1991-2021

Esa emoción casi sagrada

Algunas veces el tiempo parece correr más aceleradamente, sobre todo a juzgar por los cambios que sufren
nuestros hábitos enraizados. En cuanto a maneras de escuchar música, los últimos treinta años
han impuesto una novedad tras otra. Si en 1991 la industria del disco estaba en su apogeo,
hoy casi nadie tiene ya un CD en casa, porque la difusión en el siglo XXI ocurre de otro modo.
Daniel Herrera se echa un clavado en estas décadas decisivas para quienes no podemos vivir sin oír canciones.

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Esa emoción casi sagradaFoto: Especial
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El vinil agonizaba en una esquina, costaba diez o quince pesos. El CD lo vendían empacado en una caja alargada y no era barato. Comenzaba la década de las grandes ventas de discos y todos queríamos tener un minicomponente Sony apilable con tornamesa, doble casetera, plato giratorio para cinco CD y dos bocinas con subwoffers incluidos. Quienes no podíamos comprarlo, nos conformábamos con algo más pequeño. Parecía que los noventa prometían un futuro amable. Y la música parecía ser un claro espejo donde ese optimismo se reflejaba.

LA DÉCADA CORTA

El rock, tanto nacional como estadunidense, era una constante celebración de la libertad y la creatividad que la década nos tenía prometidas. Atrás había quedado tanto el hair metal como el punk de los ochenta; el metal y el grunge se arremolinaban en las listas de éxitos. El hip hop apenas comenzaba a colarse en la radio. El rock nacional, sano y poderoso, daba fuertes pasos para crear, por fin, un público ávido de música en español lejos de Televisa y Siempre en Domingo. Sí, todo apuntaba a una gran década. Pero no duró ni siquiera cinco años.

Metallica se desbarrancó por completo en su álbum del 96: Load. Guns N’ Roses grabó un álbum de covers porque no pudieron soportarse más entre ellos. Pearl Jam nunca volvió a alcanzar la genialidad de Ten, aunque Vs. sigue siendo un gran disco. Soundgarden suavizó su sonido. Alice in Chains soportó un poco más hasta que Layne Staley decidió dedicarse profesionalmente a la autodestrucción y Kurt Cobain, casi adivinando lo que se vendría en la siguiente década, mejor se dio un tiro en la cara con una escopeta, una mañana de abril del 94.

Para 1995 todo había terminado. Fue hermoso mientras duró y el impulso inicial se sostuvo durante unos años más, hasta que llegó el nu metal y luego la caída de las Torres Gemelas.

CLOACAS Y SÓTANOS

¿Y por qué hablo de todo eso, si lo viví desde el norte de México? Pues fácil. Los primeros noventa significaron mi entrada directa a la adolescencia. En ese momento de mi vida nada de lo que había a mi alrededor me hablaba de verdad, excepto los libros y el rock. ¿Qué culpa tengo yo si en ese momento no sabía apreciar la cumbia?

Aunque esto suena a aburrida nostalgia de un cuarentón, de verdad que me siento afortunado porque viví el último gran momento del rock en el mundo. Lo que siguió fue una copia mercantil del grunge y luego, un fuerte estertor que nos dejó a Jack White y The Strokes, entre otros. Después, las cloacas, los sótanos, casi el olvido. Debo decir que eso está bien. Es el lugar del rock. Un joven no escucha rock porque todo mundo lo hace, sino justo por lo contrario. Lo común en el México de los noventa eran las canciones de llanto y desengaño herederas del imperio de Raúl Velasco o la música más popular mexicana: banda, cumbia, quebradita y hasta country, todo englobado en un género mayúsculo llamado Regional mexicano.

GRUNGE, METAL, ¿TROVA?

Son muchos los discos que aparecieron entre 1990 y 1991. No podría enumerarlos todos; además, no serviría de nada. Los que saltan a la vista son Nevermind de Nirvana, el famoso álbum negro de Metallica, los dos Use Your Illusion de Guns N’Roses, Facelift de Alice in Chains, Ten de Pearl Jam, Badmotorfinger de Soundgarden, Blood Sugar Sex Magic de Red Hot Chilli Peppers, Gish de Smashing Pumpkins, Goo de Sonic Youth, Ritual de lo Habitual de Jane’s Addiction, Violator de Depeche Mode, Canción animal de Soda Stereo, Volumen II de Caifanes, El circo de La Maldita Vecindad, No de Tijuana No! y el álbum debut de Fobia.

