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mi vicio por casarme es culpa de Francis Ford Coppola. Foto: Especial

Sé que sonaré frívolo, pero mi más ferviente deseo de año nuevo no es la cura contra el cáncer, seguro ya dieron con ella pero no van a soltar prenda, mi aspiración es que encuentren la cura contra el matrimonio.

El próximo mes habrá pasado un lustro de que abandoné la mitad de la vida según Dante, los 35 años. Es decir: llevo cinco años en la bajada y todavía no se me quitan las ganas de casarme.

En mi vida he tenido tres matrimonios y dos relaciones largas. No puedo decir que no lo he intentado. La gente esa que acostumbra a hacer de la superioridad moral su estandarte me tacha de menso. Pa qué te casas, me injuria. Pero no nos hagamos zonzos, vivir con alguien, a ojos de la ley, equivale a un matrimonio. Conozco a una persona que tuvo que casarse con su novia porque ésta lo demandó por los años de noviazgo compartidos.

En mis noches de insomnio siempre me he cuestionado de dónde viene esta tendencia por casarme si durante toda mi vida a mi alrededor sólo he visto relaciones rotas, comenzando por la de mis padres. Creo que en dos décadas que lo he meditado por fin encontré una respuesta. En estos pasados días de fiestas una de mis recompensas por tanto chingarle en el año fue que me daría el lujo de sentarme a echarme el maratón de las películas de El Padrino.

Puse la primera. Recordarán que inicia con la escena de una boda. Y como me ha ocurrido con las últimas veces que he pretendido ver esta cinta, pasado el casorio le puse pausa. Tenía que inyectarle vino blanco al pavo. Luego salí a comprar unos puerros que me guisé con sal de mar para darle mate al vino blanco que restó. En fin, no pude aplastarme hasta el día siguiente. Y así como detesto llegar tarde al cine, no me gusta ver las películas en partes. Y volví a chutarme la parte de la boda. Me encanta tanto toda esta secuencia que puedo verla hasta el hartzago sin jartarme. Entonces se produjo la revelación.

Me cayó el veinte de que mi vicio por casarme es culpa de Francis Ford Coppola. Tengo esta larguísima escena metida tan profundamente en el inconsciente que forma parte de mi ser como todo el colesterol y los triglicéridos de mi mente. De hecho es mi colesterol metal, el matrimonio.

En estos momentos estoy casado, separado de mi esposa, pero amarrado al fin. Ella se rehúsa a darme el divorcio. Piensa que es un castigo. Pero en realidad me está salvando la vida. Conocí a una mujer con la que me hubiera casado de haber estado soltero. Los tiempos cambian, la millennializa ya es una generación que sólo contrae matrimonio con gatos y perros. Pero yo no he podido salir de los años treinta. La revolución sexual, los sesentas, me pasaron de largo. Yo apenas entablo una relación quiero llegar al altar. Por qué. Por culpa del pinche Padrino.

Ahora el entretenimiento de mis insomnios es: ya que identifiqué la patología podré tratar esto en terapia. Lo dudo seriamente. Creo que la manera más efectiva de erradicar esta idea de mi sistema sería a través de una vacuna. Como se previene el sarampión. Pero la ciencia está más preocupada en fundar una colonia en el espacio que salvar al planeta. Para qué demonios queremos ya matrimonio express si uno puede huir del planeta. Estoy convencido que esto lo hacen con el fin de que una gran cantidad de cabrones se salven de pagar pensión.

Después de embarazarme de cortes de carne el 31 de diciembre por fin pude avanzar más allá de la boda. Y qué creen que ocurre. Pues que Michael Corleone huye a Sicilia y ante el terrible aburrimiento de la provincia se casó. Otra boda. Lo que despertó mis sospechas. ¿Será que casarme es una forma de reafirmar mi provincianismo? Pero también me he casado en la Ciudad de México. Entonces no. No es por provinciano. Es por haber visto un role model toda la vida en las películas de El Padrino. Y eso que no soy afecto a comedias románticas tipo Tres bodas y un funeral. Si no, qué sería de mí.

Soy un nietzcheano. Estoy condenado a repetir mi destino. Mientras no inventen una vacuna seguiré en el eterno retorno de la boda y la tornaboda. Porque está claro que soy una víctima de la publicidad. Es como esas fotos de comida que uno ve en Facebook. Te atraen con mentiras. Una vez que llegas al restaurante lo que te sirven no se acerca siquiera a lo que promueven. Igual pasa con El Padrino. Uno ve esa boda tan chingona pero cuando uno se casa no sólo no va a cantarle Frank Sinatra sino que ni siquiera Tropicalísimo Apache.

Pinche Mario Puzzo, que no ve que existe gente tan influenciable como yo.

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