Dos instrucciones para acercarse a El Golem

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Doce horas tuvo el día.
En la primera hora se amasó la
[tierra
en la segunda, ésta se convirtió en un
[Golem;
en la tercera, le fueron estirados los
[miembros;
en la cuarta se infundió en él el
[alma;
en la quinta se puso de pie…

Sanedrín talmúdico

¡Ilumíname San Ripellino, ilumíname! ¡Condúceme por esos pasadizos tan diestramente recorridos; dale a mis pasos secuencia y pausa para adentrarlos en los misterios de la arcilla, de la niebla; llévame ante el ignoto custodio de tu ciudad mágica! ¡Ilumíname San Borges, ilumíname! Lector inaugural de aquellas páginas, tú que tres veces llegaste al umbral del arduo laberinto, ¡dame fuerza para al menos entrever algo de su entraña! ¡Alabado seas, San Bachelard! Si, como bien predicas, el sueño de la noche no nos pertenece, ¡alumbra mi agudeza ante el enigma de la ensoñación perpetua! San Egon Erwin, patrón y guía del cronista presuroso, historiador de los siete Ghettos, ¡socórreme en esta noche de Walpurgis! Ante ti me santiguo para iniciar mi fugaz atisbo de lo inextricable.
Ninguna otra novela moderna de lengua alemana ha llegado hasta nuestros días con la perturbadora fuerza de El Golem, debut como autor de largo aliento de Gustav Meyrink (1868-1932), que el pasado 2015 cumplió cien años de haberse publicado por primera vez en forma de libro. De todas las obras vinculadas al expresionismo impulsadas por el editor Kurt Wolff, fue la única en canonizarse como emblema de una vanguardia y, al mismo tiempo, como lectura popular de amplio alcance, de venta masiva y duradera. Los contemporáneos no podemos sino darle la razón a Jorge Luis Borges, quien fue el primero en frasearlo así en 1938: El Golem es un libro único. Irrepetible. En sus menos de trescientas páginas están contenidas tal cantidad y diversidad de componentes ―literarios, históricos, cabalísticos, simbólicos, aun políticos―, que admite una cantidad inaudita de abordajes. Con la sola excepción del integral de la obra de Kafka, ningún otro clásico de la literatura praguense en lengua alemana del siglo pasado puede hoy estremecernos tanto y de formas tan distintas.

INSTRUCCIÓN PRIMERA.
LA NOVELA DE UN SUEÑO

Y cuando se ha vivido mucho,
cuando ya se han vivido unas veinte
mil noches,
nunca sabemos en qué noche
antigua, muy antigua,
hemos partido hacia el sueño.

Gastón Bachelard

Schnitzleriana: El Golem es el extenso relato de un sueño. Un genuino Traumroman. El prolongado deambular del narrador por los meandros de un rapto onírico. La agobiante caminata de un desesperado, que intenta despertar a la realidad o recomponerla al azar, como si fuera un rompecabezas desprovisto de esquinas u otros fragmentos ancilares reconocibles. Cursar las páginas del libro inicial de Meyrink implica sumergirse en un estado de conciencia espeso y por momentos turbio. Casi impenetrable. Como cierta niebla invernal.

Durante mi primera noche en Praga, a principios de marzo de 1992, la palpé. La bruma desciende sobre las calles con un peso doloroso, se adhiere a las paredes, forma inmensos arreboles que inhiben el paso. No puede haber algo más sobrecogedor que saberse tragado por la tiniebla. No hay luz artificial que alivie esa pérdida transitoria de la visibilidad, pues el descomunal vaho callejero todo lo cubre y el caminante no sabe dónde o cuándo terminará esa nube oscura a ras de suelo.

Relata el narrador de El Golem:

Tomé la dirección por la que había venido tanteando a través de la densa niebla a lo largo de enormes filas de casas y de plazas dormidas, vi aparecer amenazadores y negros monumentos, casas señoriales aisladas y las volutas de las fachadas barrocas. La mortecina luz de un farol aumentó en el aire hasta convertirse en gigantescas y fantásticas aureolas de los colores del arco iris, tras lo cual fue disminuyendo y apagándose hasta formar un ojo amarillento y penetrante, que por fin se deshizo en el aire tras de mí.

