Deshumanización de las ciudades
Arquitectura, lenguaje y sociedad

  • Tamaño de fuente: A  A  A  A  

Una carta al maestro constructor es un breve ensayo del escritor estadunidense Guy Davenport (1927-2005). Espero que quien lo lea tenga serios problemas para estar en desacuerdo con sus opiniones. Por otra parte, aquel que asiente las descripciones y juicios del escritor habrá de enfrentarse, creo, a un problema todavía más severo cuando se pregunte: ¿Cómo hemos llegado a aceptar que somos civilizados —los prudentes herederos de Séneca o de Pico della Mirandola— y al mismo tiempo vivamos en ciudades engrosadas por edificios y máquinas que torturan al ser de nuestra vida cotidiana? O tal vez sea el martirio la meta de toda vida en común y sólo unas cuantas utopías, como el Falansterio de Fourier o la santa convivencia de las órdenes monásticas, contengan en sí algún residuo de tranquilidad.

La vida diaria o cotidiana es, debido a la sencillez con que cualquiera puede medirla o sopesarla, la única que en verdad existe para nuestros sentidos, y todo lo que se extiende mucho más allá de su ámbito, diría yo abiertamente, es sólo una ilusión, un anhelo o un proyecto de seres que se ven a sí mismos como inmortales. Sólo quien olvida por completo su condición de accidente o de existencia efímera es capaz de pensar en “la semana siguiente” como algo que sucederá en la realidad. Por ello, la idea de que una vida puede ser desperdiciada, exitosa o trágica es el único y verdadero cuento real en la literatura (aunque, como sabemos, se trata de un relato que preferimos ignorar con tal de no convertirnos en agujeros negros u oscuridades ambulantes).

Tenemos el deber de creer que el futuro se volverá alguna vez presente pues, de lo contrario, dejaríamos de ser personajes asiduos a la más ridícula comedia que cualquier ser vivo haya representado en el escenario universal de las palabras y de las cosas. El solo hecho de pensar en un porvenir nos puede llevar a algunas personas al mal humor, a la depresión o al marasmo mental. No creo que haya un ser tan
indefenso, ingenuo y a la vez dulce como aquel que anhela el porvenir. ¿Qué cosa, sino la extinción, puede mejorar el desmedido papel que representamos en un planeta que parece ser la continuación de una imaginación extraviada? No me refiero a la imaginación de ese Dios malvado que dibujaron los gnósticos o los escritores como Cioran y Fedor Dostoiewski, sino la nuestra, la más humilde imaginación humana. La del pordiosero que clava su faca en las nalgas de un anciano o la de un político que cuenta dinero sentado en uno de los siete excusados de su casa. Por otra parte, el pasado supone un mito que ha tenido consecuencias y resulta todavía más misterioso que el futuro, el cual asoma un ojo desde la eternidad. ¿De qué nebuloso mito somos, los hombres modernos, consecuencia?

Sólo el día, más los acontecimientos que lo nutren (el plato que se quiebra, la muerte del perro o la llamada inesperada de un amigo) poseen gravedad humana y práctica. Davenport escribió la citada Carta al maestro constructor (en alusión obvia a Ibsen) o arquitecto imaginario, o misiva dirigida a cualquiera que tenga en sus manos el hacer camino para vivir en comunidad, no nada más como un utopista —que Davenport lo era a la manera de un David Thoreau moderno—, sino como un rehén que reclama a sus celadores y vecinos la pésima vida a la que lo condenan sus sueños y acciones. La carta citada va, entonces, orientada a cada uno de quienes estamos destinados a construir cosas para que estorben a otros, o les abran paso, o formen parte del horizonte de los ojos y de la sensibilidad vecinas. Todos somos los maestros constructores, aunque algunos, como es mi caso, seamos tan torpes en la ingeniería de las cosas físicas y no tengamos habilidad ni para comprar zapatos. ¿Por qué aludo a Davenport como si me refiriera a un rehén o a un ser enclaustrado? Porque él creyó —y las páginas que escribió dejan constancia de ello— que los seres humanos somos los habitantes de un malentendido de terribles consecuencias y de las obras de arquitectos mezquinos y crueles:

