Cuestionamientos sobre López Velarde

Cuestionamientos sobre López Velarde
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Desde fines del año pasado anda rondando las librerías la extraordinaria edición de Un acueducto infinitesimal. Ramón López Velarde en la Ciudad de México 1912-1921, de Ernesto Lumbreras, a cargo de la queretana editorial Calygramma. En estos días, el jurado de periodistas y críticos culturales del —varias veces polémico— Premio Mazatlán de Literatura 2020 puso en órbita ese cuidado título, acaso inconseguible a estas alturas. En ese marco conversé con el autor de uno de los libros de ensayo más bellos sobre el poeta jerezano de principios del siglo XX.

Estamos, ante todo, frente a un libro de extraordinario contenido y  cuidado editorial. ¿Cómo llegaste a Calygramma?

En 2017 publiqué el libro de poemas Tablas de restar en la editorial de la Universidad Autónoma de Querétaro; me condujo el editor, Federico de la Vega, quien es también el de Calygramma. Además, De la Vega es el guardián de una biblioteca privada llena tesoros de la literatura mexicana cuyo dueño, un abogado exitoso de Guanajuato, Bernardino Aguilar, se dedicó a coleccionar. Ese personaje fue tertuliano de sábados por muchos años del hermano de Ramón López Velarde, el doctor Jesús, y también del estridentista Manuel Maples Arce.

Cuando me enteré de esa biblioteca, que apenas se estaba ordenando por entonces —después de mucho tiempo guardada en un sótano inmundo—, llevaba yo cuatro o cinco años recopilando casi la mitad de la iconografía que se muestra en el libro. Yo pensaba que estaba listo para hacer una edición iconográfica de López Velarde, pero frente a ese acervo decidí hacer el libro en conjunto con la colección. Como además a ellos les gustó mi ensayo, nos dimos a la tarea de concluir esta edición.

Con todo lo que fuimos hallando en esa biblioteca y lo que yo tenía pudimos haber publicado dos o tres libros de iconografía. Luego de largas pláticas y por lo menos tres semanas de trabajo exhaustivo de sol a sol, nos fuimos decantando por esas imágenes, las portadas de libros, las firmas y los dibujos, de entre todo el paisaje de una época que tenían a la mano tanto el editor, De la Vega, como el heredero de esa biblioteca, el poeta Miguel Aguilar Carrillo.

Yo le planteé a Federico de la Vega que me interesaba —como López Velarde decía sentirse—, ser un poco pez espada y San Isidro Labrador, sentirme un poco como él llegando a la capital con un título de abogado bajo un brazo y una carpeta de poemas, como un escritor al que le asusta la Ciudad de México pero también le fascina. Sabe que hay que estar en la urbe para presentar las armas y letras como escritor.

Desde el primer capítulo, en los pies de página hablas de una trama soterrada, pero también hay otra trama en la iconografía…

Éste es un libro de ensayo en la mejor acepción de la palabra, es decir, una mixtura, un híbrido genérico donde conviven el ensayo histórico, el ensayo crítico, la crítica literaria pero también la crónica y la ficción, un ensayo libérrimo y libertino. Otro río narrativo, sí, es la iconografía, y uno más, el de las notas. Todos pueden prescindir uno del otro y a la vez son sólidos entre ellos. En ese sentido me asumo, no sé qué tan meritorio sea, como discípulo de las notas de José Emilio Pacheco, pequeños ensayos que pueden aportar o que el lector puede pasar por alto.

"En 1919, el poeta se permite comprarse trajes, ir a la ópera, darse a la bohemia y a los prostíbulos. Esto es tabú, pero hay que reafirmarlo: gustó del amor cortés".

¿Por qué abordar a López Velarde desde que ingresaste al Sistema Nacional de Creadores?

El germen del libro es un ensayo, un artículo que publiqué en el centenario de La sangre devota, en 2016, sobre la portada que dibuja Saturnino Herrán en la primera edición del libro. A partir de entonces empiezo a hacer mis indagaciones, a derivar en mis preguntas, mis asedios. Eso me lleva a otros ensayos, por fin me doy cuenta de que aquello podía crecer. Entonces, ¿por qué no me fijo en los últimos nueve años de Ramón López Velarde en la ciudad? Incluso en ese paréntesis del que no sabemos, es decir, ¿qué hizo después de la Decena Trágica?

