Desconcierto viral

Desconcierto viral
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Hace muchos años, cuando comencé la residencia médica en el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía de México, uno de los problemas más desconcertantes en las guardias de urgencias eran los cuadros de infección cerebral provocados por virus. Las dos veces que atendimos pacientes con el virus de la rabia fueron devastadoras. Según la Organización Mundial de la Salud, esta enfermedad mata a 59 mil personas al año y tiene una letalidad cercana al 100 %. Casi siempre sucede tras una mordedura de perro. El 95 % de los casos ocurren en Asia y África. Hace algunos meses, un alegre perro me mordió sin provocación alguna durante un paseo en bicicleta. La herida no era profunda. Me causó un sangrado de fácil resolución, pero el animal desapareció y nadie conocía al dueño. Esa mañana había mordido a siete ciclistas. Muchos médicos somos maestros en el arte de la hipocondriasis, de manera que la agresividad del perro y su desaparición me llevaron a la consulta del infectólogo, quien me indicó vacunarme, de inmediato. Tras una búsqueda exhaustiva no encontramos la vacuna. Debí consolarme mediante el pensamiento estadístico: la probabilidad de morir de rabia era mínima porque en teoría la rabia canina está erradicada en México. Pero el razonamiento probabilístico es un consuelo torpe frente al torrente emocional. Al final, una alumna mía consiguió la vacuna y el infectólogo me empujó al interior de su laboratorio para que la mano experta de una enfermera me aplicara la primera inyección.

Durante la residencia médica atendíamos infecciones cerebrales causadas por el virus Herpes simple de tipo 1. A veces provocaban crisis epilépticas y un deterioro rápido del estado de alerta, que forzaba la intubación y la ventilación mecánica para salvar la vida, mientras los medicamentos antivirales y antiepilépticos hacían su trabajo. Con frecuencia las manifestaciones clínicas eran desconcertantes, porque alteraban el estado mental. La conducta alucinatoria y la agresividad nos tomaban desprevenidos. A un amigo neurólogo lo mordió un paciente con encefalitis viral; a mí me persiguió otro por el servicio de urgencias, con un vidrio en la mano. Un paciente encefalítico me levantó por el cuello y me zarandeó como a un pescado. Son historias que se pierden en la bruma hospitalaria del siglo XX tardío y son parte de la memoria colectiva de quienes habitamos la ciudad amurallada conocida como Instituto de Neurología.

Este año, los médicos mexicanos contemplamos la epidemia por Covid-19 con curiosidad y un fondo de respeto, cuando sólo era posible verla mediante el telescopio digital. Las emociones han crecido desde entonces, a medida que el oleaje pandémico deja de ser un asunto informativo. Hoy, cuando los primeros médicos de nuestro hospital han empezado a contagiarse tras el contacto con personas infectadas, tratamos de ajustar nuestro juicio clínico mediante la deliberación prudente. Eso significa afinar los instrumentos de nuestro trabajo para preparar la toma de decisiones frente a los dilemas clínicos y éticos que se avecinan. Y la deliberación prudente nos da también la oportunidad de buscar un punto de equilibrio entre el pánico y la irresponsabilidad. Junto a la pandemia viral hay una corriente informativa contagiosa, un caudal de actitudes sociales que oscilan entre el miedo irreflexivo y el negacionismo irresponsable. Estos movimientos en la esfera social, que suceden en redes digitales, comunicaciones políticas, mensajes de los medios y conducta de masas, son como un experimento mal controlado en el terreno de la psicología colectiva.

"Todos tenemos seres queridos dentro del grupo de riesgo y por ellos debemos redoblar el esfuerzo colectivo de la cuarentena".

Si miramos con la mayor claridad posible, la conmoción social nos revela actitudes sociales dignas de estudio. Por una parte observamos a las víctimas del miedo irreflexivo aislarse en conductas egoístas, xenofóbicas, territoriales, que incluyen agresiones abiertas contra personal médico y de enfermería. Frente al pánico contagioso debemos enunciar los motivos para un optimismo razonado. La infección por Covid-19 es un problema de proporciones descomunales, pero 80 % de los casos son leves y no requieren atención hospitalaria. Los niños y jóvenes suelen tener infecciones benignas. La tasa de letalidad es mucho más baja que la observada frente a enfermedades como la rabia o la encefalitis herpética. El 26 de marzo de este año, el célebre doctor Fauci, de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos, publicó en la revista New England Journal of Medicine un editorial en donde aclara que la tasa de letalidad se encuentra alrededor del 1 %. Es decir, de cien personas que contraen la enfermedad, una morirá, probablemente. Para tener un punto de comparación, la influenza estacional tiene una letalidad del 0.1 %, mucho más baja, pero otras infecciones por coronavirus, como el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS), tienen tasas de letalidad tan altas como el 36 %. Si analizamos los casos confirmados  de Covid-19, parece que la letalidad es mayor. Por ejemplo, hoy se reportan en México 5,847 casos confirmados y 449 muertes, lo cual indica una letalidad del 7.6 %. Pero debemos recordar que el modelo centinela implementado en México implica que por cada caso confirmado hay alrededor de diez casos no diagnosticados, asintomáticos o leves, ya que no cursan con dificultad para respirar, por lo cual no llegan al ambiente hospitalario y no se confirman. Como ya nadie ignora, el problema de este nuevo coronavirus es su altísima contagiosidad: en sólo unos meses ha alcanzado una frecuencia mayor a dos millones de casos confirmados en el mundo y más de 140 mil muertes. Son cifras espeluznantes, pero están lejos del escenario apocalíptico planteado por las víctimas de eso que podemos llamar cultura del miedo.

En el espectro de las mentalidades tenemos el caso del pánico, pero en el extremo opuesto hay otra actitud funesta: se trata del negacionismo irresponsable de quienes incurren en teorías de conspiración para explicar la pandemia, capaces de afirmar que se trata de una ficción destinada al control social mundial, y aun que los hospitales, en realidad, se encuentran vacíos. Es común encontrar en este lado del espectro a quienes no respetan las normas elementales y razonables de higiene, distanciamiento físico, confinamiento en casa, lavado de manos y uso de cubrebocas en espacios públicos. La nocividad de estas conductas radica en que rompen el gran esfuerzo colectivo para reducir la velocidad de propagación del virus, indispensable para dar un trato digno al grupo creciente de personas que desarrollan formas graves de la enfermedad.

En el grupo de mayor riesgo están las personas de la tercera edad y quienes padecen condiciones como hipertensión, diabetes, obesidad, cáncer, enfermedades cardiacas y respiratorias. Si quizá no estamos adentro, todos tenemos seres queridos dentro del grupo de riesgo y por ellos debemos redoblar el esfuerzo colectivo de la cuarentena. Los profesionales de la salud, por nuestra parte, estamos en el grupo de máximo riesgo para contraer la infección. Sabemos que no todos vamos a terminar con vida el recorrido a través de la pandemia, y que otros deberán relatar nuestra historia. Suplicamos que sea una historia de responsabilidad social y solidaridad.