El poeta y la raíz indígena

El poeta y la raíz indígena
Por:

Usted ha sido considerado un revolucionario. ¿Considera que esa definición prevalece en estos tiempos?

Pues sí... sí y no. Hay circunstancias diferentes, pero en el fondo viene a ser lo mismo. La Biblia es revolucionaria; por ejemplo, condena la esclavitud. Aunque ningún otro libro de la antigüedad lo hacía, la Biblia sí. Y cuando los profetas denunciaron las injusticias sociales de aquel tiempo estaban siendo extremistas. Actuaban a contracorriente. Eso fue retomado por Jesús, con un mensaje también contestatario de que había que cambiar el mundo, ponerlo al revés de como estaba, más bien, ponerlo al derecho: “Que los últimos sean los primeros”. Algo más revolucionario que eso no puede haber. Ni el comunismo oficial lo es tanto como ese mensaje de Jesús, que está en el mismo espíritu del actual Papa latinoamericano, el Papa Francisco.

En varias ocasiones ha dicho que se hizo revolucionario en México.

Sí, cuando vine de estudiante, a los 18 años. En los cuarenta estuve cuatro años en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Allí aprendí a no conformarme. Luego me hice más revolucionario cuando viví en Cuernavaca.

Hablando de Cuernavaca, usted ha tenido una relación muy cercana con esa ciudad.

Sí, estuve allí dos años, aunque no propiamente en la ciudad sino en el monasterio de los monjes benedictinos de Nuestra Señora de la Resurrección, como a viente minutos, ya en el campo.

¿Cómo recuerda esa época?

Muy bella, me gustaba mucho Cuernavaca. Entonces era pequeña y muy grata, porque tenía menos tráfico. Viví muy tranquilo, retirado. Estuve allí porque me pusieron a estudiar para el sacerdocio y los primeros estudios fueron de filosofía, con los benedictinos; después ya pasé al Seminario de Cristo Sacerdote en Colombia, para estudiar la teología propiamente dicha. Teóricamente, en Cuernavaca estudiaba filosofía, aunque en realidad no la estudiaba porque el profesor, que era un monje benedictino, tampoco estaba muy interesado en esa disciplina. Nos hizo leer un libro y algunos días a la semana lo comentábamos. Por mi parte yo me la pasaba leyendo y escribiendo; hice un poema sobre Cuernavaca. Se llama “Valle de Cuernavaca / Desde el monasterio”, porque hay una vista muy hermosa desde ese lugar. Se aprecia todo el valle, con el Popocatépetl como paisaje de fondo. Un fragmento dice:

Titilan a lo lejos las luces de Cuernavaca;

y más lejos las de Cuautla, ya casi en el cielo

pequeñitas y apiñadas, casi entre estrellas.

En el campo hay un radio cantando

[un corrido.

Un millón de grillos cantan en el pasto.

Cantan y se callan y vuelven a cantar.

¿Nunca duermen los grillos?

Y los cocuyos

brillan como las estrellas y como Cuautla

y como Cuernavaca.

"Un monje yanqui me reveló la riqueza de la sabiduría indígena de todo el continente. Eso me hizo escribir poemas sobre ellos".

En el monasterio de Cuernavaca escribió otros libros…

Sí, Salmos y Gethsemani, Ky, porque cuando estuve en el monasterio trapense de Estados Unidos, con Thomas Merton, no me permitían escribir más que informalmente, sólo algunas notas. Con ellas armé un libro en prosa que se llama Vida en el amor; son meditaciones místicas. Gethsemani, Ky reúne escenas del monasterio, apuntadas en libretas en el periodo cuando estuve como novicio trapense. En Cuernavaca también escribí “El estrecho dudoso”, un poema extenso e histórico sobre el descubrimiento y la conquista de Centroamérica, basado en crónicas de la época. Y también hice algunos textos sueltos que fueron publicados como Oración por Marilyn Monroe y otros poemas. Es decir, produje bastante durante los años que viví en Cuernavaca.

Homenaje a los indios americanos me parece fundamental en su obra. ¿Cómo fue la gestación?

Al llegar al monasterio trapense en Estados Unidos, un monje yanqui me reveló los valores de los indios nuestros de América. Parece mentira que un latinoamericano no tuviera aprecio por ellos; yo diría que nadie en mi tiempo lo tuvo. Gracias a él, a Thomas Merton, aprendí que los indios tenían mucha sabiduría mística y grandes valores en su organización tanto política como económica. También me reveló la riqueza de la poesía indígena de Norteamérica, de los indios apaches y los pieles rojas, de los indios de Centroamérica y de Mesoamérica, los nahuas y mayas, los de Sudamérica. O sea, de todo el continente. Eso me hizo escribir poemas sobre ellos. Los reuní en una antología que llamé Homenaje a los indios americanos; luego escribí más y les iba a poner el título Nuevo homenaje a los indios americanos, como Neruda, que escribió Residencia en la tierra y después Nueva residencia en la tierra. Al final publiqué los segundos poemas junto con los antiguos en un libro diferente que se llamó Los ovnis de oro, también dedicado a los indios del continente.

Ese título se debe a los indios kuna. Conocí a un joven de esa raza en el archipiélago de los indios kuna (enfrente de Panamá y Colombia, en el Caribe). Era un indio que se había hecho culto y había estudiado en la Sorbona, en París. Él me contaba que los arqueólogos no entendían que los indios suelen hablar en una forma mítica o metafórica. Me ponía el ejemplo de uno de esos mitos, donde uno de sus héroes culturales y semidiós baja a la tierra, envuelto en una nube de oro, pero no es que los indios creyeran eso, ¡era un símbolo! El oro es muy valioso, entonces la nube de oro se usaba para hablar del valor del héroe que vino a la Tierra. Actualmente, los indios hubieran dicho que vino en un platillo volador de oro; por eso llamé a esos poemas indígenas Los ovnis de oro.

Usted ha mantenido una relación muy cercana con México: ¿cómo percibe la situación que actualmente estamos viviendo en el país?

¡Horrible, por las masacres! Y también por otros factores de violencia anteriores, pero al mismo tiempo admirable por la protesta cívica que hay, que es muy grande y debemos apreciar en todo su valor. Esa protesta en México es la repulsa ante las violaciones a los derechos humanos.