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La belleza es un asunto moral”, escribe la filósofa Heather Widdows en su reciente libro Perfect Me. Igualmente podríamos añadir que la belleza es un asunto mortal o por lo menos de una importancia vital. Aunque la postura de los intelectuales con respecto al tema de la apariencia física en general y la belleza humana en particular es considerarlas como intereses frívolos, superficiales e irrelevantes, es imposible negar que fuera del contexto académico son preocupaciones constantes para gran parte de la gente y por tanto son un tema de estudio válido. Quisiéramos creer que la belleza es inconsecuente, “que no explica nada, que no resuelve nada y que no enseña nada”, como escribió Nancy Etcoff en su libro Survival of the Prettiest, pero es absurdo negar que los ideales de belleza imponen parámetros aceptados por la sociedad y que en una era de cultura virtual y visual, estos ideales se han globalizado y homogeneizado, aplastando idiosincrasias con exigencias muy a menudo inalcanzables. Esto quiere decir que las opciones de apariencias aceptables se reducen.

Quizás sea una obviedad decirlo pero es importante recordar que en todos los niveles sociales y culturales, a través de las tradiciones, orígenes étnicos y edades, la necesidad de alcanzar un cierto ideal de apariencia es para muchos una ansiedad incontrolable que los lleva a regir su vida y estructurar sus actividades en torno a procedimientos y rituales de belleza. La búsqueda de la perfección no es exclusiva de ciertas mujeres jóvenes sino que también afecta a los hombres, aunque sin duda con menor incidencia y rigidez. Ante la desventura de no cumplir con los modelos de belleza dominantes, para muchos es necesaria la resignación o bien el uso de maquillajes, ajustes quirúrgicos y cualquier recurso capaz de enfatizar ciertas características y ocultar otras. En términos de las apariencias, la biología era destino hasta que comenzamos a convertirnos en cíborgs. En la era de la manipulación de la identidad, de los genes y la reconstrucción corporal mediante la tecnología y la cirugía, es cada vez más probable que una persona con apariencia normal pase a formar parte de la élite de los cuerpos perfectos. Sin embargo, este poder implica nuevas formas de segregación y de presión para aceptar los estereotipos de belleza.

La masificación de los ideales y las preocupaciones de la belleza en tiempos del selfie ha dado lugar a un aumento de las exigencias mínimas de ajustes y mejoras físicas. Una de las paradojas que impone este ideal es que incluso la aspiración a una apariencia normal es en sí misma una imposición que requiere de un arsenal de prácticas y tratamientos cada vez más elaborados, costosos y en ciertos casos peligrosos. Widdows señala que: “las narrativas de ‘para ser normal’ y ‘para ser perfecto’, aunque aparentemente son distintas, son éticamente similares”.

La obsesión de la belleza es el sustento de numerosas industrias de alimentos, medicinas, suplementos, gimnasios, centros médicos, cosméticos, salones de belleza y spas que generan en todo el mundo miles de millones de dólares en ganancias, crean miles de empleos y se dedican a cultivar la ilusión de la belleza con propuestas y promesas inagotables. Es común responsabilizar al comercio y al negocio de la belleza del estado de frustración y angustia permanente que viven quienes creen con pasión que la salvación radica en las apariencias. Esas empresas explotan inseguridades y fantasías en su beneficio, sin embargo, son sólo rémoras de un fenómeno mucho mayor y más complejo. No se trata únicamente de que seamos víctimas de la publicidad y la propaganda sino de que estamos cableados de tal manera que los mitos de la belleza parecen naturales y evidentes.

Foto: Especial.