arquitectos que no comprenden y actúan empujados por el impulso irreflexivo de su profesión u oficio. Yo acepto sin mayor amargura la definición de mezquindad que Guy Davenport pone sobre la mesa: “una retención de generosidad, una voluntad de lastimar, una elección perversa del mal cuando el bien está al mismo alcance”. Pues bien, cualquiera puede imaginar a una persona que aparece de pronto cargando en las manos una enorme piedra y la coloca en medio de un camino público y transitable. De inmediato sería reprobado por los transeúntes o paseantes, pues nadie desea que lesionen su libertad para ir o venir a donde desee. El hecho desgraciado contenido en esta acción es que desde hace menos de un siglo los maestros constructores —a un lado las excepciones— se han dedicado a colocar piedras nocivas a la libertad individual y lo han hecho con la más absoluta mezquindad y ausencia de miras que uno logre imaginar. La sinrazón y la gula unidas crean obras maestras de la mezquindad.

En la tan citada carta escribe Davenport una ruda sentencia, pero, creo yo, merecida y plausible: “Todos sabemos bien que el edificio de muchos pisos es un atraso espiritual. No hay espacio de vida más solitario o más peligroso que el departamento moderno o el complejo de condominios”. El escritor estadunidense es hábil en añadiduras trágicas, como cuando dice que la ciudad moderna se convierte en tierra baldía en el momento en que los policías dejan de caminar las calles y se montan en sus patrullas mecánicas para vigilar las calles, los barrios y vecindarios: a partir de entonces sólo les queda el triste papel de aumentar el tráfico, recibir una llamada de emergencia y llegar a la escena del crimen para corroborar lo que ya ha sucedido. La velocidad es lentitud y atraso. Esta ciudad moderna es una suma de diatribas, acumulación de malas bromas y tonterías que afectan el buen desorden, es decir, el acomodo inteligente de las cosas que son distintas entre sí.

Nada llega a causarme tanta molestia a mi edad como pensar o reflexionar en la ciudad. Dado que he nacido y vivido en el Distrito Federal —al cual, por cierto, los encargados del negocio urbano le han puesto como nombre unas iniciales, a la manera de la URSS— la contingencia espiritual terminó por ahogarme hace diecisiete años. Lo mío es un pensamiento de muerto, la elucubración de una calavera sin dientes. ¿Qué es una ciudad? Nada excepcional ni loable: acaso un mortal jugueteo de la torpeza. ¿Una ciudad bella? Sí, como cuando apagas la luz para recostarte junto a una prostituta agrietada o te concentras en las rodillas de un adefesio (que, según el Diccionario de la Real Academia Española es una cosa ridícula, extravagante o muy fea). La ciudad como un concepto o palabra que se refiere a una realidad asimilada o confortable ha pasado a formar parte del museo de nuestra mente; entonces ¿cómo podríamos nombrar la ciudad en la actualidad, además de encerrarla en unas iniciales y archivarla como una reliquia extravagante? Los arquitectos y teóricos del espacio habitado poseen respuestas varias para dicha pregunta: territorios ocupados; urbes; metrópolis; metástasis incurable de la antigua ciudad renacentista o de la todavía más lejana ciudad griega; focos de la globalización económica; o concentraciones inhumanas de humanos. Yo preferiría, pese a despertar la mayor de las sospechas, como lo hizo Davenport, reclamar mi posición psicológica y mi temperamento dentro del espacio físico antes de intentar comprender una definición abstracta que pretende guardar en un cofre lingüístico aquello que no podemos transfigurar. Sólo se comprende lo que puede ser cambiado a partir del fenómeno o acto mismo del entendimiento. No creo que sea posible una comprensión de la ciudad sin antes odiar un poco lo que nos lastima la espalda y nos sale al paso cada vez que intentamos disfrutar de un tiempo consumido en el espacio civil, ético y por lo tanto material, consecuencia de muchos siglos de conocimiento humano.

