El efecto Boris Vian

El efecto Boris Vian
Por:

Pocos personajes de la cultura francesa sintetizan y reflejan de manera tan elocuente en su biografía el espíritu de la posguerra en Europa como Boris Vian. La imagen que nos hemos hecho de él, que sin lugar a dudas es su mejor creación, tiene de todo: es apuesto, gárrulo, de trato fácil, refinado, inteligente, audaz y puede ser tan carismático que produce envidia y antipatía; irreverente al grado de no ser tomado en serio y cuando es serio angustia y deprime; es cultísimo y tiene la gracia de escribir como un barbaján, capaz de crear imágenes poéticas de una belleza conmovedora, aunado a un talento natural para convertir todo lo que nombra en mierda, con una sonrisilla entre cínica e inocente.

Apasionado de la vida, intenso y a la vez desencantado, lleno de angustia, se jacta de ser snob y de pasearse por los barrios bajos; se le margina, se le reconoce, se le censura, se le desdeña, lo sitúan en el mainstream, es una contradicción andante que en su caso resulta absolutamente congruente. Eso, además de su increíble capacidad para multiplicar sus áreas de interés y de acción a lo largo de su joven existencia: fue trompetista de jazz, traductor, articulista, narrador, poeta, dramaturgo, crítico, compositor, letrista, cantante, actor, dibujante, pintor, piloto de autos de carreras, ingeniero y hasta inventor, dicen —aunque yo sólo he podido confirmar sus artefactos imaginativos, como el pianóctel de La espuma de los días, entre muchos otros dispersos aquí y allá. También fue ejecutivo disquero, y desde luego, amante, esposo, padre —trabajos nada menores—, y lo más importante: ser sí mismo para crear al personaje, cosa que consumió su tiempo social y su vida.

A todos estos calificativos inherentes a Boris habría que sumar los externos, el llamado efecto Vian, no el que tiene que ver con la imposibilidad de adaptar con cierta fidelidad sus obras al cine o al teatro, sino el que produce en sus lectores, quienes, cuando resisten el primer vianazo, suelen convertirse en fieles, adictos o fanáticos a su obra, o las tres cosas. Más aún, el espíritu autónomo y contestatario de Vian, joven por siempre, que rezuma en cuentos, novelas, poemas y canciones, inspira a la escritura como ese impulso vital que permite romper toda clase de convenciones y crearse un universo personal, donde uno sólo encaja abruptamente porque no hay espacio para poner los sueños, las frustraciones, el odio, los resentimientos, la nostalgia, los amores. Boris Vian fue un enfant terrible, y al igual que Arthur Rimbaud, el más terrible de todos los infantes, su vida se convirtió en la aspiración a una forma de ser y embolsarse al mundo. Vian no regatea nada, no se guarda nada.

Ahora, según las cuentas, se cumplen cien años de su nacimiento, pero ¿qué es un siglo cuando se ha conquistado el estatus de leyenda? (Y sí, yo también soy víctima del efecto Vian —soy, porque aún lo padezco).

"No es que fuera un chico enfermizo, sino que una condición médica le impedía llevar su vida con normalidad. Encontró en los libros una importante válvula de escape, pero a la literatura sumó el jazz".

INTUITIVO, AMANTE DEL JAZZ

No ha sido fácil para los biógrafos de Boris Vian contar su historia, ya que ofrece demasiadas aristas. Incluso la fundación que lleva su nombre, la cual preside su hijo Patrick, se limita a presentar en su página web (borisvian.org) una línea de tiempo que advierte como tentativa.

Los Vian, contra lo que suele asegurarse a partir de impresiones alegres , no son de Rusia ni de origen armenio; al contrario, la suya es una familia asentada en Francia por varias generaciones y el origen del apellido podría trazar una larga línea que parte de Italia y termina en Cataluña. Cuando nace Boris en Ville d’Avray, municipio del hoy Hautes-de-Seine, el 10 de marzo de 1920, a menos de un año y medio de haber concluido la Gran Guerra, no hay rastro de nobleza, pero sí de riqueza. Paul Vian, su padre, es el heredero de la fortuna de Henri Vian, artista de la decoración de interiores con bronce dorado; esos magníficos candelabros colgantes y las lámparas de querubines broncíneos de estilo neoclásico son el sello de la Casa Vian, ubicada donde actualmente se encuentra el Museo Picasso de París. Además de la prestigiada firma, la familia poseía diversas propiedades, entre ellas la mansión de Ville-d’Avray y una casa de verano en La Mancha, donde solía vacacionar.

