Dictaduras electorales

APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

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La construcción de nuevos autoritarismos electorales —llamarles “competitivos” como recomendaba Steven Levitsky ya carece de sentido— tiene antecedentes precisos en la historia política de América Latina del siglo XX. No pienso tanto en los regímenes del Cono Sur, del periodo de la Guerra Fría, sino en dictaduras de los años 40 y 50, que alteraban las reglas del juego para asegurar el control político.

El caso de la dictadura de Fulgencio Batista en 1952, en Cuba, condensa elementos de otras de la misma época. Batista dio un golpe de Estado, disolvió los poderes y reemplazó la Constitución con un estatuto jurídico. Luego de esa maniobra de timón, el sistema político se recompuso: la oposición y la sociedad civil se dividieron entre una corriente revolucionaria, otra abstencionista y otra, cada vez más minoritaria, todavía interesada en la lucha electoral y pacífica.
En las dos elecciones organizadas por el régimen batistiano, las de 1954 y 1958, naturalmente, ganó el oficialismo con amplia mayoría. Es exactamente lo mismo que, salvando distancias, ha sucedido en Venezuela, y es muy raro que Nicolás Maduro y los suyos no tuvieran en cuenta el rico pasado autoritario de la región. Convocar a elecciones municipales y regionales luego de un golpe parlamentario, que destituye de facto al poder legislativo de la Asamblea Nacional, y lo reemplaza con un congreso constituyente perpetuo, inevitablemente tenía que mermar la capacidad electoral de la oposición.
Era tan previsible que sucedió a la vista de todos como una tragedia anunciada. Una parte considerable de la oposición pasó al abstencionismo, pero abandonó las calles. La otra parte, que se mantiene fiel a la ruta electoral, pone más esperanzas en una negociación desde arriba —¿el “diálogo” de Santo Domingo?— que en una verdadera movilización de sus bases sufragistas en Venezuela. Bases que sólo podrían disputar la hegemonía madurista si responden al llamado de un liderazgo unido.
Por lo pronto, con independencia de los resultados del “diálogo”, Maduro ha recuperado el poder local y regional en Venezuela. Ya tenía el poder legislativo, el judicial y el electoral en sus manos: le faltaba el territorial. A partir de ahora, nada tiene por qué detener la recomposición de la hegemonía madurista en Venezuela. No debería extrañarnos que los resultados electorales de Maduro dejen atrás las victorias de Hugo Chávez: el campo político ha sido purgado y el electorado se vuelve monopolio del oficialismo.
Lo que ha sucedido en Venezuela es gravísimo, aunque despierte el rechazo de la mayoría de los gobiernos democráticos de la región. La lección que deja es que un régimen autoritario, que va perdiendo la hegemonía electoral, puede superar el colapso endureciéndose más y concentrando todo el poder en un pequeño grupo, respaldado por los militares. El contexto internacional, con Donald Trump en la Casa Blanca y Vladimir Putin sin contrapesos, favorece estos experimentos autoritarios.

Rafael Rojas

Rafael Rojas

Historiador, internacionalista.
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