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Foto: Especial

El alacrán observa una intervención sobre una caja de cereal realizada por Felipe Ehrenberg en 1970, cuando el artista tenía 27 años. Es una pieza para el OROXXO de Kurimanzutto… pero cincuenta años antes. El privilegio de poder apreciarla se lo debe el escorpión a la Galería Metropolitana, a cuya invitación respondió gustoso para conversar sobre la exposición de Ehrenberg, ¡La última y nos vamos!, a inaugurarse el martes 29 de mayo en ese espacio.

La muestra reúne 113 piezas de Ehrenberg en una suerte de conmemoración a un año de su fallecimiento, ocurrido el 15 de mayo de 2017, apenas ocho meses después de haber regresado de Brasil junto con su esposa Lourdes Hernández para instalarse en Tepoztlán. Poco después de su muerte, varios de sus amigos organizaron un homenaje a Felipe, cuya papel en el desarrollo del arte contemporáneo mexicano va recobrando, si caso lo perdió alguna vez, su carácter de imprescindible, y más en momentos en los cuales la escena del arte revalora en todo el mundo las obras de los años sesenta y su conexión con la rebeldía y la inconformidad de aquel tiempo de cambio.

Un exhorto del Congreso mexicano pidió entonces al Instituto Nacional de Bellas Artes trabajar en una retrospectiva de Ehrenberg, exposición cuyo destino sería el Museo Carrillo Gil. No obstante, luego de iniciadas las pláticas, el museo y el INBA se desentendieron y el proyecto no avanzó. La retrospectiva será quizá realizada fuera del país, dice Lourdes, por el desinterés de las instituciones de cultura aquí y también por otras razones, pues además del fondo de Ehrenberg resguardado por el universitario MUAC en México, gran parte de los archivos del artista está en museos del extranjero, como la Universidad de Stanford, la Tate Gallery y el Museo Reina Sofía.

La exposición reúne 113 piezas y se inaugura el 29 de mayo en la Galería Metropolitana.

Mientras tanto, la Galería Metropolitana organizó esta exposición con la curaduría de la propia Lourdes y de Víctor Muñoz, compañero de viaje de Ehrenberg en el grupo Proceso Pentágono en los años setenta. Felipe vivía una especie de euforia productiva durante sus últimos meses, a pesar de saberse acompañado por una enfermedad terminal y aun contra “la desesperanza y la falta de ilusiones”, en medio de las cuales persistía su vital optimismo creativo.

El artrópodo aprecia una de las primeras obras de Ehrenberg, un paisaje pintado a sus 13 años, y le divierte su obra más contemporánea a partir de retomar o intervenir “memes” y crear pequeñas maquetas o representaciones objetuales, todo con un afilado sentido de
crítica política y de crítica a políticos de carne y hueso, humor venenoso al cual atribuye el rastrero la graciosa huida del INBA de su responsabilidad para con el artista. C

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