Pico della Mirandola pensaba a finales del siglo xv que el hombre era la creación superior de un artesano divino: una creación sin definición precisa para que a partir de su ambigüedad el mismo hombre se forjara también como artesano y edificara su mundo. En De la dignidad del hombre escribió: “Ni celeste, ni terrestre te hicimos, ni mortal, ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y honra, te forjes la forma que prefieras para ti. Podrás degenerar a lo inferior, con los brutos, podrás realzarte a la par de las cosas divinas, por tu misma decisión”. ¿Qué podría yo añadir cinco siglos después a estas palabras que hacen tanto énfasis en el libre albedrío? Que el mundo tendió a la brutalidad excepto en algunos casos extraordinarios del arte y de las ciencias del pensamiento.
¿Qué ha quedado de la ciudad que alguna vez fue creación humana, trabajo y fiesta, reunión y privacidad? Seres y cosas que se mueven en diversas direcciones, que consumen espacio y energía y que poseen ideas o imágenes de cómo debería ser el mundo. Todos ellos son posibles participantes de una conversación, de un desastre lingüístico o de una comedia social. Y también todos ellos han dejado atrás la imagen de la ciudad armoniosa y humana para encarnar y concentrarse en breves teorías de la supervivencia. Los seres humanos son teorías que deambulan sin saber cuáles son las raíces de sus acciones: su sabiduría es parcial e incompleta y absolutamente desprovista de fundamentos incontrovertibles. Teorías vagabundas, líos mentales que balbucean y gritan a un mismo tiempo; emociones sin lenguaje, automartirio resignado.

El filósofo y político italiano,
Massimo Cacciari, ha incurrido en la teoría excesiva, mas no inútil, al escribir en su libro La città que en la ciudad el espacio ha sido abolido: “Hacemos todas nuestras cuentas en base al tiempo, no al espacio; ya nadie indica la distancia a la que se encuentra una ciudad, sino el tiempo que se tarda en llegar a ella. El espacio se ha convertido únicamente en un obstáculo”. Y también se arriesga a concluir que debido a nuestro deseo de movimiento, de estar en todo lugar, de nuestra necesidad simbólica de ubicuidad: “el espacio se venga, pues, inmovilizándonos en
las ciudades”.

He dibujado las citas anteriores a la manera de una leve pátina en este escrito porque las reflexiones acerca del lugar que los cuerpos ocupan cuando viven al lado de otros cuerpos es una recurrente preocupación contemporánea. ¿Pero sólo son cuerpos? Sí, masa parlante y en movimiento, aunque este movimiento llegue a ser aparente, virtual y simbólico. Y, sin embargo, los habitantes del territorio urbano y común no son moléculas o átomos cuyo comportamiento la teoría cuántica de un dios científico puede prevenir o controlar —pese a que tal sea la finalidad de la globalización económica en nuestros días— sino que más bien son seres hilados por un lenguaje que la imaginación atormenta y hace vivir. Una suma de estos seres propondría a nuestra capacidad de comprensión una sicología infinita e inescrutable, pero la posibilidad de una reunión civil en la que las personas, escritores o no, creen a partir de un lenguaje compartido relatos éticos para el amansamiento de nosotros, las bestias en desasosiego, hace posible que todavía los diversos conceptos de ciudad o metrópoli posean algunas migajas de sentido. Tal sentido lo otorga el rasgo humano de la literatura cuyos personajes son ciudadanos del drama, el devenir de las pasiones y el impulso del
querer vivir.

Abuso y copio ahora uno de los pasajes más ingratos de la literatura de Juan Carlos Onetti. Y les llamo ingratos
porque pueden hacer pensar a cualquiera que la belleza existe y que, por lo tanto, las ciudades modernas, los malos libros, la vida en las calles del mercado global que hemos creado son deformaciones, aberraciones o de plano dan muestra de una literatura execrable, porque literatura es también arquitectura, cementerio y mercado. Se trata de un párrafo en las primeras páginas de Juntacadáveres cuando Larsen o Junta o Juntacadáveres llega al fantasmal pueblo de Santa María para levantar un prostíbulo:

Y aunque no dijo nada, aunque las cosas pensadas sólo se mostraron en la línea blancuzca de saliva que se le formó en la sonrisa, mientras se ponía de pie y ayudaba a las mujeres a mover las valijas, sospechó que la tentación de decir absurdos procedía de aquella amenaza de cansancio, de aquel miedo al acabamiento que lo había cercado en los últimos meses, desde el día en que creyó que había llegado, por fin, la hora del desquite, la hora de palpar los hermosos sueños y en que aceptó la duda de que tal vez hubiera llegado demasiado tarde.

