El guardavías

El guardavías
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Ya casi es medianoche, el forastero acaba de llegar a la Ciudad de México por primera vez. El autobús lo dejó en la terminal Tapo. No trae dinero, sólo la dirección de un amigo que le dará hospedaje y le proporcionará un pequeño préstamo mientras le pagan en la chamba que le ofrecieron. Se apresura a la estación del Metro San Lázaro, pues sabe que está a punto de dejar de dar servicio y no quiere pasar la noche en la estación. Su amigo le ofreció prestado para un taxi, pero el orgulloso forastero se rehusó: ya es bastante con que me hospedes sin pedirme nada, te lo agradezco infinitamente, contestó tajante. Su amigo no insistió. Debe bajarse en la estación Cuauhtémoc de la línea uno, por fortuna no es necesario que transborde.

Mientras observa el túnel vacío y oscuro, un anciano de la limpieza se le acerca y le pregunta por su destino.

—Colonia Juárez... mmm... estación Cuauhtémoc.

—Ja —contesta el viejecito con sonrisa chimuela—. A ver si llega, ese destino es difícil, fíjese, se lo digo yo, que he trabajado en el Metro toda mi vida.

El anciano se queda mirando hacia el túnel, como si él también fuera un anhelante pasajero.

—Pero estoy en la dirección correcta, ¿verdad?

—Pues depende adónde quiera llegar.

—Ya le dije: a la estación Cuauhtémoc.

—Pero, ¿está seguro? A veces uno quiere llegar a otro lado, pero no lo sabe. A ver, ¿a dónde va?

El forastero lo observa desconcertado, no sabe si confiarle la dirección; su amigo le advirtió, no le digas a nadie adónde vas, te vienes directo, es muy fácil, te bajas en Cuauhtémoc y caminas cuatro cuadras, dos hacia allá y dos para acá. No le des información a nadie, de ningún tipo, de preferencia no hables con nadie.

"Ya casi se marcha, ahora sí, por fin, de una vez y para siempre, le recomiendo que no se duerma y cuide sus pertenencias".

—YO HE TRABAJADO aquí toda mi vida. Y no tiene idea de la cantidad de muertos que he visto, de esos que se avientan a las vías, cuando uno apenas va llegando y no tiene oportunidad de frenar, así, en seco —el anciano se queda mirando al vacío como si los fantasmas de los difuntos que habla desfilaran frente a él.

El forastero mira hacia las vías y dice, desconsolado:

—Yo sólo quiero llegar a la estación Cuauhtémoc.

—Muy bien —responde el vejete—, me encanta que persista en su proyecto. Si así fuéramos todos, personas de convicciones, esta ciudad, qué le digo, este país sería otro. En cambio, ya ve, todo es un desastre. Mire, lo que usted tiene que hacer para llegar a su destino es tomar el primer tren, rogar que vaya directo y sin contratiempos a la parada final. Porque mire, a esta hora, a veces, los trenes se ponen caprichosos y llegan a otros destinos. Por ejemplo, si usted no se fija bien, puede terminar en Pantitlán o en Observatorio, así nomás, sin darse cuenta, ¿sabe?

El anciano sonríe y el forastero, verdaderamente aterrorizado, le devuelve la sonrisa sin saber si confiar en él o no.

—Es que usted es de fuera, ¿verdad? Mire, aquí el Metro funciona con regularidad —y hace una seña con el dedo índice girando en la sien de su cabeza—. O sea, en las horas pico, lleva a la gente a donde quiere y necesita ir, pero a esta hora, oiga, ya es mucho pedir; lo lleva adonde se puede, como se puede. Y lo mejor que puede hacer uno, pues sí, es dejarse llevar. ¿Entiende lo que le digo?

El forastero no entiende nada, él sólo quiere llegar a la casa de su amigo y dormir, si hay oportunidad, cenar algo: un vaso con leche, un pan con mantequilla, lo que sea. Saciar esa hambre que le tiene el aliento con sabor metálico; y dormir, sobre todo dormir en una cama, con sábanas y una cobija. Piensa en la gente que ha visto en la estación con cartones de cajas y cobijas apestosas, dispuestos a pasar ahí la noche. Ni madres, piensa, eso no.

El viejillo le da un codazo que lo regresa a la realidad:

—Mire, tiene suerte, ahí viene el último, pero le recomiendo que no se suba en los últimos vagones, hágase para delante, si no quiere que le den por detrás. ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!

El forastero lo mira contrariado. El viejo le parece simpático y conocedor, pero ya no sabe qué pensar de él. Lo único que quiere es llegar con su amigo, dormir en una cama que huela a limpio, sentirse seguro, descansar.

El tren llega a la estación, va vacío, se detiene, pero no abre sus puertas. El forastero espera unos segundos, mira con cuidado; quizá sea necesario apretar algún botón, jalar una palanca, piensa. Pero no ve nada parecido. Cuando el tren acelera poco a poco, el viejo se retuerce en una carcajada, se palmea las rodillas y le cuesta trabajo respirar.

—Yo que usted, la verdad, mejor me quedaba a dormir en la estación. El ambiente es muy bonito, todos somos amigos y compartimos las pocas pertenencias que traemos encima, si es que traemos algo. También compartimos un traguito, sobre todo si hace frío o si...

El viejo le hace una seña para que lo siga, sin terminar la frase, pero el forastero desconfía. Ha escuchado tantas historias de robos; además, la estación le parece horrible, hedionda e incómoda. No quiere alejarse del andén.

El anciano desaparece en los pasillos y el forastero respira aliviado, pero el alivio le dura sólo unos segundos. La estación está desierta y no hay indicio alguno de que vaya a pasar otro tren. Camina hacia los torniquetes y se percata de que las puertas del Metro están cerradas, tampoco hay policía y la taquilla se ve oscura y solitaria.

Entonces escucha un pitido y vuelve a toda prisa hacia los andenes. De pronto, el viejecillo aparece a su lado y le dice:

—Lo felicito, usted es un hombre de palabra que no abandona sus objetivos. Ya casi se marcha, ahora sí, por fin, de una vez y para siempre, le recomiendo que no se duerma y cuide sus pertenencias, uno nunca sabe. Procure ir directo a su destino en cuanto llegue a su estación tan anhelada.

Ya se ve a lo lejos el faro y el viento se hace más violento cuando el tren está a punto de entrar al andén. El viejo hace un guiño y dice: “buen viaje”, entonces se avienta a las vías justo cuando el tren llega. El forastero pega un grito que nadie oye. Se sube contrariado en el último vagón y se asoma a la ventanilla trasera, en cuanto el tren se pone en marcha. Espera ver un cuerpo ensangrentado y aplastado, pero en su lugar ve al viejo sentado en flor de loto, en medio de las vías, diciéndole adiós con la mano y mirándolo con picardía.

(Cuento inspirado en “El guardagujas” de Juan José Arreola, publicado en 1952 en Confabulario. Forma parte de la antología en homenaje al maestro Entorno arreolino, que está en proceso de distribución por etalcontenidos, México, 2018).