La densidad narrativa de El Golem comparte la nebulosa sustancia de los sueños. Vertebrada en veinte capítulos, no es fortuito que el primero de ellos se titule, precisamente, Traum (Sueño), y que otros (Noche, Despierto, Visión, Luz, Miedo, Impulso) aludan a diversos estados psíquicos vinculados directamente a la ensoñación o a periodos de seminconsciencia o de una consciencia aturdida, alterada. A lo largo de la novela se mantiene, además, cierta forma de sonambulismo continuo. Pero a diferencia de los personajes protagónicos de un Hermann Broch, por mencionar a otro gran escritor austriaco, el narrador de Meyrink alcanza, incluso, un estado cataléptico. Sin duda, en El Golem predomina un ambiente onírico; pero ese onirismo envolvente deriva en el sonambulismo del narrador, que se descubre transformado en alguien más y tiene la capacidad de observar lo que sucede a su alrededor e indagar laboriosamente cómo ha sucedido. El sonambulismo le permite percatarse de “la amenazadora aparición de [un] fantasma en el reino de la realidad”.

INSTRUCCIÓN SEGUNDA.
LA NOVELA DEL GHETTO

El Ghetto de Praga probablemente terminó de construirse en el cambio del siglo XII al XIII. Sin embargo, para 1885 el cuadrante había sido transformado por completo, remozado, saneado y asimilado como un barrio más próximo al resto de la ciudad, Josefov, relativamente parecido a lo que pueden conocer los visitantes hoy en día.

El Golem es la gran novela en lengua alemana sobre el Ghetto de Praga exactamente antes de su desaparición. Si bien no hay muchos pasajes en los primeros capítulos de la novela que sean suficientemente descriptivos de la forma en que estaba trazado el Ghetto para finales del siglo XIX, es muy explícita la sensación de estar en un enclave cerrado, caótico, umbrío, en el que no es nada fácil identificar las calles y donde resulta habitual desaparecer en rincones inesperados. Los pasajes, traspatios y callejones interiores del Ghetto son, como la calle que cobija al narrador de la novela al principio del segundo capítulo, lóbregos y sucios. Al describir su calle, la Hanpaβgasse, como una vía poblada por vendedores y buhoneros, el relato transmite una ominosa sensación de hacinamiento de antiguallas, objetos robados o inútiles, (en)seres inanimados que, sin embargo, tienen historia y pueden cobrar una existencia inesperada. Como exclama uno de los personajes ante el narrador:

Supón que el hombre que llegó a ti, y al que tú llamas el Golem, significa el despertar de la muerte a través de la más intensa vida espiritual. ¡Todas y cada una de las cosas de la tierra no son más que un símbolo eterno cubierto de polvo! […] ¿Cómo piensas con la vista? Cada forma que ves la piensas con la vista. Todo lo que ha adquirido una forma fue antes un fantasma.

Almacén de bienes escondidos u olvidados que despertarán a otra vida en algún momento, el Ghetto es narrado también como nido de muy diversos malestares. Por un lado, las tensiones lúbricas y libidinosas. Hay un sutil, oscuro y muy retorcido erotismo en El Golem, una sensibilidad contenida que parece a punto de explotar. Y a otro nivel, sin forzar demasiado la exégesis, puede leerse en la novela el trasfondo del antisemitismo judío, algo que la generación de escritores y filósofos austriacos posterior a Meyrink pienso, por supuesto, en Otto Weininger, iba a explorar de manera más directa y profunda. Hay un párrafo memorable al respecto:

Estas estirpes [se refiere a los judíos del Ghetto] mantienen entre sí una repugnancia y aborrecimiento ocultos, que rompen incluso las barreras del estrecho parentesco de sangre ―pero saben ocultarlo al mundo exterior, del mismo modo que se guarda un secreto peligroso.

Publicada al calor de la Primera Guerra Mundial, El Golem avistó y metaforizó al menos dos de los fenómenos que no tardarían mucho en acontecer: la desaparición de los tradicionales enclaves judíos de ciudades como Praga y el forzoso cambio de identidad al que tendrían que someterse los judíos centroeuropeos para sobrevivir a la catástrofe. Novela onírica, testimonio de una época, El Golem también es un relato visionario acerca de la condición humana moderna y nos deja una enorme lección al respecto: para sobrevivir la pesadilla estás obligado a transfigurarte.


Nota: Existen al menos tres versiones al español de El Golem accesibles en librerías, publicadas por las editoriales Lectorum, Tusquets y Valdemar.