BORIS PAUL VIAN es el segundo hijo de Yvonne Ravenez y Paul Vian, le antecede Lélio (1918) y le seguirán dos más: Alain (1921) y Ninon (1924). Es una familia burguesa bastante funcional, saludable y, está claro, con acceso a toda clase de comodidades, sobre todo a la cultura. Es un entorno familiar que le provee a Boris un universo mágico que se la pasará añorando a lo largo de la obra que firma con su propio nombre, como lo hace de manera patente en La hierba roja (1950) y, quizás, en otro sentido, El arrancacorazones (1951). Los padres están muy presentes durante su educación sentimental y sus hermanos serán los mejores amigos de Boris por años: con ellos se inicia en el mundo de la música, del jazz, de las fiestas, de la vida social.

La infancia idílica y libre de preocupaciones concluye en 1929, con la crisis económica que cimbra las bolsas de valores de todo el mundo. Aunque eso de que concluye es un decir, pues si bien es cierto que Paul Vian pierde gran parte de su fortuna, tiene la opción de vender la casa de La Mancha y poner en renta la de Ville-d’Avray.

Desde niño, Boris fue un estudiante sobresaliente, intuitivo. Aprendió a leer a los cinco años bajo la guía de un tutor, aunque no fue un entusiasta de la escuela, ni en el Liceo Hache de Versalles ni en el Condorcet de París, donde cursó los estudios básicos y el bachillerato, respectivamente. La escuela, para él, estuvo señalada por su condición enfermiza. A los doce años sufrió de una fiebre reumática que le dejó como secuela una afección cardiaca que lo llevaba a recluirse en casa y en cama por días y limitaba sus actividades. Más adelante, a los dieciséis años, padeció de fiebre tifoidea, y otra vez debió pasar una larga temporada entre cuatro paredes.

Ahora bien, no es que Boris fuera realmente un chico enfermizo, sino que una condición médica le impedía llevar su vida con toda normalidad. Como es de suponer, encontró en los libros una importante válvula de escape, pero a la literatura sumó el jazz, un estilo de música que advertía también como una actitud vital, una postura, una forma de enfrentar el mundo. Por ello, cuando los hermanos Vian y otros amigos conformaron su propia orquesta, daban conciertos y hacían fiestas espontáneas en el jardín de Ville-d’Avray. Entonces resultaba impensable que ese joven espigado que tocaba una trompeta de segunda mano (la trompetina, según él), posiblemente adquirida por su padre en un mercado de pulgas, padeciera una afección cardiaca.

Resulta difícil entender este proceso, pero cuando una condición médica es diagnosticada durante la adolescencia el mundo se parte, como si se fuera la luz justo cuando la película se pone interesante. Boris asumió su afección cardiaca porque, bajo los cuidados paternos, no había manera de negar la enfermedad, sino simplemente asumirla; pero ya de joven, entrando a la adultez, toma decisiones al respecto y decide que no sería una limitante para hacer lo quisiera en vida. Eso no significa, como lo han visto superficialmente algunos de sus comentaristas, que tuviera una actitud suicida y que la literatura, la música, la agitada vida social le procuraban una sensación de libertad irrestricta que físicamente no tenía.

LA ESPUMA DE LA GUERRA

En el prefacio de La espuma de los días, firmado en Nueva Orleans en 1946, Boris Vian escribe:

En realidad, sólo existen dos cosas importantes: el amor, en todas sus formas, con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington. Todo lo demás debería desaparecer, porque todo lo demás es feo.

