Ciudades desiertas

Ciudades desiertas
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Siempre pensé que el principio del fin ocurriría como en las películas de Hollywood: de forma espectacular. Jamás imaginé que comenzaría de manera pasiva con el estado de excepción.

La irrupción del Covid-19 trastocó la existencia de la aldea global. La pandemia trajo consigo un bonito presente: el enloquecimiento colectivo. Millones de personas se convirtieron en la clientela perfecta de los profetas del pánico.

Es cierto, no existe una conspiración. Que el virus haya sido diseñado para emprender una limpieza étnica, aniquilar pobres y desestabilizar los mercados internacionales. Pero es innegable que se ha fortalecido el dólar. Y que los países como el nuestro sufrirán los efectos de la inactividad económica.

Ante la señal de alarma, la inmensa mayoría de ciudadanos del mundo ha decidido recluirse. Algunos con razón. Otros no. Pero de lo que nadie se ha quedado fuera es de participar de la psicosis del momento. Formar parte de la masa, es lo único que importa. No importa que la estupidez sea el consenso. Las compras de pánico de papel higiénico son un buen ejemplo. Pocas personas han frenado el impulso de salir corriendo a agotar algunos productos en los supermercados.

La desinformación, la exageración y la sobreexposición a las redes sociales han provocado un clima de apocalipsis inducido. Por un lado, se ha creado una falsa percepción de que esta crisis propiciará cierto abatimiento sobre el capitalismo. Nada más ingenuo. Si algo no ha dejado de producir es el capitalismo digital. Amazon y Netflix son algunas de las compañías que se benefician de la cuarentena. Otros emporios, por ejemplo Kentucky Fried Chicken, sufren las consecuencias, pero sólo de manera momentánea.

"No puedo quitarme de encima la sensación de formar parte de un experimento".

¿Puede en realidad el brote de Covid-19 hacer tambalear el sistema? Evidentemente, no.

En este escenario las ciudades han evidenciado una transmutación. Por Whatsapp viajan fotografías de lugares como Madrid, cuyas calles lucen completamente desiertas. Sin una sola persona que vague sin propósito claro, en algunos sitios, y en otros con unos pocos renegados que tienen los arrestos de no permitirse actuar como borregos y desplazarse de manera discreta. Escribo esto desde Monterrey, donde la metrópoli se ha paralizado. Han cerrado cines, bares, restaurantes. La desolación no se ha instalado por completo. Muchos coches recorren la Avenida Leones. Observar la ciudad como un set de televisión, donde todo es de utilería, provoca una sensación extraña. Entre sobrecogimiento y nostalgia por un fin del mundo real que nos aguarda en el futuro.

La reclusión te obliga a hacer lo mismo. El virus existe y conlleva un riesgo. Es irrefutable. Pero el virus ha dejado de ser el protagonista. Es el peor momento, desde que se inventó la plataforma, para acceder a Twitter. Todo usuario escupe su opinión del tema. Y es de lo único que se habla. Hay desde los que te regañan por dar un paso, hasta los que alimentan la histeria por deporte. He constatado con tristeza cómo personas que yo asumía inteligentes, se han entregado a un frenesí idiota. Escritores premiados que se han erigido en policías epidemiológicos. Y que instan al mundo a no salir de casa. Muy bien, pero con que lo digan una vez basta.

No hay complot. Pero no contradigamos lo evidente. La celeridad con la que cambió la agenda mediática con la aparición de la pandemia. Antes de su propagación virtual en el mundo, y sobre todo en América Latina, el movimiento feminista estaba gozando de una cobertura inusitada por parte de los medios. Pero en este momento la agenda sólo tiene ojos y oídos para el Covid-19. Y no se trata de ser desconfiado. Pero sí es sospechoso.

Se entiende que la pandemia ocupe el primer plano del quehacer informativo. Pero la suspicacia surge también porque llegó acompañada de una campaña que impide la proximidad social. El día que la gente, tanto hombres como mujeres, se unan para exigir mejores derechos ante la desigualdad social, bastará con soltar otra gripe estacionaria para que nos volvamos a recluir y se acabe cualquier tipo de intento de insurrección.

No puedo quitarme de encima la sensación de formar parte de un experimento.

Decía Fogwill: todo es temporario. El aislamiento va a terminar. Cada uno sacará su lección del encierro forzado. El mío será vivir más intensamente la ciudad.