Billy Idol

Billy Idol
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Ciudad Godínez es la urbe del movimiento rockero perpetuo.

Una de las deudas pendientes que tenía era Billy Idol. Y para recordar nuestra primera desteñida de pelo y nuestra primera perforación del lóbulo, acudimos el Chango y yo a la cita en el Palacio de los Deportes. Ta bien que había que saldar la deuda histórica, era la primera vez que Billy pisaría México, pero como es la costumbre últimamente, los precios estaban más altos que el cielo en el que seguro siguen rockeando los del club de los 27, Ian Curtis, Richey James Edwards y más. Así que aquello pintaba para estar medio desangelado.

Pero conforme entramos al recinto nos dimos cuenta que todos los rockeros amantes de los chochentas rompieron el cochinito y se lanzaron a mostrar sus respetos al buen Billy. Era una oportunidad que muchos acariciaron en la clandestinidad de sus habitaciones escuchando la discografía completa. Porque así como hay gente que tiene doctorado en letras, hay quien lo tiene en Billy Idol. Y fui a caer justo al lado de uno, que me desmenuzó todo en relación al ídolo. Estilo, canciones, vida pública y privada y quién es quién entre sus músicos.

Y el papas fritas en ese grupo es, of all people, el enorme Steve Stevens. El show arrancó a cien por hora, con “Cradle of Love”. Los decibeles casi, digo casi, fueron opacados por el rechinadero de rodillas que se escuchó en cuanto la ruquiza se puso de pie. Del lado izquierdo salió una señora con pantalones skini de cuero, el pelo más maltratado que el de la muñeca rota de la película Annabelle, y una cara de cruda que ni con cuatro ginebras dobles con granadina y sangría se quitan.

Billy apareció enterito. A sus 63 añotes sigue con su sempiterno look. El gesto en la jeta de pinche chamaco que acaba de romper los vidrios de un escaparate no lo ha abandonado. Y todavía hace el heroico acto de salir sin playera, cubierto sólo por su chamarrón de cuero. Ya no se mete nada y es vegano. Se afresó. Sólo le falta abrazar el cristianismo. Pero sigue vendiendo la facha de rebelde. ¿A los 63 años todavía se puede comerciar con rebeldía? Pues parece que sí. Obvio, gracias a unas canciones que se hicieron icónicas. Si el cancionero te lo permite, pues...

"A sus 63 añotes sigue con su sempiterno look. Todavía hace el heroico acto de salir sin playera"

En quien descansa el 89 por ciento del show es en Mr. Stevens. Quien fue el encargado de ponerle el infierno a esa noche. Salieron a aventar toda la carne al asador. Enseguida salió del estuche “Dancing With Myself”. A esas alturas ya el diablo estaba bajo el lago de la big Tenochtitlan haciendo el slam. La cerveza corría como un río y brincábamos como posesos, extasiados porque al final teníamos en casa al rebel one. Que nos tenía embelesadotes con “Eyes Without a Face”. Las parejas abrazadas. Los ojos acuosos.

No hubo una sola rola en que Steve Stevens no se luciera. No por nada está catalogado como unos de los mejores guitarristas de la historia. Pero a la octava canción le dejaron el escenario a él solito y nos hizo garras. Sacó la electroacústica y comenzó a flamenquear como el más grande, después tocó “The Rain Song” y “Stairway to Heaven” de Led Zep y le subieron los triglicéridos al Palacio de los Rebotes completo.

El cierre se dejó venir en cascada. “Rebel Yell”, “White Wedding”, un solo de bataca, que por fortuna estuvo mesurado y bastante efectivo y un final de antología: “Mony Mony”. Como ocurre a menudo, los artistas ni se imaginan los estragos que han causado en tierra mexa, cuántos calzones han mojado, cuántas cervezas han destapado, cuántos amasiatos han provocado. Y en honor a eso, pues el público responde con todo. Y con Billy ocurrió lo mismo. La ovación que recibió hizo que se le hicieran los ojos más grandes que sus pelotas. No sospechaba que aquí es jefe y una legión de seguidores pagarían una fortuna una vez al año para tenerlo en el escenario. Ojalá que venga más seguido.

Quince canciones, hora y media de show, contundente como un tubazo en la cabeza. No hacía falta más. Lástima que a ratos el Palacio sonara de la chingada. El día que suene bien uno va a extrañarse.

El que se llevó la ovación mayor, obvio, fue el titánico Steve Stevens, que es chaparrito a pesar de sus botas. Aún recuerdo su camisa de padrote refulgir bajo sus riffs. Y esa imagen me va a acompañar muchos años. Es duro con la guitarra como el más reacio de los boxeadores minimosca, pero con un punch letal.