Cuando la noche deviene amenaza

Cuando la noche deviene amenaza
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Podemos empezar con una verdad trillada: en la literatura no hay temas correctos ni incorrectos. Aunque hay varios críticos que quieren imponer su moralina, sus intereses y sus miedos a la literatura, y se amedrentan cuando se toca el tema del narco, hay que recordar que “el señalamiento del vicio no es el vicio en sí mismo”, como dijo Gautier de Las flores del mal. En la escritura existen tratamientos acertados y facilísimos inadvertidos, por lo cual desde un a priori la literatura del narco también es una posibilidad, un tema que no se debe rehuir. Soslayarlo sería como si le hubieran dicho a Joseph Conrad que no escribiera del colonialismo ni del esclavismo, esos temas violentos para la sociedad victoriana. Así de absurdo sería cerrar la puerta a la literatura del narco y sus repercusiones, pues no se puede dar la espalda al flagelo de cada tiempo.

Si bien es verdad que en algunas obras existe un elogio involuntario y un regodeo en la violencia que empobrecen la perspectiva, y que, en algunas otras, se aprecia el intento de interpretar el narco como un fenómeno feudal, con lo cual se suaviza y hasta se infantiliza la existencia de esos malnacidos —porque hay novelas que ofrecen su versión playmobil del narco—, también podemos decir que hay maneras acertadas de tocar el tema. Es muy probable que Laberinto (Random House, 2019), de Eduardo Antonio Parra, sea una de ellas.

Tras un silencio de más de seis años desde su último libro de relatos, Desterrados (Era, 2013) —del que señalé1  que en algunos cuentos la búsqueda de provocación y violencia hacían el tratamiento tedioso—, Parra ha entregado una novela cuya escritura por momentos es hipnótica. Con una técnica extraña e interesante, una mirada retrospectiva, cuenta las circunstancias en que un poblado fue arrasado por la violencia bestial. Esta vez el afán por una estética tremendista de obras anteriores ha sido intercambiado por una visión más humana, que narra a la vez que se solidariza con las víctimas.

A partir de un encuentro fortuito, un maestro de literatura se pone al día con su antiguo alumno, Darío. Mediante la charla son evocados —sin idealización— los tiempos previos a la intromisión de los cárteles: las rencillas estudiantiles, las reuniones familiares y el despertar sexual del adolescente. A la manera de Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa, Parra urde una red de escenas, voces narrativas y episodios que relatan en qué momento se jodió El Edén, un poblado del que sólo queda un mal recuerdo.

En el inicio, los personajes aparecen malogrados, dipsómanos, fregados... y el lector puede pensar que la historia nos dirá cómo llegaron a ese momento. A manera de relato bíblico, la gente fue desterrada de aquel sitio, sólo que no fue expulsada por pecar, sino por tener la mala suerte de radicar en las inmediaciones de dos poblados en disputa por  agrupaciones delincuenciales enemigas. El Edén funciona en la novela como una suma de muchos lugares asolados por los pagos de derecho de piso, las balaceras y los enfrentamientos donde desfilan cortejos de vehículos pertrechados con todo tipo de armamento.

La cantinucha donde se lleva a cabo el encuentro se vuelve una suerte de Babel en que un joven maestro oye al anciano prematuro, Darío, así como el adolescente de antaño le narra cómo trataba de encontrar a su hermano Santiago la noche del conflicto. Lejos del elogio al narco, Parra se centra en las víctimas, en la forma en que la violencia cancela toda posibilidad de futuro. Las explosiones, las venganzas sanguinarias por no cumplir con los pagos de extorsiones, como sucedió en el Casino Royale de Monterrey en 2011, son puestas en su dimensión precisa, la del sobreviviente:

Los hombres que bajaron de las trocas a contemplar el incendio del carro me habían parecido una multitud, un ejército, y sin embargo tripulaban dos o tres vehículos nomás. ¿Cómo se verían entonces en tierra los integrantes de un convoy, o de varios? ¿Cómo iba a quedar El Edén después de esa noche? ¿Destruido? ¿Lleno de cadáveres? (p. 81).

Creo que Eduardo Antonio acierta en difundir la voz del sobreviviente, aquel que recibe la visita de los ensombrerados que quieren cuota; la del que se salva por un ápice y confirma que casualmente los últimos en llegar a la zona de combate siempre son los policías y los militares.

Por lo demás, vuelvo al tratamiento técnico; lo que se impone con mayor fuerza en Laberinto es su construcción. Es una novela que intercala con maestría a los personajes que relatan, lamentan o balbucean su versión. Los episodios, el pasado, el presente y

los hechos referidos por interpósita persona forman parte de un arquitectura puntual.

En gran parte, el mérito del ritmo hipnótico radica en el andamiaje milimétrico con que está escrita la historia, con la forma en que se suceden los narradores. Su prosa nos hace estar presentes en el lugar de la reunión y, en ocasiones, de los hechos. Tiene una precisión ambiciosa y acertada para lo que quiere contar.

A pesar de lo vigente de la violencia en México —pienso en el año 2019, con su cifra récord de muertes violentas y la respuesta omisa del gobierno a combatir los cárteles—, la historia narrada en Laberinto abre la posibilidad de hallar un desenlace menos amargo para esta descomposición social, aunque sea por una noche en brazos de una antigua amante.

 

Notas

1 Héctor Iván González, "Sobre Desterrados",

en el blog “Hombres de agua (Máquina

de escribir)”, 28 de mayo, 2014, https://bit.ly/37Izx0T

jmg