El fallido intento de conmover

El fallido intento de conmover
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Trece mujeres en ropa interior color carne se desplazan por el escenario entre testimoniales, gritos, danzas y movimientos de yoga. Cantan, bailan y hasta logran una canción de hip-hop como himno emancipatorio —trece mujeres que evocan un anuncio de Dove, de hace algunos años, el cual celebraba los distintos tipos de cuerpos femeninos. La música es tan alegre, por otro lado, que ofrece al lúgubre escenario un aire de gimnasio.

Estoy viendo la obra teatral Proyecto Mujeres, dirigida por Diana Magallón y Mari Carmen Ruiz. Una rutina de baile. Muchachas alegres que fingen por dos minutos estar tristes. No por ellas, sino por las mujeres que no pueden estar ahí: las desaparecidas, las asesinadas, las silenciadas. Sin embargo, algo parece fuera de sitio: los testimonios se notan forzados, como una pieza de Lego que no termina de encajar. Los siento a medio camino entre lo maniqueo y lo chantajista. No hay manera de que esas historias entren al espectador. Conecten con él. Para que el auditorio realmente se duela hace falta mucho más que contar algo dramático o trágico. El entusiasmo y la sobreactuación de la danza (a ratos erótica y a ratos aeróbica) tampoco es el mejor marco para las microhistorias intercaladas. Me pongo a pensar entonces qué elemento hace posible que uno conecte con una obra, una pieza, un discurso, poema o pieza musical. Por conectar quiero decir conmover.

VIVO EN UN PAÍS que por un lado ama mayoritariamente a una virgen morena y, por otro, asesina mujeres con muestras de escarnio, dolo y, en algunos casos, tortura (de acuerdo con el INEGI, cuatro de cada diez mujeres sufren o sufrieron alguna vez un tipo de violencia). En este contexto hay que meditar lo que se dice sobre las agresiones de género, investigar, ir más allá del espectáculo y la indignación fácil.

Rita Segato acierta cuando afirma que la violencia contra las mujeres no es un asunto de hombres contra mujeres como se cree, sino de un sistema que ejerce un aplastamiento feroz sobre los individuos en general. La violencia de género, por tanto, no despunta por el fortalecimiento de movimientos feministas y el empobrecimiento del ego masculino, eso sería pecar de ingenuidad. Es, ante todo, una maquinaria para la opresión social. El desempleo, la pobreza y marginalidad generan fenómenos de violencia doméstica al favorecer un clima de terror; además, el miedo es un modo de control social. No se aprecia en esta obra de teatro una lectura crítica de la sociedad mexicana dividida —como no sucedía hace mucho— entre hombres y mujeres. Ni sobre el proyecto político de un sistema que permite que la disparidad entre géneros no sólo se sostenga, sino se perpetúe.

No hay crítica ni alusión al tema de la impartición de justicia ni a que la mayoría de las mujeres asesinadas en México están en los lugares más pobres, con las peores condiciones tanto laborales como educativas, sin acceso a una vida social, recreativa y con buenos servicios públicos. La mayoría fueron sustraídas o asesinadas en la noche, en calles mal iluminadas, con pésimo transporte público. De eso no se habla en la obra. Todo queda en la perspectiva indignada de una clase social que se espanta porque los curas violan niños y los señores golpean a las mujeres.

ES NECESARIO HABLAR del contexto. De la vida privada de las mujeres. De lo oscuro y sucio detrás de esa violencia sistemática. Es urgente hablar, es necesario. Sin embargo, no todos los intentos triunfan. Esta obra / performance / musical / testimonio / nota roja evidencia la falta de un discurso sólido sobre la violencia de género. Sobre temas como el amor y el sacrificio que implica, la autoestima del cuerpo femenino, el peso de la valoración de los demás y las expectativas que recaen sobre las mujeres.

La repetición de discursos que sólo pretenden sacudir al espectador o buscar la lágrima fácil no ayuda a la posibilidad de un diálogo real sobre el problema. Proyecto Mujeres es una mezcla entre lo ingenuo, lo bien intencionado y lo mal entendido de un feminismo que, a priori, sólo se ve como una consigna hueca.

No hay propuesta para combatir esta violencia sino que además se cae en los lugares comunes de un grupo de sororidad: la búsqueda de la autoestima por medio de lo colectivo y la opinión de otras mujeres; el desprecio abierto hacia los hombres (“Les deseo el infierno a mis abuelos”); la idealización de grupos de apoyo conformados sólo por mujeres, como una panacea feliz y absoluta; la búsqueda de curaciones chamánicas y espirituales que sostienen aún más la diferencia de clases y logran el reduccionismo de lo new age como método para lograr la paz interna y la independencia; el amor como un castigo, sin que se reflexione más allá. Es, pues, una especie de manifiesto que metió a la licuadora lo que un cierto tipo de mujer entiende de cómo son y sufren las otras mujeres, las invisibles, las que salen en la nota roja, encontradas en el Estado de México.

SÍ HAY ALGUNOS ACIERTOS que me parece fundamental mencionar: cuando tienden un lazo en medio del escenario y cuelgan con pinzas de ropa unas barbies rotas. Hay una, incluso, en su bolsa. Esa acción escénica logra más peso en sí que los discursos armados para detonar sentimentalismos. Eso y una chica que lleva una venda con leyendas escritas y pasa de un cuerpo a otro. El problema es que notar esos detalles es como ver la hoja en medio de un bosque.

Lo preocupante no es un grupo de chicas que protestan a su muy especial manera, con lecturas malentendidas y que sólo repiten hasta el cansancio las fórmulas ya sabidas de apuntalar la autoestima para que la violencia cese. Aun si algunos testimonios son estremecedores o trágicos, las serpentinas y los gritos alrededor impiden sentir esos relatos. Uno no puede pensar en mujeres reales con historias reales, sino en bailarinas exacerbadas en ropa interior, como en una pijamada infantil.