Ésa fue la meta definida, es decir, la muerte del poeta, la entrada a la inmortalidad con una bandera equivocada, porque la de López Velarde es la visión de los vencidos, él no es el poeta triunfante de la Revolución. Álvaro Obregón lo pone en esa categoría, aunque no pertenece a la facción que ganó. Insistí en leer su obra sin esos rótulos equívocos, pues es algo más que el poeta de la patria, que el poeta de la Revolución. Me interesó insistir en que el mundo que sepulta la Revolución es, precisamente, el de López Velarde.

Qué intenso es el capítulo de la portada de La sangre devota, donde vas hasta el grado extremo del ensayo que es develar tus propios hilos, fuentes, preocupaciones.

Eso fue lo que originó todo. Luego está el hecho de que López Velarde, con Sor Juana Inés de la Cruz y Juan Rulfo, son los autores que más han despertado otras lecturas. Tienen un bosque de bibliografía. Por otro lado, en este libro quise hacer un tributo a aquellos que nos han ayudado a vivir a nuestro poeta desde un horizonte más vasto, más complejo, menos cómodo.

Pienso en el descubridor de López Velarde —en la acepción de Américo Vespucci, no de Cristóbal Colón—: me refiero a Tablada, primero entre sus contemporáneos que se da cuenta de cuál es la importancia específica, el calado de lo que está haciendo el jovencito de Jerez. Y Villaurrutia, y el trabajo de toda una vida que dedicó José Luis Martínez a ordenar su obra completa; también Paz, Zaid, Emmanuel Carballo y un largo etcétera. Mi libro es un agradecimiento a todos esos lectores que sumaron luces y claroscuros para leer en un campo menos estigmatizado, para tratar de entenderlo.

¿Cuál fue el año más grato de concebir en tus ensayos?

Creo que 1919, el de la aparición de Zozobra, el gran libro de López Velarde. Se trata del momento de plenitud tanto en el ejercicio público en el que creía —sirvió a las instituciones públicas y salió humillado y empobrecido—, que también es una faceta por explorar. Como otros investigadores, traté de hallar en qué trabajaba en la Secretaría de Gobernación; no se ha encontrado el nombramiento que tuvo.

Creo que era una especie de asesor pero, en fin, es el año en que el escritor se permite cierta bonanza económica, cuando se muda con la familia a un departamento más amplio que el de su llegada a México, se permite comprarse dos, tres trajes, ir a la ópera, darse a la bohemia y a los prostíbulos. Esto último es un tabú, pero hay que reafirmarlo: fue un poeta que gustó del amor cortés y Zozobra va en ese sentido. Si hablamos del poeta católico, del paisaje de la provincia, este libro es sima y cima de la poesía erótica, especialmente el poema “Hormigas”.

[caption id="attachment_1108276" align="alignnone" width="688"] Retrato de López Velarde por Saturnino Herrán, 1916. Fuente: Portada del libro Un acueducto infinitesimal.[/caption]

¿Cuál fue el año que más se te complicó investigar?

1913. ¿Qué hizo Ramón López Velarde entonces? Deja de colaborar en El Nacional; Guillermo Sheridan cree que va a rescatar a su familia a Jerez, que era un polvorín de batallas previas a la toma de Zacatecas.

Yo me acabo de enterar de que el padre Placencia y López Velarde no se conocieron pero se leyeron a través de El Regional de Guadalajara. El hermano del padre Placencia —que era soldado federal— muere en Jerez, en abril de 1913, cuando posiblemente López Velarde andaba malbaratando todas las posesiones de la familia allá para zafarse de la guerra. Esa es otra posibilidad de lo que pudo haber pasado.

¿Por qué consideras tan importante hablar de la edición que no fue de La sangre devota, en 1910? Le dedicas un capítulo entero.

Si hubiera publicado ese libro en 1910 en Guadalajara, habría sido un poeta muy decoroso, habría llamado la atención de los círculos del Bajío, particularmente, pero sin alcanzar a sus contemporáneos, al Ateneo de la Juventud. Sin embargo, estoy convencido de que el libro asustó porque iba a aparecer en la editorial de un periódico católico y Eduardo J. Correa quiso cortar por lo sano. Entonces le contó al autor aquello de que la imprenta no tenía la capacidad y todo se complicó, pues a López Velarde se le acababa de morir su padre; no tenía cómo pagar una edición de su bolsillo, ni estaba en condiciones de pensar en ello.

También está el hecho de que López Velarde no conoció Guadalajara; quise reconstruir esa posibilidad, dar luces sobre el contexto cultural de esa ciudad de provincia que resultó

indispensable en la educación sentimental del poeta.