Me detengo aquí porque me parece una lista lo bastante amplia para deprimir a los cuarentones o sorprender a los adolescentes. Lo que siempre me asombra es la cantidad de buenos discos que aparecieron en esos cinco primeros años de la década. No sólo eran excepcionales, sino que además marcaron un camino a seguir en la música.

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El ejemplo más sencillo es el grunge arrasando por donde pasaba: las bandas visibles fueron Nirvana, Alice in Chains, Pearl Jam y Soundgarden. Pero, si me apuran, los grupos que llegaron después, como Stone Temple Pilots o L7, tuvieron lo suyo. Tampoco el metal se quedaba atrás. Más allá de Metallica, grupos como Megadeth, Slayer, Testament o Anthrax también aparecieron en las listas de ventas. Parecía una lucha entre grunge y metal pero, en realidad, en este país todos los grupos y géneros podían convivir sin problemas. Si había un enfrentamiento en Estados Unidos, acá nadie se ponía tan quisquilloso. Incluso en algún momento fui testigo de la extraña convivencia entre rock y trova cubana. En mi adolescencia, pensaba que la música era un activismo o algo así.

MTV ME EDUCÓ

Mi actitud se quedaba frita ante el grado de compromiso que mostraron grupos como Black Flag, The Minutemen, Minor Threat, The Replacements, Dinosaur Jr., Melvins o Fugazi. Para ellos la música significaba algo más que un simple berrinche adolescente: era la manera de escapar al sistema y encontrar formas alternativas de vida que no requirieran caminar al ritmo del mercado y la ideología capitalista de ultraderecha que dominaba el mundo durante los ochenta.

Pero no quiero ser tan duro conmigo mismo. En esa década era un niño que todavía escuchaba la música de sus padres. Por eso mismo aprecio tanto el principio de los noventa y, sobre todo, 1991. Si no fuera porque Soundgarden y los otros decidieron vender tanto como pudieran, jamás habría encontrado la música que me representaría de ese momento en adelante.

Melvins casi no salía en MTV. Por supuesto que The Minutemen menos, pero Nirvana rotaba una y otra vez hasta el cansancio, al igual que Soundgarden y Alice in Chains. Mucho más que los discos —porque estaban fuera de mi alcance económico— o la radio —que no solía transmitir rock—, con MTV comenzó la educación musical de mi yo adolescente.

Es ya un chiste viejo explicar que el canal sí transmitía música y no programas insulsos. Era la antena de lo que estaba sucediendo lejos de mi ciudad, que apenas podía soportar. Estuve pegado a MTV desde que pude verlo hasta entrados los dosmiles. Más o menos quince años. Corresponden al tiempo en que la industria discográfica dominó el mercado con miles de álbumes al año. Demasiados, más de los que cualquiera podría comprar. Justo en 1999 se vendieron más discos en el mundo y poco a poco comenzó la caída, pero no muerte, de toda una industria. Lo digo así porque pronto se recuperó y ahora es incluso más despiadada con los músicos que nunca.

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APARECE EL MP3

Mientras muchos estábamos encandilados con los álbumes del 91, durante abril del mismo año, en Estocolmo, el Moving Picture Experts Group dio su apoyo a dos creadores de formatos de audio digital. El MPEG era y es un comité de estándares que decide cuáles avances tecnológicos llegarán al mercado. Este grupo le había dado la oportunidad a Karlheinz Brandenburg, creador y promotor del MP3. Hacia 1995 mostrarían su desprecio por esa tecnología aunque, gracias a la NHL —sí, la liga de hockey estadunidense—, el MP3 terminó despegando y convirtiéndose en uno de los formatos más utilizados para escuchar música.

A lo largo de los noventa, el MP3 fue ganando más terreno, hasta que desplazó al CD, que ahora languidece como lo hizo el vinil en su momento. A pesar de los entusiastas del LP, es un hecho que son pocos los coleccionistas, pero millones quienes sólo quieren escuchar una canción de vez en cuando. La música pop actual, esa desagradable mezcla de reguetón y sonidos electrónicos, se mueve con archivos de audio y no con objetos de vinil.

