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Foto: Ulises Castellanos
Foto: Ulises Castellanos

Escribió Octavio Paz en un ensayo sobre el fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo: “El lente es una poderosa prolongación del ojo, y sin embargo, lo que nos muestra la fotografía una vez revelada la película, es algo que no vio el ojo o que no pudo retener la memoria. La cámara es, todo junto, el ojo que mira, la memoria que preserva y la imaginación que compone. Imaginar, componer y crear son verbos colindantes. Por la composición, la fotografía es un arte”.

Estas palabras me permiten abordar el trabajo fotográfico de Ulises Castellanos y detenerme en una imagen en particular, tomada en Pekín en 2004, cuando visitó la capital china invitado por la Embajada de México para inaugurar una exposición de su obra. Quiero destacar que esta imagen, junto con un acervo de más de noventa mil negativos que reúnen treinta años de trabajo, fueron entregados recientemente en donación a la Fototeca Nacional del INAH en Pachuca, Hidalgo.

Se trata de algo más que un close up del espacio más emblemático de Pekín: la Puerta de la Paz Celestial en la Ciudad Prohibida. Desde aquí Mao, micrófono en mano como quien se dirige a los libros de texto, declaró la fundación de la República Popular China el primero de octubre de 1949. Hoy, un retrato suyo de seis metros por cuatro saluda este umbral que cada año cruzan millones de turistas. No es un retrato al óleo cualquiera. Lo ha realizado desde hace más de treinta y cinco años el mismo artista, el maestro Ge Xiaoguang, quien se precia de no haber pintado otra cosa en su vida que los retratos de marras.

En la mejor tradición confuciana, se trata de una pieza que hace alarde del arte como una forma suprema de la repetición. Cada año, poco antes del primero de octubre, el retrato del camarada Mao es sustituido por uno nuevo, en el que se ha ocupado el maestro chino durante meses. La clave radica en que debe ser exactamente igual que el anterior y exactamente igual que el cuadro que habrá de pintar al año siguiente. En cambio, la foto de Ulises Castellanos es —en la mejor tradición occidental— un hallazgo de la creación, entendida como acto único e irrepetible, poderosamente original. No es sólo la captura de la realidad por medio de la lente, sino una lectura maliciosa y polisémica de la misma. Más que una buena foto a secas, estamos ante un ensayo visual que tiene la pericia de desplegar sus argumentos en la brevedad de un instante revelado. Una serie de signos en movimiento.

Observémosla. Posee un elemento geométrico evidente: dos planos horizontales habitados por el blanco y la luz, en su parte inferior, y por el negro y la oscuridad, en su porción superior, que ocupa apenas un cuarto de la composición entera. En la porción inferior, Mao nos mira de frente con los ojos cansados, la frente amplia, el pelo entrecano y las cejas despobladas, como corresponde a los chinos de la etnia Han.

El encuadre elegido por el fotógrafo no es un capricho. Al recortar por la mitad el rostro del dirigente nos brinda un acercamiento perturbador. Cercenado, Mao nos observa estoico, casi nostálgico. Es una estatua de sal detenida en el tiempo, reinventada y puesta de nuevo en movimiento por el fotógrafo, que al hacerlo ha renunciado al color para constreñir la escena al ancestral blanco y negro. Millones de turistas habrán tomado la misma imagen antes que Ulises, pero él no es un visitante, sino un artista que pone el ojo al servicio de sus viajes, capaz de crear un itinerario visual y emocional por la cartografía de sus obsesiones.

Si ahora observamos la parte superior, encontramos de nuevo un elemento geométrico:
justo en el centro superior de la fotografía aparece un personaje de camisa blanca. Por su vestimenta puede tratarse de un chino. Le da la espalda al camarada Mao y mira en sentido contrario. ¿Cuánto de alegórico y de simbólico puede caber en este instante? Borges se refirió a la alegoría como un despropósito estético, pero aquí lo alegórico está a flor de piel: Mao, vivo en el retrato, muerto y congelado en el tiempo, mira hacia la luz; el personaje por encima de él, vivo, mira hacia el lado opuesto, se abisma en la oscuridad. La lectura alegórica me hace pensar que el personaje de espaldas observa el fondo oscuro de su realidad presente, extraviada
en los años de la modernización china y el desarrollo desbocado. En cambio, la mirada del prócer se agota en una luz más bien retórica y desolada que apunta al pasado, ese traspatio donde se acumulan los desencantos revolucionarios.

La foto presume un juego de contrarios: el blanco y el negro, la luz y la oscuridad, el rostro expuesto del prócer en oposición al anonimato de la espalda y la cabellera negra. ¿Representan todas estas otras formas la dualidad del Ying y el Yang? Seguramente no lo pensó así Ulises al pulsar el obturador, pero sí hubo en cambio una elección autoral al editarla, es decir, una creación. Imagino entonces esta foto como una interpretación lúdica del viejo icono del equilibrio oriental. Es, a su manera y acaso sin proponérselo, una versión contemporánea de la imagen de todos conocida que simboliza la dualidad del universo.

Si la historia es la hazaña por reinventar el tiempo transcurrido, la crónica del fotógrafo que se desgrana en imágenes aparece como la forma dilatada de un tiempo que no se entiende: se mira. Observar el tiempo es la tarea del fotógrafo: explica, desafía y deconstruye la realidad a través de la mirada, pero es también poeta porque ensaya, no con la palabra sino con la imagen, las múltiples formas en que el instante y la eternidad se conjugan, hasta alterar el tablero cartesiano de nuestra sensibilidad: miro, luego existo. La fotografía es, pues, una forma radical del lenguaje y de la razón, y es también un viaje: la travesía del ojo. El arte de mirar.



Edgardo Bermejo Mora (Ciudad de México, 1967) es historiador, director de Artes del British Council en México, columnista semanal de La Crónica y autor de Marcos’ Fashion (Océano).

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