El diablo se le apareció, o quizá la muerte, o vaya saber usted cuál de los los dos pues las brumas etílicas del ron de caña hacían juegos malabares con las luces danzantes de sus ojos. “El Pelao”, si lo hubieran llamado por su nombre, no habría volteado, ese nombre, otorgado en el bautizo se había perdido antes de que el vino consagrado se convirtiera en sagrada resaca y si en algún momento tuvo padrinos, seguro estos se hicieron los distraídos ante el primer indicio de hacerse cargo del minúsculo infante que aceptaron para poderse llamar compadres. Al menos lo dejaron en la misma iglesia en la que hacía pocos días le habían vertido las aguas “quesque” del Jordán. El sacerdote recordaba vagamente al moreno niño que le había dejado pero no tenía ni idea de padres, padrinos o nombre asignado al cielo pues ese día, como todos los sábados, decenas de niños habían sido bautizados y hasta ese día, fatídico para algunos, de alivio para al menos los padrinos, no había tenido que aprenderse los nombres de los chilpayates recién purificados. Tampoco era ponerle otro nombre, el sacerdote no podía darle uno pues un día antes y se lo había dado, aunque no se acordara así que la frase “¿y este Pelao quién es?” había terminado asignándole nueva identidad.

Hacía mucho que no pensaba en el sacerdote al que llamó “padre” en más de un sentido pero es que el diablo, muerte o cualquier otro ser celestial que se le apareciera en cuerpo femenino le había hecho recordar por unos instantes sus momentos de pureza porque, viéndola, de ella quedaba poca ya que todos los pecados, en especial el de lujuria, le brotaban por los poros empapándose en el ron de caña que exudaba aún.

-¡Ah Pelao! Veo que me reconoces.- Dijo una dulce voz, tan dulce que llevaba implícita la muerte por coma diabético.

-No la conozco, ni pretendo hacerlo, seguro usted me confunde con alguno de los sirvientes que su “mercé” debe tener en su mansión.-

-¡Vamos Pelao! Sabes que me conoces o no estarías sudando tan copiosamente en esta noche fría en la que hasta los gatos buscan a los perros para acurrucarse.-

-Bajo el riesgo de escandalizar a tan distinguida dama, debo decir que el alcohol no se congela y, en mi defensa, puedo decir que la misma frialdad es la que me empujó hacia el roncito que el destino tenía preparado frente a mí para dicho sino y es por eso mismo que sudo, nada que ver con su mercé o con esa mirada entre apapachosy látigos que me endilga.-

-Pelao, no te justifiques conmigo, puedes, si así es tu dese, meterte de cabeza en el barril y sorber hasta que dejes la madera seca y con retoños. No es por eso que estoy aquí y lo sabes.-

-Si no sé nada de la vida, menos he de conocer los misterios más complejos de la fémina. No señora, no lo sé pero, sé que a una dama no se le contradice, ya sea por caballerosidad o por sentido de la auto preservación, así que si dice que lo sé, pues lo sé.-

-Basta de jueguitos, abre la petaca y dale otro trago a tu ron que mañana a esta hora habrás de morir y si estoy aquí haciéndole de mandadera es por la promesa hecha que, ni estás para saberlo, ni yo para contarlo, pero desde aquella, no me han vuelto a enredar para tener que dar “últimas notificaciones”. 24 hrs Pelao, ni un minuto más ni uno menos… Tic… Tac…-

Solía desobedecer los mandatos dados con tanta enjundia pero, al verla desaparecer frente a sus ojos, decidió obedecer y darle un largo, profundo y sabroso trago al ron para calmar los escalofríos que le había dejado la visita.

