Pecados bajo los postes…

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Una vez conseguida la clasificación para Brasil 2014, la marca deportiva Puma, que viste a la selección de Uruguay, celebró el acontecimiento con una campaña de cara al Mundial. En ella, un simpático fantasma de atuendo celeste, asustaba —o más bien sorprendía— a los brasileños por las calles de Río de Janeiro.

Seguramente aquella ocurrencia no agradó del todo en tierras mundialistas. El borroso recuerdo de lo sucedido en 1950, no deja de estar presente. Brasil ha necesitado, además de cinco terapéuticos campeonatos del mundo ganados, esperar largos 64 años para reencontrarse con la posibilidad de curar definitivamente todas las profundas heridas causadas por el disparo raso de Alcides Ghiggia.

El futbol, que dio tantas alegrías al pueblo brasileño, le percudió el alma el 16 de julio de 1950. Brasil, que todavía no era Brasil —hablando en términos futbolísticos—, vivió un domingo más duro que el silencio de Caetano Veloso. La desolación que generó aquella imprevista derrota, entristeció el alma de un país y enlutó multitudes. A Brasil, que le bastaba con empatar, se le esfumó su primer campeonato mundial como agua entre las manos.

Y las manos a las que se les “resbaló” la copa, fueron más precisamente las del guardameta Moacir Barbosa, el hombre al que se señaló directamente como al culpable de la tragedia. Tras ello, la carrera de portero fue un continuo pesar. Dicen que, metafóricamente, el resto de los tristes días de su vida, le tocó ir a buscar el balón hasta el fondo de su meta, uno de los castigos más solitarios y desolados a los que puede exponerse a un ser humano.

Paradojas de la vida, aunque pocos olvidaron su nombre, Moacir Barbosa murió en el olvido y la pobreza. Siete años antes de su fallecimiento, sufrió una nueva humillación pública, cuando en 1993 quiso saludar a los seleccionados de su país, y no le permitieron el ingreso a la concentración por considerar su presencia de “mal agüero”. Entonces resumió lo que sentía. “En Brasil, la pena mayor por un crimen es de 30 años de cárcel; hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí”.

Ninguno como Barbosa, pero los porteros en Brasil, desde entonces, suelen ser sentenciados antes de juicio. Durante décadas fueron “el patito feo” de los siempre deslumbrantes elencos brasileños. Se les veía con desconfianza y hasta con cierta lástima. Los niños sueñan con ser Pelé, Zico, Romario, Kaká, Ronaldo o Neymar, no con ese torpe infeliz que necesita de las manos para jugar a la pelota. Es que en esta tierra se cree que detrás de cada guardameta cumplidor hay un delantero resignado. Ni Gilmar, el único cuidavallas que obtuvo dos campeonatos del mundo con la verdeamarella, al alinear en los equipos que ganaron en Suecia 1958 y en Chile 1962, logró el definitivo estrellato; tampoco Emerson Leao gozó de todas las lealtades, pese a su estilo atajador más impactante.

Incluso los que para muchos fueron los equipos brasileños más luminosos de la historia, el de México 1970 y el de España 1982, fueron señalados con el dedo acusador en sus propios arcos. Félix primero y Waldir Peres después, eran indignos de la calidad del resto de sus compañeros.

En Brasil, de alguna manera, a los porteros se les mira con otros ojos, casi como de seres de rango menor se tratara, aquellos que no saben mucho con la pelota en un país en el que casi todos la dominan con lujo de facilidad. No parece lo más inteligente trabajar de “aguafiestas” en un país que vive en eterno carnaval. Por eso casi nadie los elige de ídolos. El único guardameta que recolectó fama, fortuna y gloria, fue Rogerio Ceni, uno de los más grandes ídolos del Sao Paulo, y para eso, además de atajar, tuvo que anotar más de 100 veces en la portería contraria.

Aunque los tiempos han cambiado, y Brasil comenzó, contra todo pronóstico, a exportar porteros de calidad, como Dida o Julio César, aún generan menos admiración que los malabaristas de la redonda en ataque o medio campo.

Y de cara a su fiesta, ese puesto maldito lo disputan ahora Julio César (Queen Park Rangers), que fue el titular en la Copa Confederaciones del año pasado, pero juega en un equipo de la segunda división inglesa, Jefferson (Botafogo), Víctor (Gremio) y Diego Cavalieri (Fluminense). Ninguno convence del todo. El primero porque sus mejores días parecen haber pasado y los otros tres porque no dan muestras de haber madurado lo suficiente.

Lo que es un hecho es que todos buscan convencer a Scolari, en los próximos meses, de que ellos pueden contener agua en sus guantes. El riesgo es convertirse en los nuevos Barbosas, los culpables preferidos de un país que no perdona nunca los pecados, si se convierten debajo de los postes.

witkerjor@yahoo.com

Twitter: @JorgeEWitker