Jueves 3.12.2020 - 14:05

Carta a José Francisco Conde Ortega

El 1 de noviembre pasado falleció, a los 69 años, el ensayista, cronista y poeta Conde Ortega. Nacido en Atlixco,
Puebla, fue maestro durante 35 años de sucesivas generaciones de estudiantes de Letras. Al despedirse
de la “severa fiesta de la vida” —como sentencia uno de sus poemas—, deja como testimonio de su existencia
dedicada a la literatura más de una treintena de títulos. Un compañero de la época universitaria, el poeta
y académico Vicente Quirarte, le escribió estas líneas que transparentan el cariño y la profunda amistad entre ambos.

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José Francisco Conde Ortega (1951-2020).Fuente: nuevayorkpoetryreview.com
Por:

Ciudad de México,

4-5 de noviembre, 2020

José Francisco muy querido:

Desperté antier con la noticia, enviada por nuestro amigo Luis Tizcareño, de que ya no estabas de manera tangible entre nosotros. Reaccioné, naturalmente, como todos, es decir, no creí que tal hecho era posible, no porque la inevitable cita no nos toque, sino porque aún no te habías ganado el derecho para irte. Hace una semana hablamos por teléfono, nos reímos, hablamos mal del prójimo que amamos, y en un momento en que nos pusimos serios, me dijiste que habías hablado con los tuyos sobre tu última voluntad y tu deseo de no molestar a los vivos. Se cumplió tu deseo: tu final fue breve e imprevisto, en brazos de los que más te amaban. Elegante y limpio, aunque la muerte siempre sea desaseada, como nos enseñó nuestro gran Ramón.

Cómo hacer el inventario de lo que nos une, hermano querido. Nos decíamos hermano porque eso éramos por elección y fatalidad. Creo que la primera vez que supe de ti fue en un salón de nuestra Facultad de Filosofía y Letras, cuando exponías en clase y llevabas un manojo de notas con las que solamente coqueteabas, pues tú eras superior a todas ellas. Esa noche le dije a mi familia que tenía un nuevo amigo, que se integraría más adelante a la tribu, a pesar de las lógicas protestas de mamá y las cóleras de papá ante los despertares etílicos de su hijo, que estaba probando las armas de una juventud, entonces inextinguible y poderosa. Tu ingenio y tu genio se ponían de manifiesto en nuestras islas de Ciudad Universitaria, donde sin esfuerzo aparente hacías las tareas de la Dulcinea en turno.

Desde ese entonces no puedo concebir un instante en que no fueras parte importante y definitiva en mi vida. Podíamos dejar de vernos y hablarnos mucho tiempo pero siempre estábamos allí, como cuando despertamos en el Puente de Nonoalco, rodeados de teporochos y otros hombres del alba que esperaban la llegada del café con piquete y los tamales que propiciaban la única resurrección posible. Amábamos y recitábamos y vivíamos a Efraín Huerta en esas caminatas por “la parte más honda y verde de la vieja ciudad”. Todo lo planeabas y lo hiciste en grande, desde casarte con tu Sandra en Catedral hasta organizar los quince años de tu hermana. Y yo, que abomino de las fiestas, me conmoví y doblé las manos cuando los chambelanes no montaron un aburrido e inevitable vals sino nos deleitaron con las notas de la "Penny Lane" de nuestros Beatles. Dignificaste el apellido Conde que te dio tu señor padre. Llegaste a Ciudad Nezahualcóyotl cuando sus calles no tenían asfalto, y la casa de los maestros, la aristocracia espiritual de sus habitantes, se convirtieron en faro y referencia del barrio. Qué bueno que procreaste un hijo con Sandra, y que ese hijo, Jesús Francisco, salió corregido y aumentado. Me gusta que se autonombre Condecito, como le decimos desde su nacimiento, y que trabaje con Bernardo Ruiz como su lugarteniente. No pudo escoger mejor maestro y guía para servir y desarrollarse. Las afinidades electivas. A través de tu hijo recuperamos el diálogo generacional con Bernardo. Qué bueno que en vida tuya Jesús Francisco ideó el video El canto del guerrero, testimonio de amor y prueba de los múltiples talentos de tu hijo.

Muchas cosas admiré en ti, tu ligereza para burlarte de lo serio, y tomar en serio lo que valía la pena, tu rapidez en el lenguaje, tu manera tan elegante y tuya de encender el cigarro —siempre Delicados sin filtro—, tu erudición que cada día iba en aumento y que invitaba a escucharte interminablemente. En los últimos tiempos me hablabas sobre tu intención de hacer un estudio de la lengua española para desfacer múltiples entuertos que se habían dejado al azar y se daban por hechos. Tu arsenal se hallaba en lo que estudiamos juntos en la Facultad de Filosofía y Letras, pero tú no dejabas de actualizarte ni de leer a pesar de los múltiples obstáculos que tu vista pretendía ponerte.

Se puede decir que hiciste lo que quisiste, pero eso no nos consuela de no escucharte ni tenerte. Una de las últimas veces que nos vimos fue en el recordado Bar Niza, en cuya planta alta podía fumarse y donde la hospitalidad de Nacho hacía el lugar doblemente entrañable. Allí me diste tu libro El canto del guerrero, tu mejor libro de poemas, silvas que revelan tu amor por el ritmo de los clásicos, testimonio de lúcido amor al fundador de tu linaje. No puedo olvidar que cuando faltó tu padre, tu trabajo inicial fue de ayudante de albañil, porque algo había que hacer para llevar el pan a la mesa. Tu inteligencia y tu talento fueron similares a los del capataz que descubrió que no pertenecías a ese gremio y que por tus venas corría la sangre noble de los verdaderos condes. Eso, entre otras cosas, te hizo como los auténticos grandes.

Interrumpo, que no termino, estas palabras que intentan hablar contigo, guardarte, como quería el Rey Lear, otro poco. “Cordelia, quédate un rato más”, tradujo Sandro Cohen, nuestro amigo y colega que sigue peleando a esta hora contra la Parca, que por ti siempre será joven y hermosa. Te abraza tu hermano, Vicente. 

VICENTE QUIRARTE (Ciudad de México, 1954) es investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua e integrante de El Colegio Nacional. Su obra incluye poesía, narrativa, teatro, crítica y ensayo. Su colección de poemas Bisturí de cuatro filos será publicada en breve.