Diez años de la UANLeer

Diez años de la UANLeer
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La Feria Universitaria del Libro cumple una década. Tiempo en que se ha consolidado como una de las mejores en el norte del país. El pasado fin de semana se llevó a cabo su edición número diez. Platiqué con el escritor Antonio Ramos Revillas, director de la Casa Universitaria del Libro, sobre este estupendo proyecto.

Cómo nació la iniciativa.

La UANLeer nació por la vocación de librero de Celso Garza Acuña, quien fue el director de Publicaciones de la UANL y deseaba dotar de vida al recién inaugurado espacio de la Casa Universitaria del Libro. Fue un evento significativo, pero corto, apenas treinta actividades, apenas veinte editoriales durante siete días, en el estacionamiento de casa. Al año se mudó a la explanada de rectoría, al cuarto año llegó al Colegio Civil Centro Cultural Universitario y de ahí no se ha movido hasta llegar a los números actuales: un evento con más de 300 actividades, cerca de 140 escritores invitados, un reconocimiento unánime por nuestros contenidos, diseño de la feria y formas de hacer la UANLeer.

Cuál es su principal objetivo.

Parece curioso, porque el motivo de todas las ferias es, de entrada, vender libros, pero en UANLeer el principal motivo es formar lectores, servir de puente entre nuestra comunidad universitaria y los escritores que nos visitan. En UANLeer he visto a jóvenes que nunca habían leído un libro, conocer al autor del primer libro de cuentos o novela que leyeron para asistir a la feria, tomarse fotos después de llevarse el autógrafo o inquirir y tener un diálogo franco con escritores de cualquier geografía. En el área infantil, por ejemplo, son padres y sus hijos quienes presentan los libros; en muchos eventos son clubes de lectura quienes apadrinan los eventos, ya sean clubes universitarios o de la sociedad civil; además con una apuesta muy cuidada, donde caben todos los géneros y no domina uno en especial: periodismo, poesía, ensayo, historia, novela y, al final, los libros de corte más comercial. En la invitación a las editoriales pedimos que nos traigan sobre todo literatura y no tantos libros utilitarios o best sellers, y acogemos a pequeños distribuidores de editoriales independientes.

"He visto a jóvenes conocer al autor del primer libro de cuentos que leyeron".

Cómo se vive la edición universitaria en tiempos de Amazon.

Tenemos doce colecciones y, aunque la más nutrida es la de investigación, lo que más publicamos es literatura. Ofrecemos los libros a precios accesibles o los donamos entre los estudiantes de niveles medios o superiores. Ellos son quienes consumen nuestros libros y, luego, llevamos a los autores a esas preparatorias o facultades para que charlen con los estudiantes. Amazon es importante, pero no es relevante para nuestro funcionamiento. Los estudiantes, aunque consumen contenidos digitales —nosotros mismos tenemos la aplicación de una biblioteca digital, con cerca de cien libros en descarga gratuita—, también consumen mucho los libros impresos. Nuestro mayor éxito es cuando los alumnos van y conocen a un autor o una autora y se llevan a casa el encuentro y el diálogo, con un libro que además se le ha obsequiado por parte de la editorial universitaria o lo ha comprado a precios accesibles. Ahí se completa toda la razón de ser de nuestro trabajo. Libros bien seleccionados, bien editados, con diseños editoriales atractivos, temáticas diversas que llegan a lectores que se encuentran con los autores y ambos se van satisfechos a casa. Ésa es la meta y la conseguimos casi siempre.

¿La Casa del Libro fue concebida como un espacio para privilegiar al lector?

Fue concebida como un espacio, idealmente, para la comunidad universitaria, pero con los años su vocación se ha desbordado. Somos y hemos sido sede de clubes de lectura, grupos de Home Schooling, ferias de libros de editoriales independientes, encuentros de jóvenes escritores, puestas en escena y hasta  conciertos de música colombiana. Un domingo tuvimos una muestra de danzas prehispánicas en el estacionamiento y me pregunté si habíamos ido demasiado lejos, pero la gente se encontraba feliz, danzaron, comieron zacahuil, compartieron historias y supe que no sólo estábamos en el camino correcto, sino que aún nos falta ser más incluyentes y hacia allá iremos.