El problema esencial que implica el culto de las apariencias en nuestro tiempo es delicado porque conlleva una carga moral. Históricamente, la belleza representaba virtudes internas, sin embargo, en una cultura de consumo compulsivo de imágenes, de una oferta masiva, aparentemente infinita, de estímulos estéticos y de gratificación instantánea, la belleza por sí misma es considerada la virtud. Es entendida como un marco de referencia, un sistema de evaluación que determina los parámetros de apreciación y dictamina, con cierta holgura pero de manera implacable, lo que es y no es aceptable. Criticar la
apariencia física de alguien se ha reconfigurado como una llamada de atención, una acusación al carácter, un juicio a quien no está cumpliendo con un deber, que no hace su “mejor esfuerzo para cuidarse”, que no “aprovecha para volverse la mejor versión de sí mismo”, que no sabe o no acepta que “merece verse mejor”. “Abandonarse” es el equivalente a un descuido imperdonable, un acto de negligencia que se traduce en una agresión propia y a los demás. Humillar a alguien por su apariencia es ahora (se supone) injustificable o por lo menos no está bien visto, pero reprenderlo por no “cuidarse” es perfectamente aceptable. De esta forma los ideales de belleza se convierten en ambiciones de salud, bienestar y felicidad reflejadas en el cuerpo. Todos aquellos que no siguen la pauta son imaginados como holgazanes que están violando un compromiso moral consigo mismos. Este sistema de presión, disfrazado de apoyo, es confuso por su deliberada mezcla de criterios de salud y apariencia, sus justificaciones a veces contradictorias y a menudo pseudocientíficas, pero su dictadura es inflexible.

Si la belleza es un ideal ético dominante, renunciar a su conquista es un fracaso estético, lógico, social y moral. El resultado de no cumplir con los rituales de belleza (maquillaje, procedimientos estéticos, alimentación y ejercicio) nos aleja de los ideales de salud y amor propio impuestos y aceptados masivamente. Si bien es claro que en gran parte de los ca-
sos estos sacrificios y sometimientos cambian poco la apariencia corporal, el hecho de alcanzar los objetivos puede ser menos importante que los esfuerzos cotidianos, los cuales representan una idea del “respeto al cuerpo” y un sometimiento de la voluntad a una aspiración casi religiosa. Los numerosos elementos de filosofías orientales que se funden
con regímenes de ejercicios y dietas en el ideario contemporáneo de la salud conforman un dogma aspiracional, caótico, autorrepresivo y virtuoso, digno de un nuevo contrato puritano con el cuerpo. Es una ortodoxia sin dioses que rinde culto al ideal de la belleza definida por brandings corporativos, yoga, gimnasios, jogging, crossfit, pilates y fe en el poder transformador del sudor. Esta creencia ofrece la promesa de que si bien el cuerpo habrá de envejecer y deteriorarse, siempre nos quedarán los ritos para elevar el amor propio y la percepción de nosotros mismos. Widdows señala que el ideal de la belleza depende de logros a corto y largo plazo, los cuales ofrecen recompensas y satisfacciones personales y sociales, menos relacionadas con auténticas transformaciones físicas y más con el sometimiento cuasi devocional y fetichista a los sacrificios cotidianos de ejercicios y alimentación.

DEL AUTODESPRECIO A LA AUTOADMIRACIÓN

La película I Feel Pretty, rebautizada en México como Sexy por accidente (llama la atención que el título original se refiere a una sensación, y traducido señala una causalidad que va de lo bonito, pretty, a lo excitante, sexy), ofrece, en un formato de comedia romántica, una reflexión feminista light sobre el rigor cruel del orden estético, presentado como un sistema discriminatorio en el cual las chicas que no son atractivas son ignoradas y maltratadas, además de funcionar como un ariete contra el ego y el amor propio. Renee dista mucho de ser “fea” en términos de los cánones convencionales, no obstante, sueña con mejorar su figura. Este objetivo es a la vez absurdo (debido a que ganaría menos) e inalcanzable (ya que es un puesto usualmente ocupado por esculturales aspirantes a modelos). Renee vive con resignación la fatalidad de no ser una de las chicas hermosas que, desde su punto de vista, pueden tenerlo todo simplemente por su apariencia, y se sorprende al descubrir que una chica muy guapa pueda ser infeliz. Es estúpido pensar que una mujer despampanante deba ser perfecta y feliz, pero es igualmente ingenuo imaginar que las apariencias no son poderosas y transformativas.

