El colapso diplomático del madurismo

VIÑETAS LATINOAMERICANAS

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Por estos días tiene lugar en Washington un raro espectáculo. La Organización de Estados Americanos (OEA) celebra su Asamblea General, que conmemora el 70 aniversario de la institución interamericana, con la asistencia de todos los cancilleres o enviados de las cancillerías del hemisferio, menos la cubana. Cuba es el único país de la región que no pertenece al organismo, a pesar de que ha sido invitado a incorporarse y ha participado en las dos últimas Cumbres de las Américas, la de Panamá y la de Lima.

Lo curioso de esta asamblea es que cuenta con la presencia protagónica del canciller de Venezuela, Jorge Arreaza, si bien Caracas ha iniciado, desde hace un año, su retiro de la OEA. Durante la sesión de ayer, Arreaza pidió la palabra más de seis veces, para responder a las críticas sobre la situación venezolana de varios cancilleres de la región: el mexicano Luis Videgaray, el argentino Jorge Faurie, el brasileño Aloysio Nunes, el peruano Néstor Popolizio, la colombiana María Ángela Holguín, el chileno Roberto Ampuero y la Vicepresidenta de Costa Rica, Epsy Campbell, entre otros.

En una de sus intervenciones, Ampuero llamó la atención sobre el lenguaje descalificador de la cancillería venezolana. El gobierno de Nicolás Maduro llama “cártel” al grupo de Lima, “sicario” al Secretario General Luis Almagro, “circo” y “ministerio de colonias” a la propia OEA y presenta a todos los gobiernos que desconocen el reciente proceso constituyente y la reelección presidencial como satélites de Donald Trump. Bastaría, para refutar el tópico, el dato elemental de que la percepción negativa del autoritarismo madurista, en los mayores países de la región, existe desde mucho antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca.

No obstante a lo que proyecta la retórica oficial del madurismo, la salida de Venezuela de la OEA, por retiro o suspensión, es una derrota. Si realmente fuera una resolución de Caracas o una “fiesta”, como acaba de declarar Maduro imitando, una vez más, la irrepetible experiencia cubana de los 60, el canciller no se tomaría el trabajo de replicar tan insistentemente en la Asamblea General. El ministro venezolano se defiende atacando, como es de rigor en el estilo fidelista y chavista, pero su misión es tratar de revertir el aislamiento creciente del régimen de Maduro en las Américas.

La liberación de presos políticos o los esfuerzos de Arreaza por darle lustre legítimo a la reelección del 20 de mayo —a veces con burdas mentiras como la de los “nueve millones” de votos oficiales, cuando fueron cinco y medio— buscan hacer corregir a la OEA. Lo que significa que, a pesar de su agresividad discursiva, Caracas sigue considerando ese foro interamericano como un espacio importante. Tal y como lo consideran otros aliados de Maduro en el ALBA como los gobiernos de Bolivia, Nicaragua y El Salvador. Como quiera que se mire, la suspensión o el retiro de Venezuela de la OEA es otra evidencia del colapso diplomático del madurismo.

Rafael Rojas

Rafael Rojas

Historiador, internacionalista.
Rafael Rojas

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