Las cosas pensadas que se adivinan en la sonrisa exhausta, la tentación de dar rienda suelta a los absurdos y la duda que acompaña a la certeza de haber llegado quizás demasiado tarde, todo ello surge en el horizonte de esta novela como duda y agotamiento, fiesta y muerte dibujados. Tomo a mi conveniencia las palabras de Onetti para mostrar el estado del espíritu o de la humanidad agobiada la cual ha llegado demasiado temprano o demasiado tarde a una modernidad que le prometía los sueños más placenteros y que terminó en estupidez, guerras colosales y hacinamiento de humanos empobrecidos y más miserables en cuanto más bienes consumen.

Dejemos atrás la onírica Santa María y volvamos a los rascacielos, a las aglutinaciones urbanas cuyo propósito parece ser la producción no lúdica, a los viaductos entrelazados que dibujan en la tierra algo parecido al andar o al devenir de un atarantado y despistado sonámbulo, o a los automóviles que transforman el movimiento creativo en parálisis y confusión de valores dentro del territorio habitado. Todos estos malentendidos del progreso representan algo más que un atraso espiritual, como determinaba Davenport, y más bien son la prueba más cínica de que la ciudad es un desquiciamiento sicológico causado por una enfermedad, una puesta en escena de las empresas globales para que los consumidores representen un papel determinado de antemano y no sean una expresión humana del diálogo entre seres de temperamentos distintos e incluso encontrados: no se ha detenido o atrasado la idea o deseo de un bien urbano o de la existencia de una polis inteligente: en todo caso se ha disgregado el lugar de reunión dando lugar a un enloquecimiento algo ridículo o fuera de orden: imaginen a un torturador que cita a San Agustín mientras maltrata a su víctima, o a un castor que ve la televisión y bosteza: las paradojas tienen finalmente su no lugar en el que prosperarán y crecerán en la tierra como fruto común. Y seguirán prosperando porque, según sospecho, las comunidades moleculares y uniformes que habitan un mercado global no poseen un horizonte claro hacia donde dirigirse. Sí, allí está el arte o la resignación del condenado a muerte como formas de atenuar el sinsentido más ordinario; y también podemos confiar en el hecho de que la literatura dota todavía de sentido a los extractos de conversación que sobreviven, al soliloquio y a la tormenta que acaece en la diversidad, porque el lenguaje escrito, además de imagen y tipografía es en sí una especie de buena esclavitud concertada, como en su momento lo planteó Rousseau respecto al contrato social. El párrafo que pone sobre nuestra mesa la esencia del pacto social, cualquiera que éste sea, se halla citado tan claramente en El contrato social, que, probablemente debido a su claridad, es que resulta tan complicado de llevar a cabo: “¿Cómo encontrar una forma de asociación que defienda y proteja, con la fuerza común, la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual cada uno, uniéndose a todos los demás, no obedezca más que a sí mismo y permanezca, por tanto, tan libre como antes?”

Podría aprovechar el momento para decir que la literatura es una manera de permanecer libres y mantener o defender los bienes morales, intangibles y emotivos de cada individuo sin necesidad de imponer un libro o un autor por encima de otro. El lenguaje verbal es entonces pacto que se corrompe para volver a ser. En efecto, se corrompe, mas es todavía humano porque no suele ser eficaz más que de modo restringido, ni automático puesto que es pensado, metafórico y no ofrece un viaje a Las Vegas como premio por hacerlo ejercicio vital con miras a la pelea cotidiana. Incluso insultar requiere de destreza e imaginación. Y el pesimista vuelve a preguntarse: ¿Por qué entonces preocuparse? Si los sucesos que nos llevan, como sociedad de salchichas parlantes, a una estación determinada se han dado en el presente como un golpe en la nuca, una zancadilla o una piedra venida del cielo, ¿es que las desgracias pertenecen al drama del momento o a la malformación de los huesos del esqueleto histórico? Los sucesos de evolución humana no lograron darse en la sosegada urdimbre de una historia que avanza en una dirección de bienestar concertada, puesto que las explicaciones o narraciones de los mitos históricos son regularmente contradictorias y cada quien obtiene provecho de ellas: los idealistas alemanes, los filósofos franceses e incluso cualquier persona que intente mostrar las raíces de su pensamiento procura echar mano al mito histórico, a la treta de un pasado que determina el presente. ¿Tiene caso entonces insistir en la puesta en práctica de una estrategia política sostenida en una ética general y compartida que estimule el bienestar de la sociedad contemporánea? ¿Abonar en la literatura y creer que aún es importante para el conocimiento que el hombre tiene de sí mismo y de los otros es un acto o anhelo ingenuo? ¿Debe uno insistir en preguntarse cómo debemos vivir? ¿Y pelear en vez de resignarse? Tal es ahora la interrogante que intento construir dentro de la casa de la literatura. Y como inquilino de ella he llegado incluso a pensar que el escarnio, la burla, el suicidio, la irrupción extravagante o el odio expresados desde el ascetismo de una posición que no sea devoradora o mesiánica da más frutos a un individuo que el planteamiento de una ética rectora, ordenadora o al menos revolucionaria. El individuo todavía puede aspirar a ser un personaje de novela o guión cinematográfico; en cambio, la sociedad ya no está en nuestras manos.