El 3 de abril de 1939, Duke Ellington y su Orquesta ofrecieron un concierto en el Palais de Chaillot, en París. Boris Vian fue una de las tres mil personas que asistieron a esa noche mágica en que el “el emperador del jazz de todos los tiempos” se convirtió en un dios creador y ordenador de la belleza, en el sentido más puro del arte, emoción viva que “te arrancaba del asiento”. Es posible que a nadie le cambiara tanto la vida este despliegue de virtuosismo nunca antes visto, donde todos y nadie eran reemplazables, excepto

el Duque, acompañado de gigantes del jazz que Vian recuerda con estremecimiento en piezas como "Rockin’ in Rhythm" y "Dinah". La orquesta de Duke define su pasión no sólo por el jazz, el blues, el swing, las grandes bandas y todo lo concerniente a la cultura afroamericana, sino por Estados Unidos en su conjunto.

Boris comienza a construir para sí mismo el deslumbrante universo que avanza desde el otro lado del Atlántico, en América, reforzado por el cine y la literatura negra. Ningún autor será tan decididamente americano como él. Y el papel liberador de Estados Unidos durante la guerra acentúa su americanofilia. Es paradójico: mientras autores estadunidenses como Henry Miller y Ernest Hemingway añoran París, un pseudoparisino como Vian suspira por Memphis, San Francisco, Nueva York... que nunca conocerá. No físicamente, al menos, porque el viaje que realiza a Nueva Orleans, donde concibe La espuma de los días, es real, tan real como todo viaje interior.

Los efectos de la Segunda Guerra Mundial en París y los suburbios no son tan severos como en otras partes de Europa. La ocupación nazi y el humillante desfile de las tropas alemanas bajo el Arco del Triunfo en 1940 fue una experiencia traumática para los franceses, por no hablar del gobierno colaboracionista de Vichy. Pero en comparación con lo vivido en el frente oriental, resulta una nadería. Boris fue rechazado en el ejército, y aunque padeció las estrecheces de la guerra, todo parece indicar que fue una etapa feliz, marcada por la libertad providencial y salvadora del arte. Está por cumplir veinte años y tiene todas las ganas de comerse al mundo.

EN el año 1940, durante una de las fiestas que improvisaban en el jardín de Ville-d’Avray, Boris conoció a Michelle Léglise y Jacques Loustalot, el Mayor. Entre los muchos personajes clave en la vida de Vian, son estos sus principales cómplices literarios. Michelle se convirtió en su esposa en 1941 (al año siguiente nacerá su hijo Patrick), Jacques en su mejor amigo y los tres conformarán una tripleta creativa que lo llevará a escribir algunos de los textos más delirantes (consigno años de creación): Trouble dans les andains, de 1942 (A tiro limpio, en la más reciente versión española), Vercoquin y el plancton, de 1944, dos testimonios de amistad imperecederos que terminan convirtiéndose para el público en private joke. En ambas novelas el Mayor es un personaje protagónico, y lo será en diversos cuentos de Las hormigas (1944-1947) y de El lobo-hombre (recopilación póstuma), con  “Las murallas del sur” como el más notable. Pero este Mayor no es sólo la versión literaria de Jacques, sino la contraparte de Boris Vian: un antihéroe insolente, un borrachales que realiza proezas de la nada y porque sí, un duende pícaro cuya trayectoria podría evidenciar (de manera análoga a Vernon Sullivan) una personalidad propia que encarna los impulsos creativos del Vian más juvenil, el estrambótico rebelde sin causa.

"La orquesta de Vian toca para los soldados estadunidenses y las Fuerzas Francesas del Interior, mientras Michelle les sirve de guía y traductora por París. Pero el sueño es cortado de tajo".

POR UNA SERIE de afortunadas conexiones, Vercoquin y el plancton llega a manos del agudo Raymond Queneau, dictaminador de Gallimard, quien trabará una sólida alianza intelectual con Boris a pesar de la edad (ambos tomarán comisiones importantes en el Colegio de Patafísica de Alfred Jarry).

Así, a los 25 años, debuta como novelista en la editorial más importante de Francia, y dos años más tarde se integra a ese catálogo exquisito, con todas las de la ley, La espuma de los días, una novela de amor y añoranza que termina con una fábula sin moraleja, como buena parte de la narrativa firmada por Vian.

París fue liberada por los Aliados en agosto de 1944. Todo es ebullición y cualquier cosa que remita a América implica la promesa de una vida nueva, el reto y la posibilidad de conquistar el mundo. La orquesta de Vian toca para los soldados estadunidenses y las Fuerzas Francesas del Interior, mientras Michelle les sirve de guía y traductora por París. Pero el sueño es cortado de tajo. Los días felices de la guerra, si pueden llamársele así, finalizan con la muerte violenta de Paul Vian, su padre, la noche del 2 al 3 de noviembre de 1944.

