Jueves 22.10.2020 - 01:31

"Finjo no estar aquí"

Por:

A Cioran lo conocí en 1977, una tarde de invierno, en el café más triste de la calle Sou-fflot, no muy lejos del Panteón de París. Gabriel Matzneff organizó el encuentro. Como la Juliette de Giraudoux cuando visitaba a hombres ilustres (Rousseau, Voltaire y otros) me encontraba intimidado. Iba a confrontar mis pequeños dramas cotidianos con la gran melancolía de Cioran, heredero de los moralistas y pesimista incurable que orillaba a sus lectores a tomar duchas de lucidez. Sucedió que descubrí al misántropo más cálido y más amable del planeta, con su eterno mechón rebelde, su risa que parecía inextinguible y ese acento rumano que se volvería para mí algo muy exótico y familiar, mostrándose muy afectuoso y bromista. Poseía una mirada luminosa que atravesaba la oscuridad de la vida...

A pesar del paso de los años nunca dejamos de vernos. Deambulábamos bajo los arcos de la calle Vaugirard, hablando de todo y de nada, de la lluvia, de la espuma de los días y de la temperatura de nuestras almas durante horas. Amistad, paseo, filosofía... Cioran me contó que, en una ocasión, encontró a un joven solitario sobre el Pont-Neuf. Se acercó a él, puesto que ese hombre sumamente delgado y de silueta larga tenía pinta de estar desesperado. Aquel paseante se llamaba Samuel Beckett. “No te imaginas lo contento que estaba de encontrar a alguien aún más desesperado que yo”, me dijo Cioran. “Todo está jodido”, exclamaba con frecuencia mientras reía, con sus aires de bufón metafísico. La vida lo hacía morirse de risa, sobre todo sus episodios más negros. Sólo quedaba el estilo, para él era lo único que valía, lo que compensaba casi todo. Cioran desplegaba una suerte de furor en su manera de preocuparse por la perfección. Utilizaba la lengua francesa, que había adoptado, con las atenciones de un enamorado...

Cioran murió, se escapó de la vida en 1995, en el Hospital Broca. En su última temporada perdía continuamente la memoria —creía que me había conocido en Bucarest. Es innegable el hecho de que la vejez es un naufragio, ¡pero es una lástima que los más grandes espíritus de una generación se encojan, como le pasó a Sartre, o sucumban a la senilidad, como Cioran!

En 1995 fui a ver por última vez al autor de Breviario de podredumbre en su habitación del Hospital Broca. Seducidas por el hermoso sol de invierno, las dos damas que allí se encontraban (Dima y Simone, mujer de Cioran) sugirieron un paseo por el jardín. Ese fue, sin duda, el último momento mágico. Cuando ellas se encontraban unos pasos adelante de nosotros, Cioran me tomó por la manga de la camisa y me murmuró en voz baja: “Querido amigo, no lo repitas por favor, pero finjo estar aquí”. La última confidencia que me hizo, el último secreto que compartió conmigo.

Fuente:

Cahiers de L’Herne: Cioran, L’Herne, París, 2009, p. 374.