Todos tus ensayos están llenos de preguntas, ¿cuál es la pretensión detrás de tus cuestionamientos?

Ir a tono con el sentido de la poesía, que no otorga respuestas. Incluso cuando sus afirmaciones son categóricas, formulan una interrogación más íntima, de mayor desasosiego, mayor intensidad. Y luego está el hecho de que la poesía mexicana no ha enterrado a López Velarde. Él, como muchos poetas, no ha tenido purgatorio, entonces fui dejando esas preguntas para multiplicarlas, ofreciendo afirmaciones provisionales, porque me atrae mucho la pregunta.

En temas iconográficos, tu libro a ratos se parece a y se desencuentra del Álbum editado en 1988, y luego en el 2000, por Elisa García Barragán y Luis Mario Schneider…

Son antecedentes, por supuesto hay coincidencias pero también hay nuevos descubrimientos, aportaciones. La más espectacular, quizás, es el retrato de Saturnino Herrán de la portada, que fue el hallazgo lopezvelardeano de 2018. Yo me entrevisté con el propietario, José Castillo, de Galerías Castillo, al lado del Museo Nacional de Arte. Le hablé de la investigación y le dije que me gustaría llevar de portada ese dibujo a carboncillo. Me contó que lo compraron a un pariente de López Velarde; luego lo presentaron al nieto de Herrán y lo certificó.

Y sí, a todos nos parecía inverosímil que Saturnino Herrán, que prácticamente hizo retratos de todos los intelectuales que le rodearon —Artemio del Valle Arizpe, González Martínez, Luis G. Urbina— no hubiera hecho el retrato de su hermano del alma. Fue un hermoso hallazgo y una buena coincidencia habernos encontrado con él en medio de la investigación.

¿Cómo crees que se va a leer tu libro después del Premio Mazatlán?

Queríamos que se difundiera bien, buscamos un apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes para que se pudiera vender a costo de producción. Es un libro que, en otro contexto, tendría que venderse en 750 pesos, y se está distribuyendo a 300.

Además hemos regalado muchos a  quienes sabemos que andan tras asuntos de López Velarde: los miembros del Colegio Nacional, la Academia Mexicana de la Lengua, por decir algo; Gabriel Zaid nos hizo un acuse muy generoso. De algún modo sabemos que los lectores del poeta zacatecano son una pequeña o mediana cofradía, una especie de hermandad que no se pierde nada. También queremos repartir libros haciendo el periplo lopezvelardeano. En poco tiempo estaré presentándolo en Venado, la tierra de una de sus amadas. Somos fetichistas, el libro también peca de eso, pero hay un orgullo. Ésas son las satisfacciones que devendrán.

Una pregunta fetichista, ¿cuál sería la pregunta que te gustaría que te respondiera López Velarde?

¿Qué hubiera escrito después de sus poemas? Si se hubiera seguido como dramaturgo o como novelista... Los cuentos que publicó son de regulares a malos, pero su prosa nos hubiera deparado algo más ambicioso. Quizá eso le preguntaría: “Don Ramón López Velarde, ¿está en sus planes escribir una novela?”. Era gran lector de novelas.

¿Y cómo te cae, a propósito, la novela El testigo, de Juan Villoro?

Abona por la parte del mito del personaje. Seguramente, si  el poeta la leyera, la concluiría con una sonrisa ante el proceso de beatificación. Creo que le hubiera gustado. Tenía sentido del humor, los testimonios de sus contemporáneos nos lo muestran así, y ese retrato de Saturnino Herrán de la portada nos lo pone así, guasón, irreverente. Decía las cosas como le nacían, no se cuidaba, no era políticamente correcto.

¿Y el libro de Fernando Fernández, Ni sombra de disturbio, el más reciente estudio antes del tuyo?

Es un volumen que corrige, enmienda impresiones de autoridades como Paz o Martínez. Se adentra también en el fetichismo, como lo que hace con la investigación sobre a quién dedica el poema “El candil”, de Zozobra, una suerte de poética de su propia obra. Da luces de por qué Alejandro Quijano figura en ese antecedente de “La suave Patria”.

Sé que Fernando está sobre el tema y que pronto aparecerá otro ensayo con su rigor y buena pluma. Sé que también el poeta Marco Antonio Campos está preparando algo, y que saldrá por estos días. Además, el próximo año es tanto el centenario de la muerte del poeta como de “La suave Patria”. Todo esto es para calentar motores.