Si en 1991 me hubieran dicho que tendría a mi alcance casi toda la música que yo quisiera, la que fuera, que además no tendría que pagar nada y que, en todo caso, debía preocuparme sólo por comprar unos buenos audífonos, habría soltado una carcajada y después saldría a comprar ese disco de Soundgarden que anhelaba tanto. Más tarde, mientras escuchaba Rusty Cage, volvería a reír incrédulamente. Ahora que nuestra forma de escuchar música se transformó de una pequeña autopista a una enorme planicie debo pelear con estas irresistibles ganas de comprar viniles y un gran equipo de sonido para hacer lo que siempre entendí como sinónimo de la música: admirar un objeto. Porque esa necedad de poseer el vinil, aunque la música pueda obtenerse donde sea, no puede desaparecer tan fácilmente de las generaciones que nacimos antes de que empezaran los ochenta.

EL PIRATEO MASIVO

El formato MP3 fue fundamental para cambiar la industria. En 1996, en un canal de IRC donde usuarios compartían música comprimida de CD, apareció el primer MP3 pirata del mundo: “Until It Sleeps”, del álbum Load de Metallica. Resulta irónico que fuera el grupo más capitalista del mundo el primero en ser copiado ilegalmente.

A partir de ese momento, la piratería digital fue imparable, primero en canciones y pronto en álbumes completos. La industria discográfica se comenzó a desmoronar. Primero ocurrió lentamente, pero ya hacia la primera década del siglo XXI era una sombra de lo que fue en 1999. Las pequeñas acciones de unas cuantas personas terminaron afectando la manera en que escuchamos música actualmente. La industria, por supuesto, no pierde dinero. Ahora se aferra al streaming, dañando las ganancias de los músicos. También a la publicidad que aparece en los videos de YouTube.

Junto al cambio de formato y la transformación de la industria le llegó otro golpe al álbum como concepto. El MP3 y YouTube se convirtieron en formatos ideales para vender canciones, pero no para comercializar discos. De esta manera, el sencillo, que sólo se utilizaba para promocionar en la radio y en MTV, se convirtió en la nueva-vieja forma de hacer, de vender música.

Si no fuera porque Soundgarden y los otros decidieron vender tanto como pudieran, jamás habría encontrado la música que me representaría en adelante

EL POP ACTUAL

Esta transformación me parece fundamental para la dispersión masiva de cierto tipo de pop. Tanto en español como en inglés. En ambas lenguas tiene características similares: su simplicidad, monotonía y repetición han convertido la última década en una de las peores respecto a los temas más vendidos. Desde el reguetón hasta el house que copa la radio, la música de las listas de éxitos se ha convertido en un juego digital, creada por completo en estudios de grabación casi solamente con computadoras y editada en todos y cada uno de sus aspectos.

Quiero dejar algo claro: estoy consciente de que la edición es parte fundamental de la música desde siempre. La gran diferencia es que los procesos para editar fueron cambiando desde las correcciones a las partituras en medio de los ensayos hasta la posibilidad de volver a grabar ciertos elementos en el estudio. En ese sentido, la edición se convierte en un elemento más de la música y sin ella no podríamos explicar múltiples obras de arte. Quiero decir que estoy consciente de que existe desde antes de que apareciera la grabación, pero esto no me parece suficiente excusa para lo que ha estado sucediendo desde las últimas dos décadas.

Esta creación casi automatizada, que se produce en la mente del productor y algunos creadores de audios, ha convertido la música pop en un simple loop eterno donde las voces son intercambiables pero la estructura armónica, las melodías, los sonidos y las texturas varían poco. Cada día se le exige menos al escucha y, como buena comida chatarra, los éxitos se suceden uno a otro más rápidamente.

UNA FORMA EMOCIONAL DISTINTA

A pesar de todo lo anterior, hay grupos que se resisten a dejar de hacer discos y dejar de presentar obras completas en donde todas las canciones son importantes. Son grupos que se han adaptado a la nueva industria discográfica y, con toda claridad, saben que no vivirán de vender álbumes sino de tocar lo más que puedan.

Nosotros, quienes fuimos testigos de estos últimos treinta años, también nos hemos adaptado. Pienso que, a pesar de que el streaming es la forma más sencilla de escuchar canciones, una actitud que demuestra cierta rebeldía —aunque siempre algo nostálgica— es seguir escuchando música en otros formatos. No va a cambiar nada, no va a resolver la vida de los músicos y es probable que hasta sea más incómodo. Pero pienso que la música no es sólo el sonido que llega a los oídos a través del aire, creo que el disco implica una forma emocional distinta de acercarse a una obra de arte. Sigo recordando esa emoción casi sagrada. La misma que sentí el día que compré Nevermind y pude escuchar la música que iba a indicarme el camino que debería seguir de ahí en adelante.