Ilustración: Norberto Carrasco

Desde la muerte del sacerdote, su vida se había descolocado, si bien su padre era severo en tiempos, formas y ritos, era comprensivo y en ocasiones, hasta entraba a la complicidad de la sanas travesuras de poner heces secas de vaca en el incensario de la misa del alcalde después de subir los impuestos. No pudo procesar, es más aún no lo hacía pues cada vez que pensaba en el viejo, buscaba otra cosa en que distraerse, no entendía como un hombre tan bueno y dedicado a Dios, había sido arrebatado por llevarse unas míseras monedas de la limosna, unas que recordaba bien, su padre le tendía al asaltante con una sonrisa en el rostro deseándole que le fueran de utilidad.  ¿Por qué Dios permitió su muerte si es todopoderoso y omnisciente? ¿por qué premiar al malo y quitarle la vida al bueno? Hasta parecía que Dios había tomado partido por el lado nefasto de nuestra humanidad, todo se caía a pedazos y los rezos caían en oídos sordos o cuando menos, indiferentes. Desde ese día, no había puesto pie en la iglesia ni había dicho plegaria alguna, todo lo que conocía estaba en ese templo y un sujeto sin oficio y beneficio le había quitado todo. Las monjas que le tenían tanto cariño como decenas de madres naturales, lo abrazaban y le decían que el camino de Dios es inescrutable… Pudiéndolo todo, sabiéndolo todo… Un camino claro, recto e iluminado no parece cosa difícil…

Veinticuatro horas… ¿Qué hace uno cuándo está en su último día de vida?

-¡Pelao despierta! Sabes que no puedes dormir afuera del negocio. Ven, desayuna antes de que abramos.- Julieta, de voz tierna y manos callosas, ella siempre había estado, la conoció cuando se preparaba para su primera comunión y quizá desde esa vez en la que lo superó en conocimiento de la Biblia se había enamorado, ella llevaba apenas unos sábados en preparación y él llevaba desde su tierna infancia en eso, claro, hasta que ella demostró que sabía más, fue cuando empezó a prestar verdadera atención. Fueron inseparables, los mejores amigos, se convirtió en su consciencia y  conforme crecían, todos pensaron que llegarían a algo más y entonces, el padre de Julieta perdió todo en las cartas, hasta su futuro pues, a las pocas semanas, Julieta se casó con el dueño de los abarrotes, un hombre mucho mayor, que si bien, era cariñoso y considerado, Julieta nunca volvió a tener el brillo en su mirada y cuando murió, ella le guardó luto como se supone que marca el código no escrito de “la buena mujer”.

-¡Julieta!, mi dulce Julieta, no soy Romeo pero con este Pelao deberás conformarte que aún sin balcón, duerme en tu escalón.- Cada vez que sufría por alguna razón, terminaba ahí, a los pies de Julieta, como si fuera su tabla de salvación y hoy, quizá más que nunca, la necesitaba.

-Ya basta, sabes que no puedes estar aquí.- Su declaración fue tajante pero, su mirada decía que era broma.

-Ya me voy mi dulce Julieta, en más de un sentido, solo vine a terminar algo que tenía pendiente.-

-Que tendrás pendiente tú, que no tienes ni oficio ni beneficio…- Interrumpí la cantaleta de siempre con mis labios sobre los suyos, era nuestro y, quizá, nuestro último beso. Su resistencia fue el susto y luego se rindió a lo que yo sabía, a lo que ella sabía, a lo que siempre callamos.

-Te amo Julieta, lo he hecho desde que te conozco y ese amor, es lo único que me ata a la cordura.- Ella no contestó, se abrazó a él y sacó por los lagrimales penas añejas, frustraciones bajo llave y esperanza empolvada. -Ahora me voy, pero lo dicho, siempre estará.-

Es agridulce confesar tu amor cuando sabes que nada se pierde, por un lado te emociona saber que es real y por el otro, te amarga el pensar que si era real hoy, lo pudo ser hace lustros y sólo perdiste el tiempo. No obstante, la sensación era buena, como si estuviera más ligero y supe la razón de mis 24… Bueno, 18 hrs restantes…

