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Bryan Cranston dijo que terminar Breaking Bad fue como ganar el Superbowl.

Así como cada ocasión que uno escucha “Don’t Stop Believing”, en la radio, en una fiesta, en un restaurante o en un centro comercial, viene a su mente Tony Soprano, lo mismo ocurre cuando suena “Baby Blue” de Badfinger con Walter White. Sufrimos una regresión. Colectiva e individual a un tiempo. Y aunque hayan pasado cuatro años de que finalizara Breaking Bad, no ha dejado de acompañarnos ni un solo momento. Con “Baby Blue” aseguraron la inmortalidad de Heisenberg.

Y así como ese video animado conmemorativo que lanzó AMC en el que en un minuto diecisiete segundos resume los 62 capítulos de las cinco temporadas, cuando uno sufre esa regresión producto de la escucha de “Baby Blue” se avienta un clavado a los pasados diez años en los que convivió con Walter White, Jessy Pinkman, Gus Fring y compañía. Así te encuentres en el consultorio del dentista, en la fila del banco o en una tienda de ultramarinos es imposible que tu mente no viaje hacia algún momento de la serie. A cómo odiabas a Skyler, a la espectacular muerte de Gus, a la manera tan cobarde en la que Walter deja morir a Jane o a lo mucho que te incomodaron los primeros lentos, de una serie de por sí lenta, primeros capítulos de la segunda parte de la última temporada. Y lo más frustrante. No puedes evitar pensar en esa película sobre Jesse Pinkman que supuestamente se iba a realizar y quedó en una leyenda urbana. Para concluir, con toda la nostalgia de la que puedes hacer acopio, que extrañas profundamente la ruleta rusa de emociones que te provocó seguir semanalmente el drama de Walter “I’m The Danger” White.

 

Bryan Cranston dijo que terminar Breaking Bad fue como ganar el Superbowl.

 

Bryan Cranston dijo que terminar Breaking Bad fue como ganar el Superbowl. Pero ni Tom Brady con sus cinco anillos de campeón, y al parecer obtendrá un sexto, ocupará un lugar tan preponderante en la cultura popular como Walter White. El grado de identificación que inspira el profesor de química es superior. Debido al dilema moral que plantea. Toda víctima se convierte en victimario. Y Walter es una víctima del capitalismo salvaje. Por lo que no podemos odiarlo. Más que la simpatía por el outlaw, lo que inspira es ternura. Y la utiliza a su favor para convertirse en el monstruo más grande desde Patrick Bateman. Un conteo sobre los asesinatos producidos directa e indirectamente por Walter arro-
ja que ha victimado a más personas que cualquier personaje de ficción televisiva y más que cualquier asesino serial en la vida real.

Cada semana, durante cinco años, dormimos con el enemigo público número uno de la historia de la televisión. Enemigo literal, porque nuestras vidas se modificaron por su culpa. Cuántos de nosotros no esperábamos el minuto cero después de que se terminara la transmisión por la tv gringa para descargar el nuevo capítulo. ¿Era tan importante Walter? Sí, era nuestra vida. Y no tardamos en construirle su Disneylandia. El Breaking Bad Tour, que se realiza en Albuquerque. Una visita en RVs por los lugares donde se filmó la serie. Y tantos de nosotros tuvimos que realizar la peregrinación hasta Nuevo México para ver con nuestros ojos propios los paisajes que antes atestiguamos en la pantalla. Apenas hace unas semanas los dueños de la casa donde vivió Walter en la ficción anunciaron que construirían una barda frente a la fachada para aislarse de las miles de personas que desfilan cada año por la acera tomándose fotografías. Ese es el poder de Breaking Bad. Ha trastocado la realidad de una comunidad que está orgullosa y al mismo tiempo cansada de la serie que los puso en el mapa a nivel internacional.

El mito crece cada día más. Bryan Cranston reveló hace unos días que la escena más difícil de filmar fue aquella en la que muere Jane. Lo que ha lanzado a los fans a observar otra vez en YouTube la escena. Lo que ha desencadenado otra vez la regresión de la mitología pop. Es como recostarse en el diván del psiquiatra y rememorar tu pasado. Es como ser inducido a la hipnosis y recordar lo traumático que fue para ti que Walter muriera y otra vez suena en tu cabeza “Baby Blue”. Y decides que volverás a darle una segunda o tercera o cuarta vuelta a la serie. Porque se te ha despertado el síndrome de abstinencia a la meta televisiva.

El desenlace de Breaking Bad marcó el final de la tercera era dorada de la televisión. Y mientras llega una cuarta, si es que ocurre, Walter White vivirá en nuestros corazones. Su lección es ésta: en el siglo XXI como nunca antes los individuos van a pelear contra el gobierno. Y miles de historias van a concluir con las sirenas de la policía en marcha. Y que a más de un Heisenberg le espera su corrido.

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