, Fito Páez, Molotov, y también Queens of the Stone Age, Morrissey…

Muchos no le perdonan que el Vive Latino incluya bandas sajonas como las estrellas del cartel, desplazando a todos los que cantan en español en una especie de acto de sumisión ante la colonización de las bandas que cantan en inglés.

Por lo que entiendo la chica pin-up no sentía interés por nada de lo que sonaba en los cuatro escenarios del Corona. Estuvo conmigo buena parte de lo que quedaba del primer día del festival. Le propuse que me acompañara a Elbow, pero no estará atascado ¿verdad…? me cagan los empujones, como si fuera en el metro, me dijo.

Pues ya te chingaste, si quieres estar conmigo nos vamos hasta delante, porque me encanta hasta delante y me fascinan los empujones y sobre todo los arrimones.

Para el registro de 85 mil asistentes por día, según datos oficiales de Ocesa, la compañía detrás del Corona Capital y el Vive Latino, Elbow estuvo prácticamente vacío. Lo sospeché, la música envolvente y psiquiátricamente introspectiva de la banda de Manchester no se presta a los escenarios al aire libre, aun así la experiencia fue perfecta.

Está increíble, no los conocía eh, valió la pena perderme a The XX que ahora resulta que les gusta a los mismos mirreyes del EDC (Electric Daisy Carnival, un festival de música electrónica, franquicia del original de Las Vegas y en la que pinchan EDM mayormente), pero me recuerda los primeros Nrmal o Ceremonia, cuando no había mucha gente.

Carajo.

¿Ya te enojaste?

Sólo un poco, llevamos horas platicando de feminismo y acoso y la posible candidatura de Marichuy pero según tú, los festivales se devalúan cuando dejan de ofrecerte una sensación de elitismo. ¿Qué es lo que hace bueno a un festival: las bandas que logran reunir o qué tanta sensación de elitismo puedan generar en heterosexuales ansiosos de sentirse especiales? Aun a costa de su propia diversión.

Yo disfruto de los conciertos con la misma lujuria que una orgía gay. Son mi vicio. Será que tengo por ahí un gen tan norteño, provinciano y ranchero, que los conciertos y festivales me siguen causando asombro como cuando vi a Café Tacuba en el Palacio Municipal de Torreón, o a los Caifanes y la Cuca en la Plaza de Toros.

Nos quedamos a ver a PJ Harvey, estuvo de lujo, aunque ya no toca esas canciones bendecidas por la histeria de Steve Albini y las zapatillas de tacones altísimos. Quizás soy un frívolo pero el nuevo sonido activista de Pool Jeane no me convence del todo.

Forever Young

A pesar de que me perdí a Green Day porque estuve en la enfermería, pues una maldita migraña empezó a taladrarme la corteza orbitofrontal justo cuando Green Day empezó a cantar “Know Your Enemy”, un dolor tan fuerte que mandó el efecto de la tacha al esfínter.

Con todo, el domingo la pasé mejor, bebiendo tragos y suspirando en el vip de Vans antes de lanzarme a Phoenix con el Jesús Pacheco.

Medio me asaltó la vergüenza de hacer el ridículo, un cuarentón gritando cuando Phoenix lanzó las primeras notas deLasso. Pero luego pienso en la chica pin-up, no llega a los 28 pero los conciertos le producen cansancio. Noté que los treintones y cuarentones disfrutan la música con más devoción que los millenials desesperados por salvar al mundo, tratando de sentirse únicos mientras tanto.

No me cansan los conciertos, así sean tsunamis de cabezazos o ultra exclusivos.

Hasta ahora.

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