-¿Estás listo Pelao?-

-Así lo que se diga listo, no lo he estado nunca, ni de preparación ni de la cabeza.-

-Créeme, esto de aparecerme en persona no lo hago a menudo, antes tenía servicio personalizado, ya sabes, eso de que te lleven de la mano y demás, pero, ahora son muchos y son tan absurdos, que ni siquiera se dan cuenta.-

-¿Es queja? Porque si lo es, por mí, no te preocupes y en unos 60 años yo me voy solo.-

-Ya cumplí con mi promesa, estoy ocupada así que, cuelga los tenis y dale la calada a un faro.-

-¿Cuál promesa? A mí no me hiciste ninguna.-

El suspiro fue profundo -Al sacerdote, a él me mandaron a escoltarlo y aunque los sacerdotes son sencillos pues están ávidos por partir, él se resistió hasta que me hizo prometerle que te daría un día para que pusieras tus asuntos en orden.-

-¿Pero cómo sabía que terminaría tan dañado?-

-Uno, no tengo tiempo, dos, no tengo porque dar explicaciones. ¿Estás listo o no?… Tampoco es que me importe mucho la respuesta, aclaro.-

-Sólo una cosa y nos vamos.- Entró a la iglesia, hasta el eco de sus paredes lo llenaban de nostalgia, las luz del sol en los vitrales, ese aroma de años de incienso y cirios, faltaba la voz de su padre diciendo que limpiara el altar, que despegara la cera, que ordenara las bancas y que se apurara pues el heladero de la esquina no los iba a esperar todo el día… Hogar.

Se sentó en la segunda fila de los bancos y habló, habló, habló. No esperaba respuesta, no la necesitaba, la respuesta está dentro de la pregunta y él no estaba preguntando nada, sólo estaba sacando años de negación. Conforme vaciaba su rencor veía claro el camino, era recto, iluminado y sencillo.

-Lo ves ya ¿no es así?- La dulce voz, tenía ahora ya no el tinte de impaciencia sino de respeto.

-¿El camino? Sí.-

-No muchos, ni siquiera en este último momento pueden verlo.-

-Siempre pensé que era tortuoso, inescrutable, difícil y no, resulta que el camino es recto, claro e iluminado y era yo quién estaba girando sobre mi eje, ni avanzaba, ni lo veía y mucho menos lo entendía. ¡Estoy listo!-

-No, lo siento, el asunto es así, si lograbas perdonar y perdonarte, si veías el camino, te dejaríamos caminarlo. Esa también era parte de la promesa y el sacerdote me pidió que te dejara otra cosa.-

-Me dio todo ¿qué más podría dejarme?-

-Tu nombre, sus últimos instantes, mientras veía su vida pasar, se la pasó sonriendo porque tú estabas en ella y de adelante hacia atrás llegó a tu bautizo y recordó el nombre que te habían asignado.-

Su nombre, era extraño pensar en ello, siempre fue “el Pelao” ese era su nombre y no obstante, saber que tenía uno de verdad, lo emocionaba hasta lo indecible.

-¿Cuál es?-

-José María.-

-Ese era el nombre de mi padre.-

-Tus padres, bueno, los biológicos, fueron casados por el sacerdote y te nombraron en su honor. El sacerdote encontró su centro y su camino contigo. Cierto, los tiempos de Dios son perfectos… También sus decisiones. Así que, José María… Camina el tuyo.-

Julieta esperaba en la tienda con el corazón en un puño y el recuerdo de un beso ardiendo en sus labios. Quería y no quería imaginar un futuro con el Pelao. Demasiada paz había perdido con su amor platónico y ahora le preocupaba perder hasta la ilusión de sus noches de soledad.

Toc,toc.

-¿Quién es?-

-José María.-

El nombre era desconocido, la voz, hasta en sueños la conocía. Abrió y lo vio como nunca lo había visto, completo, en paz y si lo amaba antes en duda, sabía ahora, que amarlo era y siempre había sido… Su camino.

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