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Foto: Especial

Una mujer, dentro de lo que parece una celda con una pared de vidrio, es interrogada por un hombre en un overol de protección para materiales tóxicos (NBQ). Esa imagen en Aniquilación, el nuevo filme de Alex Garland, es un eco y referencia inevitable a su debut como cineasta: Ex Máquina (2014). Ambas cintas de Garland tratan acerca de la complejidad de definir lo que nos hace humanos en un tiempo de transformaciones cataclísmicas; en la primera era la confrontación con una conciencia no humana, incorporada en un cuerpo femenino manufacturado, y en la segunda, es la incertidumbre
y amenaza que representa la aparición de un entorno, en el que un fenómeno cósmico ha trastornado las leyes de la física y la biología, así como la memoria y la percepción del tiempo de quienes entran.

Aniquilación está basada libremente en la novela del mismo nombre de Jeff VanderMeer (uno de los autores identificados con el género New Weird), de 2014, la primera parte de la trilogía Southern Reach. Aquí la narradora es Lena (Natalie Portman), una veterana del ejército, bióloga, especialista en mutación celular y académica de la universidad Johns Hopkins. Lena perdió a su marido, Kane (Oscar Isaac), en una misión secreta y un año después sigue inmersa en una depresión. Súbitamente su esposo regresa a casa confundido, amnésico y melancólico. La felicidad del reencuentro se desvanece cuando Kane pasa de actuar distante y extraño a colapsarse con una disfunción multiorgánica. La sicóloga, Dr. Ventress (Jennifer Jason Leigh), le informa en un tono desapasionado que su condición se debe a haberse adentrado en el Área X, conocida como the shimmer o el resplandor, que es parte de un parque nacional, en la zona costera y pantanosa de Florida, donde apareció un domo translúcido. Esa especie de burbuja con una superficie aceitosa que refracta la luz en colores violeta, rosa y verde, está en expansión. Numerosas expediciones se organizaron para explorar el Área y nadie había regresado con vida de su interior, con la excepción de Kane.

Lena se ofrece como voluntaria para tratar de descifrar lo que sucede en esa zona y entender lo que le sucedió a su marido. La aventura tiene connotaciones que recuerdan a numerosas cintas de acción en las que un equipo de expertos o guerreros se internan en lo desconocido en busca de alguna conquista o para enfrentar fuerzas extrañas. Y así como esta odisea tiene un carácter mitológico que evoca el viaje al infierno de Orfeo también es una introspección sobre la que se siente la sombra de Stalker, de Andrei Tarkovsky (1979). El hecho de que la expedición esté integrada únicamente por mujeres podría imaginarse como una burda concesión políticamente correcta en la era del #MeToo, pero en realidad es una propuesta vital e inteligente, en la que el equipo de Ventress, al que se integra Lena, se complementa con la física Josie Radek (Tessa Thompson), la antropóloga Cass Sheppard (Tuva Novotny) y la paramédico Anya Thorensen (Gina Rodriguez). Garland crea un universo en el que la decisión de mandar a un equipo semejante a una misión suicida no parece sorprendente. Las cinco cargan consigo una tragedia personal. Como explica una de ellas: “Nadie que tenga una vida plena y feliz sería voluntaria para algo así”. Aparte de ofrecer una visión femenina del desastre y la amenaza, las protagonistas encaran el peligro y la confusión con valentía, sensibilidad e inteligencia, hasta que comienzan a vivir en carne propia los efectos del Área.

“Garland se convierte aquí en un fabuloso artista del horror corporal al crear monstruos y escenas que quedarán marcados en la memoria colectiva.

En el centro del Área está un faro, el cual recibió el impacto de un meteoro, que aparentemente fue responsable de haber creado las condiciones inexplicables, como la imposibilidad de comunicarse con el exterior y la deformación del tiempo. La fauna y la flora también han sido afectadas de manera delirante, dando lugar a seres híbridos, a animales-vegetales, como venados con flores en las cornamentas, humanos-arbustos, cocodrilos-tiburones y feroces jabalíes-osos que rugen con la voz de sus víctimas. Garland se convierte aquí en un fabuloso artista del horror corporal al crear monstruos y escenas que quedarán marcados en la memoria colectiva. El Área afecta el cuerpo y la mente de los visitantes al hacerlos mutar, al canalizar sus temores y deseos en expresiones físicas. La contaminación, por decirle de alguna manera, parece consistir en una especie de campo de refracción que afecta entre otra cosas al ADN, de manera semejante a lo que le sucede a la luz cuando atraviesa un prisma o va de un medio gaseoso a uno líquido. Desde el principio se insinúa ese efecto cuando Lena y Kane se sujetan las manos y la toma se hace a través de la distorsión que provoca un vaso lleno de agua.

Los engendros resultantes de los inesperados y caprichosos cambios del ADN van de la belleza exótica a la monstruosidad grotesca, como expresión de un fenómeno inquietante que es un reflejo distorsionado de la catástrofe ecológica planetaria que vivimos. El impulso transformador, atroz y fascinante del Área X, es una exploración de la fusión, imitación e integración de organismos con un objetivo desconocido. Y así como el Área X es una zona de mutaciones, el filme mismo también va mutando entre géneros, cargado de ambigüedades y elementos híbridos.

Ventress se pregunta si se trata de un acontecimiento religioso, extraterrestre o de una dimensión superior. Es imposible saberlo, pero lo que queda claro es que la destrucción que deja es también una forma de creación. Aniquilación recuerda a otra novela de ciencia ficción adaptada por Tarkovski en 1972, Solaris, de Stanislaw Lem (1961), en la cual un grupo de astronautas estudian al planeta oceánico Solaris, sin saber que ellos están siendo analizados por una conciencia planetaria, capaz de leer sus pensamientos y materializar sus deseos y miedos. Garland ha usado el texto de VanderMeer para lanzar una meditación sin concesiones, una obra desafiante y transgresora que no intenta complacer. Estamos sin duda ante un filme prodigioso e incómodo que tardará en ser apreciado como se merece. 

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