Las mil y una indignaciones, ofensas y agresiones pasivas han hecho a Renee resistente al entorno. Quizás lo que Schumer interpreta con mayor aplomo es la transición de la sorpresa al cinismo cada vez que es menospreciada, como alguien acostumbrado a una vida de rechazos e interacciones decepcionantes. Trata de tomarse una foto ideal para subir a un sitio de citas, mientras reconoce tristemente que lo único que los hombres ven en esos servicios son las fotos y no importa la descripción que haga de ella misma, ya que nadie la leerá. Su esfuerzo parece más un desesperado intento de reconciliarse consigo misma que de conseguir una pareja.

Con el propósito de mejorar su apariencia, la protagonista se inscribe al gimnasio SoulCycle, una corporación real que pregona un evangelio frenético del ejercicio como redención espiritual, y después de varias experiencias humillantes cae de la bicicleta y se golpea brutalmente la cabeza. Al recobrar el conocimiento, Renee está convencida de que se ha transformado en una belleza y que su deseo, formulado al lanzar una moneda en una fuente, se ha cumplido. Un golpe en la cabeza le ahorra todo el sacrificio, los obstáculos y eventualidades en su camino a convertirse en una espectacular belleza talla cero. No es que la chica haya cambiado de alguna forma visible, los desaires, las muecas y el desprecio de los demás siguen ahí, pero ella ha perdido la capacidad de percibir esas expresiones y se ha liberado así de sus propios fantasmas.

El hecho de que una mujer como ella no pueda aspirar al puesto de recepcionista implica una especie de determinismo físico donde no importa el talento ni la voluntad. Armada de una confianza inédita, Renee se atreve a solicitar el empleo y su desparpajo no sólo la hace triunfar sino que logra volverse fundamental para la empresa. Ello ocurre no tanto por ser eficiente y amable hasta el extremo, sino por irradiar seguridad y compartir su sabiduría al respecto de las mujeres comunes y corrientes, las cuales pertenecen a un mundo desconocido para la empresa Lily LeClaire desde su fundadora, la exmodelo real Lauren Hutton, hasta los empleados a cargo de las decisiones estratégicas.

“Es estúpido pensar que una mujer despampanante deba ser perfecta y feliz, pero es igualmente ingenuo imaginar  que las apariencias no son poderosas y transformativas”

La conquista de Renee es motivo de hilaridad por la paradoja de ver a una chica como ella desenvolverse con éxito, convencida de que es bellísima. Su secuencia más conflictiva es aquella donde, ebria de confianza, se inscribe en un concurso de bikinis y brinda un extraordinario show cómico que evidencia el talento de la actriz para el humor físico, pero sin duda podríamos verlo como un espectáculo humillante y ridículo que contradice el presunto mensaje del filme.

Es claro que Renee, como la mayoría de la gente, ve a las personas a través de un filtro que las clasifica de acuerdo con su apariencia, pero a partir de su accidente, su posición en la escala cambia para ella de manera radical: la sitúa en la cumbre, desde donde mira, condescendiente, a sus amigas y desconocidos. Su vulnerabilidad se ha evaporado y su superyo ha sido silenciado, así imagina que establece complicidades con las mujeres guapas que encuentra y disfruta la manera en que cree ser percibida. Nada define mejor su propio embeleso que la escena sexual donde ella se mira en el espejo y se niega a apagar la luz mientras hace el amor.

