La depresión y la noche

Esta reseña invita a leer un libro “que no tiene desperdicio”, cuyo autor es Jesús Ramírez-Bermúdez,
neuropsiquiatra, escritor y ensayista que mantiene en las páginas de El Cultural su leída columna,
“Redes neurales”. Depresión. La noche más oscura. Una mirada científica ha comenzado
a circular —y concentrar el interés de los lectores— mientras el espacio privado y colectivo afrontan
la epidemia; justo cuando el conocimiento, entre la confusión y el barullo, refrenda su valor irremplazable.

Depresión
Depresión y la noche más oscuraFoto: Especial
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El espacio público está plagado de supercherías. Consejas tradicionales jamás probadas, conjuros mágicos frutos de la imaginación, sentencias alimentadas por la ignorancia. No son fórmulas inanes. Todo lo contrario. Son diques contra el pensamiento racional, saboteadoras de los avances científicos y, cuando hablamos de enfermedades, pueden llegar a ser criminales.

Existe un notorio déficit de conocimientos científicos en la conversación pública. Por ello los intentos de inyectar ciencia a la alharaca desinformada tiene mucho sentido. Estamos lejos de los ensueños optimistas de la Ilustración que veían un proceso en que el conocimiento, la razón y el humanismo irían, conforme avanzara la educación, derrotando a la ignorancia y la sinrazón. Pero por lo menos un poco de información dura, difusión de los conocimientos comprobados y los avances de la ciencia sirven para que nuestros intercambios no sean sólo fruto del capricho y la desinformación.

Por ello un libro como el de Jesús Ramírez-Bermúdez debe celebrarse. Depresión. La noche más oscura. Una mirada científica (Debate, México, 2020) se introduce en el universo complejo de una dolencia que ha sido mal tratada y maltratada, sobre todo por los cuentos inerciales que crecen y se reproducen de boca en boca.

Con muy buena pluma, sintetizando un vasto conocimiento, de forma lógica y entendible para (nosotros) los legos, Ramírez-Bermúdez construye un libro que arroja luz sobre una “condición de salud” que hiere y atrofia la vida de millones. Un mal que inunda el ánimo y lo tiñe de tristeza, sentimientos de culpa, desgana, miedo, falta de motivación y que en el extremo puede llevar al suicidio.

Por fortuna, el autor no es un fundamentalista de las escuelas que atienden esa dolencia. Y por ello es capaz de ofrecer un fresco que intenta rescatar lo válido de las muy distintas corrientes que arrojan algún grado de comprensión del padecimiento y de su atención. Sabe que hay factores sociales y culturales que influyen en la depresión, pero también que no se le puede dar la espalda a los procesos bioquímicos, neurofisiológicos y hormonales que actúan en los individuos. “Para atender la génesis de la depresión mayor resulta útil estudiar con el mismo interés los factores biológicos y sociales”. Y lo hace. De tal suerte que al final ofrece un recorrido de lo que hoy se sabe sobre “la depresión mayor”.

Hace un breve recorrido histórico de la forma en que se entendió y atendió la “bilis negra” o la “melancolía”, hasta que en el siglo XIX se acuñó el concepto depresión. Rescata a los principales autores, sus aportes y las formas en que codificaron ese “profundo sufrimiento”, hasta explicar la manera en que hoy se le entiende.

Las amenazas, el abuso físico o sexual,  la violencia doméstica o en la comunidad, agravados por la pobreza, gravitan activamente en la depresión 

La depresión no tiene una “alta heredabilidad”. Otros trastornos mentales como la esquizofrenia o el autismo tienen un coeficiente cercano al 80 por ciento, y enfermedades físicas como la diabetes o el cáncer de mama de alrededor del 60, pero la depresión, igual que el alcoholismo, ronda el 40.

Factores sociales que modelan las biografías influyen. “Privación y amenazas” multiplican las posibilidades de ser afectados. Quienes viven en “orfanatorios, albergues, prisiones, asilos, hospitales psiquiátricos”, el abandono o descuido de los niños por parte de sus padres, son situaciones que influyen en la posibilidad de procesos depresivos.

Las amenazas, el abuso físico o sexual, la violencia doméstica o en la comunidad, agravados por la pobreza (que “afecta de forma directa la estructura y función del cerebro”), también gravitan activamente en la depresión. Por supuesto, no son excluyentes unos de los otros, y si las amenazas (maltrato infantil) o privaciones tiñen la vida durante la niñez (pérdida de la madre o el padre, las separaciones), el impacto puede manifestarse en el mediano o largo plazo.

Somos seres sociales y nuestro hábitat nos impacta. No nos determina, pero sí nos condiciona. Dice Ramírez-Bermúdez: “Los verdaderos depredadores del ser humano son otros seres humanos”. El contexto familiar y social deja su huella en nuestra salud mental. Sin embargo, alerta el autor, hay personas capaces de sobreponerse a las adversidades y existen “factores protectores” que van desde la nutrición o la actividad física hasta “los ambientes culturales enriquecidos”. Se trata de un apunte pertinente —creo— por la facilidad con la que se ha instalado entre nosotros, sin mediaciones, la conseja de que infancia es destino. Por supuesto que la infancia marca, pero no determina. Existen márgenes que pueden ser explotados para trascender el pantano que construyen las infancias desdichadas.

El libro expone los factores fisiológicos que influyen sobre el ánimo, el funcionamiento de los neurotransmisores, los medicamentos que se han utilizado para atender la depresión, la forma en que genética y ambiente se anudan y buen número de preguntas que siguen abiertas. Y señala que tanto la psicoterapia como los medicamentos pueden ser útiles, dependiendo de la profundidad de la depresión y de que en muchos casos ambos tratamientos son complementarios.

Es una obra rica y sugerente de la que apenas hemos presentado aquí un pálido esbozo. Una nota que desea invitar a asomarse a un texto que no tiene desperdicio.1

Nota

1 Errorcillos que se pueden corregir en la segunda edición: 1) En la p. 76 se repite un párrafo; 2) En pp. 84-85, el texto dice que Filipinas tiene las cifras más bajas, pero en el cuadro es Indonesia; 3) En p. 93, los porcentajes de hombres y mujeres no suman 100, sino 90; 4) En pp. 162-163 se repiten párrafos.