Tras la guerra, la situación para Boris no mejora en lo financiero. Ha escrito mucho, pero su narrativa apenas comienza a abrirse espacio a empellones, y como músico, si bien su banda ha obtenido algo de reconocimiento, no deja de ser una orquesta de aficionados. Por otra parte, en Francia corren los tiempos de la Cuarta República (1946-1958), inestable, abatida por la guerra, confundida y en reconstrucción, cauta frente el poder del gigante soviético, reservada ante la influencia cultural de Estados Unidos, ineficiente para resolver asuntos internos, asumir la inminente ruina del colonialismo y resolver diplomáticamente las crisis de Indochina y Argelia. Una etapa que será el caldo de cultivo de la revolución de los años sesenta.

CON V DE VERNON

Entre 1946 y 1950 se registra el periodo de actividad literaria más intenso de Vian. Escribió La espuma de los días, El otoño en Pekín y varios relatos, uno tras otro en la Oficina del Papel y el Cartón, donde no le quedó más remedio que trabajar para obtener un ingreso fijo... hasta que renunció en junio del 47 (otras fuentes señalan que fue despedido). Ya comenzaba a diversificar sus colaboraciones en los medios, con su nombre y bajo seudónimo: La Rue, Jazz Hot, Jazz News, Combat y, desde luego, Les Temps Modernes, la revista existencialista que dirige Jean-Paul Sartre, a quien conoce por medio de Simone de Beauvoir, y a quienes Boris y Michelle guían por los nuevos bajos fondos parisinos cual Virgilio, las llamadas cavas del barrio de Saint-Germain-des-Prés, donde además de hundirse en el humo del cigarrillo, el alcohol y discursos filosóficos, se oía mucho jazz.

En 1947, durante las vacaciones de verano, Vian creó a su propio asesino y salvador: Vernon Sullivan. Las novelas que había editado Gallimard no habían corrido con éxito comercial, de manera que, cuando propuso la publicación de El otoño en Pekín, novela en la línea del absurdo y además aderezada con ciertos elementos del western, fue rechazada.

Vian buscó nueva casa y la encontró en una editorial nueva, Ediciones del Escorpión, cuando conoció en el famoso Café de Flore, punto de reunión de los existencialistas, a un joven editor de veintitantos años, Jean d’Halluin, empecinado en desbancar a Gallimard aprovechando el éxito de los thrillers estadunidenses (y sus autores). D’Halluin buscaba algo como Trópico de Cáncer, de Henry Miller, y Boris Vian, además de entregarle el manuscrito de El otoño en Pekín, se comprometió a entregarle justo lo que quería en un plazo de quince días.

Parte de los ingresos que Vian obtenía de la literatura procedían de la traducción, de manera que para entonces tenía pleno conocimiento estilístico de autores como Raymond Chandler, J. H. Chase, James Baldwin y Richard Wright, que inicialmente firmó en colaboración con Michelle, quien dominaba el inglés. Sabía, pues, que lo que requería d’Halluin era una historia impactante, con una buena dosis de sexo y violencia, pero lo más importante, que el trabajo llevara la firma de un escritor estadunidense, y si era afroamericano, mejor. Algunos reconocen en Richard Wright, radicado entonces en París, autor de Los hijos del tío Tom, al autor afroamericano que tenía en mente Vian.

No necesitó ni quince días para redactar la historia de Lee Anderson, un blanco de sangre negra, resentido, que viola y asesina mujeres blancas en el pueblo de Buckton, donde lincharon a su hermano negro por haberse atrevido a enamorar a una mujer blanca. Sullivan no deja nada a la imaginación cuando llega a las escenas de violencia y de sexo. Es despiadado, como el racismo estadunidense, y no se anda con consideraciones; su prosa carece de florituras, en contraste con el barroquismo de Vian que puede convertir un derrapón de auto en una escena de tragedia shakespeariana, entre neumáticos y asfalto.

