Martes 1.12.2020 - 11:48

Corre, grita, empuja

Corre, grita, empuja
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Es domingo, el despertador suena diez minutos antes de las seis de la mañana. Sin titubear, sin ganas de acurrucarme cinco minutos más, me levanto.

Eso no me pasa nunca, bajo ninguna otra circunstancia: sufro las reuniones de trabajo matutinas y abomino de los vuelos tempraneros que me obligan a llegar al aeropuerto a infames horas de la madrugada. Pero la alarma suena a las 5:50 am y yo estoy arriba con una lucidez extraordinaria. Es que hoy voy a correr 21 kilómetros, medio maratón.

La primera vez que lo hice fue hace seis años, ya antes corría pero nunca tales distancias. Luego vino un maratón, esos legendarios primeros 42 kilómetros, y luego otro y otro... y es que sí, correr es adictivo.

Me pongo mi traje de luces como yo le llamo o quizá sea lo más cercano que tendré a un ajuar de novia: el top con tecnología ultrasoporte en la zona lumbar, los leggings con tres bolsillos secretos que utilizo para guardar las llaves, gomitas de electrolitos y un billete de cien pesos milimétricamente doblado; calcetines sin costuras para evitar ampollas, los tenis con sus cápsulas de aire bendecidas por la diosa Niké, la gorra, las gafas, el chip con mi número de corredora y salgo.

Disfruto la oscuridad y el clima perfecto, la sensación de que mi individualidad es más individualidad por la mañana.

Paladeo el goce de estar sola. No corro en grupo, lo intenté pero aunque es entrañable ir junto a tus amigos, lo cierto es que no soy de las personas que van en grupo a practicar deporte alguno; tiene razón Murakami el Sin-Nobel en De qué hablo cuando hablo de correr pues la carrera y el oficio de escribir son parecidos: actividades solitarias, de resistencia, de terquedad sin par, de placeres que se sufren.

El caso es que para correr yo no necesito que alguien me motive, me anime o me entrene. Y no es porque esté particularmente dotada para hacerlo, ni porque tenga vocación de atleta (imposible cuando un día sí y otro también me bebo dos mezcales), ni mucho menos porque haya hecho juramentos a la Virgen de Guadalupe a cambio de un suculento milagro. No.

Yo corro porque soy ansiosa; corro desde hace años porque soy adicta a las sustancias que correr libera en mi cerebro y que, hasta ahora, han resultado el mejor ansiolítico de cuantos he probado.

Hacerlo me da tregua de mis demonios de ansiedad, es decir que corro por motivaciones más bien oscuras. Y también para mantener mi peso y para que no se me caigan las nalgas porque esto de llegar a los cuarenta supone todo un reto metabólico y anatómico, que nadie les cuente lo contrario.

Me hace gracia ese discurso buenaonda y marquetero que asegura que los corredores somos mejores personas, más sanas y disciplinadas, una especie de seres elevados a un estado superior de conciencia. Mentiras y más mentiras.

Pienso en ello cuando llego al punto de partida y me veo hundida en un mar de personas—veinticinco mil, según las cifras oficiales; me doy cuenta de que ahí, entre tantas piernas y corazones ansiosos late lo mejor y lo peor de la humanidad. Como en cada evento que reúna dos o más ejemplares de nuestra especie. Sí, señor.

Un grupo a mi izquierda critica a una pareja a mi derecha porque está haciendo ejercicios de estiramiento y eso no se debe hacer antes de empezar. Los de mi derecha critican a un trío que avanza con disfraces de luchadores porque esas capas quitan visibilidad a los que correremos detrás.

Cuando vamos por el kilómetro nueve y la inclinación de la subida se pone pesada, un servicial corredor asume la tarea de empujar a otro que va en silla de ruedas; los de alrededor aplauden hasta que llega otro y lo cuestiona.

"Me veo hundida en un mar de personas. Me doy cuenta de que ahí, entre tantos corazones ansiosos late lo mejor y lo peor de la humanidad”.

—¿Por qué lo empujas?

—Porque ir empujando la silla con los brazos es encabronadamente difícil.

—Por eso mismo, a la mejor este güey quiere ser seleccionado paralímpico y tú lo estás ayudando.

—Ayúdalo tú entonces.

—Ese no es el punto, cabrón, sino que este güey tiene que hacerlo solo...

Y ese güey los escucha en silencio hasta que, con cara de alivio, ve cómo servicial 1 y servicial 2 se quedan enfrascados en su discusión sobre la bondad con el prójimo en silla de ruedas y lo dejan avanzar en paz.

Un par de kilómetros adelante se acerca un grupo en bloque que sigue a su entrenador y al grito de “pista, pista” piden que nos hagamos a un lado. Algunos lo hacemos sin chistar pero una pareja se ofende, “cálmense, ni que fueran corredores elite, aprendan a rebasar” y entre rechiflas, mentadas de madre, coloridos escupitajos de bebidas isotónicas se arma el conato de pleito.

Yo corro, qué más; por suerte la curva que me permite dar la vuelta y alejarme de los peleoneros aparece muy pronto y me olvido de ellos entre carcajadas imaginarias porque si las suelto de verdad me quedo sin aire, o tal vez sin dientes; se veían bravos.

Escucho las porras de la gente que acude para vernos y que yo aborrezco. Siempre lo he dicho. Es que invaden el carril de la carrera mientras les dicen a sus niños “saluda al corredor” como si fuéramos changuitos de zoológico; por no hablar del contenido de los hurras: “ya sólo faltan ocho kilómetros”, “¿ya se cansaron?”.

Sí, amigos, soy una amargada de cepa, pero no ayuda escuchar ese griterío en voces de desconocidos cuando te está matando una rodilla o el dolor muscular o las ganas de mear.

Rebaso incontables cuerpos con playera azul: bajos, altos, serios; me pregunto qué pensarán. Me hipnotiza uno que corre contrahecho, a lo Emil Zátopek (en el libro Correr de Jean Echenoz pueden leer la historia de Zátopek).

Escucho a una corredora que regaña a otro porque se hace acompañar de su hijo adolescente pero el muchacho no lleva los tenis adecuados. Kilómetros y kilómetros de corregíos los unos a los otros. Suspiro.

Hasta que por fin lo logro, entro a ese lugar, ese Nirvana en el que sólo suena el sístole y el diástole de mi corazón.

Y vuelvo a Murakami:

Mientras corro tal vez piense en los ríos, tal vez piense en las nubes. Pero en sustancia, no pienso en nada. Simplemente sigo corriendo en medio del silencio que añoraba, en medio de ese coqueto y artesanal vacío. Es realmente estupendo, digan lo que digan.