El espíritu indomable de los Juegos Olímpicos

El espíritu indomable de los Juegos Olímpicos
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Yusra y Sarah estaban en un bote que se empezó a llenar de agua. Huían de Siria hacia la isla de Lesbos y se lanzaron al agua, no sólo para salvarse ellas, sino para remolcar la embarcación hasta llegar a tierra. Yusra, hoy con 18 años, había competido en un Campeonato Mundial de natación y ahora lo hará en los Juegos Olímpicos.

Yolande y Popole nacieron en la República Democrática del Congo, sus aldeas fueron arrasadas y, aún niños, llegaron a la capital, Kinsasha. En un país en conflicto permanente, canalizaron su energía hacia el judo, en el que representaron a su nación, pero su entrenador, un tirano, los encerraba en cajas con apenas una ración de pan y café al día como castigos por sus derrotas. Pidieron asilo en Río de Janeiro, hace tres años, en el marco del Campeonato Mundial.

Cinco jóvenes de Sudán del Sur llegaron a un campamento de refugiados, en Kenia, y ahí descubrieron sus aptitudes para correr, en el país que ha dado a los mejores fondistas del mundo.

Ellos, hoy arropados por el Movimiento Olímpico, han ganado algo más importante que una medalla: el derecho a vivir, a demostrar el tamaño del espíritu humano y el valor de la resiliencia.

Además, la Jefa de Misión, Tegla Loroupe, fue la primera africana en ganar el Maratón de Nueva York, en 1994 y 1995, la segunda vez a unos días de haber perdido a su hermana por hemorragias estomacales, por lo que conoce las carencias que se viven en África, de donde proviene la mayoría de estos deportistas.

Por primera vez, un grupo de atletas desplazados de sus países de origen podrá competir en los Juegos Olímpicos. La Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) reporta que hay 59.5 millones de personas en esta situación, es decir, ocho de cada mil personas. Este equipo de deportistas les pone rostro.

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