El capitalismo menos peor

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En la misma ciudad y con la misma gente, el arácnido sigue a la espera en el plantón luctuoso-festivo a las puertas de Bellas Artes. Con “El Noa Noa” de fondo, el rastrero lee la reivindicación de lo superficial y lo ligero propuesta por Gilles Lipovetsky en su libro De la ligereza (Anagrama). El francés estuvo en México para presentar este ensayo y ofrecer un par de conferencias sobre el cada vez mayor peso cobrado por la ligereza (valga el oxímoron) en la cultura contemporánea.

“Vivimos cada vez más rápido y con objetos cada vez más ligeros”, dice el filósofo, y ejemplifica con el fetiche emblemático de nuestro tiempo: el smartphone, esa ligera vía de acceso al mundo, multifuncional y memoriosa, capaz de mantenernos conectados dislocando la dualidad tiempo-espacio.
El alacrán ve en Lipovetsky a uno de los críticos culturales más estimulantes, acaso porque muchas veces no concuerda con sus ideas. Por ejemplo, el parisino nos pide “dejar de satanizar al capitalismo”, pues si bien “este sistema produce lo peor, también produce cosas admirables”. Entre esas cosas admirables, Lipovetsky destaca un nuevo rostro del capitalismo, configurado ya no sólo por la producción y venta, sino también por una dimensión artística, un “capitalismo artístico”.

Si el escorpión entiende algo, Lipovetsky señala como una característica de ése capitalismo artístico “la incorporación sistemática y estructural del parámetro estético en todos los sectores del consumo”, de las mercancías a la arquitectura y de la moda al diseño. El rastrero ha leído esta idea en Benjamin y Adorno, en Jameson y Berman, pero Gilles no se arredra, y aunque advierte en el capitalismo artístico la explotación y el uso de las formas y las emociones (la estética) para hacer negocio, pide también orientar la formación (y la producción) artística hacia la educación, no sólo a los negocios: “Las batallas de los mercados van a ganarse en la sensibilidad artística y en la cultura”, asegura.

El alacrán simplifica: en este capitalismo (menos peor) nos tocó vivir, y como no va a cambiar, sólo queda mejorarlo estética y artísticamente. El ponzoñoso, ya “en un lugar de ambiente siempre diferente”, recuerda entonces a Slavoj Zizec: “Nos parece más fácil imaginar el fin del mundo que un cambio, mucho más modesto, en el modo de producción, como si el capitalismo liberal fuera ‘lo real’ destinado a sobrevivir incluso a una catástrofe ecológica global”.

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