Casi al final de su novela Extensión del campo de batalla (Extension du domaine de la lutte, 1994), Michel Houellebecq hace pensar al informático protagonista de su novela y a través del cual pasa como un hálito el desagradable eructo de la época moderna: “De tiempo en tiempo —se dice a sí mismo el informático— yo me detengo sobre el borde de la carretera, fumo un cigarro, lloro un poco y replico. Cuánto amaría estar muerto. Pero hay un camino que recorrer y que es necesario recorrer”. ¿Cómo se recorre ese camino? Acaso empujado por la indiferencia y la certeza de ser cosas lanzadas al mundo desprovistas de un papel excepcional. La memoria trae a mi mesa nuevamente las obras de Albert Camus y de Sartre y con ellas la conciencia de un ser que experimenta sensaciones imposibles de comprender. La novela de Houellebecq es la historia, contada en pasajes, de un informático que observa sin ninguna pasión memorable el espacio que lo rodea y a los seres que lo habitan. Al final de la novela el informático arriesga una especie de conclusión: los humanos luchan en el campo del liberalismo sexual y del económico, ambos campos se corresponden y en ellos unos tienen todo y otros nada, unos son vencedores en lo económico y vencidos en lo sexual. O viceversa. O vencedores o vencidos en ambos campos de batalla: luchan y obtienen un lugar y un estatuto de cosas elementales. Cualquier otro espacio idílico de justicia o maldad universal dentro del cual tomar posición se encuentra excluido. La pesadilla o el reconocimiento de la desgracia y sufrimiento de los demás se halla ausente y no forma parte ya de ningún horizonte. La mecánica que nos mueve como sociedad está allí, descarnada y tranquila, ya no destruida, sino inexistente. Al leer la novela de Houellebecq he tenido la impresión de que allí la rapiña y el culto a la velocidad son consideradas acontecimientos normales y no heraldos de algún fin trágico del humanismo, ni tampoco como la puesta en escena de un teatro del absurdo. “Es necesario continuar”, ¿quién es tan malvado como para susurrar este imperativo a nuestros oídos? La voluntad de poder, el impulso vital, la inercia de una vida que sólo puede ser aceptada como mero devenir sin más objetivos que el de ofrecerse al tiempo hasta desaparecer del todo. Guy Davenport estaba cierto, y así lo escribió en su ensayo ¿Qué son las revoluciones?, de que es necesaria una revolución aquí y ahora:

Quiero que seamos un pueblo libre, feliz y sabio. Pero cómo vamos a lograrlo no lo sé… Como no tengo ninguna revolución racional que ofrecerles, sugiero, por el gusto de hacerlo, optar por la erewhoniana [de la sátira Erewhon, de Samuel Butler]. Rescaten su cuerpo del cautiverio del automóvil; rescaten su imaginación del aparato de televisión; rescaten su riqueza del barril sin fondo del Congreso y su gasto demencial; rescaten sus habilidades manuales de los fabricantes; rescaten sus mentes de los argumentos de necesidad y de los mercaderes del miedo y el prejuicio. Rescaten la paz de la guerra perpetua. Rescaten sus vidas: son suyas.

Latest posts by Guillermo Fadanelli (see all)