El Salón de la Fama del Béis Mexicano

El Salón de la Fama del Béis Mexicano
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Como decía el Piporro, “la gente de la historia es muy parecida a nosotros”, así que no se sabe si el norte inventó el béisbol o al revés. Lo que sí es que parte importante de la cultura norteña es la práctica del Rey de los Deportes. El béis, como le decimos de cariño, tiene su museo en Monterrey, casa de los Sultanes, equipo de la Liga Mexicana.

Ubicado dentro del Parque Fundidora, en Poncho King (Alfonso Reyes) con Luis Mora, es catedral dedicada a un arte en el que México ha destacado. El costo de entrada cubre el ingreso a las exposiciones más el uso de cabinas de bateo, de picheo y de un minidiamante para niños que imita un estadio, gradas incluidas. Además de una tienda de souvenirs.

El host es nada menos que Héctor Espino, máximo bateador histórico. Obvio, es una imagen en una pantalla. El video te invita a tomarte una selfie con él. A partir de allí comienza el recorrido. Una vitrina exhibe el proceso mediante el cual un madero pasa por siete fases para convertirse en un bat. También hay muestras de cómo se confeccionan guantes y pelotas.  Enseguida hay una pared enorme con la explicación del juego. Las reglas, jugadas y posiciones de cada jugador.

La primera sala cuenta la historia del deporte, desde su nacimiento, década por década, con sus principales protagonistas. En 1902, Genaro Casas fue el primer mexicano en jugar en Estados Unidos de manera profesional. Ojo, no en las Ligas Mayores. El primero en formar parte de la liga más importante del mundo fue el sonorense Melo Almada, que en 1933 debutó en las Medias Rojas.

Luego saltan los grandes nombres, Babe Ruth, Willie Mays, Joe Dimaggio, pero uno como mexicano se emociona más con los años ochenta: la Fernandomanía. En una vitrina destinada a su figura hay un uniforme completo del Toro cuando jugaba para los Dodgers. Quienes nacimos antes de los ochenta tenemos una historia personal con Valenzuela. Yo recordé con cariño aquella tarde que tuve la fortuna de verlo en persona (me saqué una foto) a los ocho o nueve años en el Estadio Revolución, en una visita a Torreón. No jugó, pero hizo pichadas de exhibición.

"El béis, como le decimos de cariño, tiene su museo en Monterrey, casa de los Sultanes".

Vitrinas llenas de objetos con más historia que los libros te salen al paso. Gorras, guantes, camisolas, estampitas. Una memorabilia que estrujó el corazón de padres, abuelos y algunos de nosotros. Los artículos corresponden tanto a las dos ligas nacionales como a las Grandes Ligas. Y también se rinde tributo a las voces que narraron esos momentos inmortales. La foto de Sonny Alarcón ocupa un lugar especial.

La segunda sala corresponde a las dos ligas que se disputan en el país. La Mexicana y la del Pacífico. La muestra consiste en dos trajes, de local y de visitante, de cada equipo que la conforma. Como lagunero ahí estaba yo representado por los Algodoneros del Unión Laguna. Al fondo, en una pared azul, hay varios retratos pintados a mano de peloteros que marcaron época, como Memo Garibay, quien jugara en 1950 con el Torreón.

Hay una zona dedicada al arte. Un espacio ocupado por algunas piezas de artistas mexicanos en honor al béis. Hay una vitrina con una pelota intervenida por el ilustrador Alejandro Magallanes y unos biombos sensacionales pintados por el Dr. Lakra. También, no podía faltar, una reproducción de los vestidores que se encuentran en los estadios. Cajoneras con un tubo para colgar el traje y debajo unos recuadros para el casco.

La tercera sala es en sí el Salón de la Fama. Una especie de bóveda que tiene esculturas de bronce en sus extremos y en sus paredes cientos de placas con todas las figuras en la historia del béisbol mexicano. Por supuesto, no podía faltar la del gran Vini Castilla. Es como entrar a un álbum de estampitas de piedra. La cúpula hace eco al centro, donde está inscrita la leyenda de que el béisbol es para el aficionado como el agua para el sediento.

El Salón de la Fama nació por iniciativa del cronista Fray Nando. En 1973 abrió sus puertas. Cuenta con una biblioteca. Hay libros de béis, por supuesto, pero en su mayoría está consagrada a la literatura. Además hay una enorme terraza desde donde se puede apreciar una parte del Paseo Santa Lucía.

Si pasas por Monterrey y eres de los aficionados que viven la intensidad del béisbol invierte una tarde admirando a quienes nos dieron patria beisbolera. Te va a dar hambre. Puedes cerrar con broche de oro en El Rey del Cabrito, al fin que estás en la mera mata.