CURVAS Y CARNES

La característica primaria del ideal de belleza dominante es la esbeltez, ya sea a nivel de las modelos o las atletas, o la delgadez con curvas prominentes, al estilo de la archiimitada Kim Kardashian. De tal manera, la primera regla de la belleza es que para alcanzarla es indispensable someter el apetito. No menos importante es la firmeza de la carne, el tono muscular. En Sexy por accidente, la idea de la belleza es reducida a la imposibilidad de que una chica “entrada en carnes”, “con kilos de más” y otras fórmulas peyorativas pueda creerse bella. Los chistes sobre la comida son inevitables y mientras Renee se llena la boca de lasaña y grandes dosis de carbohidratos, anuncia entre carcajadas: “Puedo comer lo que quiera y mi figura no cambia”, para la sorpresa de sus semibulímicas compañeras de trabajo que no saben qué creer, y la carcajada del público.

Escena de Sexy por accidente.

El único objetivo de Renee es ser bella, cualquier otro beneficio que eso implique es adicional y tal vez redundante. No lo desea para seducir o complacer, tampoco para tener una mejor posición social y económica: aparentemente, sólo lo anhela por sí mismo. Podríamos especular que esto siempre ha sido así pero sin duda refleja la idea de la belleza como el valor principal de la era digital. Por supuesto que la paradoja es su anhelo de convertirse en una guapa recepcionista y que no le interese para escalar a un alto puesto corporativo. De esta manera la película ignora la discriminación por apariencias que es tan común en el entorno laboral, particularmente en ciertas industrias y determinados puestos de trabajo. Quizás los guionistas quisieron evitar un sesgo feminista que pudiera ser percibido como quejoso, radical o agresivo por las masas misóginas que desatan su odio contra cualquier expresión de poder femenino, como fue el caso de Cazafantasmas (Paul Feig, 2016), la cual provocó reacciones desproporcionadas de ira y troleos en contra de las protagonistas y de cualquiera que defendiera ese remake estelarizado por mujeres.

Si bien esa concesión al mercado y los espectadores es obvia, debemos preguntarnos: ¿Cómo ser feminista y no sucumbir ante la presión de los criterios y exigencias de belleza? ¿Acatarlos es una traición? Es claro que las apariencias importan, pese a un deliberado esfuerzo por ignorarlas. La belleza sirve para conquistar poder y recursos. Cómo ignorar que durante la mayor parte de la historia y en casi todas las culturas, la mujer ha recurrido a su astucia y belleza para compensar la carencia de propiedades, autonomía o derechos elementales. La belleza no es tanto de quien la posee sino de quien la juzga: una fuerza pasiva que depende del reconocimiento de los otros. ¿Es legítimo aprovecharla y explotarla o es necesario cambiar el orden por la fuerza? ¿Será posible reeducar o
desensibilizar no sólo a los hombres sino a las mujeres? El problema se vuelve más complejo porque incluso los recién nacidos prefieren mirar rostros atractivos, como demostraron los experimentos de Alan Slater y su equipo en la Universidad de Exeter, en 2004. La explicación de Slater es que la gente atractiva refleja el prototipo del rostro humano y la mente del bebé es el resultado de una evolución que hace que esos rostros sean fáciles de reconocer. Otros experimentos han encontrado resultados semejantes en bebés.

COSMÉTICOS BARATOS

La experiencia y el sentido común de Renee resultan invaluables para la directora de la empresa y el resto de la familia LeClaire, que no saben cómo alcanzar a una clientela no tan rica y no tan comprometida con su apariencia como la que compra sus costosos productos. Así se enfatiza el lugar común de que la alta belleza no es para las masas sino que es un privilegio de clase. Cuando Renee da su discurso reivindicador, explica que lo importante es lo que llevamos dentro y que uno debe quererse sin importar la apariencia.

El elemento cómico más transgresor es que los cineastas (Abby Kohn y Marc Silverstein) escogieron recrear por medio de las tomas, la edición y la música una imagen de la percepción interna de Renee y mostrarla como un gozoso despertar de los sentidos, en medio de un mundo adormecido que la ignora.