ESCUPIRÉ SOBRE SUS TUMBAS, traducido y presentado por Boris Vian, sale a la luz en noviembre de 1946. Sus ventas están lejos de ser las de un best seller... hasta que entran en acción Daniel Parker y el Cartel de Acción Social y Moral que, en su intento por frenar la distribución en librerías de la versión francesa de Trópico de Cáncer, pasan revista a los títulos americanos que pervierten a la juventud francesa. Y es aquí cuando el nombre de Miller y Sullivan se unen en la desgracia de la censura y el escándalo que dispara sus ventas. De la pluma del heterónimo de Vian nacieron tres novelas más: Todos los muertos tienen la misma piel (1947), Que se mueran los feos (1948) y Con las mujeres no hay manera (1950), además de varios relatos, como “Los perros, el deseo y la muerte” (1949). La única que aún fue publicada con el nombre de Boris Vian como traductor fue Todos los muertos..., pues en 1948, cuando comenzó el largo proceso contra Miller y Sullivan, Vian tuvo que admitir que el desconocido afroamericano y él eran uno.

En 1950, la novela de Sullivan fue declarada culpable de obscenidad y se le impuso una multa de cien mil francos; para 1953 ya estaba fuera del mercado... pero con casi medio millón de ejemplares vendidos. En 1954, Vian es censurado otra vez, cuando el presidente Coty llama a las armas al pueblo francés para rescatar Indochina; la respuesta de Boris a este llamado fue El desertor (1954), una dulce canción antibélica que también fijó a las claras su postura ante el colonialismo francés.

"En 1950, la novela de Sullivan fue declarada culpable de obscenidad y se le impuso una multa de cien mil francos; para 1953 ya estaba fuera del mercado... pero con casi medio millón de ejemplares vendidos".

VIAN VERSUS SULLIVAN

Decir que Vian y Sullivan son la misma persona es inexacto. Al menos esa declaración se contradice con las primeras novelas de Sullivan. Uno es seco, directo, rechaza los coqueteos poéticos y enfrenta la realidad con indolencia; el otro es tierno, desbocado y libérrimo, surrealista, chispeante, paradójico, amante de la metonimia y las situaciones imposibles. Es impredecible. Pero la diferencia que más pesa está afuera, en la recepción: Sullivan goza de buenas ventas y de recepción crítica; a Vian lo compran sus amigos y lo critican sus íntimos. Es posible que, esperando que Sullivan le diera el impulso que necesitaba su nombre y su obra, los libros bajo la firma Vian tuvieran mayor fortuna comercial. La verdad es que, en ese momento, una literatura como la suya, en busca del sentido a través de un sinsentido cínico y sincopado, no llama la atención. No es literatura de evasión, sino de búsqueda de respuestas en el arte, en la belleza, el amor; una búsqueda contaminada por la violencia y la crueldad natural del hombre. Como sea, al final la distancia entre el heterónimo estadunidense y el autor francés se acortaron al grado de fundirse.

Para entonces la vida de Vian ha sufrido varios cambios: nació su hija Carole en 1948; se separó de Michelle, quien tuvo una aventura con Sartre, en tanto él comenzaba un romance con la que será su segunda esposa, la bailarina suiza Ursula Kübler. Por otra parte, dejó de tocar la trompetina, pero se dedicó a la música, a escribir canciones, cine, teatro, y a cantar. Antes de abandonar la narrativa como modus vivendi y optar por la música, Vian compuso dos obras entrañables: La hierba roja, que recrea la máquina del tiempo de Wells para tratar de recuperar la infancia perdida, y El arrancacorazones (1951), otra obra iniciática considerada una pieza maestra y a la vez ignorada, que sella el final de su carrera literaria.

Irónicamente, Vian será redescubierto gracias al teatro, a La espuma de los días y El arrancacorazones, que aunados a los cuentos de El lobo-hombre se convertirán en los ansiados best sellers, un éxito que el autor ya no verá porque un martes de 23 de junio de 1959, en el cine Petit Marbeuf, se le partió el corazón mientras miraba indignado y de incógnito la adaptación cinematográfica de Escupiré sobre sus tumbas: “¡Mi culo es más americano que eso!”, fueron sus últimas palabras. Vernon Sullivan terminó venciendo a Boris Vian, pero es Vian, siempre Vian, quien al final del cuento se impone.