Días de flagyl, sobriedad y rosas

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Ser un amante de la comida tiene sus consecuencias. Como la debilidad por los camarones. En todas sus presentaciones. Para pelar, cocido, crudo, seco, molido. La vida me ha maltratado. Pero considero que no ha sido lo bastante dura conmigo porque no soy alérgico a los camarones. En enero viajé a Galveston, y por supuesto que me atraqué de crustáceos. Y entonces pesqué mi propio octavo pasajero.

Mi arraigado paso por la comida callejera me ha convertido en la víctima perfecta de tenias, amibas, lombrices, lunetas, cacahuates, gomitas, garapiñados. He tenido más tifoidea y salmonelosis que romances en mi vida. Pero nunca me había enfrentado contra una bacteria que acampara en mi intestino. Los bichos tienen la habilidad de confundirse con el reflujo, la indigestión, las agruras o la simple glotonería. Antes de saber la verdad, toda la verdad y nada más que
la verdad me atiborré de gas relief, riopan, melox, omeprazol, pepto, ranitidina, etcétera. Nomás haciéndome pendejo. Porque en el fondo sabía que no eran cólicos. Y que el antojo de embarazada no es normal. Me voy a chingar cuatro tacos más. Mañana me subo a la bici, no hay pedo. Pero un síntoma inequívoco de que se tiene un bicho poderoso es el injustificado aumento de peso.

Hasta que la infección te dobla como síndrome de abstinencia de adicto a la heroína, dolor de huesos, fiebre, debilidad, acudí al bichólogo. Me confirmó lo que mi cuerpo sospechaba. Tenía al octavo pasajero. Fue una noticia tan horripilante como la de un embarazo no deseado. Sabía lo que me esperaba. Días de austeridad alcohólica. Me recetó diez días de ciproxina. Vieja pero inútil conocida. No sé qué he consumido más en mi vida. ¿Cipro u otras drogas? A tal grado que mi cuerpo ha desarrollado una resistencia por las quinolonas. Soy inquebrantable a ellas. Pero al médico le valió madre. Además me indicó un desparasitador por tres días y yakult.

Concluí el tratamiento, pero las ganas de tragar no me abandonaban (aunque sí las ganas de vivir). Y ganaba peso escandalosamente. El vientre se me distendió a niveles inhumanos. Y si me tomaba unas cervezas era insoportable. Mi hipocondría me infundió el temor de que me precipitaba hacia la peritonitis. O a la apendicitis. Pero era pura pendejitis. El bicho protestaba. Me exigía que lo siguiera manteniendo a base de mariscos y fritangas. Me estaba cobrando la factura. Entonces no lo soporté más. Entre el alcohol y yo nada se interpone. Ni el trabajo, ni las mujeres, ni las responsabilidades. Así que regresé al doctor.

Apenas sentía incomodidad me tomaba un vermox. Idiotota, sólo conseguía hacer encabronar al bicho. Lo atarantaba, sí, pero se fortalecía. No es un parásito común, me explicó el matasanos. Es una bacteria. Y no está alojada en el estómago, sino en el intestino. Me agarró cariño, el cabrón. No se quería desprender de mí. Si así fueran las mujeres, que a las primeras pedas salen corriendo. Entonces el doctor pronunció una película de terror en tres palabras: Flagyl diez días. Noooooooooo. Eso significaba una traumática temporada alejado del alcohol, los picantes, los lácteos y las grasas. Sólo falta que me diga que no se me puede parar, le dije al doc. Con el diagnóstico todavía fresco me lancé a la cantina. Como ocurre en estos casos, cuando uno va a pasar tanto tiempo alejado de la bebida debe despedirse con una pedota. Todavía aplacé el tratamiento unos días más, hasta que el dolor de vientre me obligó a medicarme.

Lo siguiente que ocurrió fue una estancia en la que vegeté como Miller en sus días tranquilos en Clichy. Pero a diferencia de Henry, no me reconocía. Lo único que me hacía sentir Carlos era la guerra que le declaré a la bacteria.
Ora te vas a chingar, hija de tu puta madre. Y la mantendría a pan y verga los diez días. La expulsaría de mi sistema a madrazos. Desde la primer pastilla de metronidazol sentí cómo la bacteria se debilitaba. Al quinto día de tratamiento los síntomas desaparecieron. No volví a sentir la
pelea de gatos en mi estómago. Dejé de subir de peso. He concluido el tratamiento. No sé si con éxito. Quizá el bicho siga dormido en mi interior. Me inundó la nostalgia cuando ya no recibí noticias de él. Era más de lo que había tenido en mucho tiempo. Un examen bacteriológico me sacaría de dudas. Pero temo que revele que sigue en mi sistema.

Siempre que paso por afuera de un restaurante de mariscos recuerdo las palabras del doctor: “Los camarones se alimentan de pura basura. En la tripa albergan un sinnúmero de bacterias”. Seré honesto. Algún día voy a entrar y pediré unos camarones a la mantequilla y chile morita.

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