Por momentos la cinta explota confusiones y enredos de comedia de errores con ecos shakesperianos, por lo que podemos recordar Sueño de una noche de verano, cuyo personaje Puck transforma la cabeza de Nick Bottom en la de un burro. Muy significativamente, el dilema moral de Renee la lleva a darse un segundo golpe en la cabeza, con el cual regresa a la realidad. Esto sucede cuando el heredero de la fortuna LeClaire y playboy internacional está a punto de seducirla; ella decide evadirlo y refugiarse en el baño con el pretexto de una diarrea. Ese momento de lucidez marca el fin del delirio y el retorno a la realidad.

Al “verse” bella, Renee se vuelve arrogante y pierde sus atributos de sensibilidad, generosidad y humildad. Sin embargo, a diferencia de una comedia convencional hollywoodense, aquí la protagonista es una chica egoísta, torpe, desgarbada y algo sucia, como los personajes usuales de Schumer. Por eso la corrupción de la heroína no es tan maniquea como de costumbre. El viejo Hollywood adiestró a los públicos del mundo a una valoración hipócrita que recurre sin pausa a mujeres inusualmente atractivas pero pregona que la belleza interior es más importante que las apariencias. Así, incontables veces, tras sufrir toda clase de ofensas y desprecio, la chica común terminaba siendo reconoci-da por el interés amoroso, por encima de la belleza frívola. Esta lógica nutre las telenovelas y muchos otros productos culturales que juegan a la doble moral de obsesionarse con
la superficialidad de las apariencias para tan sólo conceder al final que la belleza auténtica es invisible.

“En Sexy por accidente, la idea de la belleza es reducida a la imposibilidad de que una chica  entrada en carnes ,  con kilos de más  y otras fórmulas peyorativas pueda creerse bella”

Amy Schumer ha hecho una carrera al burlarse de sí misma, de la inseguridad y las imperfecciones de su cuerpo. Su trabajo cuestiona las imposiciones e incertidumbres de la feminidad, y juega a menudo con un humor escatológico y genital (aquí tenemos el infaltable chiste del golpe en la vagina). No obstante, su verdadero talento radica en hacer de su crítica algo universal. Es una comediante y actriz polémica que, como Lena Dunham, creadora y protagonista de la serie Girls, se ha transformado en un icono polarizante y en un personaje emblemático de ese “feminismo blanco”, una forma del feminismo burgués que denuncia las injusticias del patriarcado que le afectan sin entender los problemas del resto de las mujeres. Es decir que si bien Schumer y Dunham cuestionan y se burlan del statu quo, también son beneficiarias de un sistema injusto. Ambas se han visto involucradas en situaciones conflictivas debido a sus declaraciones y posteos, muchas veces insensibles, en redes sociales o en los medios masivos. En la cinta se incluye a un personaje que sería un caso extremo del privilegio blanco ridiculizado: Avery, directora de la empresa y belleza apabullante, que lo tiene todo pero es muy insegura y vulnerable, en particular por su voz agudísima e infantil que la hace pensar que nadie podrá tomar-
la en serio.

Schumer actuó y coescribió Trainwreck/Esta chica es un desastre (Judd Apatow, 2015) y estelarizó Snatched/Descontroladas (Jonathan Levine, 2017), dos comedias convencionales que explotan situaciones recurrentes en sus números de comedia stand up. La primera tiene muy buenos momentos pero pierde el aliento hasta desarmarse en un final deshilvanado y complaciente, mientras que la segunda es una masa de lugares comunes y clichés. Schumer no escribió el guión de Sexy por accidente, y aunque el papel de Renee está obviamente hecho a su medida, es claro que trató de mantener cierta distancia creativa. Si bien este es un filme plantado en un género del cual recorre las convenciones, siguiéndolas o transgrediéndolas, no necesita de villanos ni de personajes crueles o vergonzantes para establecer su punto sobre las cualidades y merecimientos de la protagonista, lo que es un paso adelante dentro de la lógica maniquea del cine de Hollywood.

EL REMEDO Y EL REMIENDO

Wendy Steiner la describe de manera notable:

La experiencia de la belleza involucra un intercambio de poder, y como tal, es a menudo desorientadora, una mezcla de humildad y exaltación, sometimiento y liberación, sobrecogimiento y placer desconcertante.

“El cinismo se rinde a la lógica de la autoayuda. No hay escape al mito ni posibilidad de disentir, por lo que se recurre al viejo cliché de que los buenos amigos, una actitud positiva
y creer en sí mismo son la solución”

La belleza no puede demostrarse de manera objetiva y es inevitablemente perecedera. Por un lado es una estrategia evolutiva y de preservación de genes en la competencia por recursos. Refleja la fertilidad y la salud, características que desde la época de las cavernas eran fundamentales para la
supervivencia de la especie. Se trata de una expresión de la simetría facial, pero asimismo se manifiesta en irregularidades sutiles. Se ha demostrado que la belleza está en los promedios. El antropólogo Sir Francis Galton, primo de Charles Darwin, inventó el método de los retratos compuestos cerca de 1880, al sobreimponer caras de individuos para crear rostros promedio. Actualmente hay numerosos programas que promedian rasgos, a veces cientos o miles de ellos, y el resultado invariable son rostros muy atractivos. Pero al mismo tiempo la belleza está en ciertos rasgos ligeramente exagerados, detalles que enfatizan la feminidad o acentúan leves irregularidades que imprimen un encanto extraordinario.

La película de Kohn y Silverstein no intenta de ningún modo probar esa vieja y tan falaz máxima de que “la belleza está en el ojo que la ve”, ni que la belleza es una ficción social irrelevante. Por el contrario, la  muestra como una auténtica forma de opresión y discriminación que una sonrisa y una buena actitud no pueden solucionar. Renee no se libera por dejar de creer en el sistema de belleza y mucho menos por volverse una antagonista, sino todo lo contrario: por imaginarse que es una de las elegidas.

Los Ángeles de Victoria´s Secret.

Al reducir la belleza a las medidas de la cintura, los pechos y las caderas se crea una especie de sistema instantáneo para cuantificarla. Es un recurso aparentemente efectivo y pragmático para evaluar y racionalizar la segregación. El ejemplo del concurso de bikinis sería evidencia del ideal predominante de las medidas como valoración. Las aspiraciones de belleza son una filosofía del remedo y del remiendo, una lógica hostil, patológicamente obsesionada con imitar rostros de celebridades
y tratar de “corregir” defectos que muy pocas veces lo son.

Sexy por accidente es un ejercicio interesante sobre el poder que tiene la mirada ajena en la percepción de uno mismo y la posibilidad de aislarse de esas miradas y murmullos para recuperar (o no perder) la percepción infantil de uno mismo. Es lamentable que no se atreva a proponer alternativas ni cuestionar los valores estéticos, y se limite a ofrecer que los cosméticos baratos puedan servir para que la gente se sienta feliz y realizada. De esa manera, el cinismo se rinde a la lógica de la autoayuda. No hay escape al mito ni posibilidad de disentir, por lo que se recurre al viejo cliché de que los buenos amigos, una actitud positiva y creer en sí mismo son la solución. Es una aceptación del orden dominante y si bien no puede esperarse mucho de una película hollywoodense, sí es posible exigir más de una perspectiva con barniz feminista en la era del #metoo. Este filme con buenos deseos y deseos culposos, si bien es fallido, tiene el mérito de reflejar las ansiedades y los temores femeninos (y en menor grado masculinos) en un tiempo en que la validación personal pasa por Instagram, Snapchat y Facebook.

Con todos sus defectos, es importante reconocer que esta es una obra extremadamente arriesgada en una era de hipersensibilidades, personalidades con opiniones fuertes y emociones frágiles, cámaras digitales siempre al acecho y rabiosos coros censores en las redes sociales, donde cualquier divergencia real o imaginaria del dogma liberal (que más bien es una pseudoideología del rencor y la vergüenza, que antes he llamado red socialismo) da lugar a linchamientos, condenas y despiadados “autos de fe”.

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